¿Quieres hacer el favor de reírte, por favor?

A la gente le preocupa el humor. Sus alcances, su futuro, sus limitaciones. Un comediante recibe un sopapo por un chiste y, al día siguiente, se publican cincuenta análisis sobre la responsabilidad del cómico o la naturaleza anárquica de la risa. “Mi comentario acerca de qué está pasando con el humor” debería ser ya una categoría en las columnas de opinión, junto con “Todos los populistas se parecen” o “Los neoliberales te hicieron daño, ¡no los escuches ahora!” Es quizás ese interés por los asuntos humorísticos lo que ha llevado, en las últimas décadas, a una proliferación de libros relacionados de algún modo con la risa. Textos teóricos, históricos, de caso, memorias de cómicos, recetarios para escribir gags.

“Hay un montón de estudios sobre el humor que comienzan reconociendo, con cierta vergüenza, que analizar un chiste equivale a matarlo”, asegura Terry Eagleton en Humor, el libro con el que por fin se enfrenta al tema escurridizo por excelencia y no menos peliagudo que Dios o el sentido de la vida, asuntos de su abultada bibliografía. A pesar de las reservas del caso, el británico rompe de inmediato una lanza por el análisis académico: “entender cómo funciona un chiste no tiene por qué arruinarlo, del mismo modo que entender cómo funciona un poema no lo estropea”.

Si bien a Eagleton le sobra razón, la coexistencia de humor y análisis del humor es un territorio pantanoso. No porque la explicación de un chiste le quite la gracia, sino porque los chistes que se citan a menudo no la tienen. Está, por ejemplo, este que consigna Freud en su clásico El chiste y su relación con lo inconsciente: “El médico que viene de examinar a la señora enferma dice, moviendo la cabeza, al marido que lo acompaña: ‘No me gusta nada su señora’. ‘Hace mucho que tampoco a mí me gusta’, se apresura a asentir aquel”.

Como sabe toda persona que haya escrito un ensayo acerca de lo cómico, los libros sobre el humor –entre los que sobresalen El chiste y su relación con lo inconscienteLa risa de Bergson y Sobre la comedia de Zupančič– están entre las lecturas más penetrantes y, a la vez, menos divertidas que pueden hacerse en la vida respecto a cualquier tema. Esa peculiaridad, que parece un asunto nimio, se convierte con el tiempo en un problema de argumentación: así como un profesor fracasaría en el empeño de explicar el teorema de Pitágoras utilizando un círculo, quienes atendemos a la lección de qué es el humor leyendo ejemplos que no dan risa nos sentimos víctimas de un fraude.

Todo llevaba a imaginar que sería Terry Eagleton el pensador llamado a romper esa maldición. Autor de libros a contracorriente como Después de la teoría o Por qué Marx tenía razón, el británico había mostrado las credenciales necesarias para abordar la dimensión social de la comedia, en tanto convencido practicante del catolicismo, el marxismo y los buenos chistes, tres aspectos que, combinados, convierten a cualquiera en un marginal. Sin embargo, la naturaleza inestable del humor y las bromas demasiado arraigadas al idioma original –como prueban los esfuerzos sobrehumanos del traductor de Eagleton, Mariano Peyrou, o las incontables notas al pie de los editores del libro de Freud– no siempre benefician a un género que necesita de la economía verbal para salir avante.

A cambio de todas las veces en que cuenta chistes ininteligibles, Eagleton ofrece agudas observaciones que distienden el tono académico de su ensayo y, en particular, historias reales que sirven como ejemplos de humor y como metáforas de sus mecanismos. “Una vez, un sociólogo que conozco entró en su departamento de la universidad y se encontró a su secretaria llorando. Tras intentar consolarla, se fue por el pasillo y echó un vistazo al interior de otro despacho, donde vio a otra secretaria llorando. ‘Una secretaria llorando es una tragedia –me dijo–. Dos, es sociología’.” La anécdota –no propiamente un chiste, pero qué importa– dibuja por un lado a cierto sector académico insensible al dolor humano y por el otro nos recuerda que la comedia trabaja con generalizaciones de ese tipo y, a menudo, con la misma falta de empatía.

El uso de chistes, como forma y no solo como contenido, emparienta a Eagleton con otros pensadores de las últimas décadas que han utilizado el humor para expresar tesis incendiarias o explicar términos teóricos difíciles de digerir. El caso paradigmático es Slavoj Žižek, que en uno de sus libros cuenta ¡el mismo chiste de Eagleton sobre Bill Clinton y el papa!, de modo que no sabemos si Eagleton se lo robó a Žižek, si fue al revés o si ese es el tipo de cosas que uno aprende leyendo El manifiesto comunista.

Por si fuera poco, un editor reunió algunos de los relatos cómicos de Žižek en Mis chistes, mi filosofía, un libro que nunca deja en claro cómo ha de ser leído. A lo largo de su trayectoria, el filósofo esloveno ha saqueado todo tipo de historias que bordean lo picante, lo grotesco, lo tonto y lo herético para hablar por igual de la tríada hegeliana que de las medidas del Fondo Monetario Internacional, lo que otorga a Mis chistes, mi filosofía la sensación de haber sido escrito por un señor que no sabe cómo contar algo con gracia. Esto puede ser injusto, porque algunos chistes, en particular los del periodo soviético, son de verdad muy buenos, como el de los dos desconocidos que coinciden en un vagón del tren. “Tras un prolongado silencio, uno se dirige al otro: ‘¿Alguna vez se ha follado a un perro?’. Sorprendido, el otro contesta: ‘No, ¿y usted?’. ‘Por supuesto que no. Es algo asqueroso. Solo pretendía entablar conversación’.”

Como todos los elementos de Mis chistes, mi filosofía pertenecen a diversas tradiciones y no quieren ser simplemente bromas en el vacío, da la impresión de que el editor quiso aprovechar el potencial cómico de cada chiste y al mismo tiempo “desactivarlo” (para usar una palabra que me daban unas ganas tremendas de teclear cuando hablara sobre Žižek). Después de haber “recontextualizado” una historia cómica a fin de ilustrar una idea sobre Lacan, es raro verla otra vez en un “libro de chistes”. El procedimiento es comparable a robarse del museo el inodoro de Duchamp, usarlo para lo que sirven los inodoros y ponerlo de nuevo en exhibición.

En contraste, Mike Reiss –uno de los 151 guionistas que han tenido Los Simpson durante sus más de treinta años de existencia– ofrece uno de los enfoques más interesantes sobre los alcances y limitaciones de la risa en Springfield confidencial, su libro de memorias, chistes, chismes y opiniones. Mientras Eagleton y Žižek entienden el humor como una expresión social o una herramienta conceptual, Reiss lo ve como un trabajo por el que te pueden pagar, a veces extraordinariamente bien. El estadounidense no siente ninguna vergüenza al describir su labor creativa como la de un obrero que dedica doce horas al día a fabricar un único engrane, cuyo funcionamiento depende de la buena mano de otros treinta obreros más y de la aprobación de un excesivo número de supervisores. El proceso total –idea, guion, algunas mesas de lectura, cinco o seis reescrituras, un storyboard, grabaciones de audio y animación– puede durar meses, en los que el chiste tiene que seguir haciendo reír. Es lo más parecido y, al mismo tiempo, lo menos parecido a un empleo. A la distancia, sin embargo, Reiss se jacta de lo bien que ha envejecido un puñado de capítulos de Los Simpson, incluso si no puede recordar con qué gags contribuyó a cada uno.

Como habla desde la cadena de montaje y no desde el aula, Reiss es bastante escéptico respecto a los profesores que imparten materias sobre un programa que él conoce como pocos y que ellos parecen no haber visto con atención. Su libro se burla de aquellos catedráticos que desarrollan una filosofía o una teoría política a partir de interpretaciones libres de Los Simpson o que teorizan sobre el humor pero son incapaces de pescar un buen chiste: “No me importa que enseñen Los Simpson”, asegura. “Lo que me preocupa es que lo estén entendiendo mal. Y si no entienden Los Simpson, ¿qué posibilidades hay de que entiendan de física?”

No obstante, es precisamente en los momentos en que Reiss intenta desentrañar los mecanismos de la comedia donde el libro se muestra titubeante, como si el autor –un experto en la materia, qué duda cabe– no encontrara el ejemplo idóneo para explicar cómo opera un chiste por dentro. Mucho más entretenidas resultan, en cambio, aquellas historias acerca de qué significa ser un conferenciante cómico. Enfrentado a un público que puede responder a sus comentarios con grandes carcajadas o con un silencio sepulcral, Reiss expone las fragilidades del humor: las barreras culturales, la susceptibilidad de la gente o la falta de referentes en común. La comedia es un edificio endeble, fugaz y las posibilidades de que algo salga mal son tan grandes que sorprende que insistamos tanto en ella.

A propósito de los inconvenientes del humor, siempre me han resultado gozosos los libros que hablan sobre “chistes que se decían los siervos en tiempos de la peste negra” o “cosas que eran divertidas en el ágora griega”, un poco para recordarme que todo humor está condenado al deterioro y que las sociedades se explican en buena medida por las bromas que las hacían reír. Del conjunto, mis favoritos son, sin duda, aquellos libros que quieren explicarnos el humor de la Biblia, no solo porque la Biblia llega con frecuencia a nuestras vidas asociada al llanto y al crujir de dientes sino porque, en varios pasajes, parecería que a Dios, a su hijo, a sus profetas y a muchísimos de los implicados en Su Obra les desagrada que la gente ría.

Are we amused? Humour about women in the biblical world  y On humour and the comic in the Hebrew Bible, ambos editados por Athalya Brenner (el segundo al lado de Yehuda T. Radday), ofrecen algunas de las interpretaciones más hilarantes de la palabra de Dios, a partir de situaciones, diálogos o personajes que, bien mirados, no desentonarían en un sketch. A lo largo de la Biblia, por ejemplo, los reyes se muestran ridículamente conscientes de su poder y, a la vez, temerosos de la más pequeña amenaza. Herodes organiza una de las empresas logísticas más sanguinarias y torpes de la historia para deshacerse de un menor de edad (Mateo 2:1-18) y Nabucodonosor llama a una serie de magos, hechiceros, videntes y astrólogos para que interpreten un sueño que, paradójicamente, no lo deja dormir. “Cuéntenos el sueño y nosotros le diremos qué significa”, le ofrecen los magos. “¿No que son adivinos?”, les responde el soberano en el colmo de la desesperación, “adivinen qué soñé si no quieren que los despelleje” (Daniel 2:1-6). En otro pasaje (Génesis 18:16-33), Abraham comienza un intercambio absurdo con Yahvé en el que le pide abandonar su plan de destruir Sodoma a fin de que los justos no paguen por los pecadores.

–Si encuentro a cincuenta justos en Sodoma, por ellos perdonaré a la ciudad –dice el Señor.
–¿Y si solo hubiera 45? –inquiere Abraham.
–Si encuentro 45 justos, no la destruiré –contesta el Señor.
–Tal vez se encuentren solo cuarenta –insiste Abraham. El Señor sorprendentemente cede y la cantidad de justos va bajando poco a poco hasta llegar a diez. ¿Por qué el mismo Dios que en otros momentos no tendrá empacho en ahogar a millones de personas en el diluvio universal o en matar a primogénitos egipcios se muestra tan participativo en un juego de ingenio con una de sus criaturas? Pero más desconcertante aún: ¿por qué Abraham no lleva la oferta hasta las últimas consecuencias: la salvación de Sodoma por un solo justo? La escena final, en la que el Señor y Abraham se van cada uno por su lado, nos dice que el humor de la Biblia es bastante más triste y kafkiano de lo que suponemos.

Lo que funciona en estos libros, a diferencia de los estudios convencionales sobre la risa, es que analizan las Escrituras desde una lente humorística. Es decir: con la mirada puesta en el absurdo, los juegos verbales, los enredos, las obscenidades y los personajes ridículos que no necesariamente fueron puestos en el mundo para hacernos reír. Los análisis tradicionales del humor dan por sentada la efectividad de un chiste, pero los exégetas bíblicos trabajan con las posibilidades de recepción más que con los propósitos. El humor es un cambio de perspectiva –a veces inesperado, en ocasiones chocante– que necesita de cierta disposición para ver las cosas de otro modo. Por eso, cuando Aod le dice al infame Eglón: “Traigo la palabra de Dios para ti”, antes de clavarle un cuchillo (Jueces 3:20-21), la frase puede parecernos naturalmente espeluznante, aunque no menos cómica si pensamos en ella como en el tipo de cosas que diría Bruce Willis en Duro de matar o alguno de esos justicieros del cine de acción que sueltan chistes mientras acaban con los terroristas.

El ejemplo más célebre de este “cambio de perspectiva” de un texto bíblico es La vida de Brian, la película de Monty Python que no se ríe de Jesús –como muchos grupos religiosos pensaron en su momento– sino de la narrativa acerca de Jesús. Sus anacronismos, nombres ridículos y espejeos entre el Imperio romano y el Imperio británico ridiculizan cierta manera canónica de acercarse a la figura de Cristo y a su época –de los Evangelios a las películas de Semana Santa, como Ben Hur– y explotan, hasta el delirio, el proceso de actualización que sufren todos los textos. Para los Monty Python, una ligera desviación en la narrativa, un elemento extraño o un énfasis determinado pueden dejar salir la potencia cómica de un relato que hemos escuchado una y otra vez a lo largo de los siglos. A book about the film Monty Python’s Life of Brian: All the references from Assyrians to Zeffirelli, del profesor Darl Larsen, por ejemplo, rastrea –escena por escena– todas las alusiones históricas y culturales de la película en su afán de comprender su efectividad cómica, pero también para dejar en claro que la sátira de los Python respondió a un momento político determinado y que decenas y decenas de sus referencias son ya incomprensibles para el espectador contemporáneo. Una pérdida que sufre siempre el humor desde que nace.

Hay, desde luego, un conflicto imposible de resolver entre los elementos perdurables de un buen chiste (eso que los estudiosos de mayor edad siguen llamando “lo humano”) y aquellos recursos que “envejecen mal” o terminan por oler rancio. No es siquiera un defecto del humor, sino su mayor fortuna. El humor es una apuesta que puede salir terriblemente mal. Nos recuerda, incluso en los chistes fallidos o en los estudios académicos sobre el tema, que nada está garantizado.

Publicado originalmente en Gatopardo.

Vidas de santos

1. San Régulo, que expulsó a un demonio del cuerpo de un hombre y el demonio le dijo que si le daba chance de transmigrar al cuerpo de un burro, que estaba ahí cerca.

2. San Sansón, a quien —así, casual— le salían lenguas de fuego por la boca, los oídos y la nariz mientras daba misa.

3. San Aldebrando, obispo de Fossombrone, que no comía carne y cuando le ofrecieron una perdiz asada, le devolvió la vida y le ordenó que volara.

4. Santa Coleta, cuya devoción fue compensada con la gracia de sufrir —diario, al mediodía— los dolores mortificantes que sufrió Cristo en el Calvario.

5. San Aberico abad, a quien se le apareció la Virgen solo para cambiarle el color a las ropas de los monjes cistercienses que lo acompañaban.

6. San Bernardo, quien, en vísperas de la Navidad, se preguntó: ¿a qué hora exacta habrá nacido Jesús? El propio Jesús se le apareció para darle el dato.

7. Santa Ángela de Brescia, a quien Jesús le dijo que cambiara el nombre de su congregación, Las Compañeras de Ángela, por uno donde no apareciera su propio nombre. Le sugirió «Las Ursulinas».

8. San Januario, cuya alma se les apareció a unos discípulos para ordenarles que encontraran el dedo que había perdido durante su ejecución.

9. Santa Lutgardís, de la orden de Cístel, a quien la abadesa le pidió que «ya no comulgara tanto». La santa respondió: «Yo haré lo que me mandáis, pero tengo por cierto, y ya lo veo, que lo habéis de pagar en vuestro cuerpo». La abadesa se enfermó de gravedad.

10. San León, que estaba escribiendo sobre las reliquias de san Pedro y le pidió al espíritu del santo que metiera las correcciones que considerara pertinentes. Al día siguiente, el manuscrito presentó tachaduras y enmiendas.

11. San Leoncio, a quien los espíritus de san Hilario, san Martín y san Agnano le anunciaron su muerte de este modo: «Todo está dispuesto; date prisa y ven a la fiesta».

12. San Ambrosio, que de bebé fue visitado por un enjambre de abejas, que entraban y salían de su boca. En lugar de expulsarlas como lo haría cualquier señor razonable, el padre de Ambrosio dijo: «Dios ha tenido a bien revelarnos que este niño estará dotado de la más extraordinaria elocuencia».

13. Santa Osita que fue obligada a casarse con un rey, pero un minuto antes de consumar esa unión, Dios hizo que un ciervo de extraordinaria belleza corriera a las puertas del palacio. Siendo el rey aficionado a la caza, abandonó sus aposentos antes de tocar siquiera a su esposa y llamó a todo su séquito para ir tras aquel ciervo. Ella escapó y se mantuvo virgen.

14. San Vicente Ferrer, a quien, a mitad de algún discurso, le crecían alas y emprendía el vuelo para atender a los enfermos que pedían su ayuda.

15. San Maedoc de Ferns, que devolvió la vida a seis pobres carneros… después de habérselos dado de comer a seis pobres lobos hambrientos.

16. Catarina de San Juan, quien para alejar a pretendientes y proteger su virginidad consagrada a Cristo, le pidió que le oscureciera la piel. Así lo hizo Cristo, pero solo en las partes visibles; el resto del cuerpo lo dejó del mismo «color y delicadeza de su natural complexión».

17. Santa Petronila, a quien su padre, san Pedro apóstol, curó de la parálisis. La primera cosa que el santo le ordenó para su nueva condición de mujer sana fue que… le sirviera la mesa.

18. Santa Brígida de Escocia, que —para limpiar el nombre de un obispo acusado de tener un hijo— hizo la señal de la cruz sobre la lengua del bebé y este dijo quién era su verdadero padre.

19. Simeón el Loco, que volvió bizcas a un grupo de muchachas que se habían burlado de los monjes. Las mujeres lo perseguían para que las curara y él les decía: «La que quiera se curará. Yo le besaré el ojo bizco, y quedará curada». De modo que, a lo lejos, podía verse a un señor perseguido por mujeres que le gritaban: «¡Bésanos también a nosotras!»

20. San Equicio abad, que sufría ardores concupiscentes y le pidió a Dios ayuda para enfrentarlos. «Oyó el Señor la oración de su siervo y una noche le pareció que venía a él un ángel y le cortaba aquellas partes del cuerpo en que más suele reinar la rebeldía de la carne».

FUENTES: Diccionario de milagros, de J. M. Eça de Queiroz, Rey Lear (1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 10, 11, 12, 14, 15); Vidas de santos, de Pedro de Ribadeneyra, Lengua de Trapo (9, 13, 17, 18, 20); Apariciones de seres celestiales y demoníacos en la Nueva España, de Gisela von Wobeser, UNAM (16); Vida de Simeón el Loco, de Leoncio de Neápolis, Siruela (19).

Jesús inclinado para escribir

Por PASCAL QUIGNARD

A diferencia de Sócrates, Jesús escribió. De modo sorprendente, los cristianos no creyeron que fuera sensato conservar lo que su dios había escrito. Curiosamente, salvaguardaron la escena en la que el héroe está escribiendo. Pero no las palabras. Ni siquiera el significado general que podían tener. Ni mencionaron la lengua en la que había escrito. Ni precisaron qué caracteres había utilizado su dios. Esta escena extraña está en San Juan 8. Jesús está sentado en el templo. Escribas y fariseos conducen ante él a una mujer que ha sido sorprendida en flagrante delito de adulterio. Los sabios hebreos le recuerdan que la ley prescribe que sea lapidada. Le preguntan cuál es su ley:

«Pero Jesús, habiéndose inclinado, escribía con el dedo en la tierra. Y como insistían en interrogarlo, se enderezó y les dijo: “Que aquel de entre vosotros que esté libre de pecado le tire la primera piedra”. Luego, inclinándose de nuevo, escribía en la tierra.»

Para ser sinceros, el verbo que Juan utiliza no permite captar si el héroe está sentado, se inclina para escribir, endereza el torso y levanta el rostro para hablar o bien si está de pie y se inclina —arrodillándose o poniéndose en cuclillas— para escribir. Por el contrario, el significado atribuido a los gestos de la escritura es claro. El comportamiento del escritor sugiere indiferencia. En dos ocasiones, Juan subraya la apariencia de un cuerpo inclinado, acurrucado: no quiere responder; se agacha; se aparta del mundo que lo rodea. Adoptando la posición de un hombre que escribe, el héroe pretende tomar la actitud de un hombre que no presta ninguna atención al griterío del entorno y que quiere ignorar con soberbia la trampa en la que escribas y fariseos desean verlo caer. Escribir se presenta aquí como un acto que aísla el mundo circundante. Una anfractuosidad en la que sustraerse del mundo oral. Para decirlo de un modo psicológico, el héroe manifiesta un retiro muy afectado. Quien escribe calla y su silencio no solo evidencia su desinterés sino, en el límite, deja entender la desaprobación o el desprecio. Así, de un modo muy paradójico, la sola mención de Dios escribiendo —y ello en un libro que va a fundar una religión del libro— está marcada por un carácter netamente arcaico. Jack Goody mostró de qué modo la escritura desplaza y transforma considerablemente la palabra que presuntamente representa. Modifica los modos de aprendizaje y memorización antes asociados a la voz. Introduce en el mundo un lugar más allá del lugar en el que la escritura se realiza, y aporta un tiempo más allá del tiempo inmediato en el que se inscribe. Metamorfosea los papeles tradicionales otorgados a la memoria y las funciones sociales y poéticas que tenían que ver con ella. Promueve la abstracción, el aislamiento de las palabras, la posibilidad de hacer visible la naturaleza hasta entonces únicamente auditiva, rítmica, continua, impalpable, mágica de la lengua. Impone un brutal silenciamiento de la lengua. La totalidad de lo que se habla se vuelve de pronto taciturno: lengua a la vez bruscamente visible y bruscamente muda. La lengua se vuelve semejante a las estatuas de los dioses. Es un dios que se ofrece desmembrándose. El hecho de escribir consiste a la vez en una fragmentación, una ruina irreversible y una selección inacabable de la palabra. Abre las dimensiones extraordinarias de la tabla de cuentas, la lista económica, la lista de los sueldos militares, la lista genealógica, la lista astronómica e histórica, los anales, los léxicos, los cuadros, las cantinelas rituales, las fórmulas fúnebres, las recetas culinarias, las recetas médicas, las recopilaciones de proverbios. Al hacerlo, desordena el mundo oral punto por punto, lo pone a distancia sometiéndolo a la supervisión de la mirada, reorganiza violentamente al reducir al silencio el mundo social en el que los hombres hablan y recuerdan y sobre el que fabulan los patrimonios y las intrigas de las ciudades; clasifica, pone en lista, cuenta, suprime, jerarquiza. Humilla la palabra humana y trastoca sus usos, sus gestos, sus sacrificios, sus ritos, sus mitos: toda la interpretación general del mundo, tan movediza, tan imprevista, tan memorial, tan numerosa y tan variable que la acompañaba y dependía de ella. Esta breve escena que muestra a Dios inclinado escribiendo en el templo un texto misterioso, también pone al desnudo un detritus. En el libro fundador de una religión del verbo, es una silueta fósil de un temor arcaico y oral y de la desconfianza social ante lo escrito. Por una paradoja que me extraña que no haya causado sorpresa, es el cuerpo del dios mismo el que, al elevarse e inclinarse luego, mima o danza de un modo enigmático una especie de partición, o de admonición, o de duda entre esos dos mundos.

En Pequeños tratados I (Sexto Piso, 2016).

Alza la mano si tú estás orando

A estas alturas, todos sabemos que el General, aquel mítico rapero de los años noventa, se ha arrepentido de su pasado musical y ahora se dedica a llevar la palabra de Dios por las calles de Panamá. Lo más sorprendente del segmento que le dedicó este programa peruano de televisión es descubrir que Edgardo Franco ya era testigo de Jehová antes de alcanzar la cima del éxito con canciones como «Te ves bien buena» y «Tu pum pum», por lo cual, más bien se trató de un regreso, como el del hijo pródigo (Lucas 15: 11-32). ¿Y cómo no lo vimos venir si era tan obvio? ¿No hay un evidente motivo bíblico en versos como los de «Muévelo, muévelo»: «Vi a un cojo que estaba saltando / Y un ciego me estaba mirando / Y un calvo se estaba peinando / Y un sordo me estaba escuchando»? Dice Mateo 11:15: «Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio». 

¿Podríamos —me pregunté— identificar las resonancias bíblicas en las canciones del General? Papel y lápiz en mano apunto el análisis de «Rica y apretadita» que me había negado a escribir:

Si tú la ves, amigo, no te puedes contener
Un rayo de los cielos tú oyes caer
Mi primo que era calvo le hizo el pelo crecer
A los científicos los hace enloquecer
Porque su belleza no pueden comprender
A mí, el General, me hace perder el poder
Te voa decir
Cómo me tiene esa mujer
Te voa decir
Cómo me tiene esa mujer
Me tiene adicto
a su figura esa mujer
Como televisión no la puedo dejar de ver

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Cuyo sentido original bien podría ser:

Los cielos de los cielos no te pueden contener
Su agraz, como la vid, dejará caer
Ni un cabello de vuestra cabeza habrá de perecer
A los jueces Él hace enloquecer
Pero ellos nada de esto pueden comprender
Pero Él arrastra a los poderosos con su poder
En verdad os digo
Acordaos de la mujer
En verdad os digo
Acordaos de la mujer
Se han hecho adictos
¿Estás unido a mujer?
Pero Él miraba a su alrededor para ver a la mujer.

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Las fuentes bíblicas, línea por línea, son las siguientes:

2 Crónicas 6:18, Job 15:33, Lucas 21:18, Job 12:17, Lucas 18:34, Job 24:22, Mateo 24:34, Lucas 17:32, 1 Corintios 16:15, 1 Corintios 7:27, Marcos 5:32

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Tú eres muy astuto, General.

Desde una perspectiva biológica, nada es antinatural

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Por YUVAL NOAH HARARI

¿Cómo podemos distinguir lo que está determinado biológicamente de lo que la gente intenta simplemente justificar mediante mitos biológicos? Una buena regla empírica es: «La biología lo permite, la cultura lo prohíbe». La biología tolera un espectro muy amplio de posibilidades. Sin embargo, la cultura obliga a la gente a realizar algunas posibilidades al tiempo que prohíbe otras. La biología permite a las mujeres tener hijos, mientras que algunas culturas obligan a las mujeres a realizar esta posibilidad. La biología permite a los hombres que gocen del sexo entre sí, mientras que algunas culturas les prohíben realizar esta posibilidad.

La cultura tiende a aducir que solo prohíbe lo que es antinatural. Pero, desde una perspectiva biológica, nada es antinatural. Todo lo que es posible es, por definición, también natural. Un comportamiento verdaderamente antinatural, que vaya contra las leyes de la naturaleza, simplemente no puede existir, de modo que no necesitaría prohibición. Ninguna cultura se ha preocupado nunca de prohibir que los hombres fotosinteticen, que las mujeres corran más deprisa que la velocidad de la luz o que los electrones, que tienen carga negativa, se atraigan mutuamente.

En realidad, nuestros conceptos «natural» y «antinatural» no se han tomado de la biología, sino de la teología cristiana. El significado teológico de «natural» es «de acuerdo con las intenciones del Dios que creó la naturaleza». Los teólogos cristianos argumentaban que Dios creó el cuerpo humano con el propósito de que cada miembro y órgano sirvieran a un fin particular. Si utilizamos nuestros miembros y órganos para el fin que Dios pretendía, entonces es una actividad natural. Si los usamos de manera diferente a lo que Dios pretendía, es antinatural. Sin embargo, la evolución no tiene propósito. Los órganos no han evolucionado con una finalidad, y la manera como son usados está en constante cambio. No hay un solo órgano en el cuerpo humano que realice únicamente la tarea que realizaba su prototipo cuando apareció por primera vez hace cientos de millones de años. Los órganos evolucionan para ejecutar una función concreta, pero una vez que existen, pueden adaptarse asimismo para otros usos. La boca, por ejemplo, apareció porque los primitivos organismos pluricelulares necesitaban una manera de incorporar nutrientes a su cuerpo. Todavía usamos la boca para este propósito, pero también la empleamos para besar, hablar y, si somos Rambo, para extraer la anilla de las granadas de mano. ¿Acaso alguno de estos usos es antinatural simplemente porque nuestros antepasados vermiformes de hace 600 millones de años no hacían estas cosas con su boca?

De manera parecida, las alas no surgieron de repente en todo su esplendor aerodinámico. Se desarrollaron a partir de órganos que cumplían otra finalidad. Según una teoría, las alas de los insectos se desarrollaron hace millones de años a partir de protrusiones corporales de bichos que no podían volar. Los bichos con estas protuberancias poseían una mayor área superficial que los que no las tenían, y esto les permitía captar más radiación solar y así mantenerse más calientes. En un proceso evolutivo lento, estos calefactores solares aumentaron de tamaño. La misma estructura que era buena para la máxima absorción de radiación solar (mucha superficie, poco peso) también, por coincidencia, proporcionaba a los insectos un poco de sustentación cuando brincaban y saltaban. Los que tenían las mayores protrusiones podían brincar y saltar más lejos. Algunos insectos empezaron a usar aquellas cosas para planear, y desde allí solo hizo falta un pequeño paso hasta las alas para propulsar realmente al bicho a través del aire. La próxima vez que un mosquito zumbe en la oreja del lector, acúsele de comportamiento antinatural. Si fuera bien educado y se conformara con lo que Dios le ha dado, solo emplearía sus alas como paneles solares.

El mismo tipo de multitarea es aplicable a nuestros órganos y comportamiento sexuales. El sexo evolucionó primero para la procreación, y los rituales de cortejo como una manera de calibrar la adecuación de una pareja potencial. Sin embargo, en la actualidad muchos animales usan ambas cosas para una multitud de fines sociales que poco tienen que ver con crear pequeñas copias de sí mismos. Los chimpancés, por ejemplo, utilizan el sexo para afianzar alianzas políticas, establecer intimidad y desarmar tensiones. ¿Acaso esto es antinatural?

En De animales a dioses (Debate, 2014).

Cuando la Iglesia estaba en contra del matrimonio… entre hombres y mujeres

anillos y biblia

En un bonito libro, publicado en 1859 en Barcelona «con aprobación del Ordinario» y de título Del matrimonio civil. Opúsculo formado con la doctrina del ilustre teólogo el padre Perrone, en su obra Del matrimonio cristiano, alguien que firma como DN realiza una vehemente disertación en contra el matrimonio civil. Es decir, en contra del matrimonio entre hombres y mujeres avalado por un Estado que quería quitarle a la Iglesia el monopolio de los casamientos. El libro completo puede leerse AQUÍ y da una idea de la enorme capacidad de la Iglesia para reciclar sus argumentos: «piensen en los niños», «llámenle como quieran pero no matrimonio», «la mayor parte de la sociedad está en contra», «qué sigue, ¿la poligamia?». En aquellos tiempos no era la «ideología de género» el enemigo a vencer sino un engendro que reunía protestantismo, comunismo y socialismo. No está de más subrayar que la gran mayoría de las personas que, a últimas fechas, han salido a marchar en contra del matrimonio igualitario goza de las bendiciones del matrimonio civil, tan vituperado hace siglo y medio por la Iglesia. Me di a la tarea de comparar lo que se decía en ese entonces sobre el matrimonio civil y lo que se dice ahora sobre el matrimonio igualitario, y encontré más de una coincidencia.

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Hoy: «Solo es verdadero matrimonio el de hombre y mujer

Ayer: «Podrá, si se quiere, la autoridad pública llamar a estos contratos [entre hombres y mujeres] conyugios civiles, enlaces civiles, matrimonios civiles; pero nunca podrá hacer que sean verdaderos matrimonios.» (p. 64)

«Debe también observarse que los políticos que proponen a la aprobación o sanción esta ley del matrimonio civil [entre hombres y mujeres], abusan grandemente de las palabras para engañar al pueblo y burlarse de él, pues no habiendo en el pacto celebrado en presencia del magistrado civil nada de matrimonio, sino un pacto de vivir amancebados, injustamente se le da el hombre de matrimonio.» (p. 58)

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Hoy: «Si se legaliza el matrimonio gay, que se haga lo mismo con el incesto y la poligamia

Ayer: «Una vez establecido el principio de que la ley puede sancionar el matrimonio civil [entre hombres y mujeres] separado de toda obligación religiosa, ¿qué impide el que la misma ley sancione los divorcios, y dando un paso más permita la poligamia, si la necesidad lo pide […]?» (p. 84)

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Hoy: «Matrimonio gay afecta a la sociedad

Ayer: «El matrimonio civil [entre hombres y mujeres] por su naturaleza tiende a la disolución de la familia y de la sociedad.» (p. 124)

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Hoy: «Peña Nieto es dictador al imponer la ideología de género

Ayer: «Esta ley que cohonesta los matrimonios civiles [entre hombres y mujeres] en nombre de la libertad, se convierte en ley que favorece la tiranía y por tanto es tiránica.» (p. 223)

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Hoy: «Estamos sufriendo, cada vez más, las consecuencias de la perversa ideología de género. Se refleja en el talante de nuestros gobernantes y en las reformas legislativas que pretenden aprobar en contra del matrimonio, la familia, la educación, el aborto, etc.»

Ayer: «Los seudopolíticos que son autores del matrimonio civil entre [hombres y mujeres] católicos, derivan esta teoría de la doctrina de los protestantes (y aun se precian de católicos).» (p. 137)

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Hoy: «El presidente con estas nociones está a favor de una minoría, porque los homosexuales son minoría, eso no se puede negar, y está en contra del sentir de la mayoría

Ayer: «[La ley de los matrimonios civiles entre hombres y mujeres] es antipolítica, si se atiende a lo que se llama opinión pública, aun prescindiendo de la religión. Todos saben lo peligroso que es ir contra la opinión universal, firme y sólidamente establecida.» (p. 196)

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Hoy: «De un matrimonio gay los afectados psicológicamente son los hijos

Ayer: «Si los casados [en un matrimonio civil] no aprecian la Religión, si van mal, si viven peor, ¿cómo podrán educar debidamente a sus hijos? […] Por tanto de semejantes uniones no puede resultar sino una generación de impíos.» (p. 220)

La primera risa

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Por PAUL JOHNSON

El Antiguo Testamento contiene veintiséis risas, que no forman ninguna pauta particular ni expanden nuestro conocimiento de por qué ríe la gente. La primera ocurre en el capítulo 18 del Génesis, y constituye la primera ocasión en que la risa se recoge por escrito en palabras, hacia 1500 a. C. Abraham está sentado fuera de su tienda. Aparecen unos ángeles, uno de los cuales resulta ser Dios. Abraham envía a su mujer, Sara, corriendo al interior de la tienda para que prepare comida para los invitados. Mientras tanto, Dios le da a Abraham asombrosas noticias: “¡Tu esposa Sara tendrá un hijo!”. Sara lo oye desde la puerta de la tienda. Pero Abraham y Sara eran ancianos y hacía tiempo que Abraham no conocía a Sara de la forma necesaria para tener niños. Por lo tanto, Sara se rió para sus adentros y dijo: “Ahora que estoy pasada, ¿voy a sentir placer y además con mi marido viejo?”.

Dios se ofende por la risa de Sara, pues la interpreta como falta de fe en Su poder. “¿Acaso hay algo que no alcance el poder de Yahveh?”. Sara niega haberse reído, diciendo: “No me he reído”, pues le entra miedo. Pero Dios le replica: “No digas eso, que sí te has reído”.

Este pequeño episodio del Génesis es tan fascinante que casi lleva a creer que la Biblia es una crónica fiel. No se trata solo del primer chiste que se registra por escrito, sino que además es el primer “chiste verde”. Sara no se ríe de la idea de tener un bebé, sino de la idea de mantener relaciones con su anciano esposo y de llegar al orgasmo (“el placer”). ¿Cómo iba a tener Abraham de nuevo una erección? Parecía muy improbable, ¿no? Y, por lo tanto, la risa de Sara era de escepticismo, pero también era irónica, por no decir sardónica. Y precisamente por eso irritó tanto a la todopoderosa deidad.

Este incidente muestra que no existe la risa simple. Y me siento tentado a añadir que tampoco existe la risa inocente. La ocasión más común para la risa, y especialmente para la risa en comunidad, son los apuros, la perplejidad o la incomodidad de otros.

Humoristas, Ático de los Libros, 2012.

Toloc: por el lado oscuro del camino

concert-1812

Si alguien en nuestro árido territorio artístico ha definido la subversión como norma de comportamiento dentro y fuera de los escenarios es sin duda el grupo Toloc. Subversión no sólo contra los naturales blancos de la protesta (el sistema, los buenos modales y todas esas instancias que comúnmente se denominan “lo establecido”) sino incluso contra aquellos grupos que se llaman a sí mismos “contestatarios”.  Ni darketos ni eskatos ni punketos, Toloc se forma en 1998, con tres integrantes que fueron capaces, como los antiguos, de borrar todo vínculo con su pasado y nacer de nuevo bajo los nombres de Kurt Kobén, Mosh Cohuó y Lazlo Canek. Metal épico en el más sublime de los términos: la historia reinventada a través de la epopeya.

“Es verdad que de músicos, poetas y locos todos tenemos un poco. Por fortuna, hay algunos que sólo eso sabemos hacer”.

En los tiempos en que los grupos de rock sacaban sus nombres del libro de etimologías grecolatinas, Toloc debuta con Montecristo Superstar, el mítico demo de 1998 que llevaba ya la marca personal del grupo: el bajo cabalgante. En las postrimerías de un siglo caracterizado por la intolerancia hacia lo diferente, el disco pasó inadvertido para la mayoría de los conocedores, que no supieron apreciar sus innovaciones estilísticas, sobre todo en materia de letras:

Ya se marchó, no volverá.
Gonzalo Guerrero
no vuelve la vista atrás.

(“Gonzalo Guerrero”)

Su original visión de la conquista y el mestizaje, aunada a la voz aguda de sacerdote poseído por Hunab Ku del vocalista, fue rotundamente ignorada. Sin embargo, la confianza absoluta en su talento colectivo hizo de Toloc un grupo persistente. No conformes con su revolucionaria forma de ver la música e inspirados por la atmósfera apocalíptica de ese año, lanzan hacia 1999 El número de la bestia (que subió del mar), un disco que después los eruditos compararían con el Revolver de los Beatles. En dicho material, Toloc hacía una revisión minuciosa de su cotidianidad, de una manera tan lograda que la ciudad adquiriría, en esos diez tracks, una abierta condición de paraíso perdido. En diciembre, precisamente cuando todo mundo celebraba la inscripción de Campeche como “Patrimonio Cultural de la Humanidad”, Toloc cantó la que se convertiría después en un himno de los jóvenes campechanos de fin de milenio: “Another brick in the Solitude bastion” (mejor conocida como “Otro ladrillo más en el baluarte de la soledad”), que por cierto inspiraría un célebre graffiti (“Patrimonio y mortaja de la UNESCO bajan”) atribuido al propio Kobén.

Es en otra de sus canciones: “Under the Dogs’ Bridge” (Bajo el Puente de los Perros) que Toloc anuncia su deprimente relación no sólo con la religión católica sino con todas las religiones: “El primer cristiano que asesiné de hecho no lo era: practicaba el jainismo”, dice uno de sus más controvertidos fragmentos. Los aires violentos que se respiraban en sus letras desataron encarnizadas protestas por parte de algunos grupos católicos (comandados por el padre Seleno) y también por parte de una diputada local. El escándalo se convirtió en su mejor publicidad. Y fue definitivamente por la puerta de la polémica que sus álbumes empezaron a ser vistos con seriedad por el público especializado.

“La música sirve para vivir de la misma manera que el sexo sirve para vivir (aunque de repente, sirva para reproducirnos).”

Para el año 2000, Toloc eran la mayor sensación que habían tenido los círculos rockeros en el estado. Cientos de amantes del metal les seguían a todos sus conciertos y más de uno imitaba ese característico movimiento de los toloques, que se había convertido en el santo y seña de sus admiradores. Incluso, se rumoró en algunas publicaciones, que Kurt Kobén se había operado los huesos del esternón y del cuello para poder hacer ese constante cabeceo hacia delante y hacia atrás. Para entonces, los integrantes de Toloc ya habían adquirido el tono amarillento de sus cabelleras (a base de un tratamiento de rayos ultravioleta que habían tomado en un barco camaronero) y se vestían con sus clásicos huipiles que no ocultaban sus también clásicos pantalones de mezclilla.

Es a mitad de ese año, que Toloc admite la necesidad de mejorar la calidad de sus grabaciones. La idea se vuelve tan obsesiva que Kurt Kobén concibe, mientras pinta los protectores de una residencia colonial, crear su propia casa disquera: la Thiner Digital Records. Huelga decir que ese afán de perfección tuvo adeptos y detractores. Cuando algunas de las oscuras hordas de fieles metaleros rechazan al grupo por considerarlos comerciales, Toloc ofrece un concierto en los pasajes subterráneos de Puerta de Tierra para demostrar que hacían música “underground” en el más amplio de los sentidos.

Sin embargo, pese a manifestar con frecuencia lo contrario, Kurt Kobén fue adquiriendo credenciales de figura pública (proceso del cual Genaro Manzanilla hace una notable descripción en Nadie sale divo de aquí): aparecía en casi todas las revistas, incluso en aquellas que comúnmente dedicaban sus planas a tráileres accidentados. El 31 de diciembre una nota circula por toda la prensa: Kurt Kobén es arrestado por conducir a exceso de velocidad y en estado inconveniente, no tener tarjeta de circulación, manejar con un permiso vencido y llevar en el asiento trasero a tres chicas menores de edad que además olían a resistol. De ese incómodo incidente surgió “Guama Police (arrest this man)”, la canción más representativa del 2001 y que fue cantada por cientos de internos del penal donde se hicieron las grabaciones.

Para su tercer material, Bahía de la Mala Pelea, Toloc experimenta con instrumentos autóctonos e invitan a participar en su disco a algunos músicos tradicionales que habían conocido en sus giras al interior del estado. “Villamadero Insurgente” es la conjunción maestra de una letra subversiva y la pesantez del epic metal con la nada despreciable experimentación de un solo de Tunkul de 22 minutos, ejecutado por el sexagenario Jacinto Pat. En “Regina (She will back)” (¿la recuerdan?, aquella que comienza con “a la voz de puto el que no suba al arca”), el momento culminante en que la predicadora anuncia la última tormenta es verdaderamente sublimado por la participación de Víctor Mejía, el virtuoso del Palo de Lluvia, que ejecuta, según los conocedores, una melodía sólo comparable a la que pudo haber interpretado Dios durante el diluvio universal.

 

“Nada tan irresistible como la resistencia”

Para finales del 2001, Toloc graba lo que no puede considerarse simplemente una canción sino LA canción. Me refiero a “Simpathy for the kissín”, contenida en su disco Bix a be’el, Luzbel y entre cuyas estrofas se encuentra una de las grandes máximas de quienes, como ellos, se rehusaron a seguir estilos convencionales de vida: “Hay quienes por querer ser rectos terminan siendo ojetes.”

La reveladora aparición de este disco, descubrió al público más joven (prácticamente puberto) que el metal aún estaba vivo —por lo menos que no olía tan mal— y que las inocentes formas de subversión que los adolescentes practicaban en ese entonces eran sólo una moda, igual a la del pop que tanto decían detestar. Para Kobén y sus seguidores, la única y auténtica manera de ir contra la moda era ser abiertamente anacrónicos; en esa zona que se extiende entre repudiar el presente y reinventar el pasado. Pronto, los punks advierten la alusión y pintan los suficientes graffitis como para llevar el incidente a una ruptura definitiva. Cuando en una entrevista para Necrofilia Zine, Kobén señala: “Todo eso que ellos llaman resistencia tiene mucho de resignación”, la guerra ya está declarada desde ambas orillas.

Alentados quizás por las duras críticas a sus formas de contracultura, algunos admiradores del punk, promueven el disco-tributo God save the Halach uinic, donde de manera velada acusan a Toloc de haberse convertido en un producto. God save the Halach uinic es nada menos que las canciones clásicas de Toloc remezcladas por personalidades de la música electrónica, como Peter Pan, Mickey Mouse, Banana Power y principalmente Matato’s. Toloc en respuesta a ese disco, que tuvo la mala suerte de escucharse hasta en las discotecas de los municipios, lanza la recopilación definitiva de su música: AnTOLOCgy, con la que cierran la más grande aventura épica que ha conocido jamás la música campechana.

“Es mejor consumirse que consumarse”

El 5 de abril de 2003, deprimido quizás por la muerte de su novia, Kurt Kobén se suicida disparándose en la garganta con un arpón para matar cazones. Apenas un año antes, durante el equinoccio de primavera, habían grabado en las alturas de Chichén Itzá lo que iba a ser su legado musical: La peste negra y la olla de oro al final del arcoiris, un material en vivo, que también dejaba ver el reciente gnosticismo de Kobén. Después de ese apoteósico concierto, Toloc se dedicó a tocar sólo en sitios arqueológicos. Es precisamente durante el festival Apocalip-Tikal, que ellos encabezaban, cuando su novia se avienta al vacío bajo una supuesta sobredosis de copal. Suceso éste del que Kurt nunca pudo recuperarse.

El suicidio de Kobén despertó un ciego desprecio hacia el metal épico que representaba. Otra desafortunada confusión entre ídolo, ideología y arte. Las consecuencias reales de dicho acto repercutieron en los otros integrantes de Toloc mucho más que en los fans de su música: Mosh Cohuó y Lazlo Canek nunca lograron revivir las atmósferas heroicas de las letras de Kurt. Canek mejor se dedicó a la guerrilla rural y Cohuó formó un conjunto tropical llamado The Bellavista Social Club.

La música desde entonces adolece de superficialidad. Como ha sustentado el conocedor Joao García: “Ningún bajeo ha podido, como el de Toloc, recordarme a las Valkirias”.  Y también es innegable lo que el crítico Miguel García (sin parentesco con el anterior) ha dicho al respecto: “En definitiva, Toloc fue un grupo adelantado a su tiempo”.