Anatomía de Grey

Foto: Milenio.

Para quien no esté enterado, Sasha Grey fue una de las personalidades más famosas de la industria pornográfica en Estados Unidos, donde por tres años se hizo de un nombre que le permitió dar el salto al cine no pornográfico y la literatura. La base de datos IMDB registra 208 apariciones entre videos porno, películas convencionales, juegos de video y series de televisión. En 2013 se publicó en español su primera novela, La sociedad Juliette, y en 2018, la segunda, La habitación prohibida, ambas en Grijalbo. Lo que de principio asombra al lector de este último volumen es que —a pesar de ajustarse a la etiqueta comercial de ficción erótica— la cantidad de encuentros carnales, fantasías sadomasoquistas y conversaciones concupiscentes es apenas comparable con las abundantes opiniones acerca del amor, la religión, el cine, la literatura, las condiciones actuales del periodismo (profesión a la que se dedica la protagonista) y el estado de enajenación y precariedad bajo el capitalismo. En fin que el conjunto funciona como si te sumergieras un día entero en Twitter. Elaboré —de manera más bien rústica, según puede verse— el siguiente comparativo:

1. Escenas sexuales (en rosa), en las que se incluyen tocamientos solitarios frente a una cámara, instrumentos punzantes, bañeras profundas y generalizaciones del tipo «Las personas somos más sinceras justo antes de venirnos» (p. 61):

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2. Episodios sentimentales (en azul), entre los que se incluyen las llamadas a novios mojigatos para decirles que los quieres, un compromiso matrimonial (perdón, era una vuelta de tuerca) y dudas del tipo «¿En el amor todo es posible? ¿Si alguien te quiere lo suficiente, te entiende de verdad? ¿Y si las cosas que quieres en realidad le resultan incómodas e incomprensibles?» (p. 107):

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3. Críticas contra el capitalismo (en amarillo), al que se describe como un sistema creado para confundir nuestro sentido de las necesidades y hacerte creer único y especial a pesar de que no eres sino «una pieza minúscula, insignificante y reemplazable de la máquina consumista» (p. 69). Se incluyen comentarios diversos acerca del valor de uso y el valor de cambio, y afirmaciones del tipo «Los diamantes son más valiosos para las empresas que las vidas de las personas que los extraen» (p. 221):

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4. Referencias culturales (en naranja). Reminiscencias de libros y autores (porque, ya se sabe, no hay gemido que no te remita al final de Los hombres huecos, de Eliot), preguntas legendarias alrededor del cine («¿Cogieron Tom y Nicole en Eyes Wide Shut? ¿Se vino de verdad Harvey Keitel en el pelo de Nic?», p. 65) y recomendaciones para ser buen periodista («Hay que fijarse en cosas que la mayoría de la gente ni miraría. Encontrar los detalles que conecten los puntos y que otros pasan por alto. Ir al meollo de la historia y conseguir que la gente se preocupe por unos desconocidos», p. 34). Comentarios sobre Gabriele D’Annunzio, La aventura de Antonioni, los diarios de Anaïs Nin, La posesión de Zulawski, El señor de las moscas de Golding y preguntas metaficcionales del tipo “¿Dónde encajo yo? ¿Soy la historia o la narradora? ¿El papel, el bolígrafo o la letra?» (p. 322):

No es otro previsible libro sobre emprendedores

En español se llama Cincuenta innovaciones que han cambiado el mundo, pero el título en inglés es más afortunado: Cincuenta cosas que han conformado la economía moderna. De otro modo, uno podría pensar que el mundo que conoce el economista Tim Harford, profesor en el Nuffield College de Oxford, está demasiado inclinado hacia la comodidad: los videojuegos, el aire acondicionado, los grandes almacenes, el iPhone no son, en apariencia, la realidad económica de una parte importante de la población. Sin embargo, pronto Harford justifica su lista: ciertos objetos e ideas —algunos sencillos como la hoja de afeitar, otros sofisticados como el reloj y unos más, de un alcance insospechado, como la sociedad de responsabilidad limitada— pueden retratar nuestro sistema económico de una manera más transparente que cuando uno echa mano de conceptos demasiado amplios (nos pasa todo el tiempo con «capitalismo» que, en el afán de que explique tanto la minería, la narrativa de la última década y nuestro odio por los lunes, termina por esconder al diablo en los detalles).

Es comprensible entonces que desde el inicio, este volumen traiga a cuento a los luditas, aquellos tejedores que destruían telares mecánicos en los albores de la Revolución industrial. Nuestro entusiasmo por el continuo avance tecnológico ha hecho que, a la distancia, pensemos en ellos como en gente incapaz de ver las ventajas de las nuevas máquinas y sus «áreas de oportunidad». Pero Harford es lo suficientemente agudo para tomar en serio su descontento: cada innovación, si lo es en realidad, trae consigo un reajuste del terreno de juego, que, a su vez, no puede entenderse sin la línea que divide a los ganadores de los perdedores. Este balance permite al autor evaluar las innovaciones más allá de la manida celebración de que ponen objetos más baratos y funcionales al alcance de nuestros bolsillos. «No deberíamos caer en la trampa de pensar que los inventos no son más que soluciones», asegura. «Son mucho más que eso. Configuran nuestra vida de manera impredecible y, a pesar de que resuelven un problema para alguien, a menudo crean un problema para otra persona». Incluso el arado, que hace miles de años hizo posible la civilización y la economía moderna, propició que los primeros agricultores tuvieran una peor salud que sus antepasados recolectores y está asociado a otras creaciones humanas, como la tiranía y la misoginia, de las que no podemos sentir precisamente orgullo.

Harford cuenta las historias del alambre de púas (que sirve para explicar la propiedad), del librero de Ikea (y su relación con el ahorro en el transporte de mercancía), de la criptografía asimétrica (y las transacciones por internet), del proceso Haber-Bosch (y cómo intensificó la producción agrícola). Todos los inventos de este libro esconden un problema económico, que involucra una compleja red de relaciones sociales, casualidades, olvidos, regulaciones, vacíos legales, cabos sueltos a la espera de la siguiente demostración de ingenio. En ocasiones parece que habla de cosas muy simples, como la búsqueda en Google, o la comida precocinada, pero la descripción de cómo era el mundo precedente deja en claro lo transformadoras que han sido. ¿Qué significaba tener una duda e investigarla antes de Google?* ¿Qué ha sido del tiempo que antes gastábamos preparándonos la comida, y siendo más precisos: que las mujeres gastaban preparándonos la comida al resto? Inventos como el elevador —y ni siquiera el mecanismo en sí, bastante antiguo, sino el freno que hace seguro el viaje en elevador— han transformado la arquitectura, las concentraciones urbanas, nuestra representación de las jerarquías.

Resulta inevitable que, concluido el libro, algunos objetos cotidianos adquieran un halo de extrañeza. Después de leer la historia del sifón en S, uno difícilmente podría no maravillarse de la perfecta sencillez de su lavabo, pero también está consciente de un problema: el saneamiento público no es algo que vaya a resolverse gracias al mercado, sino que se necesita de voluntad política. Al asombro a veces lo acompaña cierta sensación de espanto. En su capítulo dedicado al uso de antibióticos en la ganadería, el autor nos advierte que las bacterias se están volviendo cada vez más resistentes, en parte, porque hay más incentivos económicos para suministrar antibióticos sin distinción que para hacerlo de la forma adecuada. ¿Deberíamos preocuparnos? Sí y mucho. Esa doble mirada sobre el papel del mercado y del Estado recorre la mayoría de estas historias. En unos casos las trabas burocráticas han retrasado la innovación; en otros, la ausencia de reguladores nos ha conducido al desastre; en unos más, ciertos objetos que ahora nos parecen éxitos de la iniciativa privada no habrían llegado a nuestras vidas sin las investigaciones públicas que los antecedieron. No existe una obligación única que el Estado debería tener para alentar la innovación, ni garantía de que las recetas que funcionaron en el pasado sigan siendo útiles hoy día (la propiedad intelectual que en determinado momento pudo estimular la creatividad ahora parece ser un obstáculo).

Más que el canon de las innovaciones, este libro describe el contexto en el que cincuenta inventos geniales aparecieron para cambiar el aspecto de nuestras ciudades, nuestros intercambios económicos, nuestra apuesta por el bienestar. ¿Vivimos mejor ahora que hace un siglo? En términos generales, sí, pero la insistencia de Harford en cómo los costos y los beneficios se han distribuido de manera desigual entre la población no debería tomarse como una mera anotación al margen.

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*Hacerse esa pregunta, y muchas otras, añadiendo automáticamente «Voy a tener suerte» cuenta como evidencia.

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Tim Harford
Cincuenta innovaciones que han cambiado el mundo
Ciudad de México, Conecta, 2018, 350 pp.

Publicado originalmente en Letras Libres.

Cambio, vendo y compro por igual: el capitalismo explicado por Cri-Cri

Cuando uno le echa un vistazo a la correspondencia de Francisco Gabilondo Soler entiende por qué el dinero es una preocupación constante en los cuentos de Cri-Cri. A finales de los treinta y principios de los cuarenta (según recoge Elvira García en De lunas garapiñadas), Gabilondo Soler le escribe a su esposa Rosario desde los diferentes lugares a donde había ido a probar suerte: «en este sitio me las he visto negras», «el asunto de la radio anda mal», «he sido valiente, constante e ingenioso, pero las circunstancias y solo un milagro me pueden sacar adelante», «no tengo más que unos pesos y no sé cómo pagar las pequeñas necesidades en los días que vienen y el día 11 de febrero me tendré que ir otra vez a la calle», «me comprometí a trabajar hasta diciembre y aunque pagan muy poco, porque esto es muy raquítico y son muy agarrados, espero juntar algo de dinero», «en la carpa voy a pedir aumento de sueldo porque son una de las privaciones que ya no aguanto». Ni siquiera es necesaria una búsqueda demasiado exhaustiva en los nueve discos que conforman Cuentos y canciones de Cri-Cri para encontrar esas historias de apuros económicos, empleos precarizados y falta de tiempo. Me he apoyado en el material del sitio cri-cri.net y he añadido algunos links.

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Mercancías y el proceso de intercambio

«La gente adulta —las personas ya crecidas— son incomprensibles y sus juegos habituales carecen de sentido. Tal es la opinión de Cri-Cri. Los mayores casi siempre se divierten con un juego que llaman comercio. El comercio se juega así: dentro de la tienda hay un largo mostrador detrás del cual hay una señorita o un joven que se pasan el día mirando hacia la calle. Entran otras personas a cambiar dinero por objetos poco interesantes, que rara vez son dulces o juguetes. El que entró vuelve a salir con su paquete y el vendedor guarda el dinero en un cajón. ¿Para qué lo guarda? ¡Con lo bonito que es arrojar las monedas al riachuelo para verlas brillar en el fondo como peces redondos! Ese juego de cambiar dinero por cosas que no son ni golosinas ni muñecos, lo repiten sin cansarse jamás. Y lo que es peor: los jugadores nunca ríen.»
☛«Desacuerdo de Cri-Cri», Disco 1. Puede escucharse AQUÍ.

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El culto a la puntualidad

«La pautada regularidad de los acaudalados [miembros de la familia] Torresmochas admiró a la sociedad entera. Se puso en boga la puntualidad, cosa desconocida desde los tiempos de María Castaña, y la ciudad adquirió un ritmo exacto, riguroso. Hasta los incendios y los choques tuvieron que suceder a horas fijas. Los bohemios, los abogados y todos aquellos afectos a hacerse esperar fueron considerados enemigos públicos. Cri-Cri mismo, que tampoco se mata por llegar temprano, se vio amenazado por la intransigencia horaria.»
«Más equivocaciones de Cri-Cri», Disco 3. Puede escucharse AQUÍ

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La crisis del capitalismo y la crisis del espíritu (metódico) del capitalismo

«Pues, mientras duraron los millones de los Brincasgomas, su espíritu metódico siguió inspirando la comunidad; mas llegó el día aciago en que no hubo ni un céntimo para sostener el castillo, palacios, trasatlántico, banquetes, tranvía particular, ni película del Oeste americano. Cuando el señor Mangasbroncas se confesó incapaz de pagar tres mil facturas y no poder desembolsar siquiera la limosna acostumbrada al ciego del organillo, la sociedad se desmoralizó. ¿Cómo traicionar a los números en dinero y los vencimientos en números de calendario y de reloj? Todos aquellos que antes hicieron gala de puntualidad, de la noche a la mañana se tornaron aún más informales que los bohemios y que los abogados.»
«Final inesperado», Disco 3. Puede escucharse AQUÍ.

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Intensificación del trabajo

«La importante editorial deseaba comprar canciones de Cri-Cri. Esa gigantesca empresa se dedica a imprimir todas las escalas en gran escala. El recién llegado preguntó a Cri-Cri si estaba dispuesto a componer cien canciones por semana durante cinco años de contrato, o sea veintiséis mil canciones en un lustro. Cri-Cri se quedó con la boca abierta. En lo que va del año apenas ha podido concluir una canción y echado a perder otra. El representante le aseguró que solo una producción intensiva conduce a la opulencia.»
«Cosa de millones», Disco 4. Puede escucharse AQUÍ.

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La emisión de monedas en cantidades mayores a las necesidades de sus esferas de circulación

«—Mire, señor experto, no me hable usted de riquezas —respondió Cri-Cri—. Yo conocí a un individuo que firmó un contrato para recibir todos los días un millón de billetes. La primera semana el hombre estuvo feliz.

Al cabo de un mes comenzó a depositar los billetes en los bancos porque en su casa ya no cabían. Al año de haber firmado el contrato, los financieros le hicieron saber que ya no podían admitir más billetes debido a que los bancos estaban tan atiborrados de ellos que no se podía dar un paso en las oficinas. ¡Un millón le seguía llegando cada día! Mandó edificar grandes cobertizos para almacenar su papel moneda. Pronto se agotaron los materiales de construcción y no se contó con sitio para guardar la avalancha de valores. El hombre trató de esconderse para evitar recibir el millón diario. Se refugió en las bibliotecas públicas, donde es fama que no entra nadie, pero hasta ahí lo encontraban los encargados de entregarle el dinero. ¡Un millón todos los días! ¡Un millón! Ya desesperado apiló los billetes en la calle, con un letrero que decía: «Señores ladrones: tengan la bondad de robar todo lo que gusten». Pero los ladrones sospecharon alguna añagaza y dejaron el dinero intacto. Tanto papel en la vía pública impidió la circulación de los vehículos y las autoridades obligaron al archimillonario a quemar los billetes. Pero para incinerarlos necesitó tales cantidades de petróleo, carbón y madera que acabó con los pozos, las minas y los bosques de todo el país. Y, como pesadilla, seguía recibiendo un millón de billetes cada mañana.»
«Cosa de millones», Disco 4. Puede escucharse AQUÍ.

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La corrupción es el sistema

«Alrededor de una mesa sentáronse el presidente, sus ministros, varios aduladores titulados y Cri-Cri. Mientras consumían deliciosos platos, el presidente le birló al vecino de la derecha el reloj, la cartera y la pluma; al mismo tiempo, el despojado se dio maña en volarle al siguiente comensal objetos semejantes; el tercero hizo lo propio con un cuarto y así iban los hurtos recorriendo solapadamente el círculo de la mesa. Era de suponer que a los postres los objetos habrían dado la vuelta completa, retornando a su poseedor original, pero Cri-Cri estaba causando interferencia en la rueda. Como él no quitaba nada ni tenía ya que le quitaran, el ágape tomó un cariz desagradable. Don Uño Hurtado de la Ganzúa, con la cara encendida, espetó:

—Está usted interrumpiendo nuestra digestión. Le concedo una hora exacta para salir del país, so pena de ir a la cárcel por babieca.»
«Un viaje de Cri-Cri», Disco 6. Puede escucharse AQUÍ.

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Trabajar para tener tiempo libre (algún día)

«Cierto tendero se dio prisa en ganar dinero vendiendo kilos de ochocientos gramos. Al cabo de medio siglo, tenía un capitalazo que se escribía casi con una docena de cifras. Entonces fue cuando realizó su sueño de darle la vuelta al mundo sin carreras; pero como estaba cansadísimo de tanto trabajar, realizó su sueño sin correr. Así como se escribe. Todo el viaje se lo pasó durmiendo, de modo que quedó en las mismas que el trotamundos apresurado.»
«¡Conozca usted el mundo!», Disco 7. Puede escucharse AQUÍ.


[Arte: José Sosa]

Elogio del crimen

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Por KARL MARX

El filósofo produce ideas, el poeta poemas, el cura sermones, el profesor compendios, etc. El delincuente produce delitos. Fijémonos un poco más de cerca en la conexión que existe entre esta última rama de producción y el conjunto de la sociedad y ello nos ayudará a sobreponemos a muchos prejuicios. El delincuente no produce solamente delitos: produce, además, el derecho penal y, con ello, al mismo tiempo, al profesor encargado de sustentar cursos sobre esta materia y, además, el inevitable compendio en que este mismo profesor lanza al mercado sus lecciones como una «mercancía». Lo cual contribuye a incrementar la riqueza nacional, aparte de la fruición privada que, según nos hace ver, un testigo competente, el señor profesor Roscher, el manuscrito del compendio produce a su propio autor.

El delincuente produce, asimismo, toda la policía y la administración de justicia penal: esbirros, jueces, verdugos, jurados, etc., y, a su vez, todas estas diferentes ramas de industria que representan otras tantas categorías de la división social del trabajo; desarrollan diferentes capacidades del espíritu humano, crean nuevas necesidades y nuevos modos de satisfacerlas. Solamente la tortura ha dado pie a los más ingeniosos inventos mecánicos y ocupa, en la producción de sus instrumentos, a gran número de honrados artesanos.

El delincuente produce una impresión, unas veces moral, otras veces trágica, según los casos, prestando con ello un “servicio” al movimiento de los sentimientos morales y estéticos del público. No sólo produce manuales de derecho penal, códigos penales y, por tanto, legisladores que se ocupan de los delitos y las penas; produce también arte, literatura, novelas e incluso tragedias, como lo demuestran, no sólo La culpa de Müllner o Los bandidos de Schiller, sino incluso el Edipo [de Sófocles] y el Ricardo III [de Shakespeare]. El delincuente rompe la monotonía y el aplomo cotidiano de la vida burguesa. La preserva así del estancamiento y, provoca esa tensión y ese desasosiego sin los que hasta el acicate de la competencia se embotaría. Impulsa con ello las fuerzas productivas. El crimen descarga al mercado de trabajo de una parte de la superpoblación sobrante, reduciendo así la competencia entre los trabajadores y poniendo coto hasta cierto punto a la baja del salario, y, al mismo tiempo, la lucha contra la delincuencia absorbe a otra parte de la misma población. Por todas estas razones, el delincuente actúa como una de esas «compensaciones» naturales que contribuyen a restablecer el equilibrio adecuado y abren toda una perspectiva de ramas «útiles» de trabajo.

Podríamos poner de relieve hasta en sus últimos detalles el modo como el delincuente influye en el desarrollo de la productividad. Los cerrajeros jamás habrían podido alcanzar su actual perfección, si no hubiese ladrones. Y la fabricación de billetes de banco no habría llegado nunca a su actual refinamiento a no ser por los falsificadores de moneda. El microscopio no habría encontrado acceso a los negocios comerciales corrientes (véase Babbage) si no le hubiera abierto el camino el fraude comercial. Y la química práctica, debiera estarle tan agradecida a las adulteraciones de mercancías y al intento de descubrirlas como al honrado celo por aumentar la productividad.

El delito, con los nuevos recursos que cada día se descubren para atentar contra la propiedad, obliga a descubrir a cada paso nuevos medios de defensa y se revela, así, tan productivo como las huelgas, en lo tocante a la invención de máquinas. Y, abandonando ahora al campo del delito privado, ¿acaso, sin los delitos nacionales, habría llegado a crearse nunca el mercado mundial? Más aún, ¿existirían siquiera naciones? ¿Y no es el árbol del pecado, al mismo tiempo y desde Adán, el árbol del conocimiento? Ya Mandeville, en su «Fable of the Bees» (1705) había demostrado la productividad de todos los posibles oficios, etc., poniendo de manifiesto en general la tendencia de toda esta argumentación:

«Lo que en este mundo llamamos el mal, tanto el moral como el natural, es el gran principio que nos convierte en criaturas sociales, la base firme, la vida y el puntal de todas las industrias y ocupaciones, sin excepción; aquí reside el verdadero origen de todas las artes y ciencias y, a partir del momento en que el mal cesara, la sociedad decaería necesariamente, si es que no perece completamente.»

Lo que ocurre es que Mandeville era, naturalmente, mucho más, infinitamente más audaz y más honrado que los apologistas filisteos de la sociedad burguesa.

«Concepción apologética de la productividad
de todas las profesiones»,
apéndice de Teorías de las pluvarías.
(Más de Marx sobre el crimen, aquí).

Cuando Supermán combatía al capitalismo

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Era junio de 1938 cuando los puestos de revistas exhibieron una imagen insólita: un hombre con capa y una S estilizada en el pecho levantaba sobre su cabeza un automóvil, ante el horror de algunos testigos. La ilustración correspondía a la portada de Action Comics número 1, una revista mensual dirigida a niños y jóvenes, y aquel hombre de fuerza inusitada era nada menos que el tipo destinado a inaugurar todo un género en el mundo de las historietas. Con la creación del superhombre que atiende los problemas de una ciudad –y posteriormente de una nación y del planeta– el guionista Jerry Siegel y el dibujante Joseph Shuster popularizaron cierta idea de justicia inseparable ya de los poderes sobrehumanos y un guardarropa extravagante.

Identificado en numerosas ocasiones como una “encarnación” del Imperio, olvidamos que en sus inicios Supermán combatió los males que suelen asociarse al capitalismo. En 1938 –cuando Estados Unidos todavía se encontraba sumido en la crisis económica–, los lectores de Action Comics podían fácilmente identificar el Mal con un grupo de gente ambiciosa que había llevado a la población al desempleo. Para Grant Morrison (Supergods), Supermán “fue una respuesta humana y audaz al miedo ante los avances tecnológicos desbocados y el industrialismo desalmado de la Gran Depresión”. Eso lo llevó a tener, muy al principio, una suerte de agenda socialista.

El catálogo de injusticias que atiende el héroe en los primeros números de Action Comics así lo corroboran: en el número de abril de 1939, Supermán le da su merecido a una camarilla de inversionistas que habían vendido acciones sin valor. Para lograr su cometido, bajo el nombre de Homer Ramsey, compra todas las acciones; después ya como Supermán perfora él mismo un pozo en apariencia inservible para hacerlo productivo, en el papel de Ramsey vende de nuevo las acciones a los defraudadores y finalmente como el hombre de acero destruye el pozo petrolero. A primera vista parece un sistema demasiado embrollado de impartir justicia, pero explicita, en su constante cambio de vestuario, la ilusión de que cada quien puede recibir lo que se merece. En el número de mayo de ese año, Clark Kent descubre que un amigo suyo del periódico ha sido atropellado impunemente por un automovilista. Llama al intendente para preguntar por qué la ciudad tiene uno de los peores tráficos del país y el intendente responde: “Es terrible, pero ¿qué podemos hacer al respecto?” Supermán decide hacer ese algo: toma por asalto una estación de radio y, al aire, le declara la guerra a los conductores imprudentes y a los fabricantes de carros de mala calidad. Después de destruir un centenar de autos, abrir caminos y poner fuera de circulación a los conductores borrachos, Supermán secuestra al intendente y lo lleva a la morgue para que vea todos esos cadáveres, producto de malas políticas de vialidad. Horas más tarde, el servidor público anuncia una campaña efectiva para atacar el problema.

El Supermán de esos años –en los que los números de Action Comics se alternaban con aquellos dedicados exclusivamente al héroe de acero– parece confirmar que cualquier injusticia particular tiene como último responsable a un sistema que ha permitido que esa injusticia se desarrolle, ya sea en forma de casas de juego que arruinan a los ciudadanos (septiembre de 1939), obreros que son asesinados a fin de retrasar una construcción (octubre de 1939) o como hipoteca que dejará fuera de funciones a un albergue para chicos desamparados (agosto de 1939). Incluso, el Ultra-Humanita, un villano calvo en silla de ruedas que pretende conquistar al mundo gracias a su inteligencia hiperdesarrollada, se presenta a sí mismo como el “jefe de un extenso grupo de empresas malvadas”, lo cual se ajusta a la idea de que la dominación planetaria necesita de inversores para poder llevarse a cabo.

Todavía en las historietas de 1940, el ideario de Supermán puede congeniar con el conflicto armado que se venía desarrollando en Europa: en Action Comics número 22 Clark Kent y Lois Lane aprovechan su condición de periodistas para cubrir la guerra entre las imaginarias naciones de Toran y Galonia, cuya paz se logra cuando Supermán pone en evidencia que la guerra es promovida por una fuerza externa: un loco brillante, y todavía con cabello, llamado Luthor. Sin embargo, para 1942 –con Estados Unidos metido en el conflicto–, el acercamiento es menos humanitario: en Supermán núm. 15, correspondiente a marzo/abril de ese año, el superhombre advierte que uno de los barcos de guerra estadounidenses ha sido saboteado y decide reparar el daño, pero en ningún momento arguye la importancia de socorrer a la tripulación: “Si no actúo rápidamente”, dice el héroe mientras se dirige a toda velocidad hacia la nave, “los muchos millones de dólares invertidos en ese barco terminarán en la basura”. Sus prioridades, como puede observarse, habían cambiado en poco tiempo.

Si, como dice Grant Morrison cada generación ha tenido que reinventar a Supermán, eso supone también reinventar a sus enemigos. Modificar su idea de mal y de la porción de humanidad a la que vale la pena ayudar. Que Supermán haya pasado de destruir máquinas tragamonedas a destruir tanques enemigos muestra un cambio de época y nos hace ver con nostalgia aquellas aventuras iniciales donde el hombre de acero consideraba importante salvar un albergue del embargo y donde el método más adecuado para lograr tal propósito era protagonizar una suerte de maratón de beneficencia: socorriendo millonarios, aceptando donativos, rescatando un tesoro del fondo del mar. Así, hasta reunir dos millones de dólares. Qué tiempos aquellos. 

Publicado originalmente en Letras Libres.