Alza la mano si tú estás orando

A estas alturas, todos sabemos que el General, aquel mítico rapero de los años noventa, se ha arrepentido de su pasado musical y ahora se dedica a llevar la palabra de Dios por las calles de Panamá. Lo más sorprendente del segmento que le dedicó este programa peruano de televisión es descubrir que Edgardo Franco ya era testigo de Jehová antes de alcanzar la cima del éxito con canciones como «Te ves bien buena» y «Tu pun pun», por lo cual, más bien se trató de un regreso, como el del hijo pródigo (Lucas 15: 11-32). ¿Y cómo no lo vimos venir si era tan obvio? ¿No hay un evidente motivo bíblico en versos como los de «Muévelo, muévelo»: «Vi a un cojo que estaba saltando / Y un ciego me estaba mirando / Y un calvo se estaba peinando / Y un sordo me estaba escuchando»? Dice Mateo 11:15: «Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio». 

¿Podríamos —me pregunté— identificar las resonancias bíblicas en las canciones del General? Papel y lápiz en mano apunto el análisis de «Rica y apretadita» que me había negado a escribir:

Si tú la ves, amigo, no te puedes contener
Un rayo de los cielos tú oyes caer
Mi primo que era calvo le hizo el pelo crecer
A los científicos los hace enloquecer
Porque su belleza no pueden comprender
A mí, el General, me hace perder el poder
Te voa decir
Cómo me tiene esa mujer
Te voa decir
Cómo me tiene esa mujer
Me tiene adicto
a su figura esa mujer
Como televisión no la puedo dejar de ver

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Cuyo sentido original bien podría ser:

Los cielos de los cielos no te pueden contener
Su agraz, como la vid, dejará caer
Ni un cabello de vuestra cabeza habrá de perecer
A los jueces Él hace enloquecer
Pero ellos nada de esto pueden comprender
Pero Él arrastra a los poderosos con su poder
En verdad os digo
Acordaos de la mujer
En verdad os digo
Acordaos de la mujer
Se han hecho adictos
¿Estás unido a mujer?
Pero Él miraba a su alrededor para ver a la mujer.

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Las fuentes bíblicas, línea por línea, son las siguientes:

2 Crónicas 6:18, Job 15:33, Lucas 21:18, Job 12:17, Lucas 18:34, Job 24:22, Mateo 24:34, Lucas 17:32, 1 Corintios 16:15, 1 Corintios 7:27, Marcos 5:32

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Tú eres muy astuto, General.

En el ser-ahí está el detalle

A la izquierda, Heidegger.

[Con fragmentos de Si yo fuera diputado, Un día con el diablo, Soy un prófugo y Ser y tiempo. Si usted puede identificar cuáles son las partes de Cantinflas y cuáles las de Heidegger, felicidades.]

40. La disposición afectiva fundamental de la angustia como modo eminente de la aperturidad del Dasein

Dasein. ¿Sabéis lo que esta palabra significa? Porque si no lo sabéis, no seré yo quien os lo explique, porque para eso están los que sí lo saben. Es una posibilidad de ser del Dasein la que deberá darnos «información» óntica acerca del Dasein mismo como ente. Tal información solo es posible en la aperturidad que pertenece al Dasein, y que se funda en la disposición afectiva y el comprender. ¿Ustedes conocen las chinampinas? Así, pero mucho más peligroso.

¿En qué medida es la angustia una disposición afectiva eminente? Son cosas que ustedes naturalmente no comprenden porque son cosas que no se ven. ¿De qué modo en la angustia el Dasein es llevado ante sí mismo por su propio ser, de tal manera que el ente que la angustia abre en cuanto tal pueda ser determinado fenomenológicamente en su ser, o que esta determinación pueda, al menos, recibir una preparación suficiente? La palabra misma lo dice. La apotología de la palabra. 

Con el fin de acercarnos al ser de la totalidad del todo estructural, tomaremos como punto de partida los análisis concretos de la caída que acabamos de desarrollar. Si nada más lo suponemos quiere decir que no sabemos lo que estamos diciendo y si no sabemos lo que estamos diciendo quiere decir que nada más nos basamos en puras habladas. La absorción en el uno y en el «mundo» del que nos ocupamos, manifiesta una especie de huida del Dasein ante sí mismo como poder-ser-sí-mismo propio. Y ese es el momento en que me pregunto ¿y porque estoy aquí? Y enseguida tengo mi respuestación (porque soy muy rápido en todo). Estoy aquí porque no estoy en ninguna otra parte.

Este fenómeno de la huida del Dasein ante sí mismo y ante su propiedad pareciera empero ser el menos indicado para servir de fundamento fenoménico para la investigación que va a seguir. ¿Será capaz el Dasein de conducir la nave a buen puerto? ¿Será capaz de sortear todos los peligros hasta encontrar el faro de la felicidad donde se deje positivamente seguro? Darse la espalda a sí mismo, en conformidad con el rasgo más propio de la caída, lleva lejos del Dasein. Sin embargo, al investigar esta clase de fenómenos, es necesario cuidarse de no confundir la caracterización óntico-existentiva con la interpretación ontológico-existencial, para poder decir «aquí estoy» y decirles a mis colegas «¿y ustedes por qué están aquí?», porque quién sabe cómo salieron pero yo sí sé por qué estoy aquí

¿No se les hace que si seguimos por ese camino no vamos a terminar nunca?

Legiones de idiotas

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El último artículo que consigna De la estupidez a la locura (Lumen, 2016), el libro que Umberto Eco entregó a la imprenta poco antes de morir, está dedicado a explicar con paciencia a qué se refería el semiólogo italiano con aquella declaración de «las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas» (imbecilli, en el original; necios, en la traducción de Lumen). Aislada de su contexto, la observación sufrió toda clase de malinterpretaciones que atribuían a Eco un desplante elitista y desató la ira de no pocos usuarios de las redes sociales, pero también tuvo una inmensa fortuna entre los misántropos, algunos perezosos analistas de medios y los sujetos convencidos de que si bien la estupidez en internet podía considerarse incalculable al menos no los incluía a ellos.

Para Eco, las reacciones en caliente, las noticias falsas y las afirmaciones sin sustento estaban alcanzando una atención superior a la que tenían las opiniones mesuradas, el periodismo profesional y las apreciaciones de los expertos. Lo preocupante era la falta de filtros, subrayaba el escritor: al poner a todos los comentaristas en un mismo escaparate, Twitter o Facebook daban al necio una audiencia similar a la de cualquier premio Nobel. Puestas así las cosas, no era difícil advertir, en un extremo, cierto tufo antidemocrático, como tampoco lo era, en el otro, dictaminar sin mayores evidencias un estado de estupidez colectiva, que había encontrado en internet un medio idóneo para expandirse. La sucesión con tan pocos meses de distancia del Brexit, el plebiscito colombiano y las elecciones estadounidenses hizo que la expresión «legiones de idiotas» identificara también a individuos que podían tomar decisiones políticas acorde a los temores del doctor Stockmann, aquel personaje de Un enemigo del pueblo, de Henrik Ibsen: «¿Quién forma la mayoría en cualquier país? ¡Creo que tendremos que estar todos de acuerdo en que los tontos están en abrumadora y terrible mayoría en todo el mundo! Pero en nombre de Dios ¡no puede ser justo que los tontos gobiernen a los sabios!»

El recurso de atribuir a las legiones de idiotas toda clase de acciones perjudiciales y gustos abominables —y vincular, aun simbólicamente, el triunfo de Trump con el éxito de los youtubers, el clickbait, los linchamientos en redes y las polémicas insustanciales— tiene a bien completar el pensamiento complotista, uno de los vicios de las últimas décadas al que Eco ha dedicado también una especial atención en su libro. La idea de la conspiración ordena el caos lo mismo que el convencimiento de que los imbéciles se han apoderado de los medios. Si el síndrome del complot «sustituye los accidentes y las casualidades de la historia con un diseño obviamente malvado y siempre oculto» la invasión de los idiotas aclara de modo satisfactorio cómo es que las masas colaboran en detrimento de sí mismas. Ahí donde las teorías de la conspiración fracasan (en el reducido número de personas que necesitan organizarse para llevarlas a cabo) la de la estupidez generalizada triunfa: no importa cuántos idiotas estén trabajando en ello, por definición son los suficientes y siempre dan en el blanco.

La amplia zona gris de comportamientos que pueden ser considerados propios de un cretino establece un vínculo entre los desaciertos políticos de todos los tamaños y cualquier cosa que nos cause vergüenza ajena. La imbecilidad puede ilustrarse con las nuevas tecnologías, los libros más vendidos, las peticiones extravagantes de Change.org o la popularidad de Kim Kardashian, cuyo nombre, según entiendo, ha servido con los años como un mantra para explicar casi cualquier calamidad social. Es en la aparente contundencia de sus ejemplos y en la facilidad con que pueden encontrarse donde la idea de la idiotez generalizada muestra lo lejos que está de ser un diagnóstico útil.

En «Por qué hay personas inteligentes que dan crédito a cosas estúpidas», un capítulo de su libro Mala ciencia (Paidós, 2012), Ben Goldacre explica que, dada la compulsión humana por interpretarlo todo, resulta común encontrar pautas en situaciones donde no las hay y llegar a conclusiones erróneas basadas en la observación simple y el sentido común. Es decir, hay ilusiones cognitivas, similares a las ilusiones ópticas, de las que solo podemos librarnos gracias a metodologías especialmente diseñadas para evitarlas. Así, la validez de muchas apreciaciones no depende de la estupidez o inteligencia de quienes las enuncian. Incluso los tipos más agudos de internet están haciendo en estos momentos pequeñas contribuciones al apocalipsis.

Bioy Casares escribió famosamente: «El mundo atribuye sus infortunios a las conspiraciones y maquinaciones de grandes malvados. Entiendo que subestima la estupidez», pero habría que empezar a pensar en la estupidez como en algo que caracteriza a ciertas acciones y comentarios más que como la condición compartida por una cantidad inadmisible de personas a las que les hemos entregado la democracia. Quizás eso ayude a analizar las cagadas políticas con algo más que desprecio por las masas.

Publicado originalmente en Letras Libres.

Háganle una rueda a Juan

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Campeche mantiene una relación más que intensa con Juan de la Cabada. Llevan su nombre: a) una localidad del municipio de Carmen (402 habitantes), b) un teatro en San Francisco de Campeche, en planes de demolición, c) un premio de cuento infantil con un monto de 200 mil pesos, d) dos escuelas primarias, una de las cuales, de acuerdo a una página de internet, tiene la siguiente ubicación: «entre privada sin nombre y calle, en la esquina hay una tienda de abarrotes Maya», e) una biblioteca rebelde itinerante. Si bien, como dijera un personaje de Wodehouse, no hay riesgo que se produzca una repentina escasez, a esa necesidad de nombrarlo todo como Juan de la Cabada la supera, por amplio margen, aquella de ponerle el nombre de Justo Sierra a cualquier premio, área urbana, auditorio o autobús universitario que vaya apareciendo en el panorama. En contraste, hasta hace poco era difícil encontrar un volumen de Juan de la Cabada en una librería local. El último año de la licenciatura, un compañero de otra generación me pidió prestados mis ejemplares para terminar su tesis. Quince años después no me los ha devuelto, ahora es secretario académico de la facultad y no hay modo de encontrarlo al teléfono.

La situación, por supuesto, no tenía por qué seguir siendo tan triste. Además de la edición de La Guaranducha que hizo el gobierno de Campeche, el FCE reeditó  hace algunos meses cuatro tomos de Cuentos y sucedidos, una recopilación de textos de De la Cabada originalmente dispersos en periódicos y revistas. La editorial ha sustituido unas portadas, que databan de los ochenta, en donde Juan parecía un abuelo poseído por los demonios de la narración oral o la senilidad, según se vea, por otras con un trompo multicolor y una fotografía vieja que se va completando. En fin, que eso no es lo importante sino que gracias a esta reedición pude leer por primera vez a De la Cabada y salvar un poco mi dignidad no solo como licenciado en literatura sino como licenciado en literatura nacido en Campeche (una condición existencial que te lleva a reconocer nombres como Radamés Novelo Zavala o Sergio Witz Rodríguez en una placa conmemorativa o en una sentencia de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, pero que no  está necesariamente vinculada a que hayas abierto alguno de sus libros).

Lo que me sucedió con este acercamiento tardío a De la Cabada me parece digno de mención. Es uno de esos casos en los que puedes ver en cámara lenta cómo el entusiasmo que despertaba en tus profesores se convierte en un entusiasmo propio y cómo aquellas anécdotas de quienes lo conocieron se vuelven una experiencia de lectura. Y esa referencia a las pequeñas historias que pululan alrededor de De la Cabada no resulta gratuita; es, de hecho, una parte fundamental para entenderlo. Todo apunte biográfico, tesis universitaria u homenaje en Bellas Artes, a menudo incluye un incidente gracioso acerca de De la Cabada que algún testigo tuvo a bien registrar. Y si uno pone la suficiente atención a sus comentadores puede percibir una serena confianza en que esos sucedidos son una extensión de su literatura. Una obra literaria en sí misma.

Hay algo en los cuentos de De la Cabada que en todo momento parece remitir a esa magia para que una historia simplemente acontezca. Y la oralidad tiene menos que ver con los giros y las muletillas que den apariencia de alguien que ha tomado la palabra como con los recursos con los que un buen narrador mantiene la atención de quienes se han reunido a su alrededor. Qué pormenores, desde qué punto de vista, el cada vez más extraño efecto de lo vivido, pero también la contradictoria sensación de que el estado natural de esos relatos es avanzar desbordándose, desafiar cualquier intento de contención.

En una conocida anécdota, Ermilo Abreu Gómez detalla que De la Cabada lo visitaba con frecuencia cuando ambos daban clase en el Middleburry College de Vermont; una noche el campechano le pidió que le contara María, de Jorge Isaacs, porque iba a ser el tema de su siguiente lección. Abreu Gómez le habló de la trama, los personajes y los paisajes de la novela. A la mañana siguiente, el autor de Canek pudo escuchar una ovación en el aula donde se encontraba su colega. De la Cabada había hablado de María «con tanta gracia y elocuencia que los estudiantes, al terminar la clase, de pie, le aplaudieron alocados». Mientras leo las viñetas, los fragmentos de novela, los guiones no filmados, los relatos que conforman Cuentos y sucedidos corroboro que quizás una de las mayores virtudes de Juan de la Cabada es su capacidad para tomar una materia que parecería  en principio aburrida —digamos, una historia de contratistas chicleros, o María, de Jorge Isaacs— y devolvértela transformada en algo «que vale la pena escuchar».

Estafadores y estafados

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Es difícil pensar en la crisis que sacudió a Argentina a principios de siglo en otros términos que no sean los de un desfalco. El primero de diciembre de 2001, el presidente Fernando de la Rúa decretó un límite en la disposición de efectivo de doscientos cincuenta pesos argentinos por persona a la semana con el propósito de contener el colapso del sistema bancario. Fue lo que, coloquialmente, se denominó el Corralito, una restricción que un cómico televisivo explicó con mayor claridad que el ministro de Economía al que parodiaba: «Usted podrá visitar a su dinero al banco los días domingo de dieciocho a veinte horas, y se lo darán para que lo toque, para que haga juegos recreativos, para que dialogue con su dinero. Luego se le retira, pero el dinero es suyo, porque el dinero queda en el banco.» El decreto requería de un sigilo comparable a un operativo militar, pero era evidente que hubo personas mejor enteradas que otras —un empleado del ministerio de Economía contó tiempo después que nadie les había avisado nada, pero que «si ves que tu jefe saca la plata del banco, vos hacés lo mismo»—. En los días previos, poseer algún tipo de información privilegiada marcó la diferencia entre despertar en medio del derrumbe y contemplarlo del otro lado de la valla de seguridad.

A quince años de distancia, las imágenes más emblemáticas del desastre —en un extremo, un jubilado exigiendo con una granada de utilería la devolución de sus ahorros y, en el otro, decenas de camiones contratados por las grandes empresas para sacar sus dólares del país— han abierto una brecha ya insalvable entre víctimas y victimarios, embaucados y embaucadores. Esa clara línea divisoria ha marcado, por otra parte, la manera en que los libros retratan aquellos años. «Estafa» fue la palabra que el periodista Lucio Di Matteo utilizó para el subtítulo de su muy informado reportaje acerca del tema (El Corralito. Así se gestó la mayor estafa de la historia argentina, Random House, 2011) y no es asunto menor que al menos tres narraciones ambientadas en la crisis estén escritas en clave policiaca: Nadie ama un policía, de Guillermo Orsi (Almuzara, 2007), La última caravana, de Raúl Argemí (Edebé, 2008), y la ganadora del premio Alfaguara 2016, La noche de la Usina, de Eduardo Sacheri. Y es comprensible: el género negro parece ofrecer herramientas más eficaces para dibujar lo que la memoria colectiva recuerda como un atraco en toda regla.

De las obras mencionadas, La noche de la Usina es acaso la de mejor factura porque no se centra en desentrañar un misterio sino en construirlo. Algunos habitantes de la localidad ficticia de O’Connor —entre los que se encuentran el exfutbolista Perlassi, su hijo Rodrigo, los hermanos López, el viejo Medina, el otrora anarquista Fontana, el acaudalado Lorgio y su hijo Hernán— reúnen a duras penas el capital necesario para instaurar una cooperativa y poner de nuevo en marcha la desgastada economía de la zona. Para obtener con mayor facilidad un préstamo, el gerente del banco convence a Perlassi de depositar la guita en una cuenta. Un día después, cuando se anuncia el Corralito, los amigos tienen que enfrentarse a la idea de que, en las actuales circunstancias, tardarán dos décadas para disponer de todo su dinero y también a la evidencia de que el efectivo fue a parar a la maleta de un empresario, Fortunato Manzi, que había pedido un generoso préstamo, con la complicidad del gerente. Ese movimiento legal, pero ventajoso, deja en claro en qué lado de la línea se encuentra cada uno de los personajes.

Sacheri ha evitado dos inconvenientes que le habrían impedido avanzar por la vía rápida que necesitaba su relato: el conflicto moral y el desorden social. A fin de no distraerse en esas escenas recurrentes de protestas y saqueos —de todo eso que «pasó en la tele, en la radio y en los diarios», es decir, en Buenos Aires—, el novelista ubica a sus personajes en un pueblo de provincia, donde hasta el delegado municipal ha sido defraudado y no hay nadie contra quién protestar. Emancipada la novela de otros responsables que no sean el gerente y el empresario oportunista, Perlassi y compañía (un grupo formado por «ocho chambones movidos por la desesperación») dirigen todos sus esfuerzos a recuperar el dinero, luego de que, un año más tarde, se enteran de que Manzi ha construido una bóveda en un inmenso terreno recién adquirido en medio de la nada.

La noche de la Usina sostiene su suspenso alrededor de si esta banda improvisada de ladrones logrará o no su cometido y si librará, gracias a su ingenio, obstáculos casi todos prácticos: localizar el punto exacto en donde se encuentra la bóveda, desactivar la alarma, actuar con absoluta discreción. Salvo un desacuerdo aquí o allá y ciertos resquemores familiares, los antagonismos dentro del grupo son inexistentes, no digamos ya los conflictos al interior de cada uno de los personajes. Contada de ese modo da la impresión de que estamos ante una novela sin alma, pero lo que sorprende es toda la vitalidad que Sacheri es capaz de extraer de un universo cuyos elementos pueden describirse en términos tan convencionales. Es mérito suyo la vibrante naturalidad de los diálogos, el humor de las situaciones y su representación de la codicia como una variedad de la paranoia, pero una parte del trabajo ya se encuentra hecho cuando el narrador pide la empatía para personajes con tan pocas fisuras y que pertenecen a un grupo social que es, por decreto, el de los agraviados.

Como novela de la crisis, la de Sacheri se libra demasiado pronto de las contradicciones de las crisis, del caos que propician, de la calma bajo sospecha a la que conducen; como novela de aventuras permite, en cambio, preguntarnos dónde se han ido las buenas historias que, cuando caen en nuestras manos, dejan esa sensación de que las habíamos extrañado todo este tiempo. Que el cine clásico ronde como un fantasma a lo largo de la novela ilustra el encanto y la comodidad de La noche de la Usina: confiar en que la vida puede parecerse, de vez en cuando, a las ficciones que recordamos con emoción. «¿Sabes cuál es tu problema, Fermín? —dice uno de los personajes en un diagnóstico que podría ampliarse a la narración entera—. Mucho cine.»

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Publicado originalmente en Letras Libres.

El asombro vende

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One froggy evening, aquel viejo corto animado donde una rana lleva a la ruina a su codicioso dueño porque se niega a cantar y bailar frente a un auditorio, ejemplifica nuestros tratos con los prodigios: queremos sacarles el mayor provecho posible. La moraleja que uno obtiene después de atestiguar la degradación psicológica y económica del propietario de la rana es que los milagros no deberían despertar tan pronto el espíritu mercantilista, pero está en nuestra condición intentar, al menos, aspirar a algunos rendimientos.

Antes de aprender aquello de que «un gran poder conlleva una gran responsabilidad», Peter Parker —conocido en algunos círculos como el Asombroso— estaba convencido de que sus facultades recién adquiridas deberían aportarle algún beneficio económico, lo cual nos da a entender que, sin importar que tu mejor talento se reduzca a caminar sobre las paredes o sentir un hormigueo en la nuca ante el peligro, todo es materia de lucro. El comercio del asombro también sorprende por su oferta: siameses, magos, perros matemáticos, funambulistas, médiums, maestros del escapismo. En tiempos más recientes ni siquiera es necesario ver esos portentos en vivo: no pocas personas asisten a conferencias acerca de fantasmas solo para que les muestren fotografías borrosas o contratan canales poco confiables dedicados a los extraterrestres.

Y nadie hace nada.

Lo cierto es que nuestro deseo de capitalizar los prodigios es menos extraño que nuestra necesidad de pagar por ellos. Ahí radica la auténtica naturaleza de nuestra relación con lo extraordinario. Así lo demuestran estos cinco títulos:

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La verdadera historia del Hombre Elefante, de Michael Howell y Peter Ford (Turner, 2008)

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La vida de Joseph Merrick parecería una trama digna de Dickens: hay pobreza, maltrato, personajes cómicos y al final, algo cercano a la redención. Debido a sus terribles malformaciones, Merrick era exhibido como fenómeno de feria, hasta que en 1884 fue «descubierto» por el doctor Frederick Treves, quien lo sacó de la vida itinerante para llevarlo a un pabellón médico. Este libro describe su paso de maravilla circense a amigo de nobles. También puede leerse, y no es poca cosa, como un agudo retrato de la sociedad victoriana.

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Dear Mr. Ripley. A compendium of curioddities from the «Believe It or Not!» archives, de Mark Sloan, Roger Manley y Michelle Van Parys (Bulfinch, 1993)
librosloanRobert Ripley (1890-1949) era un cazador profesional de curiosidades —oddities, las llamaba él—, que consignaba en su célebre tira de periódico Aunque usted no lo crea. Este volumen resume 30 años de gente que le enviaba cartas con la esperanza de ser parte de ese catálogo. Contorsionistas, mujeres que soportaban la llama de un soplete en la lengua, cocineros capaces de matar, desplumar, cocinar y comer un pollo en 50 segundos. Personas, de aspecto común y corriente, que se veían a sí mismas como seres excepcionales.

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La sirena de Fiji y otros ensayos sobre historia natural y no natural, de Jan Bondeson (Siglo XXI, 2000)
librobondesonEn 1822, los funcionarios de la aduana londinense confiscaron una sirena disecada porque no estaban seguros de cuál era el estatus legal de una criatura mitológica, por no decir que no sabían si debería pagar derechos de importación. Así comienza una saga que incluye a navegantes caídos en desgracia y un museo en llamas. Bondeson recoge este y otros casos (de cerdos ilustrados, caballos danzantes o sapos longevos) que prueban que hasta los animales fantásticos son susceptibles de ser explotados si el espectáculo así lo requiere.

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Cómo hacer bien el mal, de Harry Houdini (Capitán Swing, 2013).
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El mayor mago de la historia no se consideraba un embaucador: es más decoroso advertir a tu público que será engañado, que en jactarse de tener poderes, sostenía. La admiración que despierta un truco está en el sutil mecanismo que lo vuelve un misterio, no un milagro. Houdini sabía que la magia era un arte menor, y una forma de dignificarla era desenmascarar, por un lado, a los estafadores y, por otro, aleccionar a los primerizos. Sus artículos muestran esas dos facetas de alguien convencido de que la realidad es extraordinaria en sí misma.

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Estética del prodigio, de María Emilia Chávez Lara (Cal y Arena, 2016).
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El asombro adopta formas tan variadas —y, a menudo, tan comerciales— que eso nos hace olvidar lo que tienen de experiencia estética. Una misma belleza recorre los libros de teratología, la construcción de los autómatas, las incipientes grabaciones en fonógrafo o los usos de la fotografía para buscar familiares fallecidos. Como proponen estos ensayos, el oportunismo del cirquero tiene finalmente que ver con la meticulosa curiosidad del científico: enfrentarnos a lo aparentemente inexplicable crea maneras nuevas de mirar el mundo.

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Publicado originalmente en Magis.

Canciones que te pueden gustar

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Por CARL WILSON

Existen muchas formas de disfrutar la música. Te puede gustar una canción por la profundidad, la elegancia formal y el valor perdurable que crees intuir en ella, los parámetros tradicionales de la apreciación purista del arte. Pero también te puede gustar por lo que tiene de novedoso, porque supone una aproximación original a algo viejo, aunque es posible que en ese caso solo te guste durante un tiempo breve (y que más tarde le guardes cariño porque evoca la época en que te gustaba, un recuerdo de la parte agradable de tener un pasado). El crítico Joshua Clover ha afirmado que amar la novedad es algo totalmente apropiado, pues las condiciones materiales de la cultura de masas permiten una renovación constante de ese sentimiento: si una canción pop se te gasta, siempre dispondrás de otras. Valorar la perdurabilidad por encima de la novedad es una rémora de la época de la escasez estética, anterior a la era de la reproducción mecánica o digital. Hoy, en cambio, nos puede gustar una canción por ser una de tantas, por formar parte de una multitud en lugar de ser una compañera íntima. Una vida con unos gustos plenos incluirá ambos tipos de relaciones, del mismo modo que una vida erótica plena tendrá tanto encaprichamientos y aventuras como relaciones duraderas porque unas y otras nos proporcionan cosas distintas. (¿No es cierto que nos compadecemos de las personas que se casan con sus novios o novias del instituto, aunque al mismo tiempo admiremos su coherencia?) Afortunadamente, las canciones no tienen celos las unas de las otras, ni sentimientos que podamos herir. No necesitan nuestra devoción íntegra y permanente.

También te puede gustar una canción porque se ha quedado anticuada, por la historia social que sus anacronismos revelan. Te puede gustar una canción porque su sentimentalismo te obliga a ejercitar las emociones. Te puede gustar porque su sonido te resulta extraño y porque ofrece una visión de la diversidad humana. Te puede gustar porque es ejemplar, porque es la canción llenapistas o la pieza sensiblera «definitiva». Te puede gustar porque representa un lugar, una comunidad o incluso una ideología, tal como a mí, con el corazón partido, me gusta «La Internacional». Te puede gustar por su popularidad, porque te vincula con la multitud: ser popular seguramente no la hace ser buena, pero en cambio sí la convierte en un bien, un servicio, y puedes escucharla para intentar descubrir el efecto que produce sobre otras personas. Como escribió la crítica Ann Powers en su ensayo «Bread and butter songs», incluso puede gustarte una canción, por ejemplo, «Living on a prayer» o «My heart will go on», por su «profunda falta de originalidad», porque estimula los sentimientos de una forma muy de andar por casa y fácilmente absorbible, y no mediante una onda de choque. Estas bread and butter songs, las canciones de toda la vida, son buenas para cantarlas a grito pelado en grupo.

Pero para que te gusten canciones por todos estos motivos, antes tienes que haberte librado de la pregunta sobre si una canción resistirá «el paso el tiempo», que implica que desaparecer, morir, equivale a fracasar (y que el gusto tiene que ver con realizar predicciones). No te gustarán si andas buscando el disco que te llevarías a una isla desierta, un escenario que parece hecho a propósito para despojar la imaginación estética de cualquier tipo de alegría y buen humor. Pero si permitimos que nos gusten canciones por estos motivos tan diversos, nuestro gusto se parecerá menos a las pandillas del instituto o a una conspiración global para preservar los privilegios y más a un mundo fantástico donde podemos tener numerosos idilios, o, cuando menos, aventuras con desconocidos.

En Música de mierda (Blackie Books, 2016).