Los «chistes de tío» que no escuchamos después del sismo no significan falta de humor

«No tiene nada de risible y sí mucho de indignante», dice el juez que censura las carcajadas del público en aquella famosa escena de Ahí está el detalle con Cantinflas. Hay quien advierte que todos nos hemos vuelto ese mismo juez en redes sociales. Existe la sensación —y de ella deja constancia José Israel Carranza en su artículo «Días sin risa»— de que los mexicanos nos hemos reído mucho menos en el sismo del pasado 19 de septiembre en comparación con el del 85. Hay, es verdad, un estado de enojo permanente que ha crecido a la sombra de las redes sociales, pero parte del diagnóstico hay que atribuírselo también a esa interpretación un tanto romántica de cómo lucía la realidad hace tres décadas. Según se ha establecido en nuestra memoria colectiva, no solo la sociedad civil nació del terremoto del 85, sino que el humor era tal que las personas hacían bromas minutos después de haber sido rescatadas de los escombros a los doce días.

Con el tiempo, la circunstancia que rodea a un chiste se desdibuja: quién lo dijo, en qué lugar, de qué se platicaba antes y qué se platicó después. A veces su estructura en apariencia autónoma nos hace perder de vista en qué contextos puede o no aparecer. Con el chiste de la dona de 1985 («¿En qué se parece el Distrito Federal a una dona? En que no tiene centro») no sabemos casi nada acerca de sus circunstancias concretas: ¿las personas abordaban a los desconocidos en la calle para contárselo? ¿Surgía en conversaciones acerca del sismo, cuando uno tenía antojo de donas, mientras se recorría el Centro Histórico? ¿Se contaba como «algo que se decía» o como una cosa que se te había ocurrido en ese momento? Toda esa ausencia de pormenores ha contribuido a pensar en el humor de 1985 como una niebla que corría incontenible sanando a las personas de su aflicción. Es probable que aquellos chistes aparecieran en círculos pequeños y su divulgación, de boca en boca, haya garantizado la supervivencia de los más efectivos, aquellos en los que la crueldad era proporcional a la catarsis. Los malos, en cambio, simplemente morían en los primeros filtros, de modo que los riesgos de quedar marcado por decir algo excesivo eran mucho menores. Las redes sociales operan de modo distinto: el foro es mucho más amplio, incluye a gente que no conoces y las salidas de tono no solo quedan registradas para la eternidad, sino que se ha inventado todo un género periodístico para dar cobertura a las reacciones iracundas que provocan.

Para ser justos, no me parece que el parámetro entre lo que se decía en persona en las tragedias de hace treinta años y lo que se dice ahora en redes sea siquiera equiparable y que esa comparación sirva para determinar el grado de humor que hemos perdido como sociedad. En primer lugar, tener como estándar el Chiste-Incómodo-Que-Haría-Un-Tío-En-Una-Reunión-Familiar es poner de entrada la carga de un lado de la balanza. También estamos descartando muestras de humor porque no se están dando en los canales acostumbrados: ante la desconfianza de que los víveres en los centros de acopio terminaran vendidos o secuestrados por los gobiernos, muchos rotularon con plumón sus donativos. En latas de atún o cajas con material médico podían leerse frases como «Que deschingue a su madre el América por unos días», «Esto no lo puedes meter en un bolillo» o «Fueron a los Guayabitos y solo trajeron estas gasas». No se trata de chistes en el sentido estricto, pero la operación humorística para escribir aquellos mensajes, en donde además se hacía mención al permanente conflicto entre el centro y los estados del país, era posiblemente más arriesgada que una broma dicha al aire: estaban dirigidos a personas reales que se quedaron en la calle, no al público en abstracto de una red social.

Está también la posibilidad de ver el pasado con otros ojos. Para Graciela Romero un video de una cámara de seguridad puede servir para identificar tipos humanos: «Ayer vi dos horas de videos del sismo del 19 de septiembre —confiesa en su muro de Facebook— y, en uno de ellos, se ve cómo alguien en la corredera se detiene a recoger una mampara caída para que los demás no se tropiecen, detrás otra persona se roba lo que alcanza a agarrar a la pasada y al final a un muchacho pazguatón se le acaba el temblor a medio camino y ya nada más se detiene en el pasillo todo confused Travolta. Se me hizo un video bonito porque es la humanidad in a nutshell

En otros casos ni siquiera es necesario ver la experiencia en retrospectiva. Kevin Miranda es un estudiante de la Secundaria Técnica 113 de la Ciudad de México que grabó en su celular una crónica del temblor mientras este ocurría. El video —en donde numerosos «No mames» y «Está temblando bien culero» acompañan elocuentemente las imágenes de alumnos corriendo, profesores intentando dar tranquilidad y árboles en violento balanceo— ha sido un éxito en distintas plataformas con cientos de miles de reproducciones. Ese testimonio que puede verse sin culpa —porque se popularizó después del temblor, pero capturaba las impresiones del momento— proporciona un curioso ejemplo de legitimidad cómica sin parangón en el humor de antaño. Cuando Kevin dice que están a 19 de septiembre de 2017, su compañero de al lado exclama en medio de una epifanía: «¡El mismo puto año de hace cien putos años!» «No mames, cómo que cien, fue en 1985, cabrón.» Como se ve: no había terminado todavía de temblar y ya alguien estaba tomándose las cosas catárticamente a la ligera.

Publicado originalmente en Letras Libres.

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A veces tengo dudas sobre si debería darle dinero al trovador que se equivocó en un acorde

«Estamos tan habituados en pensar en la música en términos de armonía —dice Aaron Copland en Cómo escuchar la música— que es probable que olvidemos cuán reciente es esta innovación comparada con los demás elementos». Se refiere, por supuesto, al ritmo y la melodía, cuyas raíces parecen perderse en los orígenes mismos de la música, a diferencia de la armonía, que nació tal y como la entendemos en algún momento del siglo IX. En comparación con los milenios que los humanos llevamos soplando cañas y tamborileando superficies, los problemas de hacer sonar de manera simultánea algunas notas nos empezaron a preocupar apenas ayer.

Desde hace algún tiempo quiero explicarme por qué pertenezco al grupo de gente a la que le importan demasiado los acordes. De vez en cuando entro a foros de internet donde el tema principal son los acordes con nombre propio (como el de Prometeo, de Scriabin), los acordes famosos (como el final de A day in the life, de The Beatles), los acordes polémicos (como el de Noche transfigurada, de Schönberg) o los acordes sin los cuales el pop, de Soda Stereo a Luis Fonsi, sería impensable. Pero se trata de reuniones con tipos raros que dicen cosas como «para la mayoría de los autores clásicos, los acordes de novena no son verdaderas formaciones armónicas, sino más bien acordes de séptima disfrazados con una nota de retardo o de anticipación». La idea más extendida de lo que significa escuchar una canción dicta que no hay por qué dirigir nuestro interés, más allá de lo razonable, a los acordes ni mirar con excesivo amor a los guitarristas de acompañamiento. Nada sano puede salir de ahí.

Sin embargo, los acordes son uno de los elementos más generosos que tiene la música. Basta con ver la popularidad de sitios como LaCuerda.net —o su antecedente impreso, Guitarra Fácil, que lleva en su título una declaración de principios sobre la democratización de la música sobre la que vale la pena insistir— para darse cuenta de que aprender una secuencia armónica supone apropiarse de una pieza, incluso si no somos capaces de cantarla bien. Esto es: sin importar que fracasemos vergonzosamente en el terreno bastante notorio de la melodía.

Para Jacques Attali (Ruidos. Ensayo sobre la economía política de la música), la armonía se desarrolló como un sistema jerarquizado para conciliar discordias (conforme al pensamiento político y económico del siglo en que floreció). Copland, en cambio, ve en la armonía la armazón sólida de un rascacielos que permite distinguir los detalles exteriores. Ambas imágenes pueden ser acertadas según el tipo de batalla que te encuentres librando con un acorde. En particular me gusta pensar en la armonía como en una suerte de invitación a meterte en más problemas de los que tenías en un principio. La misma función que desempeña la atmósfera misteriosa en el primer capítulo de la novela policiaca. Una vez que pasas el umbral de los acordes mayores y menores, la armonía empieza a tentarte con sus posibilidades. Iba a decir que empieza a seducirte con su música, pero el detalle importante es que tú eres en parte culpable de la música que te seduce. En algunos momentos, cuando te nace introducir pequeños cambios en un hit del verano (una nota de más, un acorde de paso) comprendes que cierta lógica opera no del todo ajena, pero tampoco limitada, a la canción que intentas tocar. Y quizás, a cierto nivel, eso signifique componer. Llevar una canción ahí a donde parece dirigirse por cuenta propia.

A diferencia de la mayoría de los comensales, la línea melódica del trovador que llega a la fonda me inquieta menos que los acordes que ha elegido para acompañarse. Es un tipo de esnobismo con que intento compensar la raquítica fascinación que despiertan los acordes y, en general, los guitarristas de acompañamiento. En el fondo de mi alma, me gusta pensar en el guitarrista de acompañamiento como en alguien que no solo ocupa el cargo de menores responsabilidades en la banda, pero esa idea ni siquiera es consoladora. Su virtuosismo no tiene que ver con la rapidez ni la precisión de los dedos sino con hacer figuras anatómicamente estrafalarias que lo hacen ver como la víctima de una artritis. Desearía afirmar que su personaje encarna el discreto encanto de la armonía, pero es probable que apenas se trate del amigo que presta los amplificadores. Sin embargo, precisamente porque está ahí para ser visto y no, me importa tanto el sujeto que se dedica únicamente a tocar acordes. Con alguna frecuencia me hallo ante la disyuntiva de darle o no dinero al cantante que eligió mal su acompañamiento. Una parte de mí me recuerda mi obsesión por la forma en que un acorde se construye y lo que significa y otra me sugiere mejor dirigir mi animadversión hacia las películas de guitarristas con escenas donde evidentemente los sonidos no corresponden a la ejecución. Casi nunca tengo una respuesta para ese dilema.

¿Música…? Sí, claro

No es casual que el personaje central de la carrera de Les Luthiers sea un músico: Johann Sebastian Mastropiero, autor, entre otros títulos, de obras psicodélicas («Chacarera del ácido lisérgico»), religiosas («Los milagros de san Dádivo»), matemáticas («Teorema de Thales») o históricas («El zar y un puñado de aristócratas rusos huyen de la persecución de los revolucionarios en un precario trineo, desafiando el viento, la nieve y el acecho de los lobos»). A estas alturas parece una obviedad hablar del «humor musical» de Les Luthiers, pero no tanto cuando pensamos en ese humor como algo más que la capacidad para componer letras que dan risa.

Leonard Bernstein le dedicó un episodio de su célebre programa Young People’s Concerts a explicar en qué consistía el humor en la música. Para Bernstein una pieza humorística estaba obligada a serlo por razones musicales y no solo para ambientar una historia graciosa o la escena disparatada de una película, o para ser más ilustrativos: la música no debería ser únicamente el remate de batería que sigue a una ocurrencia. Cuando uno indaga en la obra de Les Luthiers entiende el lugar natural que ocupa el humor en su manera de concebir la música no solo como una sucesión afortunada de sonidos sino como un espacio en donde se dan cita compositores atormentados, estudiosos en crisis, tradiciones musicales y, por supuesto, artesanos que fabrican instrumentos.

La referencia más evidente se encuentra en sus intenciones de parodiar lo que uno espera de los géneros musicales. Ya se sabe: las primeras notas de una canción de metal extremo advierten al oyente que quizá la letra gire en torno a una vivisección o a iglesias en llamas; el requinto de un bolero le proporciona, por razones similares, otras expectativas. Les Luthiers acuden a los temas recurrentes de determinados géneros a fin de introducir elementos inesperados. En el bolero «Perdónala», por ejemplo, el hombre que lleva la voz principal cuenta que su mujer no lo quería y el trío que le acompaña lo exhorta en un principio a no ser tan duro con ella; a cada consejo sigue un nuevo detalle del rompimiento, que el trío intenta justificar. Pero no solo se trata de una historia romántica que se va desarreglando con aspectos cada vez más absurdos sino de una ridiculización de la forma en que opera un bolero. ¿Por qué alguien se vería en la necesidad de contar sus penas y un grupo de señores en perfecta armonía tendría que responderle, como si se tratara de la voz de su conciencia?

En algunos casos, el experimento de Les Luthiers se concentra en un ingrediente específico de las canciones populares. Es de todos conocido que cuando la inspiración abandona a ciertos letristas, estos llenan los compases que hacen falta con tarareos o con desgarrados gritos de «baby». Para Les Luthiers el que se trate de una convención de la música moderna o de los vestigios del folclore más antiguo no impide que sea materia de innovación. En su «Aria agraria», los humoristas ponen en práctica algo que ellos mismos denominan «tarareo conceptual»: tarareos que tienen sentido con la letra que uno ya estaba interpretando («para sembrarla la ararán a la tierra, para sembrarla la ararán, la ararán»).

Y es que, a veces, ni siquiera han sido necesarios los juegos de palabras. En «Rhapsody in balls», el elegante blues ejecutado por Carlos Núñez Cortés es interrumpido en repetidas ocasiones por el sonido que Jorge Maronna extrae de unos balones. Descrito de este modo, la secuencia parece como de La pantera rosa, pero lo realmente gracioso de la ejecución no proviene del gag sino de lo ridículo del instrumento, que obliga a Maronna a ir de un lado de otro de su «bolarmonio». El sketch, sin diálogos, nos recuerda que los instrumentos musicales de uso común son en realidad objetos a menudo estrafalarios que obligan al ejecutante a adoptar posiciones incómodas a las que hemos revestido de cierta honorabilidad.

Las exploraciones humorísticas de Les Luthiers alrededor de la música incluyen, por supuesto, las angustias de los que la componen. A diferencia de Bernstein, para quien el humor musical debería apreciarse en el desenfado de un scherzo o en la revisión paródica de piezas clásicas, Les Luthiers no se han limitado a ridiculizar la estructura de las obras sino que se han reído de las condiciones que las hacen posibles. Está el caso, por ejemplo, del monje capuchino Guido Aglialtri, que mientras libra una batalla espiritual entre la lujuria y la abstinencia voluntaria, debe componer un canto gregoriano para la educación sexual de los jóvenes. También se pueden citar las acusaciones de plagio contra el celebrado Johann Sebastian Mastropiero, que incluso ha copiado las memorias de un rival, Günther Frager (la apropiación era tan descarada que uno de los capítulos conservaba el título de «Mastropiero es un miserable»). En el sketch «La comisión», un partido que acaba de ganar las elecciones presidenciales ve en los nuevos tiempos políticos una buena oportunidad para realizar cambios en el himno nacional. Dos de sus representantes visitan al «maestro Mangiacaprini», talentoso compositor de cumbias, para que introduzca sutiles alteraciones al himno (tener un nuevo enemigo para la nación a fin de que no siga siendo España con la que ahora se tienen buenas relaciones, o incluir versos que alienten la inversión extranjera). La parte final del nuevo himno debería sugerir un mensaje proselitista a favor del reciente gobierno, con el noble propósito de que en los siguientes periodos la obra social del partido continuara… o comenzara al menos.

—Vamos a tener una abundante partida presupuestaria para esta comisión —le explican los miembros del partido a Mangiacaprini—. Eso quiere decir que si usted va con nuestra recomendación sus honorarios van a ser realmente elevados. Y, discúlpeme que se lo diga con cierta crudeza, pero a usted le conviene que seamos amigos… cuando digo amigos estoy hablando de un 20%.

—¡Yo no puedo traicionar mi honestidad y mis principios! —se enoja el compositor— ¡Cómo les voy a dar el 20% de mis honorarios!

—Pero, maestro, por quién nos ha tomado —aclara uno de los políticos—. El 20% es para usted.

Como dice el clásico: es gracioso porque es real.

Con estos antecedentes uno esperaría que la historia de unos músicos de humor que ganan un prestigioso premio por encima de candidatos como Martin Scorsese, Martin Baron y la Feria Internacional del Libro de Guadalajara termine siendo materia de un delirante sketch.

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[Nota: ¿Música? Sí, claro se llamó un espectáculo del conjunto I Musicisti, de donde salió Les Luthiers.]

Publicado originalmente en Letras Libres.

Desde una perspectiva biológica, nada es antinatural

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Por YUVAL NOAH HARARI

¿Cómo podemos distinguir lo que está determinado biológicamente de lo que la gente intenta simplemente justificar mediante mitos biológicos? Una buena regla empírica es: «La biología lo permite, la cultura lo prohíbe». La biología tolera un espectro muy amplio de posibilidades. Sin embargo, la cultura obliga a la gente a realizar algunas posibilidades al tiempo que prohíbe otras. La biología permite a las mujeres tener hijos, mientras que algunas culturas obligan a las mujeres a realizar esta posibilidad. La biología permite a los hombres que gocen del sexo entre sí, mientras que algunas culturas les prohíben realizar esta posibilidad.

La cultura tiende a aducir que solo prohíbe lo que es antinatural. Pero, desde una perspectiva biológica, nada es antinatural. Todo lo que es posible es, por definición, también natural. Un comportamiento verdaderamente antinatural, que vaya contra las leyes de la naturaleza, simplemente no puede existir, de modo que no necesitaría prohibición. Ninguna cultura se ha preocupado nunca de prohibir que los hombres fotosinteticen, que las mujeres corran más deprisa que la velocidad de la luz o que los electrones, que tienen carga negativa, se atraigan mutuamente.

En realidad, nuestros conceptos «natural» y «antinatural» no se han tomado de la biología, sino de la teología cristiana. El significado teológico de «natural» es «de acuerdo con las intenciones del Dios que creó la naturaleza». Los teólogos cristianos argumentaban que Dios creó el cuerpo humano con el propósito de que cada miembro y órgano sirvieran a un fin particular. Si utilizamos nuestros miembros y órganos para el fin que Dios pretendía, entonces es una actividad natural. Si los usamos de manera diferente a lo que Dios pretendía, es antinatural. Sin embargo, la evolución no tiene propósito. Los órganos no han evolucionado con una finalidad, y la manera como son usados está en constante cambio. No hay un solo órgano en el cuerpo humano que realice únicamente la tarea que realizaba su prototipo cuando apareció por primera vez hace cientos de millones de años. Los órganos evolucionan para ejecutar una función concreta, pero una vez que existen, pueden adaptarse asimismo para otros usos. La boca, por ejemplo, apareció porque los primitivos organismos pluricelulares necesitaban una manera de incorporar nutrientes a su cuerpo. Todavía usamos la boca para este propósito, pero también la empleamos para besar, hablar y, si somos Rambo, para extraer la anilla de las granadas de mano. ¿Acaso alguno de estos usos es antinatural simplemente porque nuestros antepasados vermiformes de hace 600 millones de años no hacían estas cosas con su boca?

De manera parecida, las alas no surgieron de repente en todo su esplendor aerodinámico. Se desarrollaron a partir de órganos que cumplían otra finalidad. Según una teoría, las alas de los insectos se desarrollaron hace millones de años a partir de protrusiones corporales de bichos que no podían volar. Los bichos con estas protuberancias poseían una mayor área superficial que los que no las tenían, y esto les permitía captar más radiación solar y así mantenerse más calientes. En un proceso evolutivo lento, estos calefactores solares aumentaron de tamaño. La misma estructura que era buena para la máxima absorción de radiación solar (mucha superficie, poco peso) también, por coincidencia, proporcionaba a los insectos un poco de sustentación cuando brincaban y saltaban. Los que tenían las mayores protrusiones podían brincar y saltar más lejos. Algunos insectos empezaron a usar aquellas cosas para planear, y desde allí solo hizo falta un pequeño paso hasta las alas para propulsar realmente al bicho a través del aire. La próxima vez que un mosquito zumbe en la oreja del lector, acúsele de comportamiento antinatural. Si fuera bien educado y se conformara con lo que Dios le ha dado, solo emplearía sus alas como paneles solares.

El mismo tipo de multitarea es aplicable a nuestros órganos y comportamiento sexuales. El sexo evolucionó primero para la procreación, y los rituales de cortejo como una manera de calibrar la adecuación de una pareja potencial. Sin embargo, en la actualidad muchos animales usan ambas cosas para una multitud de fines sociales que poco tienen que ver con crear pequeñas copias de sí mismos. Los chimpancés, por ejemplo, utilizan el sexo para afianzar alianzas políticas, establecer intimidad y desarmar tensiones. ¿Acaso esto es antinatural?

En De animales a dioses (Debate, 2014).

Democracia en la granja

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El pasado viernes Andrés Manuel López Obrador lanzó un spot en el que anunciaba una inevitable «rebelión en la granja» para poner fin al gobierno de los puercos-cochinos-cerdos-marranos y empezar una nueva época de prosperidad, trabajo y seguridad para todos.

La transparente alegoría desconcertó a más de uno porque el punto central de Rebelión en la granja, el libro de George Orwell que le sirve de referencia, es precisamente la rápida degradación de aquellas luchas que buscan derribar un régimen opresivo y terminan por instalar otro, en esencia, indistinguible del anterior. Dado el punzante retrato que realiza Orwell de un líder carismático, uno no sabe si inquietarse más porque AMLO haya lanzado el spot sin haber leído el libro o porque, en efecto, lo hubiera leído.

En alguna parte, López Obrador habla de un podrido sistema de partidos en donde se puede «postular a una vaca o a un burro, y gana la vaca y gana el burro», cosa que curiosamente no sucede en el libro de Orwell, sino en otro aparecido seis años antes, en donde los animales de una granja se organizan para elegir un presidente. Publicada en 1939 y dirigida al público infantil, Freddy el político, de Walter R. Brooks, se erige como una sorprendente sátira sobre la democracia, cuya agudeza sirve todavía para observar nuestros actuales procedimientos electorales.

A diferencia del libro de Orwell, donde los animales recurren a la violencia real y simbólica para romper sus vínculos con quienes los esclavizan, los animales de Brooks se entregan —se podría decir que con inocencia— a las instituciones humanas. Su debut democrático pasa necesariamente por la fundación de un banco y por el visto bueno del granjero: «Es una idea estupenda —les dice el señor Bean—; así aprenderán el valor que tiene el dinero». El hecho de que la presidencia del banco le sirva de plataforma a uno de los candidatos —Grover, el pájaro carpintero— constituye un mensaje no demasiado encubierto sobre el poder del prestigio, más que del dinero, para hacerse de un cargo público.

Los dilemas prácticos que entraña toda democracia son el centro de una historia en la que nadie idealiza ni a los candidatos ni el sistema electoral. La asamblea para determinar qué animales pueden o no votar termina por ser una imagen insuperable de la cuestión de a quiénes considerar tus iguales. ¿Los insectos tienen también derecho al sufragio?, pregunta el caballo, me parece que sí. Es curioso que defiendas a los insectos, le recrimina la vaca, cuando tú le pediste al granjero un matamoscas. Pero las moscas no son insectos, revira el otro, son una plaga. Por otro lado, interviene alguien más, hay millones de insectos, tardaríamos cinco años en contar todos los votos. ¿Y qué tal si se unen y hacen ganar a un candidato que no es como nosotros?, señala uno más, ¡tendríamos a un ciempiés de presidente! Conclusión: se decide dejar fuera a los insectos (a excepción de la señora Webb, una adorable araña que no tiene la culpa de haber nacido insecto). Esta última preocupación no se encuentra muy lejana de la que manifestó Edmund Burke en Reflexiones sobre la Revolución francesa (1790): «La ocupación de un peluquero, o del obrero de una velería, no puede ser asunto de honor para ninguna persona […] para no hablar de muchos otros empleos más serviles […] El Estado sufre opresión si a personas como esas […] se les permite gobernar».

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Entre las cualidades de Freddy el político, la más valiosa, a mi parecer, es que nunca elude los conflictos propios de la diversidad, la migración y el enfrentamiento continuo entre mayoría y minorías. Cuando Freddy está convencido de que su candidata, la vacuna señora Wiggins, ganará la contienda, alguien le hace ver que los migrantes podrían poner en peligro ese triunfo. «Mientras tú te dedicas a ir por ahí dando discursos para ganar unos votos que tienes ganados de antemano, los pájaros carpinteros han traído aquí a congéneres suyos de todo el país. No me extrañaría que contaran ya con los suficientes para decidir el resultado de las elecciones». ¿Cómo revertir esa tendencia? Saliendo a buscar a cientos de pequeños roedores que se instalen en los alrededores de la granja y que prometan votar por la señora Wiggins. La solución, es fácil imaginarlo, no será sino el germen de nuevas contrariedades.

En un mundo de seres imperfectos, el desencanto parece el único camino seguro al que lleva la democracia y sin embargo, esa carencia de personajes virtuosos es lo que en este libro despierta simpatía por el cerdo Freddy que recupera la dirección del banco con base en engaños o el gato Jynx incapaz de disciplinarse o el gallo Charles cuya disposición para seguir el llamado del servicio público tiene apenas el obstáculo de que nadie quiere respaldar ese llamado. En Freddy el político se recurre al fraude para hacer de frente a las trampas ajenas, las multitudes son fácilmente manipulables, los perdedores no quieren aceptar los resultados electorales, los simpatizantes cambian de opinión a la menor oportunidad, se promete todo el tiempo lo imposible. La democracia, según puede apreciarse en estas páginas, es el arte de encontrar maneras cada vez más complicadas de resolver un problema eligiendo a unos individuos que no tienen una idea muy convincente de cómo hallar una solución. En 1939, como ahora, ese incisivo relato deja en claro que nada es fácil cuando se trata de vivir con sujetos, en el fondo, más parecidos a uno de lo que uno está dispuesto a aceptar.

Cómo (por poco no) llegar a Matanzas

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A MJ le había parecido buena idea ir a la playa la mañana siguiente al concierto de los Rolling Stones. A juzgar por los nueve autobuses que se estacionaron uno tras otro cerca de nuestro hotel en La Habana el resto de los huéspedes había tenido una idea similar y había acudido a una empresa turística, exactamente lo que nosotros no habíamos hecho. Aunque, como se verá más adelante, pagamos caro nuestro incipiente espíritu aventurero, en esos momentos nadie estaba siendo particularmente feliz. Durante cuarenta minutos vi a decenas de extranjeros pasar del letargo propio de los animales que se fingen muertos a la euforia casi sexual cada que una señorita con uniforme de la empresa Transtur entraba gritando «¡Varadero!». Para la desesperación general no eran pocos los que tenían que regresar al estado de reposo original una vez que comprobaban que su turno todavía no había llegado.

MJ y yo estábamos en el lobby del hotel esperando a un hombre alto y huesudo llamado Lázaro que habíamos conocido la tarde anterior y del cual no sabíamos prácticamente nada salvo que había prometido llevarnos a Matanzas por treinta CUCS (treinta dólares, más o menos). El acuerdo lo habíamos concertado a las afueras de una terminal de autobuses a reventar, custodiados por tipos que trataban de convencerte de viajar a Viñales, especialmente si no tenías idea de dónde carajos estaba Viñales y qué podrías esperar de la vida una vez que llegaras allá. Así las cosas, la oferta de Lázaro parecía la propuesta más razonable para alguien desesperado por salir de La Habana. Por desgracia se trataba también de un fraude: para la mañana siguiente, Lázaro llevaba casi una hora de retraso y no había indicios de que fuera a aparecer. La angustia que produce en los turistas la demora es algo que los taxistas cubanos saben decodificar a la distancia. Después de ocho intentos en los que me paraba en la puerta del hotel y buscaba a Lázaro en el horizonte, un tipo de lentes oscuros se acercó hasta donde me encontraba y se ofreció a llevarnos a Matanzas por ochenta CUCS.

—Estamos cortos. Podemos darte sesenta.

—Hermano, nadie va a Matanzas por menos de setenta. Son 145 kilómetros a Varadero, menos cuarenta para Matanzas. No alcanzaría ni para la gasolina.

Hay menos distancia entre La Habana y Matanzas que entre La Habana y Varadero, y no obstante el taxista había presentado la información de tal modo que, sin mentir, parecía estar dispuesto a recorrer media isla para llevarnos a nuestro destino.

—Bueno, dejémoslo en setenta.

El viaje a Matanzas dura por lo regular una hora con quince. El mismo viaje con un conductor incapaz de orientarse por las calles de Matanzas podría significar veinte minutos de retraso. Ni uno más, según la confiable experiencia de varios amigos míos. No fue eso lo que sucedió.

—No conozco bien Matanzas —dijo nuestro chofer, mientras estacionaba el automóvil—, ¿tienen por ahí apuntada la dirección a donde hay que ir?

MJ le dio la libreta donde había consignado con tinta verde los datos de la casa particular donde nos hospedaríamos. El taxista bajó y habló con un par de adolescentes que estaban en una esquina. Volvió en cuestión de segundos.

—Compañera, tenemos un problema con tu letra. ¿Me puedes decir qué dice aquí?

—Dice «Línea 2da.» —contestó MJ.

—Pregunto de nuevo.

Dentro del carro se hizo ese silencio tenso del que abusan los narradores cuando no tienen nada que contar. El taxista se acercó entonces acompañado de un octogenario. Por la manera en que entrecerraba los ojos podía jurar que no era capaz de decirnos qué había más allá de la siguiente cuadra.

—Miren, el compañero vive en Matanzas y no ubica la dirección. Queremos saber qué dice acá.

—Línea 2da. Esquina con Callejón de los Desamparados —volvió a decir MJ.

—Línea 2da. Línea 2da. Eso es del otro lado, tienes que cruzar el puente —dijo el anciano no muy convencido.

—Del otro lado del puente me mandaron para acá.

—Por eso, sigue por aquí y cuando termine la calle das la vuelta y cruzas el puente.

—¿Cómo que «cuando termine la calle»? ¿Cuándo voy a saber que terminó la calle?

—Pues aquí las calles terminan, compañero. Esto no es La Habana.

—Hermano, soy guajiro; explícame en guajiro: avanza, doblas a la derecha, una cuadra, dos cuadras. Así sí entiendo.

—Avanza por esta calzada, llegas al semáforo. Esperas a que se ponga en verde…

—Her-ma-no…

—Línea 2da. ¿Eso es lo que dice acá?

El anciano se acercó la libreta al rostro. El chofer se la arrebató para leer de nuevo.

—A mí me parece que dice «Línea santa».

MJ, que había escrito la dirección, insistía en que ahí decía «Línea 2da.».

—Tengo el teléfono de la persona que nos va a recibir, podemos hablarle —añadió tímidamente, pero el chofer y el anciano estaban demasiado concentrados en su propio análisis del manuscrito.

—¿Sabe o no sabe, compañero?

—A ver lo leo de nuevo, «Línea…» ¿Con qué tipo de lápiz escribieron esto?

Yo mientras tanto distraía a MJ para que no sacara un objeto punzocortante de la bolsa, que es lo que cualquier persona sensata habría hecho a estas alturas.

—¿No tienen el teléfono de la señora?

—Sí —respondió MJ tomando aire por décima vez—. Debajo de la dirección aparece.

El chofer marcó desde su celular.

—Hola, compañera. Tengo acá a un par de amigos mexicanos que van a hospedarse con usted. No encontramos su dirección. Le voy a pasar a un compañero, de acá de Matanzas, para que le explique bien cómo llegar.

Cuando el octogenario tomó el celular, toda mi capacidad cerebral se estaba dirigiendo a tratar de entender por qué seguíamos confiando en ese hombre.

—Dígame, compañera… Ah, el parque Maceo sí lo conozco.

Colgó.

—Me dice que vayan al parque Maceo y que ahí busquen al «hombre de la boina roja».

—Dios mío, lo que nos hacía falta: un hombre con una boina roja —comentó en voz baja MJ.

—¿Y cómo llego al parque Maceo? —preguntó el chofer.

—Es lo que te voy a explicar: avanzas por esta calzada hasta el semáforo…

—Hermano, mejor ven con nosotros.

La última vez que había escuchado esa frase, había sido en una conversación familiar y la cosa terminaba con alguien convirtiéndose al Evangelio. Sentí un leve escalofrío. Recorrimos unas cinco cuadras.

—Este es el parque Maceo y no está el hombre de la boina roja —advirtió el viejo—. Llamen otra vez a esa mujer y díganle: «Ya estamos en el parque Maceo y no vemos al hombre de la boina roja».

Sin embargo, un hombre de gorra roja ya estaba muy cerca del auto manejando una bicicleta. Hizo señal de que lo siguiéramos.

—¡El hombre de boina roja! ¿De dónde salió? —exclamó con desesperación el anciano como si de repente hubiera recibido la visita de un segador demasiado esquelético para ser humano.

Ninguno de los tres lo hicimos caso. Para nosotros lo importante era que el recién aparecido no se nos fuera a perder de vista. Y teníamos razones suficientes para enfocar toda nuestra atención en un solo individuo. «Línea 2da.», según pudimos comprobar minutos más tarde, era una calle de tierra que no había forma de identificar a menos que hubieras nacido en ella.

El taxista bajó las maletas con el mismo alivio de quien se deshace de un cadáver incómodo. Antes de subir de nuevo al auto, me dijo en tono cordial:

—¿No tienes un peso para el compañero?

Era prácticamente lo único que me quedaba en el bolsillo.

 

La palabra con R

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Ilustración: Luis Mario Sarmiento / Diez4.

Primero la advertencia: «Esto puede sonar políticamente incorrecto», «En absoluto se me puede considerar un homófobo», «Me gustaría empezar precisando que no soy un misógino». Lo que sigue a presentaciones de este tipo, sin embargo, termina por parecerse mucho a un comentario misógino, racista u homofóbico de alguien que no quiere hacerse responsable. Ya lo observaba el cómico Louis CK: «Lo que más me ofende es oír “la palabra con N”. No la palabra nigger, por cierto. Siempre que una mujer con lindo pelo de CNN dice la “palabra con N” es sólo una persona blanca que se sale con la suya diciendo nigger sin decirlo […] Tú dices “la palabra con N” y yo pienso “Oh, quiere decir nigger“, ¡y me haces decirla a mí en mi cabeza! ¿Por qué no dices tú la jodida palabra y tomas la responsabilidad?»

La anterior es una descripción más o menos certera de lo que sucede con Nicholas Wade —divulgador científico y antiguo editor de la prestigiosa revista Nature—, quien el año pasado publicó Una herencia incómoda, y cuya entrevista en El País se titula precisamente «No soy racista». El libro promete, desde la contratapa y las notas que se le han dedicado, una discusión amplia y apasionada, llena de epítetos groseros, entre quienes consideran que acude a tesis racistas y los que piensan que en realidad sostiene una posición polémica, pero valiente si tomamos en cuenta el clima de corrección política que impera en la actualidad. Su afirmación central es que las diferencias entre razas son más profundas que los simples rasgos físicos y que esas diferencias han marcado el comportamiento social y la historia más allá de lo que los científicos ortodoxos estarían dispuestos a aceptar. ¿Explican los genes los problemas que tienen ciertas comunidades para consolidar una democracia? ¿Está en los genes que tantos ganadores del Nobel sean judíos? Hay un consenso entre científicos sociales de que las diferencias entre poblaciones han sido principalmente determinadas por la cultura más que por la herencia genética, pero Wade asegura que esa postura obedece más a razones políticas que científicas. Estamos tan temerosos de resucitar la idea de raza, nos dice, que fingimos que no existe.

La polémica línea sobre la que hace equilibrio el libro de Wade no ha pasado inadvertida: 139 científicos firmaron una carta pública, algunos para deslindar sus investigaciones de las conclusiones del periodista y otros para advertir lo «peligroso» que resulta un trabajo de esas características. Wade a su vez denuncia una conspiración política para desacreditar su obra y ha aprovechado esa hostilidad institucional para empeñarse en que existe un temor predominante a tratar el tema. Para Wade la ciencia debe arrojar luz sobre verdades que pueden ser irritantes, pero que sería grave ocultar en aras de no parecer racistas. «La ciencia trata de lo que es, no de lo que debiera ser», afirma y aconseja no hacer una lectura política de su libro sino atenerse a las evidencias. Sin embargo es difícil evitar una lectura política de un libro que se llama «Una herencia incómoda» (en inglés: A Troublesome Inheritance) y que en más de una ocasión acusa a la comunidad científica de no adentrarse al tema de las diferencias raciales para no perder fondos públicos. Ya desde el primer párrafo vemos a un Wade retador: el conocimiento del genoma humano, informa, ha planteado muchas preguntas interesantes «pero embarazosas». Lo que sigue no es menos controvertido: si en otros tiempos el sesgo racista guio erróneamente la investigación científica, asegura en su presentación, es ahora esa necesidad por evitar el racismo lo que está obstaculizando el estudio del pasado evolutivo reciente.

(Los defensores de Wade lo ven un poco como el hombre que está haciendo las preguntas pertinentes en medio de un estado generalizado de cobardía. El alboroto, el desprestigio, las acusaciones son la consecuencia lógica de tomarse en serio ese carácter iluminador y subversivo de la ciencia. Es lo que sucedió con Galileo, ejemplifican, con Darwin. Sin embargo, la insistencia con que estos defensores alardean, el autor incluido, de ese carácter escandaloso de las ideas «revolucionarias» hace pensar más de una vez que confunden lo revolucionario con lo incendiario. Después de todo, El origen de las especies, una de las obras en verdad más revolucionarias de la historia, se llamaba así y no Aquí se va a armar un lío.)

Acudir a los genes para buscar explicaciones a fenómenos culturales no es una perspectiva nueva. Históricamente lo más común ha sido asociar las características fisiológicas a ciertas cualidades espirituales o psicológicas, a cierto destino histórico o económico. Algunos estudiosos han querido entender esas diferencias, no siempre con mala intención, pero demasiado cercanos al convencimiento de que su propia raza o género puede considerarse, de modo objetivo, el estándar para observar al resto del mundo. De la forma de los cráneos a las pruebas del coeficiente intelectual, esa necesidad de acudir a la biología para explicar las desigualdades sociales parece ser muy persistente en ciertos cerebros científicos, que si aventuramos hipótesis del mismo tipo, han pertenecido por lo común a hombres blancos.

Stephen Jay Gould ha dedicado un libroLa falsa medida del hombre— a describir y refutar las investigaciones racistas de este tipo, centrándose en aquellas que buscan demostrar que la inteligencia es medible y hereditaria. El recorrido es tan fascinante como vergonzoso: Paul Broca y la craneometría, Cyril Burt y el innatismo, Arthur Jensen y las investigaciones sobre la inteligencia de negros y blancos en busca de diferencias, la dupla Murray-Herrstein y su afirmación de que «los problemas de la baja capacidad cognitiva no se resolverán con la intervención de ayudas sociales». Un listado que puede enriquecerse con ejemplos que Gould retomó en trabajos posteriores: Ronald Fisher y sus indagaciones sobre la baja fecundidad de las élites modernas y Edward O. Wilson y la sociobiología. La discusión está lejos de haber sido superada, como demuestra la aparición de Una herencia incómoda, y las acusaciones y pruebas que aportan tanto quienes creen en la poderosa influencia de los genes como quienes la objetan, llevan a pensar que la cuestión seguirá sin zanjarse por un buen tiempo. Al fin y al cabo nunca faltarán señores que busquen demostrar que la supuesta igualdad entre seres humanos —una idea política esta sí revolucionaria y muy reciente respecto a cómo nos hemos conducido por siglos— es sólo una bella e ingenua utopía.

Gould ha identificado que todos esos intentos por explicar los comportamientos sociales desde la biología obedecen no sólo a cierto componente racista sino a una fe en el que las ciencias llamadas «duras» pueden aportar pruebas más consistentes que las ciencias consideradas «blandas». Colocar en una escalera jerárquica las ciencias del mismo modo que en otro momento se colocaron las inteligencias de negros y blancos parece ser una constante de quienes han promovido estos estudios. «Una jerarquía de las ciencias», detalla Gould, «que va de las ciencias fuertes a la débiles, de las cuantitativas a las cualitativas, de firmes a blandas, de la física al amplio dominio de las ciencias sociales pasando por la biología». ¿La genética finalmente va a dar la explicación incontrovertible de por qué las mujeres han estado en pocos puestos de poder, en pocas asociaciones científicas? Y después de eso, ¿qué sería capaz de competir con esas razones?, ¿una explicación basada en el átomo, en el baile de los electrones?

Wade ha pedido una y otra vez una lectura «desapasionada» de su libro, una revisión libre de «ideologías», pero lo ha hecho con una retórica muy similar a la de la «palabra con N» que critica Louis CK, una estrategia que traslada cualquier viso de racismo a la mente de quien lee. Wade es un poco la señora blanca de la CNN que quiere salirse con la suya, tras hacerse parte de esa camada de «nuevas víctimas de la corrección política» que han salido a la luz en años recientes, hombres blancos y viejos que un día reciben una avalancha de acusaciones por «atreverse a decir lo que piensan», en particular si eso que piensan demerita a mujeres y gente no blanca. Sucedió con el Nobel James Dewey Watson, cuando dijo que era «inherentemente poco optimista sobre los prospectos de África» porque «todas nuestras políticas sociales se basan en el hecho de que su inteligencia es igual a la nuestra, cuando las pruebas dicen que eso no es verdad». Previsiblemente, varias sociedades científicas lo vieron como un apestado y fue despedido de los consejos de algunas compañías. Lo que estas acciones ocasionaron también fue que Watson terminara pareciendo la víctima de un sistema ajusticiador, que lo condenaba por sus opiniones y no por sus méritos, cuando estaba más cerca de ser simplemente un cretino, eso sí: muy inteligente para estudiar la molécula de ADN. (Por otra parte, si Watson es incapaz de ver por qué sus aseveraciones son propias de un idiota es que tiene un concepto de inteligencia demasiado benévolo con su propia persona).

Es cierto que los sesgos ideológicos demeritan la investigación, incluso si se usan para contrarrestar cruzadas racistas —como lo demuestran los errores que Gould cometió, todo indica que de manera deliberada, para criticar las mediciones de Samuel George Morton—, pero asumir que los únicos que tienen sesgos «por buena intención» son los que se niegan a utilizar la «raza» como una categoría biológica revela más un propósito político que un espíritu científico. Es un espejismo dar por sentado que una hipótesis científica es una epifanía que de repente alguien tiene cuando le cae una manzana en la cabeza y no algo fuertemente determinado por el tipo de preguntas que uno se hace. No se trata, por supuesto, de que haya hipótesis prohibidas, lo que importa es que cada quien se haga responsable de sus propias preguntas. Y vaya que Wade y la larga tradición de estudiosos que buscan en la biología una base para las diferencias sociales saben hacia dónde están dirigidas sus preguntas. Da qué pensar que no lo admita.

Nota: Ningún ego supremacista, neorreaccionario o ilustrado oscuro resultó lastimado en la elaboración de este artículo.

Publicado originalmente en Diez4.