Mi auténtica perversión es identificar los libros que aparecen en las películas porno

El juego tiene desafíos por todos lados: libros sin camisa, portadas maltratadas, ejemplares abiertos en una página cualquiera, contraportadas genéricas o escenarios en los que, para nuestra sorpresa, lo que abundan son los títulos de autoayuda. También está el previsible problema de los personajes que tienen prisa por deshacerse de sus libros para ir a lo suyo y eso deja poco tiempo para ver. De algunos célebres sitios de internet, como Brazzers, Bang Bros, DDF o Dogfart, he tomado las siguientes escenas. Cuando hubo oportunidad añadí, según lo indicara mi pudor, algunas portadas. 

 

1. Good as gold, de Joseph Heller.

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2. The LIFE History of the United States, 1861-1876.

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3. Delta of Venus, de Anaïs Nin.

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4. Le Puits de sainte Claire – Pierre Nozières, de Anatole France.

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5. The Spellman Files, de Lisa Lutz.

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6. La griffe du chien, de Don Winslow. The Power of the Dog, en el original.

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7. The Lost Diary of Don Juan, de Douglas Carlton Abrams.

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8. The Multi-Orgasmic Man. Sexual Secrets Every Man Should Know, de Mantak Chia y Douglas Abrams.

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9. Alive and Aware. Improving Communication in Relationships, de Sherod Miller, Elam Nunnally y Daniel B. Miller; Heat from Another Sun, de David L. Lindsey; Rose Madder, de Stephen King; Kong Reborn, de Russell Blackford; Believe in the God Who Believes in You, de Robert Harold Schuller; First Man. The Life of Neil A. Armstrong, de James R. Hansen; The Book of Fate, de Brad Meltzer; This Business of Artist Management, de Howard Blumenthal y Oliver Goodenough.

Lo que la reseña de películas porno le aprendió a la reseña de libros

Por motivos que no viene al caso detallar, el fin de semana me la pasé leyendo Cine para adultos. 1001 películas para 1001 noches, de Luis Miguel Carmona y Alexis Basas (T&B Editores), un volumen que reúne un millar de reseñas sobre cine erótico y pornográfico. El libro es generoso en datos extravagantes y en descripciones pormenorizadas de lo que acontece en cada una de las cintas. Por otro lado, el espectro de películas abarca lo mismo éxitos internacionales —como Emmanuelle, de Just Jaeckin— que una modesta producción española cuyo argumento puede resumirse en los siguientes términos:

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Una de las preguntas que estuvo todo el tiempo en mi cabeza mientras leía estas notas críticas fue si los autores habían trabajado reseñando libros en algún momento de sus vidas. Por todas partes uno podía apreciar, al lado de menciones a Quevedo o Voltaire (resulta que existen al menos dos películas porno basadas en Cándido), una serie de trucos que los comentaristas de libros ponen en práctica cada que pueden. He tomado ejemplos aquí y allá. Esta recopilación, por supuesto, no pretende ser exhaustiva:

1. La novela tiene virtudes no del todo relacionadas con la coherencia de su trama:

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2. Se le puede echar la culpa al neoliberalismo, las trasnacionales o a casi cualquier cosa que refuerce nuestra impresión de estar viviendo el peor de los tiempos:

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3. Los clásicos están ahí para ser citados, sin importar el contexto:

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4. La fórmula “El Chéjov de [lugar geográfico/subgénero/ su generación]” es una de las armas más poderosas de la crítica:

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5. Es posible valorar la sucesión de coitos a la que se reduce una novela poniendo énfasis en el componente social o la tradición:

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6. Casi cualquier libro puede ser una “original vuelta de tuerca” de cualquier otro:

Cómo reconocer una película porno

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Por UMBERTO ECO

No sé si habréis tenido nunca la experiencia de ver una película pornográfica. No me refiero a películas que contienen elementos de erotismo, aunque sean ultrajantes para muchos, como por ejemplo, El último tango en París. Me refiero a películas pornográficas, cuya única y verdadera finalidad es provocar el deseo del espectador, del principio al final, y de un modo que, con tal de provocar este deseo con imágenes de apareamientos variados y variables, el resto cuente menos que nada.

Muchas veces los magistrados —aquí en Italia son ellos los censores— deben decidir si una película es puramente pornográfica o si tiene valor artístico. No soy de los que consideran que el valor artístico lo absuelva todo y, a veces, obras de arte auténticas han sido más peligrosas para la fe, las costumbres, las opiniones corrientes, que obras de menor valor. Además, considero que adultos conscientes tienen el derecho de consumir material pornográfico, por lo menos a falta de cosas mejores. Pero admito que, a veces, en los tribunales se debe decidir si una película ha sido producida con la finalidad de expresar ciertos conceptos o ideales estéticos (aunque sea mediante escenas que ofenden el normal sentido del pudor) o si se ha hecho con la sola y única finalidad de excitar los instintos del espectador.

Pues bien, hay un criterio para decidir si una película es pornográfica o no, y se basa en el cálculo de los tiempos muertos. Una gran obra maestra el cine de todos los tiempos, La diligencia, se desarrolla siempre y únicamente en una diligencia. Pero sin este viaje, la película no tendría sentido. La aventura de Antonioni está hecha únicamente de tiempos muertos: la gente va, viene, habla, se pierde y se vuelve a encontrar, sin que pase nada. Pero la película quiere decirnos, precisamente, que nada sucede. Nos puede gustar o no, pero quiere decirnos exactamente eso.

Una película pornográfica, en cambio, para justificar el precio de la entrada o la compra de la cinta de vídeo, nos dice que unas personas se aparean sexualmente, hombres con mujeres, hombres con hombres, mujeres con mujeres, mujeres con perros o caballos. Y esto aún sería pasable: sólo que está llena de tiempos muertos.

Si Gilberto, para violar a Gilberta, debe ir desde la Plaza Cordusio a la Avenida de Buenos Aires, la película os muestra a Gilberto en coche, semáforo tras semáforo, realizando todo el trayecto.

Las películas pornográficas están llenas de gente que se sube al coche y conduce durante kilómetros y kilómetros, de parejas que pierden un tiempo increíble para registrarse en los hoteles, de señores que pasan minutos y minutos en ascensor antes de subir a la habitación, de muchachas que saborean diferentes licores y juguetean con camisetas y encajes antes de confesarse mutuamente que prefieren Safo a Don Juan. Para decirlo pronto y bien, en las películas pornográficas, antes de ver un sano polvo es necesario tragarse un anuncio de la concejalía de transportes.

Las razones son obvias. Una película en la que Gilberto violara siempre a Gilberta, por delante, por detrás y de lado, no sería sostenible. Ni físicamente para los actores, ni económicamente para el productor. Y no lo sería psicológicamente para el espectador: para que la transgresión tenga éxito es necesario que se perfile sobre un fondo de normalidad. Representar la normalidad es una de las cosas más difíciles para cualquiera artista, mientras que representar la desviación, el delito, el estupro, la tortura, es facilísimo.

Por lo tanto, la película pornográfica debe representar la normalidad —esencial para que pueda adquirir interés la transgresión— tal y como cada espectador la concibe. Por lo tanto, si Gilberto debe tomar el autobús e ir de A a B, se verá a Gilberto que toma el autobús y al autobús y al autobús que va de A a B.

Esto irrita, a menudo, a los espectadores, porque ellos querrían que hubiera siempre innombrables. Pero se trata de una ilusión. No soportarían una hora y media de escenas innombrables. Por lo tanto, los tiempos muertos son esenciales.

Repito, pues. Entráis en un cine. Si para ir de A a B los protagonistas tardan más de lo que desearíais, eso significa que la película es pornográfica.

En Segundo diario mínimo (Lumen, 1994).

Gracias por no leer

Cada que llega el Día del Libro (o el aniversario de Sor Juana o alguna fecha así), la gente culta se deprime por las estadísticas acerca de los libros leídos en este país. Los números dictan más o menos que 6 de cada 10 mexicanos leen un libro al año y eso causa desesperanza en la mayoría de los intelectuales, quienes por otro lado sufren porque ninguno de sus títulos es ese único libro leído. ¿Qué hacer al respecto? Lo más fácil: despotricar contra el público.

Pero bien decía Mark Twain que hay tres tipos de embustes, cada uno peor que el anterior: las mentiras, las malditas mentiras y las estadísticas. ¿Cómo medir el índice de lectura?, ¿existe acaso algún dispositivo electrónico que desde ciertas páginas envía a nuestras espaldas información a una supercomputadora en la UNAM que corrobora que un libro sea leído de principio a fin? No lo creo. Me parece más bien que la estadística se basa en un acto ajeno al libro: la confesión de la lectura.

Admitir que hemos leído o no un libro es ya en sí mismo parte de un “hecho literario”, pero con frecuencia no lo vemos de esa manera. Por comodidad, damos por sentado de que el único hecho literario que verdaderamente importa es abrir las páginas de un ejemplar, recorrer cada una de las palabras ahí contenidas y llegar hasta el final. Pero, ¿dónde ponemos todos esos sucesos periféricos que anteceden, rodean o prosiguen a la lectura?

Ninguna estadística contempla los libros per cápita que se han ojeado, se han discutido en una clase o han sido mencionados en una conversación. Eso mismo incluye a los libros que se han platicado aunque no se hayan leído o las veces en que los alumnos recurren a los resúmenes de internet. Dado que los libros platicados, resumidos u ojeados son más numerosos que los leídos por completo, las estadísticas no serían tan desalentadoras. Por ejemplo, dada la supuestamente escasa actividad lectora en el país, sorprende que millones de personas se reúnan cada domingo alrededor de un libro: la Biblia.

Esas actividades literarias han quedado siempre al margen por la excesiva reverencia con que vemos el hecho de leer un libro. Una de las preguntas más incómodas con que puede uno toparse es: ¿Has leído… (acá viene un título imprescindible, clásico o simplemente de moda)? Como si sólo los libros validaran nuestra experiencia con la literatura. Pero no es así, la literatura existe más allá de los libros, del mismo modo que los libros mismos existen más allá de sus páginas. Uno puede reconocer la imagen de Don Quijote y nunca molestarse por leer sus aventuras.  La situación alcanza el extremo de que es posible dictar una conferencia sobre el Ingenioso Hidalgo sin haberlo abierto siquiera. Por el universo cultural que ha creado, a estas alturas conocemos tanto del caballero de la triste figura que sumergirse en sus capítulos sólo obedecería al auténtico deseo.

Tomemos el ejemplo del Quijote, porque finalmente trata de cómo la literatura entra en acción. Don Quijote es un héroe literario no sólo en el sentido de que protagoniza un libro y él mismo está convencido de que alguien lo narra, sino en que encarna a un lector llevado al extremo: alguien que cree que el mundo funciona tal y como aparece en sus lecturas. Pero la realidad difiere de su mirada. Don Quijote ve castillos ahí donde los demás advierten ventas, ve gigantes donde los otros ven molinos, ve ejércitos en lugar de un hato de ganado.  Es decir, transforma el mundo para que sea como en sus libros. Ésa es una actitud literaria, llevada al punto de la locura, pero literaria al fin.

La de Cervantes es una novela que habla de la presencia de los libros en la realidad. En Don Quijote no sólo hay aventuras, peleas y novelas intercaladas, sino que observamos a gente leyendo en voz alta, contándose historias, quemando libros, discutiendo sobre la perniciosa influencia de las novelas, escribiendo poemas, imaginándose protagonistas de una epopeya. Todas esas actividades son formas de acción que tiene la literatura y paradójicamente, a veces nos llegan en forma de libro.

Con ánimo tramposo, en estos momentos he ejecutado otro hecho literario: les he interpretado brevemente una novela que no tienen la obligación de leer. Saber un libro por boca de otros no es menos valioso que su lectura. Hay libros que van a ser insufribles si nos sumergimos en sus páginas pero van a ser inolvidables si están asociados a una persona en particular. Los libros son mejores o peores también por culpa de alguien: Por supuesto que Schopenhuauer es uno de los más grandes filósofos que ha dado la historia, pero Schopenhuaer platicado por una chica linda parece más brillante todavía.

Rodolfo Castro lo ha descrito de esta manera: “Sospecho que la lectura se sublima en los libros pero no existe fuera de contexto. La lectura de un libro no se puede separar de la digestión que ese día tenga el lector, del estado del tiempo, de los acontecimientos sociales que estén ocurriendo en su país y en el mundo, del dolor de un amor perdido, de la carpintería y los negocios, de la alimentación y los mosquitos, de la astronomía, el cine, el arte y los deportes”.

Damos por hecho que un libro se realiza en el momento en que es leído. Mientras eso sucede puede cumplir la función de un simple objeto, pero también puede dar sentido a una red de informaciones que lo rodean. En otras instancias un libro es igual a un conjunto de relaciones entre personas reales, que lo comentan, critican, ojean, o promueven. Las funciones de un libro van del mero entretenimiento en los momentos de ocio al prestigio que conlleva una enorme biblioteca, pero también en lo inmaterial: al libro mencionado como presunción de cultura, al libro que sirve como tema de conversación, o simplemente al libro que nos recuerda que no sabemos regalar otra cosa en los cumpleaños de nuestros amigos.

Estos hechos literarios comunes son variados, a saber:

CONTAR UN LIBRO

Hay libros que nunca vamos a abrir, pero son ya indelebles en nuestra memoria. Hace años, me molestaba un poco que yo regalara libros y la persona a quien se los había obsequiado no los leyera. Me parecía que era una forma de desprecio. Muy tarde comprendí que era yo quien estaba desperdiciando una gran oportunidad: la de contar esos mismos libros. Nunca aproveché la estrategia de que Juster, Sharpe o Saki me hicieran ver más inteligente de lo que yo era, por el simple hecho de darles mi voz.

Contar un libro supone intervenir la ficción de otros. Es la forma en que percibimos la literatura: lo que dejamos fuera y lo que no. Nuestra propia versión de los hechos. Cada que platicamos una novela habla el autor y hablamos nosotros. No tergiversamos, traducimos una ficción al lenguaje de nuestras biografías.

PRESUMIR UN LIBRO

No todos tenemos la capacidad de relatar una trama, o al menos, dar un juicio coherente sobre la misma. Lo malo de estudiar literatura es que la gente está convencida de que tu deber es opinar sobre el último Nobel, de la misma manera que un médico tiene el compromiso de saber porqué su paciente moquea. Para entender esto, hay un chiste ejemplar: después de un naufragio, un hombre descubre que los únicos sobrevivientes son él y Angelina Jolie. Pasan los días y Angelina le propone saciar los candentes apetitos que ambos han acumulado todo ese tiempo. Él acepta y cada día la faena es tan salvaje que hasta lo animales se alejan de la pareja por su propia seguridad. Tras cuatro bárbaras semanas  la Jolie le dice al náufrago: hoy voy a cumplirte tu mayor fantasía. Bueno, dice él, ponte mi pantalón. Y Angelina, un poco contrariada acepta. Luego el sujeto se quita la camisa; ponte esto también, ordena.  Unos segundos más tarde, dice: Toma estas yerbas y te las colocas como bigote. Angelina obedece con la curiosidad hirviéndole en el cuerpo. Finalmente el náufrago añade: Cuando yo te diga “Oiga, compadre”, tú me dirás, “Qué cosa, compadre”, pero con voz gruesa, ¿entendido? Angelina consiente este último punto más excitada que nunca. El náufrago se frota las manos y comienza:

-Oiga, compadre.

-Qué cosa, compadre.

-Adivine a quién me ando cogiendo.

Esa presunción de la lectura como un portento (terminar el Ulises o las Obras Completas de Alfonso Reyes) es una actividad literaria también.  Necesita de los libros, de los autores de los libros, pero más exactamente del lugar que ocupan en el imaginario de los lectores (no es lo mismo cuestionar a nuestro interlocutor sobre si ha leído El Crepúsculo de los Ídolos que sobre si ha leído simplemente Crepúsculo).

OLVIDAR UN LIBRO

A veces pensamos que la memoria nos falla y al intentar contar una novela, no sabemos cómo sigue una historia. No hay nada de qué preocuparse: leer un libro significa también olvidar un libro.  En su inteligente ensayo Cómo hablar de los libros que no se han leído, Pierre Bayard plantea una pregunta por demás reveladora: Un libro que se ha olvidado, ¿ha sido leído realmente?  A través del ejemplo de Montaigne, quien admitía no estar seguro de haber leído ciertos títulos, Bayard bucea la importancia de la mala memoria en el proceso de lectura. Lo que nos queda después de leer un texto habla más de nosotros que del autor. Lo cierto es que no es necesario tener la retentiva de Borges para decir que hemos leído una obra (Hernán Casciari hizo el chiste de que el autor de El Aleph la tenía más fácil porque los archivos de su memoria –al ser ciego- eran de extensión .txt, mientras que el resto de los mortales tendría que lidiar con .avi, .jpg, entre otros).

COMPRAR LIBROS

Cada que entramos a una librería y no tenemos ningún título en mente comienza otra forma de la lectura. Revisar estantes sin una maldita idea de qué comprar ubica los libros en relación con otros libros. Un libro mal clasificado es un milagro: es decir, un objeto absolutamente posible, pero que no debería estar ahí. Lo mismo sucede en las bibliotecas públicas que pueden cumplir la función de un espacio para la consulta, pero pueden igualmente ser un descubrimiento. No pierde el tiempo quien pasa horas revisando estantes sin decidirse por ningún título. Pocas lecciones tan personales de literatura como abandonarse al orden (o desorden) de una librería.

CERRAR UN LIBRO

Los libros de superación personal son exitosos porque nos dicen qué hacer una vez que hemos abandonado su lectura. Siempre hablamos del mundo que se abre con las páginas de un libro, pero poco decimos de la literatura que se abre cuando cerramos ese mismo libro. Como si se tratara de organizar unas Obras Completas, los libros leídos escapan a la mera cronología (y hasta nuestra muerte, nunca dejan de reacomodarse). Se agrupan según una secuencia particular y que es difícil de compartir. Se relacionan íntimamente con las otras informaciones que les acompañan y finalmente dejan de ser simplemente libros. Comparten el espacio con películas, sucesos vividos, sucesos inventados, canciones, pinturas, conversaciones, malos y buenos días. Se trataría pues de una compilación incomunicable, pues estaría hecha de retazos que irían mutando con el tiempo. Quizás por eso algunos nos dedicamos a escribir: para darle sentido a ese mundo hecho de fragmentos.

IGNORAR LOS LIBROS

¿Son necesarios los libros? En nuestra época ni siquiera son útiles para la escuela.  Las nuevas tecnologías nos han brindado facilidades para encontrar datos en los textos, citar, o tener información muy actualizada. Quizás la tan anunciada desaparición del libro nos ayude a entender que la literatura existió antes de los ejemplares escritos y existirá después de ellos. Igualmente entenderemos que los libros tienen sus propios encantos, disponibles acaso para quienes busquen experiencias “literarias” ajenas a la mera lectura.

NEGAR UN LIBRO

No siempre es bueno admitir que hemos leído. Si al final de este ensayo, algún lector avieso observa lo mucho que me he basado en algún autor, lo más seguro es que yo responda  que nunca lo he leído. De este modo causo la impresión de que aquella luminaria y yo hemos llegado a conclusiones similares sin conocer nuestros respectivos textos. Cuando el integrante más salvaje del taller literario, recite todas las influencias que tienes en tus poemas, podrás asegurar que ignoras quiénes diablos son Vallejo, Dickinson o Kavafis. En ciertos casos, es mejor pasar como un imbécil, pero al menos con talento.

HACER UNA BIBLIOGRAFÍA

Este texto no hubiera sido posible sin los siguientes textos que no recuerdo bien si leí completos, plagié, parafraseé, cité de memoria, atribuí sin una segunda consulta, rebatí, comenté, recordé, platiqué, dejé a la mitad, ojeé en la librería, tomé sólo para verificar el precio, recibí de regalo, o simplemente estaban ahí cerca en el momento en que escribía: Cómo hablar de los libros que no se han leído de Pierre Bayard, El secreto de la fama de Gabriel Zaid, Las otras lecturas de  Rodolfo Castro, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes, España, decí Alpiste de Hernán Casciari, Schopenhauer y los años salvajes de la filosofía de Rüdiger Safranski, Brontosaurus y la nalga del ministro de Stephen Jay Gould, De eso se trata de Juan Villoro, Gracias por no leer de Dubravka Ugresic (era muy caro y me conformé con saber que existía un libro con ese título), La raza cósmica (porque era mi tarea, y sólo leí los resúmenes disponibles en Internet). La lista se extiende a una treintena de conversaciones por Messenger que sería poco académico consignar en este espacio. El chiste sobre Angelina Jolie llegó a mí por cortesía de Luis Miguel Estrada.