Desde una perspectiva biológica, nada es antinatural

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Por YUVAL NOAH HARARI

¿Cómo podemos distinguir lo que está determinado biológicamente de lo que la gente intenta simplemente justificar mediante mitos biológicos? Una buena regla empírica es: «La biología lo permite, la cultura lo prohíbe». La biología tolera un espectro muy amplio de posibilidades. Sin embargo, la cultura obliga a la gente a realizar algunas posibilidades al tiempo que prohíbe otras. La biología permite a las mujeres tener hijos, mientras que algunas culturas obligan a las mujeres a realizar esta posibilidad. La biología permite a los hombres que gocen del sexo entre sí, mientras que algunas culturas les prohíben realizar esta posibilidad.

La cultura tiende a aducir que solo prohíbe lo que es antinatural. Pero, desde una perspectiva biológica, nada es antinatural. Todo lo que es posible es, por definición, también natural. Un comportamiento verdaderamente antinatural, que vaya contra las leyes de la naturaleza, simplemente no puede existir, de modo que no necesitaría prohibición. Ninguna cultura se ha preocupado nunca de prohibir que los hombres fotosinteticen, que las mujeres corran más deprisa que la velocidad de la luz o que los electrones, que tienen carga negativa, se atraigan mutuamente.

En realidad, nuestros conceptos «natural» y «antinatural» no se han tomado de la biología, sino de la teología cristiana. El significado teológico de «natural» es «de acuerdo con las intenciones del Dios que creó la naturaleza». Los teólogos cristianos argumentaban que Dios creó el cuerpo humano con el propósito de que cada miembro y órgano sirvieran a un fin particular. Si utilizamos nuestros miembros y órganos para el fin que Dios pretendía, entonces es una actividad natural. Si los usamos de manera diferente a lo que Dios pretendía, es antinatural. Sin embargo, la evolución no tiene propósito. Los órganos no han evolucionado con una finalidad, y la manera como son usados está en constante cambio. No hay un solo órgano en el cuerpo humano que realice únicamente la tarea que realizaba su prototipo cuando apareció por primera vez hace cientos de millones de años. Los órganos evolucionan para ejecutar una función concreta, pero una vez que existen, pueden adaptarse asimismo para otros usos. La boca, por ejemplo, apareció porque los primitivos organismos pluricelulares necesitaban una manera de incorporar nutrientes a su cuerpo. Todavía usamos la boca para este propósito, pero también la empleamos para besar, hablar y, si somos Rambo, para extraer la anilla de las granadas de mano. ¿Acaso alguno de estos usos es antinatural simplemente porque nuestros antepasados vermiformes de hace 600 millones de años no hacían estas cosas con su boca?

De manera parecida, las alas no surgieron de repente en todo su esplendor aerodinámico. Se desarrollaron a partir de órganos que cumplían otra finalidad. Según una teoría, las alas de los insectos se desarrollaron hace millones de años a partir de protrusiones corporales de bichos que no podían volar. Los bichos con estas protuberancias poseían una mayor área superficial que los que no las tenían, y esto les permitía captar más radiación solar y así mantenerse más calientes. En un proceso evolutivo lento, estos calefactores solares aumentaron de tamaño. La misma estructura que era buena para la máxima absorción de radiación solar (mucha superficie, poco peso) también, por coincidencia, proporcionaba a los insectos un poco de sustentación cuando brincaban y saltaban. Los que tenían las mayores protrusiones podían brincar y saltar más lejos. Algunos insectos empezaron a usar aquellas cosas para planear, y desde allí solo hizo falta un pequeño paso hasta las alas para propulsar realmente al bicho a través del aire. La próxima vez que un mosquito zumbe en la oreja del lector, acúsele de comportamiento antinatural. Si fuera bien educado y se conformara con lo que Dios le ha dado, solo emplearía sus alas como paneles solares.

El mismo tipo de multitarea es aplicable a nuestros órganos y comportamiento sexuales. El sexo evolucionó primero para la procreación, y los rituales de cortejo como una manera de calibrar la adecuación de una pareja potencial. Sin embargo, en la actualidad muchos animales usan ambas cosas para una multitud de fines sociales que poco tienen que ver con crear pequeñas copias de sí mismos. Los chimpancés, por ejemplo, utilizan el sexo para afianzar alianzas políticas, establecer intimidad y desarmar tensiones. ¿Acaso esto es antinatural?

En De animales a dioses (Debate, 2014).

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Cómo (por poco no) llegar a Matanzas

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A MJ le había parecido buena idea ir a la playa la mañana siguiente al concierto de los Rolling Stones. A juzgar por los nueve autobuses que se estacionaron uno tras otro cerca de nuestro hotel en La Habana el resto de los huéspedes había tenido una idea similar y había acudido a una empresa turística, exactamente lo que nosotros no habíamos hecho. Aunque, como se verá más adelante, pagamos caro nuestro incipiente espíritu aventurero, en esos momentos nadie estaba siendo particularmente feliz. Durante cuarenta minutos vi a decenas de extranjeros pasar del letargo propio de los animales que se fingen muertos a la euforia casi sexual cada que una señorita con uniforme de la empresa Transtur entraba gritando «¡Varadero!». Para la desesperación general no eran pocos los que tenían que regresar al estado de reposo original una vez que comprobaban que su turno todavía no había llegado.

MJ y yo estábamos en el lobby del hotel esperando a un hombre alto y huesudo llamado Lázaro que habíamos conocido la tarde anterior y del cual no sabíamos prácticamente nada salvo que había prometido llevarnos a Matanzas por treinta CUCS (treinta dólares, más o menos). El acuerdo lo habíamos concertado a las afueras de una terminal de autobuses a reventar, custodiados por tipos que trataban de convencerte de viajar a Viñales, especialmente si no tenías idea de dónde carajos estaba Viñales y qué podrías esperar de la vida una vez que llegaras allá. Así las cosas, la oferta de Lázaro parecía la propuesta más razonable para alguien desesperado por salir de La Habana. Por desgracia se trataba también de un fraude: para la mañana siguiente, Lázaro llevaba casi una hora de retraso y no había indicios de que fuera a aparecer. La angustia que produce en los turistas la demora es algo que los taxistas cubanos saben decodificar a la distancia. Después de ocho intentos en los que me paraba en la puerta del hotel y buscaba a Lázaro en el horizonte, un tipo de lentes oscuros se acercó hasta donde me encontraba y se ofreció a llevarnos a Matanzas por ochenta CUCS.

—Estamos cortos. Podemos darte sesenta.

—Hermano, nadie va a Matanzas por menos de setenta. Son 145 kilómetros a Varadero, menos cuarenta para Matanzas. No alcanzaría ni para la gasolina.

Hay menos distancia entre La Habana y Matanzas que entre La Habana y Varadero, y no obstante el taxista había presentado la información de tal modo que, sin mentir, parecía estar dispuesto a recorrer media isla para llevarnos a nuestro destino.

—Bueno, dejémoslo en setenta.

El viaje a Matanzas dura por lo regular una hora con quince. El mismo viaje con un conductor incapaz de orientarse por las calles de Matanzas podría significar veinte minutos de retraso. Ni uno más, según la confiable experiencia de varios amigos míos. No fue eso lo que sucedió.

—No conozco bien Matanzas —dijo nuestro chofer, mientras estacionaba el automóvil—, ¿tienen por ahí apuntada la dirección a donde hay que ir?

MJ le dio la libreta donde había consignado con tinta verde los datos de la casa particular donde nos hospedaríamos. El taxista bajó y habló con un par de adolescentes que estaban en una esquina. Volvió en cuestión de segundos.

—Compañera, tenemos un problema con tu letra. ¿Me puedes decir qué dice aquí?

—Dice «Línea 2da.» —contestó MJ.

—Pregunto de nuevo.

Dentro del carro se hizo ese silencio tenso del que abusan los narradores cuando no tienen nada que contar. El taxista se acercó entonces acompañado de un octogenario. Por la manera en que entrecerraba los ojos podía jurar que no era capaz de decirnos qué había más allá de la siguiente cuadra.

—Miren, el compañero vive en Matanzas y no ubica la dirección. Queremos saber qué dice acá.

—Línea 2da. Esquina con Callejón de los Desamparados —volvió a decir MJ.

—Línea 2da. Línea 2da. Eso es del otro lado, tienes que cruzar el puente —dijo el anciano no muy convencido.

—Del otro lado del puente me mandaron para acá.

—Por eso, sigue por aquí y cuando termine la calle das la vuelta y cruzas el puente.

—¿Cómo que «cuando termine la calle»? ¿Cuándo voy a saber que terminó la calle?

—Pues aquí las calles terminan, compañero. Esto no es La Habana.

—Hermano, soy guajiro; explícame en guajiro: avanza, doblas a la derecha, una cuadra, dos cuadras. Así sí entiendo.

—Avanza por esta calzada, llegas al semáforo. Esperas a que se ponga en verde…

—Her-ma-no…

—Línea 2da. ¿Eso es lo que dice acá?

El anciano se acercó la libreta al rostro. El chofer se la arrebató para leer de nuevo.

—A mí me parece que dice «Línea santa».

MJ, que había escrito la dirección, insistía en que ahí decía «Línea 2da.».

—Tengo el teléfono de la persona que nos va a recibir, podemos hablarle —añadió tímidamente, pero el chofer y el anciano estaban demasiado concentrados en su propio análisis del manuscrito.

—¿Sabe o no sabe, compañero?

—A ver lo leo de nuevo, «Línea…» ¿Con qué tipo de lápiz escribieron esto?

Yo mientras tanto distraía a MJ para que no sacara un objeto punzocortante de la bolsa, que es lo que cualquier persona sensata habría hecho a estas alturas.

—¿No tienen el teléfono de la señora?

—Sí —respondió MJ tomando aire por décima vez—. Debajo de la dirección aparece.

El chofer marcó desde su celular.

—Hola, compañera. Tengo acá a un par de amigos mexicanos que van a hospedarse con usted. No encontramos su dirección. Le voy a pasar a un compañero, de acá de Matanzas, para que le explique bien cómo llegar.

Cuando el octogenario tomó el celular, toda mi capacidad cerebral se estaba dirigiendo a tratar de entender por qué seguíamos confiando en ese hombre.

—Dígame, compañera… Ah, el parque Maceo sí lo conozco.

Colgó.

—Me dice que vayan al parque Maceo y que ahí busquen al «hombre de la boina roja».

—Dios mío, lo que nos hacía falta: un hombre con una boina roja —comentó en voz baja MJ.

—¿Y cómo llego al parque Maceo? —preguntó el chofer.

—Es lo que te voy a explicar: avanzas por esta calzada hasta el semáforo…

—Hermano, mejor ven con nosotros.

La última vez que había escuchado esa frase, había sido en una conversación familiar y la cosa terminaba con alguien convirtiéndose al Evangelio. Sentí un leve escalofrío. Recorrimos unas cinco cuadras.

—Este es el parque Maceo y no está el hombre de la boina roja —advirtió el viejo—. Llamen otra vez a esa mujer y díganle: «Ya estamos en el parque Maceo y no vemos al hombre de la boina roja».

Sin embargo, un hombre de gorra roja ya estaba muy cerca del auto manejando una bicicleta. Hizo señal de que lo siguiéramos.

—¡El hombre de boina roja! ¿De dónde salió? —exclamó con desesperación el anciano como si de repente hubiera recibido la visita de un segador demasiado esquelético para ser humano.

Ninguno de los tres lo hicimos caso. Para nosotros lo importante era que el recién aparecido no se nos fuera a perder de vista. Y teníamos razones suficientes para enfocar toda nuestra atención en un solo individuo. «Línea 2da.», según pudimos comprobar minutos más tarde, era una calle de tierra que no había forma de identificar a menos que hubieras nacido en ella.

El taxista bajó las maletas con el mismo alivio de quien se deshace de un cadáver incómodo. Antes de subir de nuevo al auto, me dijo en tono cordial:

—¿No tienes un peso para el compañero?

Era prácticamente lo único que me quedaba en el bolsillo.

 

Mapa dibujado por un turista

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Estuve en Cuba entre el 23 y el 29 de marzo: demasiado tarde para coincidir con Barack Obama pero a tiempo para ver a los Rolling Stones. En el número de junio de Letras Libres aparecerá una crónica cuyo eje es el concierto. Sin embargo, no quise dejar fuera algunas notas que tomé durante el viaje:

Esculturas para levantar el ánimo

En la Plaza de la Revolución, frente a la icónica imagen del Che, el visitante puede ver el relieve escultórico de Camilo Cienfuegos en la fachada del Ministerio de Comunicaciones. Tres palabras acompañan a la imagen: «Vas bien Fidel». Da qué pensar que la frase más significativa de un héroe forjado en el seno de la lucha armada, sea el equivalente al «Cámara, maestro» con que algunos de mis amigos concluyen sus conversaciones por WhatsApp. Patricia Nieto, editora de Letras Libres, me dice que el asunto sería tan vergonzoso como que, para honrar su memoria, la posteridad recogiera la frase que con más frecuencia ella escribe: «Hola, ¿recibiste mi mail?»

La leyenda cuenta que «Vas bien Fidel» ni siquiera surgió de una iniciativa del propio Cienfuegos, en el entendido de que haya llegado un sábado en la mañana a decirle al resto de la tropa: «Amigos, amigos, se me ha ocurrido algo». Se supone que el mismo Fidel preguntó «¿Voy bien, Camilo?», lo cual reduce la capacidad verbal de Cienfuegos a responder una oración de tres palabras con otra de una extensión similar.

MJ se pregunta si el absoluto desprecio de las comas vocativas también es un logro de la Revolución. Podría ser. Lo único que nos queda claro es que siempre que un amigo tenga continuos momentos de desasosiego, podemos sugerirle construir una escultura gigante que le diga que lo está haciendo mejor de lo que piensa.

No busco puros ni PPG, solo una maldita conexión a internet

En Cuba, la comunicación puede llegar a ser un dolor de cabeza. En principio de cuentas, para tener servicio de internet, uno necesita comprar unas tarjetas de la empresa estatal Etecsa. El procedimiento se parece mucho al modo en que mi generación aprendió el concepto de «telefonía móvil»: rascando una ficha con una moneda. El segundo problema es hallar un sitio con wifi (tan escasos en Cuba que las profecías recomiendan fundar un pueblo y, posteriormente un imperio, ahí donde lo encuentres). MJ y yo llegamos al hotel Habana Libre, donde, según nos habían comentado, el milagro de la red podía acontecer ese día. Sin embargo, el servidor había caído en desgracia y no se tenían pronósticos optimistas para esa mañana. Una persona amable nos dijo que quizás en el restaurante de enfrente pudiera haber señal. La había, en efecto, pero nadie tenía tarjetas. Al ver nuestra desesperación, una señora que estaba en el restaurante solo señaló, sin decir palabra alguna, a un grupo de jóvenes que se encontraban en los alrededores de un arriate, del otro lado de la calle. Nos acercamos. Al menos unas treinta personas, entre extranjeros y cubanos, se encontraban mirando sus celulares con los audífonos puestos, que es más o menos un paisaje típico de Occidente y por eso no nos habíamos percatado de lo excepcional que era en este contexto. Uno de los chicos, de no más de dieciocho años, nos hizo el ademán de un cuadrado pequeño que podía significar, según la imaginación de cada quien, una tarjeta, un paquete de coca o una placa para cultivar bacterias. Le dijimos que sí, casi sin pensar. De la funda de su smartphone sacó una tarjeta que en realidad era un papel mal impreso con una clave. Entendí de repente que aquella transacción podía compararse más con la compra de un acta de nacimiento que con la de un disco pirata. Volvimos al restaurante. Por un momento MJ y yo temimos haber sido estafados, pero la contraseña funcionó. La señal de la red era débil como nuestro optimismo y se extinguió apenas MJ y yo pudimos corroborar con una amiga que nuestra gata Sunny estaba en buen estado.

—¡Son héeeeeroes! —gritó MJ desde el interior del restaurante a los chicos que vendían tarjetas.

Los vendedores que odiaban tu falta de vicios

—Niño, ¿a ti no te interesa una caja de diez puros por diez pesos? —me dice una señora en las escalinatas del cine Yara—. Mira que no vas a encontrarlos a mejor precio.

—No, señora, gracias. No fumo.

—Mira que cada uno viene con su sello.

—Es que no fumo.

—Pero para tus familiares.

—Tampoco fuman.

—Para regalar a tus amigos.

—No quisiera que fumen.

—¿Para qué vienes tú a Cuba si no te llevas unos puros?

—Es que no me gusta el olor de los puros.

—Bueno, niño, ¿y un cucurucho de maní no te interesa?

Veinte mil reglas para el viaje submarino

MJ me había prometido que la experiencia de esnorquelear, en medio del silencio y rodeado de peces, «cambiaría mi vida» y le creí. Viajamos veinte minutos de Matanzas a Playa Coral, a fin de conocer los arrecifes, pero, bajando del taxi, uno de los instructores nos dijo que estaban a punto de irse a su casa.

—Es una pena, no sabía que cerraban a las cuatro.

—Miren, amigos, podemos rentarles el equipo y ustedes se lo dejan al cuidador cuando terminen.

Nos pareció una magnífica idea.

—¿Los dos saben nadar?

MJ y yo respondimos al mismo tiempo:

—Específicamente, ¿qué estamos entendiendo por «nadar»?

—Él no sabe.

—En esta playa tenemos tres reglas —precisó—: uno, usar chaleco salvavidas; dos, cuidar el equipo que les rentamos; tres, ser acompañados los primeros diez minutos por el instructor. ¿Saben por qué? Porque si entran solos pueden toparse con esto.

Entonces apuntó a una de las fotografías de corales que se encontraban en un pendón.

—Esto, amigos, es el PELIGROSO CORAL CEREBRO. Desde el momento en que ustedes lo tocan empiezan a sentir como si les arrancaran la piel. ¿Entendido?

Yo no necesitaba mayores estrategias disuasorias, pero el instructor pensó que sería más convincente si señalaba un hecho en concreto.

—Miren a esa niña. Esa niña que está allá no hizo caso a las reglas y véanla ahora llorando.

Al mismo tiempo que el hombre nos advertía de los peligros de desobedecer las normas de la playa, un joven estadounidense pasó corriendo hacia el mar.

—¡Oiga, las reglas! —gritó el instructor, antes de volver a nuestra conversación—. Esa gente cree que puede venir aquí a hacer lo que quiera. Pero esta no es playa privada, sépase usted. Aquí el que manda es el Estado.

La izquierda necesaria

—Para que algo funcione en Cuba hay que hacerlo «por la izquierda» —me dice un taxista mientras conduce hacia el Bosque de La Habana.

—¿Y eso cómo es?

—A espaldas del gobierno.

Publicado originalmente en Letras Libres.

El hombre que fue un desastre para la atmósfera

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Un documento de 1947, publicado por la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos y firmado por el ingeniero y empresario Charles Kettering, presenta a Thomas Midgley hijo como un empleado versátil, una mente brillante y un tipo con un talento poco común para resolver problemas relacionados con el trabajo. Según este testimonio, tras terminar uno de sus primeros encargos, Midgley hizo una pregunta que se repetiría una y otra vez: «Jefe, ¿qué es lo siguiente que usted quiere que haga?» Para un superior como Kettering esa frase daría inicio a una de las grandes aventuras de la investigación americana. Y de hecho, así fue… para desgracia de todos.

Midgley había estudiado ingeniería mecánica, pero su carrera de inventor derivó hacia la química cuando en 1916 ingresó a Delco, un centro de investigación dependiente de General Motors. Su primera contribución importante a la empresa, y de paso a nuestro mundo, fue solucionar el golpeteo de motor que causaban las gasolinas de la época. Un efecto que ponía en aprietos a los automovilistas cuando trataban de acelerar o subir una colina. Convencido de que no era necesario rediseñar el motor sino encontrar una sustancia antidetonante que frenara el proceso, Midgley notó que el tetraetilo de plomo no provocaba trepidación. ¡Eureka! Se trataba de un logro de eficiencia y rentabilidad —obtener plomo era muy barato— tanto para el productor como para los consumidores. Lo que seguía era colocar el combustible en el mercado, actividad para la cual Midgley también mostró especiales virtudes. Sin embargo, aun con los presumibles beneficios, la palabra «plomo» levantaba demasiadas suspicacias como para usarla en los anuncios, de modo que la empresa decidió eliminarla de su publicidad.

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La Ethyl Gasoline Corporation fue el corporativo que explotó al máximo el invento de Midgley y que tuvo en su nómina a algunas de sus primeras víctimas. En 1926, más de la mitad de los trabajadores de la planta presentó síntomas propios del envenenamiento y los directivos emprendieron la siempre eficaz estrategia de negarlo todo. «Es posible que estos hombres se volvieran locos porque trabajaban demasiado», aseguró un portavoz para justificar los delirios que experimentaban algunos de sus empleados. Desde tiempo atrás se tenía conocimiento de que el plomo era tóxico, pero los expertos pensaban que si se dispersaba en la atmósfera no representaría peligro alguno. Ante los rumores que cuestionaban la seguridad de la gasolina plomada, el propio Midgley apareció en una conferencia de prensa en Atlanta e inhaló tetraetilo de plomo de un vaso de precipitados. Esas demostraciones extravagantes es lo que Kettering describiría más tarde como una combinación, tan característica de Midgley, entre «el talento para el espectáculo» y «el arte de vender».

Los escándalos no detuvieron el éxito de la gasolina con plomo. Un informe de 1926 aseguraba que el tetraetilo era peligroso solo en forma concentrada, no cuando se encontraba diluido. Aun cuando fueron apareciendo estudios sobre sus efectos perniciosos, la producción fue en aumento y la emisión anual de plomo alcanzó su punto máximo en 1976. Una década más tarde, y ante la evidencia aplastante, Estados Unidos retiró toda su gasolina plomada del mercado. Curioso destino para el componente que, según un ejecutivo de Standard Oil, «era un regalo de Dios».

La segunda contribución de Midgley al mundo no fue menos perjudicial pero tampoco daba la impresión de ser una mala idea. Los gases que utilizaban los aparatos de refrigeración a finales de la década de 1920 eran venenosos e inflamables. Un accidente en un hospital de Cleveland en 1929, debido a una fuga en uno de sus refrigeradores, había causado ciento veinte muertos. Cuenta la leyenda que, ante la tragedia, Midgley se propuso desarrollar un gas que no representara un peligro para las personas. De su mano, los clorofluorocarbonos (CFC) —que resultaron seguros, estables y no tóxicos— llegaron a nuestra vida cotidiana.

Con el tiempo los CFC terminaron por ser una pésima solución. «Raras veces se ha adoptado un producto industrial más rápida y lamentablemente», ha sentenciado Bill Bryson. En pocos años, los CFC estaban en refrigeradores, sistemas de aire acondicionado, insecticidas y desodorantes en aerosol. Se trata de compuestos que, si bien no afectan directamente al ser humano, han sido los responsables del alarmante deterioro de la capa de ozono, según dieron a conocer en los setenta Mario Molina y Frank Sherwood Rowland. No es solo su capacidad destructiva (un kilo de CFC puede eliminar setenta mil kilos de ozono atmosférico) sino su perdurabilidad (alrededor de cien años). Midgley murió en noviembre de 1944 sin sospechar siquiera el mundo que les estaba heredando a sus nietos y creyéndose a sí mismo un benefactor de la sociedad, pero, por poner en perspectiva su descubrimiento: los CFC liberados el año de su muerte siguen hoy día causando estragos.

El profesor Carmen J. Giunta, de Le Moyne College, ha encontrado documentación que echa abajo el gesto de heroicidad que pudieron haber tenido Midgley y su equipo al momento de desarrollar los CFC. Según este químico no fue la tragedia del hospital lo que motivó las investigaciones sobre los clorofluorocarbonos sino el interés comercial. En los veinte los refrigeradores eran costosos, voluminosos e inseguros; la gente usaba todavía neveras en sus viviendas. En un panorama así, el mercado de la refrigeración tenía unas posibilidades enormes de expandirse y era necesario encontrar un gas seguro a fin de entrar a los hogares, las bodegas y los supermercados. Lo sucedido en Cleveland por esos mismos años hizo parecer al inventor y a su equipo más preocupados por las personas de lo que en realidad estaban.

La ironía de este caso proviene de contrastar la notable eficiencia de Midgley para atender dificultades específicas de su tiempo con las consecuencias globales y a mediano plazo de sus soluciones. En su momento, la gasolina con plomo era un buen remedio ante la escasez prevista de combustible; pero dicha escasez no se dio, al contrario, pronto se encontraron importantes yacimientos de petróleo. Los clorofluorocarbonos, por otro lado, pasaron todas las pruebas de seguridad para su uso casero. Por desgracia tenían el peso idóneo para quedar atrapados en la capa de ozono y propiciar todo el daño del que fueran capaces. Nadie se había detenido a pensar que al probar un nuevo producto había que preocuparnos también por la estratósfera.

A Midgley le diagnosticaron polio en 1940. Inventor, como era, diseñó un sistema de poleas que le permitía moverse en su cuarto sin ayuda. Una mañana su esposa lo encontró ahorcado por su propia máquina. La imagen de un invento, inicialmente útil, que termina por acabar con su inventor podría servir para trazar el perfil de este hombre hoy casi desconocido, pero me parece más bien que dibuja una época. Un tiempo, quizá todavía muy cercano, en que las necesidades sociales e industriales aparentaban ser las mismas.

 

Publicado originalmente en Letras Libres.

Los escritores macabros

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La A es de Amanda que pensó que para descender a los infiernos había que tomar las escaleras.
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La B es de Benedicto que llegó, sin saber muy bien cómo, a un taller literario.

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La C es de Clara que todavía espera la invitación oficial para las celebraciones de su propio centenario.

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La D es de David que, una mañana, fue expulsado del Canon.

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La E es de Ernesto, a quien le creció un árbol adentro.

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La F es de Fernanda que por la tarde fue a nadar.

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La G es de Germán que dejó de compartir sus opiniones políticas para no manchar su imagen.

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La H es de Héctor que solo hacía reseñas sobre sus contemporáneos.

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La I es de Idalia que  llegó a la crisis de los treinta sin tener un libro que pudiera comprarse en Amazon.

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La J es de Juan, cuyo héroe, según se supo después, era Hunter Thompson.

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La K es de Katia que un día sufrió la ansiedad de las influencias.

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La L es de Leonardo que terminó siendo el mejor escritor de su estado con la pequeña ayuda de la literatura de su estado.

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La M es de María que abrazó una causa que nadie más apoyó.

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La N es de Nicolás que solo publicaba literatura autorreferencial.

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La O es de Olivia que había encontrado una manera ingeniosa de combatir el bloqueo de escritor.

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La P es de Pablo, a cuya poesía, según opinión general, «le hacía falta calle».

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La Q es de Quiñones que no terminó la novela por la que había recibido dos becas.

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La R es de Ramona, cuyo mejor verso se hizo realidad.

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La S es de Susana que no salió en ninguna lista de fin de año.

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La T es de Tito que, con excepción de aquel último paquete de su vida, solo recibía libros universitarios.

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La U es de Úrsula, absorbida por una multinacional.

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La V es de Víctor que se pasó la vida buscando una generación de la cual ser el mejor escritor.

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La W es de Wendy que no supo cómo salir de su marco teórico.

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La X es de Xavier, devorado por las reseñas negativas.

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La Y es de Yorch que tuvo un encuentro poco afortunado con la tradición.

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La Z es de Zoila que no fue invitada a la FIL.

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Aquí las risas grabadas

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Cada vez que Irving J. utiliza un chiste, recurre a alguna canción o ejecuta alguna suerte de representación física para dar sus clases de literatura en el ITESM campus Puebla, se enfrenta a eso que los hombres de espectáculo han llamado “el público difícil”. En cierta ocasión, me cuenta, se subió a la mesa y arrancó las primeras páginas de un libro, del mismo modo en que lo hace Robin Williams en La sociedad de los poetas muertos. Pero la vida escolar es rica en fracasos motivacionales y a menos que tus alumnos provengan de una prueba de cásting es difícil que las cosas sucedan tal y como las habías imaginado en tu guión personal.

“Pensé que todos me imitarían, pero nadie lo hizo”, reconoce.

Puedo adivinar que su aspecto de imberbe tuvo algo que ver: nadie con la pinta de un veinteañero puede tener suficiente autoridad en un aula, aun haya superado los 33. Irving es una suerte de Benjamin Button en la nómina del Tecnológico: cada corte de pelo, cada ropa nueva le quita un par de años. Es inevitable y en lugar de verlo como un obstáculo, Irving aprovecha esa juventud eterna para hacer verosímiles sus riesgos pedagógicos (enseñar acentuación de los alejandrinos con “¿Será que no me amas?” o practicar “gags cómicos” con Tristán e Isolda). La razón es simple: cree en las peculiaridades del mundo real – las informaciones de la TV, la radio, el Internet, o la vida cotidiana- del mismo modo que cree en el poder de los clásicos. Y tiene que hacerlo de ese modo porque cada asignatura es en realidad un boxeo de sombra para su auténtico enfrentamiento: no con la literatura sino con la comedia.

Cada martes, después de sus clases poblanas, Irving hace un viaje de  3  horas en un camión de la línea “Oro” rumbo a Cuernavaca, en donde el bar Penny Lane le ha dado la oportunidad de presentar un espectáculo amateur. Es difícil compaginar la vida magisterial con la de la risa, pero es algo que el profesor se toma muy en serio: compone su propia música en Reason 4.0 para Mac, corrige una y otra vez las punch lines sobre las que confía el éxito de su stand up y practica las mímicas frente a un espejo. En las mañanas, las reacciones de sus alumnos le sirven de termómetro: si sus historias hacen risible una lectura de El extranjero es que pueden hacer risible casi cualquier cosa.

“Imagina esta anécdota”, me explica mientras tomamos un receso en la sala de profesores, “un tipo se enamora de una chica, pero ella es fanática de Candy Candy. Entonces él empieza a ver la serie para tener un tema de conversación en caso de que ella acepte ser su novia. La estrategia funciona, pero después la chica lo abandona, y él descubre que no puede dejar de ver Candy Candy porque se ha vuelto un fanático de la caricatura”.

Irving oprime el play de su laptop. La canción que trata de ese conflicto amoroso es bastante pegajosa y el coro dice: No, no, no soy un afeminado, una frase que requiere un movimiento de manos similar al que hace alguien para iniciar la ola de un estadio. Irving se ha puesto de pie de repente para interpretar una coreografía que desde el otro lado del ventanal no deja dudas sobre lo que es ser un afeminado. Los profesores que nos acompañan en la sala lo miran de reojo antes de inclinarse un par de centímetros más hacia sus computadoras.

Salimos de la preparatoria del ITESM a las 13:40 horas. Después de la última clase, Irving tiene apenas unos cuantos minutos para tomar el transporte público y llegar a la terminal de autobuses, a fin de alcanzar la salida de las 15:00 horas hacia Cuernavaca.
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Durante el viaje, Irving me explica las premisas de su tesis de posgrado, al tiempo que las pantallas del camión exhiben una película graciosa e insulsa como sólo puede serlo una parodia gringa. Por las próximas horas, los otros pasajeros se desternillarán de risa, pero mi compañero de asiento sólo tendrá cabeza para tratar de Eco y sus “estilemas”, de Danto y su teoría del arte. Me resulta extraño que alguien preocupado por el humor, ignore a una veintena de pasajeros que no deja de carcajearse.

Sin embargo, si algo me sorprende de su disertación sobre la poesía es su capacidad para salirse de tono, pero conservando ese rostro serio de quien responde dudas después de una ponencia:

“No sé tú, pero a mí la frase Azules que se caen de morados me remite automáticamente a los testículos, ¿sí lo captas?”

Intento aportar algo al tema: “Bueno… no puedo decir que no sea una imagen interesante”.

Estoy convencido de que odia esa palabra.

“Quizás… quizás sea por el parecido del escroto con un higo, que es morado y que igualmente es un fruto que puede caer de un árbol”.

“Sí, supongo que es eso”, concluyo. El resto de los pasajeros estalla en una carcajada, que –como las risas grabadas- hablan de una felicidad fuera de contexto.

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Para abrir su casa, Irving no utiliza una llave sino un gancho de ropa que ha dejado estratégicamente sobre las ramas de una planta. Se trata de una residencia maravillosa y sobre la que uno pensaría que no es necesario entrar como delincuentes. “Es de mis papás, pero ahora no están en la ciudad”, me explica. Pasamos junto a un piano y a un estante completo de películas piratas antes de llegar a su biblioteca, que en términos generales tiene el tamaño de mi cuarto, muchas ediciones notables y una colección de la revista National Geographic que data de los setenta. Vamos directo al grano. Hablar de comedia le produce a Irving una peculiar excitación de quien toda su vida ha ejercido oficios que no podría consignar en un currículo: músico para cantantes rupestres, futbolista, editor de una versión sin errores de los Apuntes para una teoría literaria de Alfonso Reyes.

Esto último me sorprende y tomo de su librero la edición correspondiente.

“Ni siquiera busques mi nombre, no aparezco en los créditos. Lo hice por motivos más bien clandestinos”, me cuenta, pero no da detalles.

Le pregunto por qué le interesa hacer humor en vivo, en tiempos en que la televisión, las agencias de publicidad y las redes sociales están invadidas por gente que busca lo mismo: la risa generalizada.  En la Era del Ingenio, de los tuits divertidos y la astuta publicidad que te hace olvidar la marca que anuncia, los graciosos espontáneos son Legión.

“En México no existe la comedia”, se defiende. “Existen los chistes. Todos hacen chistes, yo quiero hacer comedia a partir de la vida. Aportar puntos de vista. Eso es el humor: una forma de mirar”.

Hasta para hablar del humor, Irving emplea el tono de un maestro universitario. Cree, me parece, en el humor en vivo del mismo modo que todavía hay gente que confía en las relaciones amorosas cara a cara.

“¿Qué tipo de comedia quieres hacer?”, pregunto.

“Algo como lo que hace Eddie Izzard, ¿lo conoces?”

Respondo que sí y, en una suerte de guiño compartido, Irving reproduce (en inglés) el monólogo de Izzard sobre las diferencias entre el cine británico y el estadunidense.  Si bien todo humor recurre a los referentes, este humor de opinión necesita de un público con demasiados datos en la cabeza. Le pregunto a Irving cuáles son los materiales con los que trabaja para lograr en México esa zona natural en donde es posible reírse.

“Mi vida y la de mis amigos”.

“¿Has tenido una biografía como la de todo mundo: decepciones escolares, padres exigentes, adolescencia depresiva?”

“Pues…”

En realidad, no. Alcanza a contarme una decena de historias, que incluyen la mañana en que las maestras del kínder lo descubrieron besando a una niña y las autoridades escolares decidieron enviarlos a turnos distintos. O aquella escena adolescente cuando recobró la conciencia después de una fiesta y se encontró a mitad del desierto, en una camioneta a la que faltaba agua para el radiador. Ha vivido en 30 años el equivalente a 3 ó 4 vidas. Si pudiera juntar algunas anécdotas extremas de mis amigos apenas podríamos reconstruir “los años hardcore” de Irving.

Me recuerda que es hora de salir rumbo al Penny Lane. Carga con una memoria USB, donde pertinentemente ha grabado la banda sonora del show. Salimos y por sorpresa, me invita a subir a un Volkswagen estacionado frente a su casa y que a principio de cuentas parecía un auto abandonado.

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Durante el camino repasa el orden de su rutina y para cumplir este propósito, me explica algunas noticias con las que piensa trabajar esta noche: hace unos días anunciaron a los nuevos becarios de los Estímulos a la Creación Artística en Morelos y uno de los beneficiarios es asiduo del bar Penny. Irving considera que sería bueno abrir con algunos comentarios sarcásticos sobre esos apoyos.

“Primero que nada felicito a quienes ganaron, después llamo a mi amigo el cineasta recién becado para que pase al frente. Tenemos unos segundos de discusión banal y entonces le hago la pregunta: ‘¿Por qué crees que se llamen Estímulos a la Creación Artística? Estímulos, ¿es una curiosa palabra, verdad? ¿Será que el Instituto de Cultura de Morelos contrata a chicas para que te estimulen mientras escribes? Piénsalo bien’. De inmediato abrazo a mi amigo por sorpresa, como si le aplicara una llave china, y finjo que lo masturbo mientras él simula que escribe. ¿Qué te parece?”.

No sé qué decir.

“Hay potencial en esa idea”, es mi veredicto.

“Busca en la guantera mi hoja de apuntes”, me dice mientras toma una de esas curvas de doble sentido que caracterizan tanto a Cuernavaca.

Encuentro la libreta. En la portada dice TESIS con mayúsculas negras.

“Juro que en dos meses ya la uso para lo que debería”, se disculpa.

Le echo un ojo a ese tesoro de anotaciones, como si me sumergiera en los cuadernos de Lichtenberg. Las notas son demasiado desordenadas para un tipo con la formación científica  de Irving, sin embargo, también late en ellas una vitalidad propia de las mentes hiperquinéticas. A la manera de un Twitter hecho a mano, las historias saltan de un apunte a otro y apenas puedo hallar las conexiones entre los incisos:

a) Estímulos a la creación: hablar de sexoservidoras que te estimulan mientras escribes.

b) Fingir que eres un culo: poner manos extendidas como el “hombre de Vitruvio”.

c) Diálogo en japonés fingido.

d) La educación sentimental de una generación, gracias a los pechos de misil de la novia de Mazinger Z.

e) Canción de Candy Candy.

Leo en voz alta cada uno de los apartados.

“Bien, bien, todo está perfecto”, dictamina el profesor.

Yo tengo mis dudas, algunas de las cuales serán dolorosamente ratificadas a la hora de la presentación. Pero en ese momento, ignorante del futuro, sólo pienso en que me encantaría ver la bisagra que usará el comediante para hablar de culos, una vez que haya despedido al amigo cineasta al que ha masturbado frente al público.
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El Penny Lane es un lugar pequeño que en sus momentos de mayor afluencia termina por tener a clientes en las escaleras. La cerveza es barata. Ahora está vacío, pero no por mucho tiempo. Lo primero que hace Irving al llegar es dirigirse con el tipo del sonido para tratar algunos asuntos importantes relacionados con su presentación.

Con el mismo gesto de un profesional, prueba el micrófono, la distancia a la que debe colocar el paral, su espacio en el escenario. Improvisa un poco para que el sonidista programe el orden de las canciones. El hombre de la consola equivoca el primer track y el segundo y el tercero. Durante unos momentos, la secuencia de errores constituye una comedia que no hace reír a nadie, salvo a mí.

“Es que trajiste muchas canciones, amigo”, comenta el sujeto de la consola.

Por la variedad de música que sale de las bocinas pareciera que Irving llevó toda la selección de “Sonidos de la Tierra” del Voyager. Intenta evitar más equivocaciones reduciendo el repertorio a sólo dos tracks. (Por desgracia, eso no evitará los errores de musicalización cuando el espectáculo comience).

“¿Cuál es tu principal temor sobre el escenario?”, le pregunto, una vez que ha terminado sus ensayos.

“Que las cosas salgan mal, por supuesto”.

“Pero es algo que has hecho antes. Yo pensaría que has superado lo peor”.

No es así. Al igual que los novelistas capaces de arriesgar su egolatría en cada libro, las presentaciones –por muy under que se consideren- también contienen su dosis de peligro emocional.

“La primera vez no tienes pena”, me dice. “En ese momento, uno cree que lo peor que puede sucederle es que nadie se ría, pero sí se ríen y ahí comienza la auténtica tragedia. En la segunda y tercera ocasiones, ya empiezas a ponerte nervioso, porque sientes que el público viene a verte y temes defraudarlo. Es decir: ya existe un trato implícito entre el auditorio y tú. La cuarta es la peor. Cómo explicarlo. Es como el sexo. La cuarta vez es terrible porque posiblemente ya te has enamorado”.

Irving no recibe dinero por sus actuaciones, pero la idea de tener espectadores que aplaudan sus rutinas le entusiasma. Además, la gerencia tiene el detalle de no cobrarle el consumo. Mientras me platica algunos sucesos referentes a su vida de maestro, el local se va llenando de sus clientes habituales: hipsters, patinetos, darketos. Se diría que el Penny es un paraíso para las tribus urbanas. Me pregunto qué tienen que ver ellos con el profesor de literatura que vi en la mañana hablando de Romeo y Julieta.  “Sé que muchos no vienen por mí”, confiesa. “Vienen por Debbie, el otro comediante”.

Debbie de la Vergara es el nombre artístico de un chico que se viste de mujer para hacer stand up. Se trata de la estrella de los Martes de Comedia en el Penny. En el país, y eso no cambia ni con sus generaciones más jóvenes, el travestismo es un territorio idóneo para contar chistes. Horas más tarde descubriré que Debbie efectivamente es un tipo gracioso, de pocas inhibiciones, pero demasiado confiado en que amanerando la voz, los chistes suenan más divertidos.

“Digamos que Debbie es como la banda principal y yo su abridor”, continúa Irving. “Siempre llega tarde y eso me pone nervioso porque de unos meses para acá, ha amenazado con ya no actuar más. Mi espectáculo está planeado para 30 minutos y no sé si podré hacer una hora de show el día en que Debbie cumpla su promesa”.

Como ha llegado siempre en tiempo de compensación, la estrella de comedia del bar nunca ha visto el stand up del principiante.

“Ya es la hora”, le anuncia el dueño. Veo a mi alrededor: sin darme cuenta el bar está a reventar. Irving también advierte la magnitud del monstruo al que va a enfrentarse en unos momentos más. Quizás peque de romanticismo, pero percibo algo heroico en exponerse ante una centena de individuos que no superan los treinta años. El comediante se ubica a un lado del paral y propina los consabidos golpecitos sobre el micro. El escenario se ilumina. De repente sale de cuadro y camina hacia mi mesa a toda velocidad.

“Necesito un favor”, me dice con voz temblorosa. “Ríete muy fuerte cuando yo diga la expresión Barney, el dinosaurio. ¿Lo puedes recordar?: Bar-ney-el-Di-no-sau-rio”.

Me da las gracias y vuelve al frente.

Publicado originalmente en HERMANO CERDO.