Mi auténtica perversión es identificar los libros que aparecen en las películas porno

El juego tiene desafíos por todos lados: libros sin camisa, portadas maltratadas, ejemplares abiertos en una página cualquiera, contraportadas genéricas o escenarios en los que, para nuestra sorpresa, lo que abundan son los títulos de autoayuda. También está el previsible problema de los personajes que tienen prisa por deshacerse de sus libros para ir a lo suyo y eso deja poco tiempo para ver. De algunos célebres sitios de internet, como Brazzers, Bang Bros, DDF o Dogfart, he tomado las siguientes escenas. Cuando hubo oportunidad añadí, según lo indicara mi pudor, algunas portadas. 

 

1. Good as gold, de Joseph Heller.

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2. The LIFE History of the United States, 1861-1876.

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3. Delta of Venus, de Anaïs Nin.

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4. Le Puits de sainte Claire – Pierre Nozières, de Anatole France.

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5. The Spellman Files, de Lisa Lutz.

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6. La griffe du chien, de Don Winslow. The Power of the Dog, en el original.

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7. The Lost Diary of Don Juan, de Douglas Carlton Abrams.

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8. The Multi-Orgasmic Man. Sexual Secrets Every Man Should Know, de Mantak Chia y Douglas Abrams.

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9. Alive and Aware. Improving Communication in Relationships, de Sherod Miller, Elam Nunnally y Daniel B. Miller; Heat from Another Sun, de David L. Lindsey; Rose Madder, de Stephen King; Kong Reborn, de Russell Blackford; Believe in the God Who Believes in You, de Robert Harold Schuller; First Man. The Life of Neil A. Armstrong, de James R. Hansen; The Book of Fate, de Brad Meltzer; This Business of Artist Management, de Howard Blumenthal y Oliver Goodenough.

Me quedé sin internet, me puse a leer Gorgias y fue como si nunca hubiera salido de Twitter

El otro día me puse a leer Gorgias tan solo para empezar un post diciendo «El otro día, mientras leía Gorgias…». Sin embargo, sucedió que, mientras leía Gorgias, tuve la desconcertante sensación de que me hablaba de temas muy cercanos, específicamente de la última temporada en redes sociales. No solo por su tema —la retórica como instrumento de la acción política— sino por su forma. Y en general porque algo de ese tono áspero y burlón que manejan los personajes del diálogo platónico no se diferencia en mucho de las cosas que uno ve en Twitter y Facebook. Quiero decir: entre más avanzaba en la lectura, el clima de discusión, lleno de chistes para ridiculizar al oponente mezclados con cierto ánimo de dejar las cosas en claro, me parecía familiar y solo faltó que Querefonte dijera: «Acá van mis dos centavos» y la actualidad de Gorgias me habría despertado horror en lugar de fascinación.

Dado que aborda la retórica, Gorgias es generoso en momentos en los que se pone en entredicho el buen estado de la discusión, algo que recuerda a las peleas en Twitter, donde alguien siempre termina quejándose de las personas con las que discute y de cómo los tuiteros —o los mexicanos o los liberales o los progres o los chairos o los millenials— han echado a perder el antiguo arte del diálogo razonado. Es una regla no escrita que, en algún punto álgido, los interlocutores de Twitter examinen la calidad del debate tan solo para dictaminar que 

En Gorgias participan, además de Sócrates, Calicles, Polo, Querefonte y Gorgias, maestro de retórica y motivo inicial de la controversia, aunque después el apasionado Calicles se robe el protagonismo (su frase: «¡Qué amable eres, Sócrates! Llamas moderados a los idiotas», pudo haber sido tuiteada ayer mismo). No pasa el lector de las cuatro páginas cuando Sócrates lanza ya su primera observación venenosa sobre lo mal que lo están haciendo todos: «Me gustaría más preguntarte a ti», le dice a Gorgias, «si estás dispuesto a contestar. Pues, por lo que ha dicho, es para mí evidente que Polo se ha ejercitado más en la llamada retórica que en dialogar». 

Como puede verse, hablar de la poca voluntad de diálogo de quienes conversan contigo no es nada nuevo (y exhibir a un tercero sin arrobarlo, tampoco). Pero hay más: Sócrates está convencido, como el tuitero promedio, de que la gente se aleja con facilidad del punto a tratar, en aras de sentirse bajo ataque, y que ninguna conversación provechosa puede desarrollarse en esas condiciones (esta caricatura ilustra un poco esa idea). Esa falta de disposición resulta a todas luces un problema que tienen los otros, nunca uno mismo. «Supongo, Gorgias», dice Sócrates, «que tú también tienes la experiencia de numerosas discusiones —no está de más recordar que esta frase condescendiente está dirigida a un maestro en retórica y orador— y que has observado en ellas que difícilmente consiguen los interlocutores precisar el objeto sobre el que intentan dialogar y, de este modo, poner fin a la reunión después de haber recogido y expresado recíprocamente sus pensamientos. Por el contrario, si hay diferencia de opiniones y uno de ellos afirma que el otro no habla con exactitud y claridad, se irritan y se imaginan que se les contradice con mala intención, y así disputan por amor propio sin examinar el objeto propuesto en la discusión». Difícil no estar de acuerdo con Sócrates y con su hermoso diagnóstico de cómo concluyen las cosas cuando los conversadores confunden la defensa de un argumento con el cuidado de su ego: «Algunos terminan por separarse de manera vergonzosa, después de injuriarse y haber dicho y oído tantas ofensas que hasta los asistentes se indignan consigo mismos por haberse prestado a escuchar a tales personas».

Como asistente me pasa todo el tiempo.

Gorgias es un texto complejo que va del arte a la justicia, de la virtud a la política y de la retórica al sufrimiento, pero su constante examen de las condiciones de un buen diálogo no deja de recordarnos que atender a la salud de la discusión, en distintos momentos de una discusión, puede ser una tentadora manera de avanzar jodiendo sin culpa a quienes participan en ella. «Dime, Sócrates», reclama Calicles al calor de las ironías del otro, «¿no te avergüenzas a tu edad de andar a la caza de palabras y de considerar como un hallazgo que alguien se equivoque en un vocablo?», que en esencia no se distingue del consabido lamento:

Y, por supuesto, Sócrates también sabe quejarse: «¿Qué es eso, Polo? ¿Te ríes? ¿Es este otro nuevo procedimiento de refutación? ¿Reírse cuando el interlocutor dice algo, sin argumentar contra ello?» Un mecanismo de autodefensa que ha llegado hasta nuestros días:

Como en aquellas cintas de maestros heterodoxos que entran un día al salón de clases para transformar la vida de sus alumnos, sabemos que Sócrates es el héroe de esta película y, por tanto, a cada rato resplandece su incisiva capacidad para hacer preguntas, para sacar de quicio a sus adversarios y, desde luego, para llevar la trama a una extraña escena final, en la que debe alzarse victorioso teniendo la última palabra. Esto es un añejo problema en la manera en que imaginamos la estructura de una discusión: con el monólogo final del ganador, que en Gorgias, se va anunciando con este intercambio entre Calicles y Sócrates:

«—¡Qué tenaz eres, Sócrates! Si quieres hacerme caso, deja en paz esta conversación o continúala con otro.
—¿Qué otro quiere continuarla? No debemos dejar la discusión sin terminar.
—¿No podrías completarla tú solo, bien con una exposición seguida, bien preguntándote y contestándote tú mismo?»

Pero un debate no es una narración, los elementos dispuestos en su desarrollo no necesariamente conducen a ese desenlace en el que alguien se fatiga de debatir o provoca el repliegue de su adversario o exhibe ante la concurrencia cómo el oponente lo bloqueó de Twitter. «A todos los hombres les alegra que se hable con arreglo a su pensamiento y se irritan por lo contrario», dice también Sócrates y esa condición se ha materializado hoy día en un chocante deporte de resistencia donde doblegar, renunciar, callarse, llamar a no callarse o expulsar a los indeseables —cualquier cosa que signifique protagonizar la última escena— dan puntaje extra en la carrera por tener la razón.

En la introducción de la edición de Gredos, de la que provienen todas las citas de esta entrada (y que puede descargarse de este enlace), J. Calonge Ruiz resume la estructura de Gorgias del siguiente modo: un interlocutor toma la palabra «si admite que el anterior ha cometido un error». Me pregunto si no será ese el motivo de que Gorgias me recuerde tanto a Twitter.

La filosofía del Sargento Pimienta

En el primer capítulo de Esto no es música (Galaxia Gutenberg, 2007), José Luis Pardo describe la impresión de ver la portada de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band cuatro décadas después de su lanzamiento y relata el desconcierto que pudo haber representado para sus padres y su abuelo —personas de izquierda, devotos de la ciencia que habrían visto con malos ojos a Einstein muy cerca de Shirley Temple— aquella reunión imposible. Un intento de desjerarquización que colocaba al mismo nivel a Edgar Allan Poe, Johnny Weissmüller y Marilyn Monroe, pero también un ataque sarcástico contra la meritocracia, porque ¿qué otra cosa en común tenían Mae West o Sonny Liston, por no decir qué merecimientos habían mostrado, respecto a Sigmund Freud o Karl Marx, salvo el de que todos habían sido absorbidos por ese agujero negro al que llamamos «cultura de masas»?

No era asunto menor que esta provocación viniera de hijos de familias trabajadoras de Liverpool, que a los pocos años de haberse dado a conocer ya habían declarado ser más populares que Jesucristo. La primera generación del Estado de bienestar, que había gozado de salud y educación gratuitas, había alcanzado la cima a través de cuatro muchachos que cantaban abiertamente que no querían una revolución y que resultaban incómodos tanto para los viejos de derecha, a quienes escandalizaba su actitud arrogante y sus cabellos largos, como para los viejos de izquierda, a quienes les parecían un ejemplo de cómo alguien podía desperdiciar la rebeldía —«Ser joven y no ser revolucionario, etcétera»— perpetuando los valores burgueses.

¿Qué había sucedido? Pardo se lanza a un arriesgado viaje de exploración de aquellos personajes que habían encontrado un lugar en la portada del Sargento Pimienta, con el propósito de desentrañar por qué aquella cultura de masas, sobre la que se ha dicho que brinda satisfacción superficial a diferencia del arte «verdadero», no nos había aliviado del malestar. La foto panorámica abarca a Simon Rodia y las torres que edificó a lo largo de treinta años con desechos de construcciones (es decir, con los desechos del progreso), las mujeres inexistentes de George Petty y Alberto Vargas que eran algo más que meros simulacros para el regocijo de los soldados y los mirones, el fabiano George Bernard Shaw que retrata en Eliza Doolittle una actitud de rechazo a la institución que la hizo ascender del mismo modo que lo harían décadas más tarde los jóvenes beneficiarios de la democracia social, Oscar Wilde y Lewis Carroll y su encarnación del pánico moral de la Inglaterra victoriana, Max Miller, cuya comedia parecía un trabajo «natural», es decir: poco esforzado y, por tanto, menos valioso que la labor de Richard Lindner o Karlheinz Stockhausen, miembros estos sí encomiables del club. Pero el libro de Pardo no quiso ser solamente una reflexión de historia social que desembocara en la portada de los Beatles sino un estimulante estudio de aquellas ideas filosóficas que todavía nos importan: la caverna de Platón (y su resonancia hasta The Cavern Club), el dios injusto pero consecuente que describe Leibniz, el viernes santo especulativo de Hegel, el nihilismo según Nietzsche.

Un personaje central del libro no aparece siquiera en la portada de los Beatles y esto lo hace más significativo todavía. Se trata de Luigi Lucheni, un desheredado que asesinó con una lima afilada a la emperatriz Sissi tan solo para enterarse de que no era la mujer privilegiada y feliz que él suponía sino un ser desgraciado. Permaneció en la cárcel doce años, estudió francés y emprendió la escritura de su autobiografía, en la que «daba las gracias a su lima por haberle permitido ser alguien, por haber hecho que pudiese llegar a contar su historia en primera persona, dar su versión de los hechos de Europa desde el punto de vista de quienes padecen la miseria y llamar la atención sobre la injusticia en la que viven los pobres el mundo». El libro iba a llamarse Memorias de un niño abandonado a finales del siglo XIX contada por él mismo, pero en una suerte de humillación póstuma, como la llama Pardo, los editores lo titularon Memorias del asesino de Sissi. Lo que el caso de Lucheni ejemplifica, entre otras cosas, es que aquel antiquísimo espejismo de que la historia (colectiva y personal) tiene un sentido y puede contarse, nos ha llevado a querer construir la narración de nuestras vidas del mismo modo en que acontece en la ficción —con sucesos que desencadenan otros sucesos— y encontrar el foro para que alguien la escuche. Un elemento que quizás explique en parte el malestar presente en la cultura de masas. 

«Esto no es música» le decían sus familiares a Pardo, una abierta desaprobación de las canciones de los Beatles. Su volumen de quinientas páginas confirma y confronta esa idea: en efecto, Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band no se trataba solamente de música.

Jesús inclinado para escribir

Por PASCAL QUIGNARD

A diferencia de Sócrates, Jesús escribió. De modo sorprendente, los cristianos no creyeron que fuera sensato conservar lo que su dios había escrito. Curiosamente, salvaguardaron la escena en la que el héroe está escribiendo. Pero no las palabras. Ni siquiera el significado general que podían tener. Ni mencionaron la lengua en la que había escrito. Ni precisaron qué caracteres había utilizado su dios. Esta escena extraña está en San Juan 8. Jesús está sentado en el templo. Escribas y fariseos conducen ante él a una mujer que ha sido sorprendida en flagrante delito de adulterio. Los sabios hebreos le recuerdan que la ley prescribe que sea lapidada. Le preguntan cuál es su ley:

«Pero Jesús, habiéndose inclinado, escribía con el dedo en la tierra. Y como insistían en interrogarlo, se enderezó y les dijo: “Que aquel de entre vosotros que esté libre de pecado le tire la primera piedra”. Luego, inclinándose de nuevo, escribía en la tierra.»

Para ser sinceros, el verbo que Juan utiliza no permite captar si el héroe está sentado, se inclina para escribir, endereza el torso y levanta el rostro para hablar o bien si está de pie y se inclina —arrodillándose o poniéndose en cuclillas— para escribir. Por el contrario, el significado atribuido a los gestos de la escritura es claro. El comportamiento del escritor sugiere indiferencia. En dos ocasiones, Juan subraya la apariencia de un cuerpo inclinado, acurrucado: no quiere responder; se agacha; se aparta del mundo que lo rodea. Adoptando la posición de un hombre que escribe, el héroe pretende tomar la actitud de un hombre que no presta ninguna atención al griterío del entorno y que quiere ignorar con soberbia la trampa en la que escribas y fariseos desean verlo caer. Escribir se presenta aquí como un acto que aísla el mundo circundante. Una anfractuosidad en la que sustraerse del mundo oral. Para decirlo de un modo psicológico, el héroe manifiesta un retiro muy afectado. Quien escribe calla y su silencio no solo evidencia su desinterés sino, en el límite, deja entender la desaprobación o el desprecio. Así, de un modo muy paradójico, la sola mención de Dios escribiendo —y ello en un libro que va a fundar una religión del libro— está marcada por un carácter netamente arcaico. Jack Goody mostró de qué modo la escritura desplaza y transforma considerablemente la palabra que presuntamente representa. Modifica los modos de aprendizaje y memorización antes asociados a la voz. Introduce en el mundo un lugar más allá del lugar en el que la escritura se realiza, y aporta un tiempo más allá del tiempo inmediato en el que se inscribe. Metamorfosea los papeles tradicionales otorgados a la memoria y las funciones sociales y poéticas que tenían que ver con ella. Promueve la abstracción, el aislamiento de las palabras, la posibilidad de hacer visible la naturaleza hasta entonces únicamente auditiva, rítmica, continua, impalpable, mágica de la lengua. Impone un brutal silenciamiento de la lengua. La totalidad de lo que se habla se vuelve de pronto taciturno: lengua a la vez bruscamente visible y bruscamente muda. La lengua se vuelve semejante a las estatuas de los dioses. Es un dios que se ofrece desmembrándose. El hecho de escribir consiste a la vez en una fragmentación, una ruina irreversible y una selección inacabable de la palabra. Abre las dimensiones extraordinarias de la tabla de cuentas, la lista económica, la lista de los sueldos militares, la lista genealógica, la lista astronómica e histórica, los anales, los léxicos, los cuadros, las cantinelas rituales, las fórmulas fúnebres, las recetas culinarias, las recetas médicas, las recopilaciones de proverbios. Al hacerlo, desordena el mundo oral punto por punto, lo pone a distancia sometiéndolo a la supervisión de la mirada, reorganiza violentamente al reducir al silencio el mundo social en el que los hombres hablan y recuerdan y sobre el que fabulan los patrimonios y las intrigas de las ciudades; clasifica, pone en lista, cuenta, suprime, jerarquiza. Humilla la palabra humana y trastoca sus usos, sus gestos, sus sacrificios, sus ritos, sus mitos: toda la interpretación general del mundo, tan movediza, tan imprevista, tan memorial, tan numerosa y tan variable que la acompañaba y dependía de ella. Esta breve escena que muestra a Dios inclinado escribiendo en el templo un texto misterioso, también pone al desnudo un detritus. En el libro fundador de una religión del verbo, es una silueta fósil de un temor arcaico y oral y de la desconfianza social ante lo escrito. Por una paradoja que me extraña que no haya causado sorpresa, es el cuerpo del dios mismo el que, al elevarse e inclinarse luego, mima o danza de un modo enigmático una especie de partición, o de admonición, o de duda entre esos dos mundos.

En Pequeños tratados I (Sexto Piso, 2016).

Lo que la reseña de películas porno le aprendió a la reseña de libros

Por motivos que no viene al caso detallar, el fin de semana me la pasé leyendo Cine para adultos. 1001 películas para 1001 noches, de Luis Miguel Carmona y Alexis Basas (T&B Editores), un volumen que reúne un millar de reseñas sobre cine erótico y pornográfico. El libro es generoso en datos extravagantes y en descripciones pormenorizadas de lo que acontece en cada una de las cintas. Por otro lado, el espectro de películas abarca lo mismo éxitos internacionales —como Emmanuelle, de Just Jaeckin— que una modesta producción española cuyo argumento puede resumirse en los siguientes términos:

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Una de las preguntas que estuvo todo el tiempo en mi cabeza mientras leía estas notas críticas fue si los autores habían trabajado reseñando libros en algún momento de sus vidas. Por todas partes uno podía apreciar, al lado de menciones a Quevedo o Voltaire (resulta que existen al menos dos películas porno basadas en Cándido), una serie de trucos que los comentaristas de libros ponen en práctica cada que pueden. He tomado ejemplos aquí y allá. Esta recopilación, por supuesto, no pretende ser exhaustiva:

1. La novela tiene virtudes no del todo relacionadas con la coherencia de su trama:

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2. Se le puede echar la culpa al neoliberalismo, las trasnacionales o a casi cualquier cosa que refuerce nuestra impresión de estar viviendo el peor de los tiempos:

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3. Los clásicos están ahí para ser citados, sin importar el contexto:

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4. La fórmula “El Chéjov de [lugar geográfico/subgénero/ su generación]” es una de las armas más poderosas de la crítica:

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5. Es posible valorar la sucesión de coitos a la que se reduce una novela poniendo énfasis en el componente social o la tradición:

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6. Casi cualquier libro puede ser una “original vuelta de tuerca” de cualquier otro:

Legiones de idiotas

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El último artículo que consigna De la estupidez a la locura (Lumen, 2016), el libro que Umberto Eco entregó a la imprenta poco antes de morir, está dedicado a explicar con paciencia a qué se refería el semiólogo italiano con aquella declaración de «las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas» (imbecilli, en el original; necios, en la traducción de Lumen). Aislada de su contexto, la observación sufrió toda clase de malinterpretaciones que atribuían a Eco un desplante elitista y desató la ira de no pocos usuarios de las redes sociales, pero también tuvo una inmensa fortuna entre los misántropos, algunos perezosos analistas de medios y los sujetos convencidos de que si bien la estupidez en internet podía considerarse incalculable al menos no los incluía a ellos.

Para Eco, las reacciones en caliente, las noticias falsas y las afirmaciones sin sustento estaban alcanzando una atención superior a la que tenían las opiniones mesuradas, el periodismo profesional y las apreciaciones de los expertos. Lo preocupante era la falta de filtros, subrayaba el escritor: al poner a todos los comentaristas en un mismo escaparate, Twitter o Facebook daban al necio una audiencia similar a la de cualquier premio Nobel. Puestas así las cosas, no era difícil advertir, en un extremo, cierto tufo antidemocrático, como tampoco lo era, en el otro, dictaminar sin mayores evidencias un estado de estupidez colectiva, que había encontrado en internet un medio idóneo para expandirse. La sucesión con tan pocos meses de distancia del Brexit, el plebiscito colombiano y las elecciones estadounidenses hizo que la expresión «legiones de idiotas» identificara también a individuos que podían tomar decisiones políticas acorde a los temores del doctor Stockmann, aquel personaje de Un enemigo del pueblo, de Henrik Ibsen: «¿Quién forma la mayoría en cualquier país? ¡Creo que tendremos que estar todos de acuerdo en que los tontos están en abrumadora y terrible mayoría en todo el mundo! Pero en nombre de Dios ¡no puede ser justo que los tontos gobiernen a los sabios!»

El recurso de atribuir a las legiones de idiotas toda clase de acciones perjudiciales y gustos abominables —y vincular, aun simbólicamente, el triunfo de Trump con el éxito de los youtubers, el clickbait, los linchamientos en redes y las polémicas insustanciales— tiene a bien completar el pensamiento complotista, uno de los vicios de las últimas décadas al que Eco ha dedicado también una especial atención en su libro. La idea de la conspiración ordena el caos lo mismo que el convencimiento de que los imbéciles se han apoderado de los medios. Si el síndrome del complot «sustituye los accidentes y las casualidades de la historia con un diseño obviamente malvado y siempre oculto» la invasión de los idiotas aclara de modo satisfactorio cómo es que las masas colaboran en detrimento de sí mismas. Ahí donde las teorías de la conspiración fracasan (en el reducido número de personas que necesitan organizarse para llevarlas a cabo) la de la estupidez generalizada triunfa: no importa cuántos idiotas estén trabajando en ello, por definición son los suficientes y siempre dan en el blanco.

La amplia zona gris de comportamientos que pueden ser considerados propios de un cretino establece un vínculo entre los desaciertos políticos de todos los tamaños y cualquier cosa que nos cause vergüenza ajena. La imbecilidad puede ilustrarse con las nuevas tecnologías, los libros más vendidos, las peticiones extravagantes de Change.org o la popularidad de Kim Kardashian, cuyo nombre, según entiendo, ha servido con los años como un mantra para explicar casi cualquier calamidad social. Es en la aparente contundencia de sus ejemplos y en la facilidad con que pueden encontrarse donde la idea de la idiotez generalizada muestra lo lejos que está de ser un diagnóstico útil.

En «Por qué hay personas inteligentes que dan crédito a cosas estúpidas», un capítulo de su libro Mala ciencia (Paidós, 2012), Ben Goldacre explica que, dada la compulsión humana por interpretarlo todo, resulta común encontrar pautas en situaciones donde no las hay y llegar a conclusiones erróneas basadas en la observación simple y el sentido común. Es decir, hay ilusiones cognitivas, similares a las ilusiones ópticas, de las que solo podemos librarnos gracias a metodologías especialmente diseñadas para evitarlas. Así, la validez de muchas apreciaciones no depende de la estupidez o inteligencia de quienes las enuncian. Incluso los tipos más agudos de internet están haciendo en estos momentos pequeñas contribuciones al apocalipsis.

Bioy Casares escribió famosamente: «El mundo atribuye sus infortunios a las conspiraciones y maquinaciones de grandes malvados. Entiendo que subestima la estupidez», pero habría que empezar a pensar en la estupidez como en algo que caracteriza a ciertas acciones y comentarios más que como la condición compartida por una cantidad inadmisible de personas a las que les hemos entregado la democracia. Quizás eso ayude a analizar las cagadas políticas con algo más que desprecio por las masas.

Publicado originalmente en Letras Libres.

Háganle una rueda a Juan

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Campeche mantiene una relación más que intensa con Juan de la Cabada. Llevan su nombre: a) una localidad del municipio de Carmen (402 habitantes), b) un teatro en San Francisco de Campeche, en planes de demolición, c) un premio de cuento infantil con un monto de 200 mil pesos, d) dos escuelas primarias, una de las cuales, de acuerdo a una página de internet, tiene la siguiente ubicación: «entre privada sin nombre y calle, en la esquina hay una tienda de abarrotes Maya», e) una biblioteca rebelde itinerante. Si bien, como dijera un personaje de Wodehouse, no hay riesgo que se produzca una repentina escasez, a esa necesidad de nombrarlo todo como Juan de la Cabada la supera, por amplio margen, aquella de ponerle el nombre de Justo Sierra a cualquier premio, área urbana, auditorio o autobús universitario que vaya apareciendo en el panorama. En contraste, hasta hace poco era difícil encontrar un volumen de Juan de la Cabada en una librería local. El último año de la licenciatura, un compañero de otra generación me pidió prestados mis ejemplares para terminar su tesis. Quince años después no me los ha devuelto, ahora es secretario académico de la facultad y no hay modo de encontrarlo al teléfono.

La situación, por supuesto, no tenía por qué seguir siendo tan triste. Además de la edición de La Guaranducha que hizo el gobierno de Campeche, el FCE reeditó  hace algunos meses cuatro tomos de Cuentos y sucedidos, una recopilación de textos de De la Cabada originalmente dispersos en periódicos y revistas. La editorial ha sustituido unas portadas, que databan de los ochenta, en donde Juan parecía un abuelo poseído por los demonios de la narración oral o la senilidad, según se vea, por otras con un trompo multicolor y una fotografía vieja que se va completando. En fin, que eso no es lo importante sino que gracias a esta reedición pude leer por primera vez a De la Cabada y salvar un poco mi dignidad no solo como licenciado en literatura sino como licenciado en literatura nacido en Campeche (una condición existencial que te lleva a reconocer nombres como Radamés Novelo Zavala o Sergio Witz Rodríguez en una placa conmemorativa o en una sentencia de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, pero que no  está necesariamente vinculada a que hayas abierto alguno de sus libros).

Lo que me sucedió con este acercamiento tardío a De la Cabada me parece digno de mención. Es uno de esos casos en los que puedes ver en cámara lenta cómo el entusiasmo que despertaba en tus profesores se convierte en un entusiasmo propio y cómo aquellas anécdotas de quienes lo conocieron se vuelven una experiencia de lectura. Y esa referencia a las pequeñas historias que pululan alrededor de De la Cabada no resulta gratuita; es, de hecho, una parte fundamental para entenderlo. Todo apunte biográfico, tesis universitaria u homenaje en Bellas Artes, a menudo incluye un incidente gracioso acerca de De la Cabada que algún testigo tuvo a bien registrar. Y si uno pone la suficiente atención a sus comentadores puede percibir una serena confianza en que esos sucedidos son una extensión de su literatura. Una obra literaria en sí misma.

Hay algo en los cuentos de De la Cabada que en todo momento parece remitir a esa magia para que una historia simplemente acontezca. Y la oralidad tiene menos que ver con los giros y las muletillas que den apariencia de alguien que ha tomado la palabra como con los recursos con los que un buen narrador mantiene la atención de quienes se han reunido a su alrededor. Qué pormenores, desde qué punto de vista, el cada vez más extraño efecto de lo vivido, pero también la contradictoria sensación de que el estado natural de esos relatos es avanzar desbordándose, desafiar cualquier intento de contención.

En una conocida anécdota, Ermilo Abreu Gómez detalla que De la Cabada lo visitaba con frecuencia cuando ambos daban clase en el Middleburry College de Vermont; una noche el campechano le pidió que le contara María, de Jorge Isaacs, porque iba a ser el tema de su siguiente lección. Abreu Gómez le habló de la trama, los personajes y los paisajes de la novela. A la mañana siguiente, el autor de Canek pudo escuchar una ovación en el aula donde se encontraba su colega. De la Cabada había hablado de María «con tanta gracia y elocuencia que los estudiantes, al terminar la clase, de pie, le aplaudieron alocados». Mientras leo las viñetas, los fragmentos de novela, los guiones no filmados, los relatos que conforman Cuentos y sucedidos corroboro que quizás una de las mayores virtudes de Juan de la Cabada es su capacidad para tomar una materia que parecería  en principio aburrida —digamos, una historia de contratistas chicleros, o María, de Jorge Isaacs— y devolvértela transformada en algo «que vale la pena escuchar».