Legiones de idiotas

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El último artículo que consigna De la estupidez a la locura (Lumen, 2016), el libro que Umberto Eco entregó a la imprenta poco antes de morir, está dedicado a explicar con paciencia a qué se refería el semiólogo italiano con aquella declaración de «las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas» (imbecilli, en el original; necios, en la traducción de Lumen). Aislada de su contexto, la observación sufrió toda clase de malinterpretaciones que atribuían a Eco un desplante elitista y desató la ira de no pocos usuarios de las redes sociales, pero también tuvo una inmensa fortuna entre los misántropos, algunos perezosos analistas de medios y los sujetos convencidos de que si bien la estupidez en internet podía considerarse incalculable al menos no los incluía a ellos.

Para Eco, las reacciones en caliente, las noticias falsas y las afirmaciones sin sustento estaban alcanzando una atención superior a la que tenían las opiniones mesuradas, el periodismo profesional y las apreciaciones de los expertos. Lo preocupante era la falta de filtros, subrayaba el escritor: al poner a todos los comentaristas en un mismo escaparate, Twitter o Facebook daban al necio una audiencia similar a la de cualquier premio Nobel. Puestas así las cosas, no era difícil advertir, en un extremo, cierto tufo antidemocrático, como tampoco lo era, en el otro, dictaminar sin mayores evidencias un estado de estupidez colectiva, que había encontrado en internet un medio idóneo para expandirse. La sucesión con tan pocos meses de distancia del Brexit, el plebiscito colombiano y las elecciones estadounidenses hizo que la expresión «legiones de idiotas» identificara también a individuos que podían tomar decisiones políticas acorde a los temores del doctor Stockmann, aquel personaje de Un enemigo del pueblo, de Henrik Ibsen: «¿Quién forma la mayoría en cualquier país? ¡Creo que tendremos que estar todos de acuerdo en que los tontos están en abrumadora y terrible mayoría en todo el mundo! Pero en nombre de Dios ¡no puede ser justo que los tontos gobiernen a los sabios!»

El recurso de atribuir a las legiones de idiotas toda clase de acciones perjudiciales y gustos abominables —y vincular, aun simbólicamente, el triunfo de Trump con el éxito de los youtubers, el clickbait, los linchamientos en redes y las polémicas insustanciales— tiene a bien completar el pensamiento complotista, uno de los vicios de las últimas décadas al que Eco ha dedicado también una especial atención en su libro. La idea de la conspiración ordena el caos lo mismo que el convencimiento de que los imbéciles se han apoderado de los medios. Si el síndrome del complot «sustituye los accidentes y las casualidades de la historia con un diseño obviamente malvado y siempre oculto» la invasión de los idiotas aclara de modo satisfactorio cómo es que las masas colaboran en detrimento de sí mismas. Ahí donde las teorías de la conspiración fracasan (en el reducido número de personas que necesitan organizarse para llevarlas a cabo) la de la estupidez generalizada triunfa: no importa cuántos idiotas estén trabajando en ello, por definición son los suficientes y siempre dan en el blanco.

La amplia zona gris de comportamientos que pueden ser considerados propios de un cretino establece un vínculo entre los desaciertos políticos de todos los tamaños y cualquier cosa que nos cause vergüenza ajena. La imbecilidad puede ilustrarse con las nuevas tecnologías, los libros más vendidos, las peticiones extravagantes de Change.org o la popularidad de Kim Kardashian, cuyo nombre, según entiendo, ha servido con los años como un mantra para explicar casi cualquier calamidad social. Es en la aparente contundencia de sus ejemplos y en la facilidad con que pueden encontrarse donde la idea de la idiotez generalizada muestra lo lejos que está de ser un diagnóstico útil.

En «Por qué hay personas inteligentes que dan crédito a cosas estúpidas», un capítulo de su libro Mala ciencia (Paidós, 2012), Ben Goldacre explica que, dada la compulsión humana por interpretarlo todo, resulta común encontrar pautas en situaciones donde no las hay y llegar a conclusiones erróneas basadas en la observación simple y el sentido común. Es decir, hay ilusiones cognitivas, similares a las ilusiones ópticas, de las que solo podemos librarnos gracias a metodologías especialmente diseñadas para evitarlas. Así, la validez de muchas apreciaciones no depende de la estupidez o inteligencia de quienes las enuncian. Incluso los tipos más agudos de internet están haciendo en estos momentos pequeñas contribuciones al apocalipsis.

Bioy Casares escribió famosamente: «El mundo atribuye sus infortunios a las conspiraciones y maquinaciones de grandes malvados. Entiendo que subestima la estupidez», pero habría que empezar a pensar en la estupidez como en algo que caracteriza a ciertas acciones y comentarios más que como la condición compartida por una cantidad inadmisible de personas a las que les hemos entregado la democracia. Quizás eso ayude a analizar las cagadas políticas con algo más que desprecio por las masas.

Publicado originalmente en Letras Libres.

Háganle una rueda a Juan

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Campeche mantiene una relación más que intensa con Juan de la Cabada. Llevan su nombre: a) una localidad del municipio de Carmen (402 habitantes), b) un teatro en San Francisco de Campeche, en planes de demolición, c) un premio de cuento infantil con un monto de 200 mil pesos, d) dos escuelas primarias, una de las cuales, de acuerdo a una página de internet, tiene la siguiente ubicación: «entre privada sin nombre y calle, en la esquina hay una tienda de abarrotes Maya», e) una biblioteca rebelde itinerante. Si bien, como dijera un personaje de Wodehouse, no hay riesgo que se produzca una repentina escasez, a esa necesidad de nombrarlo todo como Juan de la Cabada la supera, por amplio margen, aquella de ponerle el nombre de Justo Sierra a cualquier premio, área urbana, auditorio o autobús universitario que vaya apareciendo en el panorama. En contraste, hasta hace poco era difícil encontrar un volumen de Juan de la Cabada en una librería local. El último año de la licenciatura, un compañero de otra generación me pidió prestados mis ejemplares para terminar su tesis. Quince años después no me los ha devuelto, ahora es secretario académico de la facultad y no hay modo de encontrarlo al teléfono.

La situación, por supuesto, no tenía por qué seguir siendo tan triste. Además de la edición de La Guaranducha que hizo el gobierno de Campeche, el FCE reeditó  hace algunos meses cuatro tomos de Cuentos y sucedidos, una recopilación de textos de De la Cabada originalmente dispersos en periódicos y revistas. La editorial ha sustituido unas portadas, que databan de los ochenta, en donde Juan parecía un abuelo poseído por los demonios de la narración oral o la senilidad, según se vea, por otras con un trompo multicolor y una fotografía vieja que se va completando. En fin, que eso no es lo importante sino que gracias a esta reedición pude leer por primera vez a De la Cabada y salvar un poco mi dignidad no solo como licenciado en literatura sino como licenciado en literatura nacido en Campeche (una condición existencial que te lleva a reconocer nombres como Radamés Novelo Zavala o Sergio Witz Rodríguez en una placa conmemorativa o en una sentencia de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, pero que no  está necesariamente vinculada a que hayas abierto alguno de sus libros).

Lo que me sucedió con este acercamiento tardío a De la Cabada me parece digno de mención. Es uno de esos casos en los que puedes ver en cámara lenta cómo el entusiasmo que despertaba en tus profesores se convierte en un entusiasmo propio y cómo aquellas anécdotas de quienes lo conocieron se vuelven una experiencia de lectura. Y esa referencia a las pequeñas historias que pululan alrededor de De la Cabada no resulta gratuita; es, de hecho, una parte fundamental para entenderlo. Todo apunte biográfico, tesis universitaria u homenaje en Bellas Artes, a menudo incluye un incidente gracioso acerca de De la Cabada que algún testigo tuvo a bien registrar. Y si uno pone la suficiente atención a sus comentadores puede percibir una serena confianza en que esos sucedidos son una extensión de su literatura. Una obra literaria en sí misma.

Hay algo en los cuentos de De la Cabada que en todo momento parece remitir a esa magia para que una historia simplemente acontezca. Y la oralidad tiene menos que ver con los giros y las muletillas que den apariencia de alguien que ha tomado la palabra como con los recursos con los que un buen narrador mantiene la atención de quienes se han reunido a su alrededor. Qué pormenores, desde qué punto de vista, el cada vez más extraño efecto de lo vivido, pero también la contradictoria sensación de que el estado natural de esos relatos es avanzar desbordándose, desafiar cualquier intento de contención.

En una conocida anécdota, Ermilo Abreu Gómez detalla que De la Cabada lo visitaba con frecuencia cuando ambos daban clase en el Middleburry College de Vermont; una noche el campechano le pidió que le contara María, de Jorge Isaacs, porque iba a ser el tema de su siguiente lección. Abreu Gómez le habló de la trama, los personajes y los paisajes de la novela. A la mañana siguiente, el autor de Canek pudo escuchar una ovación en el aula donde se encontraba su colega. De la Cabada había hablado de María «con tanta gracia y elocuencia que los estudiantes, al terminar la clase, de pie, le aplaudieron alocados». Mientras leo las viñetas, los fragmentos de novela, los guiones no filmados, los relatos que conforman Cuentos y sucedidos corroboro que quizás una de las mayores virtudes de Juan de la Cabada es su capacidad para tomar una materia que parecería  en principio aburrida —digamos, una historia de contratistas chicleros, o María, de Jorge Isaacs— y devolvértela transformada en algo «que vale la pena escuchar».

Estafadores y estafados

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Es difícil pensar en la crisis que sacudió a Argentina a principios de siglo en otros términos que no sean los de un desfalco. El primero de diciembre de 2001, el presidente Fernando de la Rúa decretó un límite en la disposición de efectivo de doscientos cincuenta pesos argentinos por persona a la semana con el propósito de contener el colapso del sistema bancario. Fue lo que, coloquialmente, se denominó el Corralito, una restricción que un cómico televisivo explicó con mayor claridad que el ministro de Economía al que parodiaba: «Usted podrá visitar a su dinero al banco los días domingo de dieciocho a veinte horas, y se lo darán para que lo toque, para que haga juegos recreativos, para que dialogue con su dinero. Luego se le retira, pero el dinero es suyo, porque el dinero queda en el banco.» El decreto requería de un sigilo comparable a un operativo militar, pero era evidente que hubo personas mejor enteradas que otras —un empleado del ministerio de Economía contó tiempo después que nadie les había avisado nada, pero que «si ves que tu jefe saca la plata del banco, vos hacés lo mismo»—. En los días previos, poseer algún tipo de información privilegiada marcó la diferencia entre despertar en medio del derrumbe y contemplarlo del otro lado de la valla de seguridad.

A quince años de distancia, las imágenes más emblemáticas del desastre —en un extremo, un jubilado exigiendo con una granada de utilería la devolución de sus ahorros y, en el otro, decenas de camiones contratados por las grandes empresas para sacar sus dólares del país— han abierto una brecha ya insalvable entre víctimas y victimarios, embaucados y embaucadores. Esa clara línea divisoria ha marcado, por otra parte, la manera en que los libros retratan aquellos años. «Estafa» fue la palabra que el periodista Lucio Di Matteo utilizó para el subtítulo de su muy informado reportaje acerca del tema (El Corralito. Así se gestó la mayor estafa de la historia argentina, Random House, 2011) y no es asunto menor que al menos tres narraciones ambientadas en la crisis estén escritas en clave policiaca: Nadie ama un policía, de Guillermo Orsi (Almuzara, 2007), La última caravana, de Raúl Argemí (Edebé, 2008), y la ganadora del premio Alfaguara 2016, La noche de la Usina, de Eduardo Sacheri. Y es comprensible: el género negro parece ofrecer herramientas más eficaces para dibujar lo que la memoria colectiva recuerda como un atraco en toda regla.

De las obras mencionadas, La noche de la Usina es acaso la de mejor factura porque no se centra en desentrañar un misterio sino en construirlo. Algunos habitantes de la localidad ficticia de O’Connor —entre los que se encuentran el exfutbolista Perlassi, su hijo Rodrigo, los hermanos López, el viejo Medina, el otrora anarquista Fontana, el acaudalado Lorgio y su hijo Hernán— reúnen a duras penas el capital necesario para instaurar una cooperativa y poner de nuevo en marcha la desgastada economía de la zona. Para obtener con mayor facilidad un préstamo, el gerente del banco convence a Perlassi de depositar la guita en una cuenta. Un día después, cuando se anuncia el Corralito, los amigos tienen que enfrentarse a la idea de que, en las actuales circunstancias, tardarán dos décadas para disponer de todo su dinero y también a la evidencia de que el efectivo fue a parar a la maleta de un empresario, Fortunato Manzi, que había pedido un generoso préstamo, con la complicidad del gerente. Ese movimiento legal, pero ventajoso, deja en claro en qué lado de la línea se encuentra cada uno de los personajes.

Sacheri ha evitado dos inconvenientes que le habrían impedido avanzar por la vía rápida que necesitaba su relato: el conflicto moral y el desorden social. A fin de no distraerse en esas escenas recurrentes de protestas y saqueos —de todo eso que «pasó en la tele, en la radio y en los diarios», es decir, en Buenos Aires—, el novelista ubica a sus personajes en un pueblo de provincia, donde hasta el delegado municipal ha sido defraudado y no hay nadie contra quién protestar. Emancipada la novela de otros responsables que no sean el gerente y el empresario oportunista, Perlassi y compañía (un grupo formado por «ocho chambones movidos por la desesperación») dirigen todos sus esfuerzos a recuperar el dinero, luego de que, un año más tarde, se enteran de que Manzi ha construido una bóveda en un inmenso terreno recién adquirido en medio de la nada.

La noche de la Usina sostiene su suspenso alrededor de si esta banda improvisada de ladrones logrará o no su cometido y si librará, gracias a su ingenio, obstáculos casi todos prácticos: localizar el punto exacto en donde se encuentra la bóveda, desactivar la alarma, actuar con absoluta discreción. Salvo un desacuerdo aquí o allá y ciertos resquemores familiares, los antagonismos dentro del grupo son inexistentes, no digamos ya los conflictos al interior de cada uno de los personajes. Contada de ese modo da la impresión de que estamos ante una novela sin alma, pero lo que sorprende es toda la vitalidad que Sacheri es capaz de extraer de un universo cuyos elementos pueden describirse en términos tan convencionales. Es mérito suyo la vibrante naturalidad de los diálogos, el humor de las situaciones y su representación de la codicia como una variedad de la paranoia, pero una parte del trabajo ya se encuentra hecho cuando el narrador pide la empatía para personajes con tan pocas fisuras y que pertenecen a un grupo social que es, por decreto, el de los agraviados.

Como novela de la crisis, la de Sacheri se libra demasiado pronto de las contradicciones de las crisis, del caos que propician, de la calma bajo sospecha a la que conducen; como novela de aventuras permite, en cambio, preguntarnos dónde se han ido las buenas historias que, cuando caen en nuestras manos, dejan esa sensación de que las habíamos extrañado todo este tiempo. Que el cine clásico ronde como un fantasma a lo largo de la novela ilustra el encanto y la comodidad de La noche de la Usina: confiar en que la vida puede parecerse, de vez en cuando, a las ficciones que recordamos con emoción. «¿Sabes cuál es tu problema, Fermín? —dice uno de los personajes en un diagnóstico que podría ampliarse a la narración entera—. Mucho cine.»

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Publicado originalmente en Letras Libres.

El asombro vende

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One froggy evening, aquel viejo corto animado donde una rana lleva a la ruina a su codicioso dueño porque se niega a cantar y bailar frente a un auditorio, ejemplifica nuestros tratos con los prodigios: queremos sacarles el mayor provecho posible. La moraleja que uno obtiene después de atestiguar la degradación psicológica y económica del propietario de la rana es que los milagros no deberían despertar tan pronto el espíritu mercantilista, pero está en nuestra condición intentar, al menos, aspirar a algunos rendimientos.

Antes de aprender aquello de que «un gran poder conlleva una gran responsabilidad», Peter Parker —conocido en algunos círculos como el Asombroso— estaba convencido de que sus facultades recién adquiridas deberían aportarle algún beneficio económico, lo cual nos da a entender que, sin importar que tu mejor talento se reduzca a caminar sobre las paredes o sentir un hormigueo en la nuca ante el peligro, todo es materia de lucro. El comercio del asombro también sorprende por su oferta: siameses, magos, perros matemáticos, funambulistas, médiums, maestros del escapismo. En tiempos más recientes ni siquiera es necesario ver esos portentos en vivo: no pocas personas asisten a conferencias acerca de fantasmas solo para que les muestren fotografías borrosas o contratan canales poco confiables dedicados a los extraterrestres.

Y nadie hace nada.

Lo cierto es que nuestro deseo de capitalizar los prodigios es menos extraño que nuestra necesidad de pagar por ellos. Ahí radica la auténtica naturaleza de nuestra relación con lo extraordinario. Así lo demuestran estos cinco títulos:

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La verdadera historia del Hombre Elefante, de Michael Howell y Peter Ford (Turner, 2008)

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La vida de Joseph Merrick parecería una trama digna de Dickens: hay pobreza, maltrato, personajes cómicos y al final, algo cercano a la redención. Debido a sus terribles malformaciones, Merrick era exhibido como fenómeno de feria, hasta que en 1884 fue «descubierto» por el doctor Frederick Treves, quien lo sacó de la vida itinerante para llevarlo a un pabellón médico. Este libro describe su paso de maravilla circense a amigo de nobles. También puede leerse, y no es poca cosa, como un agudo retrato de la sociedad victoriana.

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Dear Mr. Ripley. A compendium of curioddities from the «Believe It or Not!» archives, de Mark Sloan, Roger Manley y Michelle Van Parys (Bulfinch, 1993)
librosloanRobert Ripley (1890-1949) era un cazador profesional de curiosidades —oddities, las llamaba él—, que consignaba en su célebre tira de periódico Aunque usted no lo crea. Este volumen resume 30 años de gente que le enviaba cartas con la esperanza de ser parte de ese catálogo. Contorsionistas, mujeres que soportaban la llama de un soplete en la lengua, cocineros capaces de matar, desplumar, cocinar y comer un pollo en 50 segundos. Personas, de aspecto común y corriente, que se veían a sí mismas como seres excepcionales.

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La sirena de Fiji y otros ensayos sobre historia natural y no natural, de Jan Bondeson (Siglo XXI, 2000)
librobondesonEn 1822, los funcionarios de la aduana londinense confiscaron una sirena disecada porque no estaban seguros de cuál era el estatus legal de una criatura mitológica, por no decir que no sabían si debería pagar derechos de importación. Así comienza una saga que incluye a navegantes caídos en desgracia y un museo en llamas. Bondeson recoge este y otros casos (de cerdos ilustrados, caballos danzantes o sapos longevos) que prueban que hasta los animales fantásticos son susceptibles de ser explotados si el espectáculo así lo requiere.

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Cómo hacer bien el mal, de Harry Houdini (Capitán Swing, 2013).
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El mayor mago de la historia no se consideraba un embaucador: es más decoroso advertir a tu público que será engañado, que en jactarse de tener poderes, sostenía. La admiración que despierta un truco está en el sutil mecanismo que lo vuelve un misterio, no un milagro. Houdini sabía que la magia era un arte menor, y una forma de dignificarla era desenmascarar, por un lado, a los estafadores y, por otro, aleccionar a los primerizos. Sus artículos muestran esas dos facetas de alguien convencido de que la realidad es extraordinaria en sí misma.

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Estética del prodigio, de María Emilia Chávez Lara (Cal y Arena, 2016).
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El asombro adopta formas tan variadas —y, a menudo, tan comerciales— que eso nos hace olvidar lo que tienen de experiencia estética. Una misma belleza recorre los libros de teratología, la construcción de los autómatas, las incipientes grabaciones en fonógrafo o los usos de la fotografía para buscar familiares fallecidos. Como proponen estos ensayos, el oportunismo del cirquero tiene finalmente que ver con la meticulosa curiosidad del científico: enfrentarnos a lo aparentemente inexplicable crea maneras nuevas de mirar el mundo.

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Publicado originalmente en Magis.

Democracia en la granja

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El pasado viernes Andrés Manuel López Obrador lanzó un spot en el que anunciaba una inevitable «rebelión en la granja» para poner fin al gobierno de los puercos-cochinos-cerdos-marranos y empezar una nueva época de prosperidad, trabajo y seguridad para todos.

La transparente alegoría desconcertó a más de uno porque el punto central de Rebelión en la granja, el libro de George Orwell que le sirve de referencia, es precisamente la rápida degradación de aquellas luchas que buscan derribar un régimen opresivo y terminan por instalar otro, en esencia, indistinguible del anterior. Dado el punzante retrato que realiza Orwell de un líder carismático, uno no sabe si inquietarse más porque AMLO haya lanzado el spot sin haber leído el libro o porque, en efecto, lo hubiera leído.

En alguna parte, López Obrador habla de un podrido sistema de partidos en donde se puede «postular a una vaca o a un burro, y gana la vaca y gana el burro», cosa que curiosamente no sucede en el libro de Orwell, sino en otro aparecido seis años antes, en donde los animales de una granja se organizan para elegir un presidente. Publicada en 1939 y dirigida al público infantil, Freddy el político, de Walter R. Brooks, se erige como una sorprendente sátira sobre la democracia, cuya agudeza sirve todavía para observar nuestros actuales procedimientos electorales.

A diferencia del libro de Orwell, donde los animales recurren a la violencia real y simbólica para romper sus vínculos con quienes los esclavizan, los animales de Brooks se entregan —se podría decir que con inocencia— a las instituciones humanas. Su debut democrático pasa necesariamente por la fundación de un banco y por el visto bueno del granjero: «Es una idea estupenda —les dice el señor Bean—; así aprenderán el valor que tiene el dinero». El hecho de que la presidencia del banco le sirva de plataforma a uno de los candidatos —Grover, el pájaro carpintero— constituye un mensaje no demasiado encubierto sobre el poder del prestigio, más que del dinero, para hacerse de un cargo público.

Los dilemas prácticos que entraña toda democracia son el centro de una historia en la que nadie idealiza ni a los candidatos ni el sistema electoral. La asamblea para determinar qué animales pueden o no votar termina por ser una imagen insuperable de la cuestión de a quiénes considerar tus iguales. ¿Los insectos tienen también derecho al sufragio?, pregunta el caballo, me parece que sí. Es curioso que defiendas a los insectos, le recrimina la vaca, cuando tú le pediste al granjero un matamoscas. Pero las moscas no son insectos, revira el otro, son una plaga. Por otro lado, interviene alguien más, hay millones de insectos, tardaríamos cinco años en contar todos los votos. ¿Y qué tal si se unen y hacen ganar a un candidato que no es como nosotros?, señala uno más, ¡tendríamos a un ciempiés de presidente! Conclusión: se decide dejar fuera a los insectos (a excepción de la señora Webb, una adorable araña que no tiene la culpa de haber nacido insecto). Esta última preocupación no se encuentra muy lejana de la que manifestó Edmund Burke en Reflexiones sobre la Revolución francesa (1790): «La ocupación de un peluquero, o del obrero de una velería, no puede ser asunto de honor para ninguna persona […] para no hablar de muchos otros empleos más serviles […] El Estado sufre opresión si a personas como esas […] se les permite gobernar».

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Entre las cualidades de Freddy el político, la más valiosa, a mi parecer, es que nunca elude los conflictos propios de la diversidad, la migración y el enfrentamiento continuo entre mayoría y minorías. Cuando Freddy está convencido de que su candidata, la vacuna señora Wiggins, ganará la contienda, alguien le hace ver que los migrantes podrían poner en peligro ese triunfo. «Mientras tú te dedicas a ir por ahí dando discursos para ganar unos votos que tienes ganados de antemano, los pájaros carpinteros han traído aquí a congéneres suyos de todo el país. No me extrañaría que contaran ya con los suficientes para decidir el resultado de las elecciones». ¿Cómo revertir esa tendencia? Saliendo a buscar a cientos de pequeños roedores que se instalen en los alrededores de la granja y que prometan votar por la señora Wiggins. La solución, es fácil imaginarlo, no será sino el germen de nuevas contrariedades.

En un mundo de seres imperfectos, el desencanto parece el único camino seguro al que lleva la democracia y sin embargo, esa carencia de personajes virtuosos es lo que en este libro despierta simpatía por el cerdo Freddy que recupera la dirección del banco con base en engaños o el gato Jynx incapaz de disciplinarse o el gallo Charles cuya disposición para seguir el llamado del servicio público tiene apenas el obstáculo de que nadie quiere respaldar ese llamado. En Freddy el político se recurre al fraude para hacer de frente a las trampas ajenas, las multitudes son fácilmente manipulables, los perdedores no quieren aceptar los resultados electorales, los simpatizantes cambian de opinión a la menor oportunidad, se promete todo el tiempo lo imposible. La democracia, según puede apreciarse en estas páginas, es el arte de encontrar maneras cada vez más complicadas de resolver un problema eligiendo a unos individuos que no tienen una idea muy convincente de cómo hallar una solución. En 1939, como ahora, ese incisivo relato deja en claro que nada es fácil cuando se trata de vivir con sujetos, en el fondo, más parecidos a uno de lo que uno está dispuesto a aceptar.

Cuando la Iglesia estaba en contra del matrimonio… entre hombres y mujeres

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En un bonito libro, publicado en 1859 en Barcelona «con aprobación del Ordinario» y de título Del matrimonio civil. Opúsculo formado con la doctrina del ilustre teólogo el padre Perrone, en su obra Del matrimonio cristiano, alguien que firma como DN realiza una vehemente disertación en contra el matrimonio civil. Es decir, en contra del matrimonio entre hombres y mujeres avalado por un Estado que quería quitarle a la Iglesia el monopolio de los casamientos. El libro completo puede leerse AQUÍ y da una idea de la enorme capacidad de la Iglesia para reciclar sus argumentos: «piensen en los niños», «llámenle como quieran pero no matrimonio», «la mayor parte de la sociedad está en contra», «qué sigue, ¿la poligamia?». En aquellos tiempos no era la «ideología de género» el enemigo a vencer sino un engendro que reunía protestantismo, comunismo y socialismo. No está de más subrayar que la gran mayoría de las personas que, a últimas fechas, han salido a marchar en contra del matrimonio igualitario goza de las bendiciones del matrimonio civil, tan vituperado hace siglo y medio por la Iglesia. Me di a la tarea de comparar lo que se decía en ese entonces sobre el matrimonio civil y lo que se dice ahora sobre el matrimonio igualitario, y encontré más de una coincidencia.

 

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Hoy: «Solo es verdadero matrimonio el de hombre y mujer

Ayer: «Podrá, si se quiere, la autoridad pública llamar a estos contratos [entre hombres y mujeres] conyugios civiles, enlaces civiles, matrimonios civiles; pero nunca podrá hacer que sean verdaderos matrimonios.» (p. 64)

«Debe también observarse que los políticos que proponen a la aprobación o sanción esta ley del matrimonio civil [entre hombres y mujeres], abusan grandemente de las palabras para engañar al pueblo y burlarse de él, pues no habiendo en el pacto celebrado en presencia del magistrado civil nada de matrimonio, sino un pacto de vivir amancebados, injustamente se le da el hombre de matrimonio.» (p. 58)

 

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Hoy: «Si se legaliza el matrimonio gay, que se haga lo mismo con el incesto y la poligamia

Ayer: «Una vez establecido el principio de que la ley puede sancionar el matrimonio civil [entre hombres y mujeres] separado de toda obligación religiosa, ¿qué impide el que la misma ley sancione los divorcios, y dando un paso más permita la poligamia, si la necesidad lo pide […]?» (p. 84)

 

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Hoy: «Matrimonio gay afecta a la sociedad

Ayer: «El matrimonio civil [entre hombres y mujeres] por su naturaleza tiende a la disolución de la familia y de la sociedad.» (p. 124)

 

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Hoy: «Peña Nieto es dictador al imponer la ideología de género

Ayer: «Esta ley que cohonesta los matrimonios civiles [entre hombres y mujeres] en nombre de la libertad, se convierte en ley que favorece la tiranía y por tanto es tiránica.» (p. 223)

 

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Hoy: «Estamos sufriendo, cada vez más, las consecuencias de la perversa ideología de género. Se refleja en el talante de nuestros gobernantes y en las reformas legislativas que pretenden aprobar en contra del matrimonio, la familia, la educación, el aborto, etc.»

Ayer: «Los seudopolíticos que son autores del matrimonio civil entre [hombres y mujeres] católicos, derivan esta teoría de la doctrina de los protestantes (y aun se precian de católicos).» (p. 137)

 

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Hoy: «El presidente con estas nociones está a favor de una minoría, porque los homosexuales son minoría, eso no se puede negar, y está en contra del sentir de la mayoría

Ayer: «[La ley de los matrimonios civiles entre hombres y mujeres] es antipolítica, si se atiende a lo que se llama opinión pública, aun prescindiendo de la religión. Todos saben lo peligroso que es ir contra la opinión universal, firme y sólidamente establecida.» (p. 196)

 

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Hoy: «De un matrimonio gay los afectados psicológicamente son los hijos

Ayer: «Si los casados [en un matrimonio civil] no aprecian la Religión, si van mal, si viven peor, ¿cómo podrán educar debidamente a sus hijos? […] Por tanto de semejantes uniones no puede resultar sino una generación de impíos.» (p. 220)

Escritores que dan conferencias

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Por KURT VONNEGUT

Antes siempre estaba pronunciando conferencias. Necesitaba el aplauso. Necesitaba el dinero fácil. Hasta que un día, mientras hacía mi rutina normal de desperdigador de mierda en el proscenio de la Librería del Congreso, se me produjo un cortocircuito en la cabeza. No tenía nada más que decir. Fue el final de mi carrera oratoria. Hablé unas pocas veces más después de eso, pero ya no era el locuaz Filósofo de las Llanuras que una vez me había resultado tan fácil ser.

La causa de la desconexión de mi mente en Washington fue una pregunta del público. El hombre de mediana edad que la hizo me pareció ser un reciente refugiado del este de Europa. «Usted es un líder de los jóvenes norteamericanos —dijo—, ¿qué derecho tiene a enseñarles a ser cínicos y pesimistas?»

Yo no era ningún líder de la juventud norteamericana. Yo era un escritor que tendría que haberse ido a su casa a escribir en vez de estar buscando el dinero fácil y el aplauso.

Puedo nombrar varios buenos escritores norteamericanos que se han convertido en magníficos oradores públicos y que ahora les es difícil concentrarse cuando se ponen a escribir. Extrañan el aplauso.

Sin embargo, pienso que la oratoria pública representa casi el único medio por el cual un poeta o novelista o dramaturgo puede llegar a alcanzar una eficacia política en su plenitud creativa. Si intenta poner su política en una obra de la imaginación, destrozará la obra y la dejará prácticamente irreconocible.

Entre las muchas cosas extrañas relacionadas con la economía norteamericana, está la siguiente: un escritor puede obtener más dinero por una conferencia chapucera en una universidad en quiebra que por un cuento que sea una obra de arte. Además puede vender una y otra vez la misma conferencia y nadie se queja.

La gente se queja en tan contadas ocasiones de las malas conferencias, siquiera de aquellas que cuestan mil dólares y más, hasta el punto que me he preguntado si alguien las escucha realmente. Y recibí una opinión interesante de cómo la gente las escucha, justo antes de mi conferencia ante la Academia Americana de Artes y Letras y del Instituto Nacional de Artes y Letras.

Me sentía enfermo de miedo antes de pronunciar la conferencia. Estaba sentado entre un viejo y famoso arquitecto y el presidente de la Academia. Éramos tres seres humanos delgados y con los rostros en blanco, a la vista de toda la audiencia. Hablábamos como hacen los convictos en el cine cuando planean una fuga ante los mismos ojos de los carceleros.

Le conté al arquitecto el miedo que sentía. Esperaba que él me reconfortara. Pero replicó sin misericordia y con un volumen de voz como para que le oyera el presidente, que el presidente había leído mi conferencia y que le parecía detestable.

Le pregunté al presidente si era verdad.

—Sí —dijo— pero no se preocupe.

Le recordé que aún tenía que pronunciar esa conferencia detestable.

—Nadie va a escuchar lo que usted diga —me aseguró—. La gente en muy pocas ocasiones tiene interés en el contenido real de una conferencia. Simplemente quieren saber por el tono de la voz, los gestos y las expresiones si usted es o no es un hombre honesto.

—Muchas gracias —dije.

—Daré comienzo a la reunión —dijo. Y lo hizo. Y yo hablé.

En Guampeteros, fomas y granfalunes (Grijalbo, 1977).