Háganle una rueda a Juan

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Campeche mantiene una relación más que intensa con Juan de la Cabada. Llevan su nombre: a) una localidad del municipio de Carmen (402 habitantes), b) un teatro en San Francisco de Campeche, en planes de demolición, c) un premio de cuento infantil con un monto de 200 mil pesos, d) dos escuelas primarias, una de las cuales, de acuerdo a una página de internet, tiene la siguiente ubicación: «entre privada sin nombre y calle, en la esquina hay una tienda de abarrotes Maya», e) una biblioteca rebelde itinerante. Si bien, como dijera un personaje de Wodehouse, no hay riesgo que se produzca una repentina escasez, a esa necesidad de nombrarlo todo como Juan de la Cabada la supera, por amplio margen, aquella de ponerle el nombre de Justo Sierra a cualquier premio, área urbana, auditorio o autobús universitario que vaya apareciendo en el panorama. En contraste, hasta hace poco era difícil encontrar un volumen de Juan de la Cabada en una librería local. El último año de la licenciatura, un compañero de otra generación me pidió prestados mis ejemplares para terminar su tesis. Quince años después no me los ha devuelto, ahora es secretario académico de la facultad y no hay modo de encontrarlo al teléfono.

La situación, por supuesto, no tenía por qué seguir siendo tan triste. Además de la edición de La Guaranducha que hizo el gobierno de Campeche, el FCE reeditó  hace algunos meses cuatro tomos de Cuentos y sucedidos, una recopilación de textos de De la Cabada originalmente dispersos en periódicos y revistas. La editorial ha sustituido unas portadas, que databan de los ochenta, en donde Juan parecía un abuelo poseído por los demonios de la narración oral o la senilidad, según se vea, por otras con un trompo multicolor y una fotografía vieja que se va completando. En fin, que eso no es lo importante sino que gracias a esta reedición pude leer por primera vez a De la Cabada y salvar un poco mi dignidad no solo como licenciado en literatura sino como licenciado en literatura nacido en Campeche (una condición existencial que te lleva a reconocer nombres como Radamés Novelo Zavala o Sergio Witz Rodríguez en una placa conmemorativa o en una sentencia de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, pero que no  está necesariamente vinculada a que hayas abierto alguno de sus libros).

Lo que me sucedió con este acercamiento tardío a De la Cabada me parece digno de mención. Es uno de esos casos en los que puedes ver en cámara lenta cómo el entusiasmo que despertaba en tus profesores se convierte en un entusiasmo propio y cómo aquellas anécdotas de quienes lo conocieron se vuelven una experiencia de lectura. Y esa referencia a las pequeñas historias que pululan alrededor de De la Cabada no resulta gratuita; es, de hecho, una parte fundamental para entenderlo. Todo apunte biográfico, tesis universitaria u homenaje en Bellas Artes, a menudo incluye un incidente gracioso acerca de De la Cabada que algún testigo tuvo a bien registrar. Y si uno pone la suficiente atención a sus comentadores puede percibir una serena confianza en que esos sucedidos son una extensión de su literatura. Una obra literaria en sí misma.

Hay algo en los cuentos de De la Cabada que en todo momento parece remitir a esa magia para que una historia simplemente acontezca. Y la oralidad tiene menos que ver con los giros y las muletillas que den apariencia de alguien que ha tomado la palabra como con los recursos con los que un buen narrador mantiene la atención de quienes se han reunido a su alrededor. Qué pormenores, desde qué punto de vista, el cada vez más extraño efecto de lo vivido, pero también la contradictoria sensación de que el estado natural de esos relatos es avanzar desbordándose, desafiar cualquier intento de contención.

En una conocida anécdota, Ermilo Abreu Gómez detalla que De la Cabada lo visitaba con frecuencia cuando ambos daban clase en el Middleburry College de Vermont; una noche el campechano le pidió que le contara María, de Jorge Isaacs, porque iba a ser el tema de su siguiente lección. Abreu Gómez le habló de la trama, los personajes y los paisajes de la novela. A la mañana siguiente, el autor de Canek pudo escuchar una ovación en el aula donde se encontraba su colega. De la Cabada había hablado de María «con tanta gracia y elocuencia que los estudiantes, al terminar la clase, de pie, le aplaudieron alocados». Mientras leo las viñetas, los fragmentos de novela, los guiones no filmados, los relatos que conforman Cuentos y sucedidos corroboro que quizás una de las mayores virtudes de Juan de la Cabada es su capacidad para tomar una materia que parecería  en principio aburrida —digamos, una historia de contratistas chicleros, o María, de Jorge Isaacs— y devolvértela transformada en algo «que vale la pena escuchar».

La otra liberación sexual

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Dos días antes de que yo me mudara al Distrito Federal, mi padre entró al cuarto para pedirme que dejara lo que estuviera haciendo en ese momento y prestara mucha atención. A la luz de mi viaje, tenía bastante claro que había llegado la hora de tener esa conversación. Papá estaba convencido de que en el DF mi vida podía desbarrancarse y, de hecho, era muy probable que se desbarrancara. Quería, con la comprimida historia de sus propios excesos, advertirme que la libertad con frecuencia se convierte en libertinaje. Me habría encantado decirle que sus consejos eran, por decir lo menos, tardíos. En cambio llamó mi atención que imaginara la liberalidad propia de la capital del país como un torbellino de degradación que me absorbería en cualquier momento. Supongo que pensaba que detrás de cada parada de camión habría un hombre en gabardina que no dudaría en invitarme a una orgía u ofrecerme éxtasis, para convencerme después de ir a una orgía. Le gustaba la palabra «orgía»: la trajo a colación cuatro o cinco veces.

La escena me viene a la mente mientras hablo con Flor de Anda, una joven lesbiana que decidió mudarse de Campeche al DF el mismo año en que yo lo hice. Hoy, cuatro años después, celebra su cumpleaños pero también un año más de su mudanza. Sus amigas han traído pastel, papas y cervezas. Los vecinos podrían confirmar la teoría de mi padre: cinco mujeres y un hombre celebran a altas horas de la noche, pero, una vez que uno ha advertido que es el único heterosexual en la sala, es posible reconocer que esa escena de una cotidianidad casi inocente habla más de la liberalidad que cualquier orgía.

A diferencia de lo que sucedió conmigo, Flor no recibió consejos familiares cuando avisó que se iría de su casa. Se suponía que sus razones eran meramente profesionales: encontrar un empleo mejor pagado, salir de la dañina inercia que suponen los trabajos gubernamentales. Para algunos de sus compañeros, la decisión había sido incomprensible: ¡estaba a punto de obtener una plaza estatal! Lo que ellos veían como un logro a Flor le parecía un síntoma de estancamiento. «Siempre he dicho que fue como un aviso de que el cemento de los pies estaba a punto de secarse y que tenía que salir corriendo». Paradójicamente su viaje tuvo un trasfondo más sexual del que habría admitido en un principio. «En ese momento quería convencerme de que el tema profesional era lo importante, para no reconocer lo que a todas luces era cobardía.» Flor no quería enfrentar el clima represivo de Campeche, un ambiente social que si bien no toleraba las agresiones hacia homosexuales parecía recalcar que ese era el único derecho que iba a concederles.

Para comprender de qué estaba huyendo habría que decir que Campeche es una ciudad muy conservadora con respecto a las orientaciones sexuales, al grado de que todavía hasta hace unos años llamaba oficialmente a su reina del carnaval gay, «reina de eventos especiales», un título carente de sentido. Pero algo más: se trata de un bastión conservador de menos de 250 mil habitantes, lo que significa que, si vas al parque principal y reúnes a un grupo de veinte personas al azar, doce van a estar en contra del matrimonio gay y al menos trece serán o parientes o excompañeros de la escuela o alguien encantado de iniciar un rumor en el edificio donde trabajas. Así las cosas, el clima no es solo tradicionalista: es profundamente invasivo.

Se trata de un mal que comparte toda la península y que define eso que entendemos por «provincianismo». Enrique Torre Molina, consultor especializado en temas LGBT, me cuenta el tipo de conversaciones que acostumbra tener cuando alguien en el Distrito Federal descubre su lugar de origen:

—¿Eres de Mérida? Tengo un amigo en Mérida. Tal vez lo conoces.

—Tampoco nos conocemos todos.

—Se llama X.

—Mmm. Sí lo conozco.

(Aunque a veces sucede que el interlocutor se interesa menos por su ciudad natal y más por su orientación sexual.

—Oye, tengo un nuevo amigo. Es gay. Tal vez lo conoces.

—O sea, no todos los gays se conocen.

—Se llama X.

—Bueno, sí. Sí lo conozco.)

¿Habría —me pregunté cuando escuché la anécdota— una relación entre esa dinámica en la que yucatecos o campechanos parecemos conocernos y la férrea resistencia de nuestras sociedades a aceptar los derechos de la comunidad LGBT? En primer lugar no es extraño que en lugares tan pequeños y tradicionalistas, los chismes tengan que ver en su mayoría con las prácticas íntimas, las orientaciones sexuales y las dobles vidas. Una enorme carga homofóbica debe estar bajo la superficie cuando todavía se acude al rumor de la homosexualidad para cimbrar una carrera política. Y un clima, al mismo tiempo condescendiente y antigay, debe dominar cuando nuestros estados no repudian explícitamente las uniones entre homosexuales pero les ponen más trabas que si uno solicitara el permiso para destruir una reserva ecológica en aras de edificar un hotel.

«Hay muchos políticos en Yucatán de alto rango que son homosexuales, pero que no toman partido por el matrimonio gay porque no quieren asumir el costo político», afirma el abogado Carlos Escoffié, integrante de la asociación civil Indignación, que promovió una acción por omisión legislativa contra el congreso yucateco por negarse a legislar en materia de matrimonio igualitario. Escoffié considera que, a las fuerzas de la religión y el moralismo, el rechazo peninsular debe explicarse también desde el regionalismo. Se trata de sociedades que entienden la apertura sexual como una claudicación a sus propias tradiciones y que se sienten todo el tiempo amenazadas por los fuereños, incluso si se trata de vecinos (cierto periódico yucateco daba la noticia de alguien que había asistido a la redacción para «limpiar su nombre y aclarar que no es campechano»).

En esas circunstancias, luchar por el matrimonio homosexual es una labor a contracorriente. Los conservadores lloran sangre cuando escuchan de uniones entre personas del mismo sexo y no pocos de quienes se consideran a sí mismos de izquierda piensan que no es un tema prioritario. En estados lacerados por la corrupción, la desigualdad social, el desempleo o los suicidios a la alza, ¿por qué tenemos que sacrificar tiempo de indignación, movilizaciones sociales y apoyo político por gente que solo pide casarse? Yo diría que precisamente por eso: porque en teoría se trata de una petición muy fácil de cumplir y lo que levanta suspicacias es la cantidad de embrollos institucionales a los que se echa mano para evitarlo. Es lo que llamo la «navaja suiza de Occam»: la explicación simple suele ser la correcta, pero a veces es más interesante indagar por qué insistimos en hacer complicadas las cosas.

Faride Cabrera Can y María José Estrada Muñoz contrajeron matrimonio el 30 de agosto de 2014, después de una larga lucha legal que incluyó un amparo federal. Tras una primera solicitud en marzo ante el registro civil de Campeche, la institución se negó a reconocer su unión «por no encontrarse previsto en el Código Civil del Estado el acto jurídico planteado». El mismo documento les instaba a recurrir a la Ley Regulatoria de Sociedades Civiles de Convivencia. Faride me explicó por qué rechazaron esa posibilidad y decidieron llevar su caso ante la Suprema Corte de Justicia de la Nación:

«Cuando la Ley de Sociedades de Convivencia fue aprobada por unanimidad en el Congreso del Estado fue una gran noticia para la comunidad LGBT. Sin embargo solo hasta que fue publicada nos dimos cuenta de que en lugar de un avance había sido prácticamente un retroceso, ya que para validar una unión era necesario hacer el trámite ante el Registro Público de la Propiedad y no ante el Registro Civil. Eso es totalmente discriminatorio: no somos un inmueble o un negocio. Por eso era muy importante casarnos, sentar el precedente y por ningún motivo considerar la Ley de Sociedades de Convivencia.»

Cuando uno observa la cantidad de trámites que tienen que librar los gays para contraer matrimonio, entiende aquella aguda línea de Chuck Klosterman: «En mi opinión, tendríamos que legalizar el matrimonio homosexual. Los varones homosexuales son los únicos hombres del país que todavía quieren casarse.»

Hay una realidad incuestionable: la palabra «matrimonio» no va a servir como un mantra para acabar con siglos de discriminación y prejuicios respecto a los homosexuales. Incluso para gente de la misma comunidad LGBT esta lucha es contradictoria: ¿quién en su sano juicio querría abandonar una elástica vida sexual para adaptarse a la —mis dedos ya estaban ansiosos por teclear esta palabra— heteronormatividad? Para los heterosexuales treintones como yo, que rezamos porque los parientes dejen, por una maldita vez, de preguntarnos cuándo nos vamos a casar, en ocasiones es difícil entender por qué una comunidad progresista, abierta sexualmente y en ocasiones orgullosa de cumplir cierto papel de outsider quiere ser parte de una institución retrógrada, como es el matrimonio. Las razones no son claras hasta que dejas de pensar en el matrimonio como en una suerte de capricho que tiene cierta gente. No se trata solo de los beneficios prácticos (la seguridad social, entre ellos), sino del trasfondo que hace posible que el matrimonio homosexual sea reconocido legalmente en sociedades que ven la unión de ambas palabras como un oxímoron. En términos ideales: una transformación paulatina del clima social, una renuncia al doble discurso y una mayor capacidad de negociación política, aunque en términos prácticos quizás solo se necesite la habilidad de una comunidad para ser políticamente más influyente. Y el logro no es para nada menor.

Cinco años han pasado desde que el matrimonio igualitario es una realidad en el Distrito Federal, casi el mismo tiempo que Flor tiene de vivir ahí. Y aunque según cifras del Consejo para Prevenir y Eliminar la Discriminación capitalino los gays siguen siendo un grupo fuertemente discriminado, sus años en Campeche le hacen advertir una notable diferencia.

«En mis últimos dos empleos he sido muy abierta con respecto a mi sexualidad y en ambos lugares me han tratado con tanta “normalidad” que me he sentido justo eso: normal. No sé si eso se deba a que no cumplo el estereotipo de cómo debe lucir una lesbiana, pero que no tenga que esconderme es una preocupación menos en mi vida. Creo que cualquier contexto represivo disminuye las posibilidades de realización personal y profesional y me cuesta trabajo pensar que puedas sentirte pleno en un lugar donde tienes que omitir ciertas partes de ti para ser aceptado.»

Un segundo más tarde, Flor despotrica contra los estrictos códigos de vestimenta que le prohíben llevar tenis al trabajo.

Publicado originalmente en Confabulario.

Las otras lecciones de mis maestros

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No sé si exista algún maestro que se sienta orgulloso de mi generación de los maristas, teniendo en cuenta la clase de individuos a los que estaba formando. Por poner un ejemplo, cada año que pasa más excompañeros aparecen por mi casa para pedirme prestado o me llaman al teléfono, absolutamente borrachos, para decirme: habla por favor con el gobernador, me agarraron los polis y estoy en los separos.

–¿Tienes una idea de quién soy? –les cuestiono.

–¿No eres Juan Pablo?

–No.

Entonces cuelgan.

En la secundaria, uno tenía la oportunidad de aplicar aquella máxima de Woody Allen («Nunca escuches a tus profesores, sólo obsérvalos y así sabrás cómo será tu futuro») si la hubiera conocido a tiempo. Eso era verdad particularmente en la escuela de maristas en Campeche que un buen día expulsó a los religiosos y se llenó de señores de mediana edad, cuyo mayor mérito era no estar sindicalizados.

Un buen ejemplo de esto era el maestro Jan. Había llegado de Bélgica y hablaba un idioma que parecía español, tenía los mismos elementos del español, pero difícilmente uno apostaría dinero para afirmar que se trataba del español. Nunca calificaba en la consabida escala del 1 al 10, sino en fracciones incomprensibles –24/52, 17/85–, de tal modo que nadie sabía a ciencia cierta cómo había salido en sus exámenes. Nos dio Geografía, Historia e Inglés. Y cómo olvidar al maestro Canché, que impartía Lectura y Redacción pero nunca supo explicar qué era el subjuntivo. Tendía a confundir las palabras: decía «paradigma» cuando quería decir «paradoja», «reaccionario» cuando quería decir «contestatario»; pensaba que «abigeato» era tener dos mujeres.

Sin embargo, de toda esa galería de mentores ilustres, al maestro que recuerdo con más cariño es al profesor Wilberth, que nos daba Física y Química, pero cuya clase, en lo personal, sirvió más como un taller de creación literaria. Se supone que con él aprenderíamos cómo formar ácidos y fluoruros, pero cuando desplegó una tabla periódica sobre la pared, la vio como si se tratara de la Piedra de Rosetta.

–Ah, carajo –dijo en voz baja y después a todo el salón–: ¿Saben ustedes qué ingredientes tiene la Coca?

–No –respondimos al unísono.

–Les voy a decir. Yo trabajé cinco años en la Coca. La Cocacola tiene 23 ingredientes y la Pepsi, 21. Esos dos ingredientes de más son los que hacen rica a la Coca. Cuando trabajé ahí pude descubrir hasta 21 elementos.

–Maestro, entonces, ¿si usted quisiera podría hacer una Pepsi?

–Mmm. Si quisiera sí.

En ese relato se consumió la hora. La mayor lección del maestro Wilberth es la primera que debe aprender todo escritor: miente si es necesario, pero no dejes a tu auditorio llegar al primer bostezo. Con el semestre llevé una bitácora inusual de sus clases. Nada de fórmulas, nada de valencias, sino una historia universal de la infamia. Nunca podía quedarse sin respuestas. Si fuera posible organizar una enciclopedia con todos esos conocimientos innecesarios, éstas serían algunas de sus entradas:

Herpetología
¿Cuál es la serpiente más venenosa?
«La coralillo es la más venenosa. Pero, ojo, hay dos coralillos: unas que no son venosas y otras que sí. ¿Cómo sabes la diferencia? Lo ves en los ojos. Las dos tienen ojos rojos, pero los de la coralillo venenosa tienen un puntito negro.»

Aeronáutica
¿Hay algún tipo de avión que no registre el radar?
«Por supuesto que sí. El Phantom 123, o 132, a ver… los dos últimos dígitos son los que me fallan. ¿Y saben de qué está hecho? De teflón, por eso no lo detecta el radar. Bueno sí, hay sólo un radar, en Estados Unidos, en el Pentágono, que es el único que lo registra. Ustedes se preguntarán por qué. Y han de saber que el teflón viene siendo como un cuarto estado de la materia y por eso no lo detecta cualquier radar.»

Mitología
¿Qué es la «manzana de la discordia»?
«Éstas eran dos diosas que querían saber quién era la más hermosa. Llaman a Paris y le piden que le dé una manzana a la que considerara la más hermosa. Y él dice: Pues, mi novia, Helena. Porque es su pareja, porque es humano. Un dios nunca va a entender una creación. Por ejemplo, ve tu calculadora. ¿Tú entiendes tu calculadora?, ¿verdad que no? La abres y no entiendes ni madre.»

Misterios del mundo
¿Por qué se formó el triángulo de las Bermudas?
«Ustedes tienen una cabeza, ¿verdad? ¿Ven los remolinos que tienen en el cabello? Es lo último que se forma. Por ejemplo, tú te formas y lo último que se forma es el remolino. Haz de cuenta que la Tierra es una cabeza que cuando se terminó de formar el remolino que queda es el Triángulo de las Bermudas. Por eso pasan cosas tan raras ahí.»

Encuentros cercanos

Picnic

Recuerdo que en las reuniones familiares siempre había un tío que me hablaba de abducciones con el mismo temblor sudoroso con el que otros parientes narraban su colonoscopía. Fue a través de sus pláticas de borracho que supe que en su juventud se había encerrado dos semanas en su baño a la espera de un ser de nombre «Aldebarán». El tío se llamaba Luis, pero todos los primos le decían el Spider. Fue el mismo que un día llegó muy drogado al taller mecánico de la esquina para pedir «tres motores de volcho o, en su defecto, cinco de licuadora» que servirían para construir un artefacto espacial. Nunca nos enteramos si reunió las piezas. Pasábamos meses sin saber de él.

Uno quiere pensar que eso no tiene nada de extraño, que hay tíos raros en todas las familias y que en todo caso resulta sensato aceptar la posibilidad de vida inteligente en otros mundos. Pero algo tiene la evidencia extraterrestre que aparece con frecuencia de la mano de sujetos a los que no les confiarías el cuidado de un sobrino. Incluso este hombre, que a primera vista parece un señor respetable, empieza a darte un poco de miedo cuando te enteras que habita una vivienda subterránea en el Desierto de los Leones.

Es fácil denostar a todos los creyentes, pero algo en el fondo nos dice que podemos entender su obstinación del mismo modo que entendemos por qué alguien insiste en irle a un equipo del fondo de la tabla. Hay en ellos cierto entusiasmo infantil, o quizás un romanticismo, que nos recuerda que todavía se pueden tener pasiones a contracorriente. Por eso un ufólogo es –de vez en cuando– ridículo pero con ese toque de probidad consigo mismo que a veces les falta a los escépticos. En un brillante ensayo, Juan Pablo Anaya ha identificado la actitud del melancólico con la del observador empeñado en videograbar y fotografiar el cielo en busca de una señal extraterrestre. Ver un paisaje se ha vuelto un gesto tan vacío, nos dice Anaya, que solo este puñado de creyentes conocidos como «los vigilantes» tiene la capacidad de devolverle contenido a esa mirada. El momento en que uno de estos hombres experimenten el primer contacto alienígena, el universo adquirirá significado. Solo de ese modo, «terrestre» será algo más que una palabra.

Pero en la categoría de creyentes, nadie me desconcierta más que los abducidos amorosos. Hace algún tiempo, en una revista, leí acerca del triángulo sentimental entre Zach y Sally, una pareja de Massachusetts, y un organismo de otro planeta, que ninguno de los implicados tenía el valor de nombrar. Zach, que aseguraba haber tenido relaciones con una «nórdica» humanoide de dos metros, admitía: «Es difícil estar eróticamente involucrado con un extraterrestre», pero también juraba que, de alguna manera, esta intrusión había enriquecido sus momentos íntimos: «Cada vez que mi esposa y yo miramos las estrellas, no puedo evitar ponerme romántico.» Sally, por su parte, decía que la parte más difícil del asunto era haber redifinido sus conceptos de «monogamia» y «envidia del pene». ¿Qué es lo que más te gusta de tu amante?, preguntó el entrevistador. Zach dijo: «Definitivamente sus senos. Bueno, quiero creer que se trata de senos.»

«Alien para amar» dice una playera en el aparador de una tienda. Las siete mil millones de personas que pueblan este planeta no nos libran de sentirnos a veces solos. Pero cuando las luces en el cielo despiertan la emoción de una cita romántica, el asunto es de pensarse.

Publicado originalmente en Picnic.

Las 3 edades del rock

1. Vejez

Cuando llegué al concierto de Austin TV, la mayoría de los asistentes pensaba que yo era un papá que había acudido a buscar a su hija emo. El policía de la entrada me trató de «usted» y ni siquiera osó a hacer la revisión de rutina. Con la barba sin afeitar y el cuello de la camisa asomándose por el abrigo, más bien parecía un profesor universitario de esos que incitan a sus alumnos a su primer porro. Pudo haber sido el peor día de mi vida, pero por fortuna no tuve mejor compañía que dos amigos de mi edad: Miguel parecía un guardabosques; Fernando, un precandidato que con desesperación busca una frente arrugada que besar.

Ni qué decir del golpe emocional que representó ver a un auditorio que apenas estaba naciendo en el mismo año en que yo descubrí a Guns N‘ Roses (y de paso, el heavy metal, y de paso toda la música hecha con guitarras eléctricas). Para el fan rockero como para el futbolista, la vida es otra al avizorarse la tercera década. Al ver a tanto adolescente brincando a ritmo de Austin hice mía la confesión de Juan Villoro: «Nunca fui más viejo que cuando tuve 30».

Cada uno de mis amigos tuvo su propia epifanía de la crisis de la edad, sobre todo en el slam, cuyos 4 minutos nos cansaron como si acabáramos de correr los 400 de relevos. «No mames, por error le toqué los pechos a una chava», dijo Omar. En su mirada se encendía el terror de quien puede ser en cualquier momento acusado de un abuso.

La convocatoria de Austin —un público hecho a base de Internet, principalmente y que vino contra todo pronóstico a escuchar un concierto instrumental de principio a fin— me hizo recordar las épocas en que los únicos grupos de rock que llegaban a la ciudad tenían cantantes que gruñían como manada de rottweilers (en esos tiempos ser rockero era escuchar bandas de nombres impronunciables y logotipos ilegibles). Los años pasaron y esos metaleros de cabelleras largas como el sargazo se habían vuelto baptistas o reporteros, y todo el tiempo me los topaba porque querían convertirme a la fe, o en el peor de los casos, hacerme preguntas para un sondeo. Pese a ello, a veces se dejaban aparecer en conciertos de cualquier tipo para revivir el éxtasis de un amplificador Marshall bien microfoneado.

«Ya somos unos viejos», me abordó Sandro Sosa, uno de esos rockeros de antaño que ahora alcanzaba los 28 años y cuyo mayor logro había sido tocar el solo de «One» con una secadora de estilista. «Ve a estos niños, qué saben ellos de Zeppelin, de Sabbath, de aquel Sepultura de Chaos A. D.» Lo miré no sin asombro: Sandro había logrado sonar a su papá —el ingeniero Sosa— cuando decía que la mejor selección había sido la del «Halcón» Peña.

Me concentré en lo que sucedía entre Austin y sus fans, enardecidos por la melodía, incapaces de seguir las piezas con la voz (esa forma a veces fácil de alimentar el furor). Me agradó no conocer ninguna de sus canciones: era experimentar el éxtasis de la primera vez.

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2. Madurez

La mejor definición de aquel concierto de Coda, que se dio una semana después del de Austin TV, la dio David, un ex compañero de la secundaria, a quien ni siquiera le gustaba el rock:

«Sólo vine porque de seguro voy a ver a toda la generación de los maristas.»

No se equivocó. Ahí estaban Menandro (que acostumbraba a tirar cubos de metal en los cubículos del baño, siempre y cuando éstos se encontraran ocupados), Quiñones (para mi sorpresa ya no estaba cumpliendo aquella condena por robo violento) o Gordolobo (de quien recibí hace años unas fotos donde supuestamente salía borracho, desnudo y junto a un ex maestro, pero nunca quise abrir ese mail).

De dónde les surgió el gusto a todos por Coda nunca lo sabré. Yo conocía a la agrupación porque Waldo no dejaba de cantar «Sin ti no sé continuar» mientras te tiraba las tapas de hule de su mesabanco y porque Fernando hacía el característico cabeceo tembloroso de Chava cuando llegaba a la parte de “No sé si piensas en mí, como yo en ti, me haces tanta falta”.

Puedo apostar que la inmensa mayoría de los asistentes vio en Coda una oportunidad de recuperar el pasado de alguna forma. Era como ir con el sicoanalista a desenredar el subconsciente, a explicar los motivos por los cuales terminamos siendo lo que esa noche éramos. No se trataba de un grupo muy popular (el resto de mis amigos menores de 25 años apenas los conocían o los conocían por una canción: «Aún») ni tampoco eran material de eruditos. Creo que por eso su presentación resultó exitosa: definían a mi generación. Es decir, le interesaba sólo a mi generación.

Por otro lado, no había mucho que desentrañar. Casi todo mi grupo de amigos acabó borracho, como solía pasar en las excursiones, pero verlos a todos tan parecidos a los que siempre quisieron ser (excepto Khalil que nunca pretendió pasar tres años de su vida fotocopiando facturas y credenciales de elector) me produjo un sentido de legitimación de la edad que no dejé de saltar toda la noche.

Después de la última canción (Coda repitió «Aún», quizás para sentirse unánimamente acompañado), caí en cuenta que las había coreado casi todas. Eso me agradó: fue experimentar el éxtasis de quien descubre que puede recordar.

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3. Adolescencia

La peor imagen del concierto de Alex Lora en la Plaza de la República, cuatro días después del de Coda, fue verlo besar a Chela Lora durante el interludio de «Triste canción». Fue un contacto largo, insoportable, como un insomnio.

Alex Lora es un rockero viejo que, como todos aquellos jubilados que te preceden en la fila del cajero, nos pide demasiadas consideraciones.  Su música se ha deteriorado con el uso e incluso sus éxitos suenan mejor en disco que en vivo, sin embargo, Lora es dueño de un puñado de himnos ineludibles que siguen impulsando a fans y no fans a llenar sus conciertos. Por eso no me puedo quejar: como en esos partidos mediocres de la Selección, no fui exclusivamente por El Tri, sino a escuchar a miles de gargantas acompañar al Tri.

Debido al amontonamiento sólo puedo llegar hasta el área del ingeniero de audio, donde un buen número de funcionarios públicos y gente que ronda los cuarenta ha buscado un oasis. El líder de la fracción parlamentaria del PAN salta con evidente entusiasmo hasta que se da cuenta de las miradas ajenas y finge que sus saltos son para buscar a un conocido entre la multitud. Por un momento, las personas que me rodean se olvidan de su edad. Un famoso dirigente de izquierda pasa apoyado en su esposa y sus dos hijos, quienes miran con vergüenza el estado inconveniente de su padre (el venerable hombre se ha dedicado a mostrar el dedo medio a todo el mundo). Cientos de personas trajeron a sus pequeños: fue una especie de iniciación a los territorios del rock and roll, o un viaje a la década en donde nadie tenía pensado en reproducirse. Era como decirles: este es el mundo que existía antes de que tú existieras.

Me veo —los veo— cantando «ADO», «Santa Martha», «Nunca digas que no». La insistencia de los grupos de antro para tocar al Tri ha provocado que uno se desensibilice respecto a cómo debería sonar el Tri auténtico y Alex Lora y su banda tampoco han hecho mucho para marcar esa diferencia.  No obstante, tengo pocas cosas que reclamar porque algo más allá de la ejecución y la interpretación define la música. Es como esas películas muy básicas que finalmente nos conmueven y no sabemos por qué. Como si algo traspasara las virtudes evidentes del arte y nos tocara, y por eso no podemos explicar por qué nos gustan. Creo que es una de las constancias de Lora: te sabes sus canciones porque dicen algo que las demás canciones ya dejaron de decir y no alcanzaste a escuchar en el resto de la música que marcó tu vida.

Me agradó el éxtasis de saberme todas las canciones y pedir a gritos muchas más de las que podía haber interpretado.

Lora no triunfó musicalmente; lo hizo biográficamente.

Por eso tuvo todas las de ganar.

Un gran chico



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Una nueva esperanza

A Hugh Grant le había funcionado. A él y a una decena de hombres que en años recientes se habían liado con amigas mías. Ahora ellas me hablaban al teléfono para contarme sus relaciones repletas de «estabilidad»,, «madurez», y ese tipo de palabras que nunca asociarían a gente como yo. Era un poco, cómo decirlo, humillante. Yo tenía 31 y mi única virtud era una beca que me permitía preocuparme por cosas trascendentes, como la intertextualidad y el yo poético, pero que poco tenían que ver con la vida real. Y es que cada que mis amigas decían la «vida real», lo hacían como si se refirieran a una experiencia inaccesible para mí a menos que fuera capaz de adormecer a un bebé a la medianoche. Me sentí mal, he de reconocerlo. Fue ahí cuando decidí dar el salto a la paternidad pero sin insomnios. El domingo le propuse a mi sobrino una salida al parque, al malecón o a donde él quisiera. El trato era el siguiente: Eduardito tenía que fingir que era mi hijo y correr junto a las muchachas. Según mis cálculos, la potestad de un niño de 8 años aumentaría mi sex appeal en un 25%. Con algún esfuerzo podría hacer llegar los números hasta el 30%, pero eso ya dependía de que alguien nos viera subiendo en una Toyota RAV4. Todo bien en teoría: el único problema era averiguar si yo tenía algún tipo de sex appeal que pudiera incrementarse.
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Negocios riesgosos

—¿Y qué gana Eduardo con hacerse pasar por tu hijo?— preguntó con sabiduría mi hermana.

De hecho, tuve que reconocerlo, era una suerte de penitencia que no recomendaría a nadie, pero dadas las circunstancias era necesario buscar la manera de hacer de ese purgatorio algo atractivo a un pequeño de 8 años.

Hablé con el niño. Un helado le pareció muy poco. Entonces sugirió los petardos y yo pensé que la pólvora era una mala inversión de la cual mis nervios serían los principales afectados. Intenté del lado de las porquerías que yo comía a su edad: paletas, sabritas, tamarindos. Empezó a ceder cuando hablé de hot dogs; mi hermana se horrorizó que sólo ofreciera comida. Eduardo volvió su vista a mis libros de A la orilla del viento.

—Ni lo pienses —le dije.

Sacó un ejemplar de El increíble niño comelibros de Oliver Jeffers. En ese momento cayó al suelo una de mis revistas GQ.

—Bueno —reconsideré—. Sólo si me consigues a la doble de Alessandra Ambrosio.

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La ciudad de los niños perdidos

Estaba dispuesto a cumplir cualquiera de los caprichos de mi sobrino con tal de que me dijera «papá” cada cinco minutos. Primero me preguntó si podíamos ir a la tienda de videojuegos. Eduardo nunca había estado en Blocksbuster y yo cuestioné qué clase de madre era mi hermana que no llevaba a su vástago a ver consolas que valían tres veces mi colegiatura. Apenas cruzamos la puerta, me dediqué a lo mío y en pocos segundos visualicé a una chica de pantaloncillos cortos que merodeaba en el área de Cine de Arte.

—¿Puedo ir a donde está el Kinect?— me preguntó Eduardo.

No tenía maldita idea de qué estaba hablando pero le dije que se quedara a mi lado, mientras yo avanzaba por la B de Bergman hacia la J de Jarmusch.

La prerrogativa del Cine de Arte es que puedes prescindir de la trama para hablar de cualquier cinta. Eso significa que para iniciar una conversación sobre Lynch es irrelevante haber visto alguna de sus películas. Preparé una serie de fichas mentales del tipo “Jarmusch retrata la experiencia humana en filmes donde parece que nada sucede” y me acerqué a la chica lo suficiente como para darle un susto si pretendía moverse hacia la T de Tarantino.

Iba a preguntarle si conocía aquel capítulo de Bored to death donde el centro de la historia es un guión de Jarmusch, cuando me di cuenta que algo faltaba en mi escena de amor a primera vista. ¡El niño! Sentí el golpe súbito de la realidad en la palma de la mano, como cuando sales del metro y te das cuenta que te han robado el maletín. ¿En dónde había quedado mi sobrino? Eso estaba mal. Es decir: ¡qué clase de sex appeal podría tener si no recordaba siquiera en qué lugar dejaba a quien se suponía era sangre de mi sangre! Abandoné mi cortejo y corrí hacia el área de videojuegos en busca de Eduardo. Les pregunté a dos niños y a dos hombres mayores si lo habían visto.

—¿Cómo es su hijo? —cuestionó astutamente uno de los señores.

—Pues no sé, así, blanco, bajito. ¿Es muy difícil identificar a un niño perdido?

—¿Se parece a usted?

—Eso espero.

Seguí tras el rastro del niño. Salté sobre torres de películas en el suelo. Esquivé dos filas de compradores. Me dije: «Si yo tuviera 8 años, ¿a dónde iría?». No funcionó: siempre he sido un inadaptado y con seguridad me la hubiera pasado llorando en un rincón. Emprendí una travesía más antes de acudir a la gente de la tienda. Finalmente, hallé al pequeño Eduardo en el área de películas de terror. Después de una exhalación de alivio, contemplé a mi alrededor: seguramente estaba en la sucursal de Blockbuster más pequeña de México y había sentido el mismo pánico que experimenta un scout extraviado en el Amazonas.

Lo primero que hizo Eduardo al verme llegar, fue mostrarme la carátula de Pesadilla en la Calle del Infierno.

—Deja eso, niño —lo reprendí—. Que ni sabes de quién se trata.

—¿Freddy Krueger? —me dijo—. Me disfracé de él en el festival de Halloween.

Manifesté cierta molestia. No conforme con conocer mil datos pop ahora incomprensibles para mí, su generación se daba el lujo de hurgar la basura que la gente de mi edad había atesorado con tanto afán.

—¿Hay algo más que deba saber sobre ti?, ¿adivinas el futuro, ves gente muerta, le escribes las canciones a Miley Cyrus?

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La pequeña tienda de los horrores

A la salida, le dije que podría comer una hamburguesa tan grasosa como quisiera si olvidaba mencionar el asunto del extravío delante de mi hermana. Aceptó y cenamos. Después fuimos al parque. Eduardo me preguntó si podía entrar a una de esas tiendas de ropa para emos.

—Es que no he gastado nada de lo que me dio mi mamá.

Maldije al capitalismo pero lo acompañé. Se probó una veintena de lentes, varias gorras. Pidió que le bajaran una mochila con la imagen de John Cena. Yo intenté ponerle una playera de Pink Floyd, pero no entró en ella. Hubiera sido el mejor momento de la noche si todo ese despliegue de apego entre padre e hijo hubiera tenido alguna espectadora notable, pero en lugar de eso, sólo había tres robustos darketos escogiendo piercings de un aparador.

—Vamos por un helado de chocolate —sugirió.

Quise asegurarme de no estar ganándome el odio de mi hermana:

—¿Chocolate dices?, ¿estás seguro?, ¿no fue el chocolate la causa de que la otra noche no pudieras dormir y tuviera que contarte diez veces la historia de cómo amanecí abrazado de un perro en San Luis Potosí?

—Nunca me has contado nada.

—Caray. Es verdad. Vamos por tu helado.

Rumbo a la salida, Eduardo se quedó contemplando el escaparate lleno de colguijes donde no faltaban las figuras humanas en posiciones sexuales. Era como haber caído sin habernos dado cuenta en un recorrido por el templo de Khajuraho. Tosí.

—Creo que es momento que te hable de la vida —le comenté con la mano apoyada en el hombro.

—Sé que es algo que la gente hace, pero no quiero saber —me dijo y siguió su camino.

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El dilema

—Son los payasos que dicen groserías —mencionó. Y probablemente era verdad, dada la multitud aglutinada en el parque.

Nos acercamos, pero no demasiado. Nuestra relación con los personajes de cara pintada era muy diferente. Él parecía disfrutarlos; yo, no. A Eduardo le encantaba aquella película Payasos asesinos del espacio exterior; a mí en cambio me había marcado a tal grado que no podía toparme con ningún payaso en la calle sin soltarle de inmediato un billete para que se alejara.

—Quiero verlos — dijo y caminó hacia las primeras filas.

Pude haber optado por vigilarlo a la distancia, pero sabía los riesgos. Perder a mi sobrino dos veces en una misma salida hubiera motivado en mi hermana aquella cara que la familia había bautizado como «la del día en que le operaron la vesícula».

—Okey, pero sólo un momento —le advertí.

No sé si han oído hablar del Show de los Payasos que Dicen Groserías, pero no se pierden de mucho. Son chistes gastadísimos, pero aderezados con golpes y gritos. En cierto momento de la rutina uno de los payasos tiene que hacerla de afeminado e incluir en la broma a dos o tres de los asistentes.

—Necesitaaaaamos a un niño —dijo uno de ellos.

Yo jalé de la mano a Eduardo temiendo lo peor. El payaso advirtió mi desplazamiento y caminó hacia nosotros.

—Y también al papá —agregó.

Hubiera sido más fácil si mi pequeño sobrino no hubiera opuesto resistencia, pero hizo exactamente lo contrario a lo que convenía a mis intereses y a mi dignidad. Aumenté la fuerza, pero él a su vez no cedió un centímetro. Era, para decirlo poéticamente, como si intentara arrastrar a una estatua.

—Vamos, Eduardo —dije, pero me ignoró.

Quiero que por un momento imaginen mi desesperación. Si lo que buscaba era salir bien librado, tenía que mostrarme terminante y recurrir en todo caso a la autoridad paternal. Sin embargo, tampoco podía darme el lujo de parecer un opresor ante unas doscientas personas.

«Ridículo o tiranía», pensaba mientras el payaso extendía su mano hacia nosotros. «Ridículo o indignación de ese par de chicas que me observan».

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La paga

—Al final te saliste con la tuya.

—Sí, tío.

—¿Por qué te gusta reventar petardos?, ¿no ves que cada que estallan tiemblo como un tipo al que acaban de sacar del agua fría?

—Reventar petardos es bueno.

—¿De dónde sacas que reventar petardos es bueno?

—Mira. Haces ejercicio porque cuando prendes la mecha sales corriendo. También te enseña a perderle miedo al fuego.

—Madre santa, ¿eres pirómano o algo por el estilo?

—No seas miedoso, tío.

—Ahora resulta.

El dulcero interrumpió nuestra conversación para darnos el cambio. Eduardo metió los dos paquetitos de explosivos en el bolsillo de su pantalón.

Pobres almas en desgracia

Esta es la primera vez que asisto con una ensalmadora y he tomado cuatro camiones. Lo que en el DF es un trayecto cotidiano en Campeche es un exceso. Debo reconocer que dos fueron porque nos equivocamos de ruta.

Lucy, una amiga dispuesta a dar consejos que ella misma no aplicaría, me dice que ésta era una buena oportunidad para cambiar mi suerte. En alguna época de su vida lo había probado y para su sorpresa los remedios esotéricos le habían funcionado. Como si se tratara de una dieta, el fracaso de su voluntad la había conducido al camino de los vegetales.

Las señoras que curan los males del siglo XXI viven en cerros donde los camiones prueban su tracción hidráulica. También en casas que exhiben una Virgen luminosa, empotrada en una pared. A la izquierda de la imagen, una puerta de metal permanece todo el día entreabierta. No hay timbres eléctricos y golpear con una moneda puede resultar de mala educación. Uno entra con la confianza de que la dueña de la casa recibe invitados que llegan sin avisar.

Doña Georgina utiliza lo que en un tiempo fue el lavadero de su casa para dar consultas. A primera vista todo parece una buhardilla de objetos que transitan las últimas tres décadas, pero ni siquiera esas diez cajas de electrodomésticos descontinuados están hechos para el recuerdo; son apenas el escenario ideal donde exponer una crisis.

Rodeada de santos que no logro identificar, de Cristos que no se parecen entre sí, de muchas flores y una veintena de veladoras, doña Georgina brinda consejos a las pobres almas en desgracia. Sus altares dan cuenta de una fe inquebrantable lo mismo en el santoral que en la herbolaria precolombina. No es difícil imaginarla transitar de la Iglesia al invernadero, cada domingo y es ese sincretismo lo fascinante del rito esotérico. Nada de Santas Muertes, nada de budas barrigones, con todo y su fe en las hierbas, este hogar es netamente católico.

Los asientos de espera parecen salidos de una casa en remodelación: sillas de plástico con rastros de pintura y cemento. A mi izquierda, tengo un  atisbo de la vida cotidiana de doña Georgina: su marido, sus hijos, sus nietos; del otro lado del miriñaque un niño juega el FIFA 2007. Observo con detenimiento cada centímetro de este espacio. Si estuviera grabando un documental sobre ensalmos, se oiría a lo lejos la voz del “Perro” Bermúdez.

Lucy y yo hemos estado el último cuarto de hora hablando de películas, mientras llega mi turno. En una esquina, a pocos metros de nosotros, doña Georgina atiende a una señora que ha sobrepasado sin mucho éxito los cuarenta. Ni siquiera me molesto en adivinar su problema: infidelidad. No se necesitan muchos poderes para adivinar en su hogar al típico hombre tratando a toda costa de sobreponerse a la edad, que no llega temprano a casa porque tiene tres trabajos y que se cree guapo a pesar de un bigote a la Nietzsche.

-Su marido la engaña, mi mamá trabaja con ella –me susurra Lucy. Sentido común: 1, iluminación esotérica: 0.

La paciente se para con un paquete envuelto en papel periódico, al que palpa nerviosa como si se tratara de droga. De hecho, la transacción se efectúa con la misma discrecionalidad de un dealer y su cliente.

Doña Georgina me invita a pasar, mientras Lucy se queda junto a una señora que lee El Libro Semanal sin quitarse sus lentes negros.

-¿Lo que te trae aquí es una mujer, verdad?- me dice la ensalmadora, tras prender una vela.

-Sí – respondo, aunque no sea cierto. Para afrontar las fuerzas desconocidas no hay nada mejor que inventarse una biografía.

Los siguientes quince minutos parecen un juego de ¿Adivina quién? Dice que soy casado (falso), que trabajo más horas de las que debería (hasta mi última clase de paleografía, cierto), que duermo poco y tengo un gato (cierto), que me dedico a algo que tiene que ver con los libros (cierto, aunque después me hizo saber que se refería que yo sacaba fotocopias frente a la Universidad), que tengo un compañero que me ha hecho el mal de ojo (no lo sé), que mi mujer está a punto de dejarme y que el dueño de la papelería está pensando seriamente en despedirme. Después del cuarto de hora, deja su papel de bruja para entrar en su papel de madre:

-Y tus triglicéridos, hijo…

Con el rostro pálido le digo que sí a todo. Me ve con esa compasión que tienen los santos de las iglesias.

-Toma – me dice y me da unos cilindros de papel periódico. No es necesario que me explique qué contienen. El paquete de ruda y albahaca en manos de una ensalmadora es como esperar el naproxeno del dentista. Doña Georgina me habla de vapores, infusiones y baños; me habla de azúcar de caña y azúcar de fruta, flores de San Juan, zorrillo y ortiga verde. No logro retener tantas recetas. Finalmente es como ir a una visita guiada al jardín botánico: mi memoria se desentiende después del primer helecho.

Mientras oigo sus instrucciones me pregunto por qué seguimos recurriendo a estos remedios. Una vez que renunciamos a las soluciones razonables, ¿sólo quedan las velas, las plantas y las piedras? Ya que aceptamos que la felicidad no se encuentra en la ciencia o la religión, ¿es necesario hacer que nuestra casa huela a incendio forestal?  Cada que escucho las medidas inverosímiles a las que recurre la gente para sobrellevar sus problemas, pienso que aún tenemos fe en las soluciones repentinas. Ésa es la última esperanza que se pierde: la de que las cosas se resuelvan por sí solas.

Sólo al minuto me doy cuenta que doña Georgina ha dejado de hablar. Entonces caigo en cuenta que falta consumar el último ritual para que el remedio funcione. Meto las hierbas en una bolsa y saco un billete de a cien. La anciana me sonríe como si reconociera en mí a un nieto extraviado.