El momento fascista de Bowie


Imagen tomada de Bowie: Una biografía, de Fran Ruiz y María Hesse.

Por SIMON REYNOLDS
La idea de que Hitler había sido la primera estrella de rock —enmarcada por la catedral de luz de Speer, capaz de dominar al público con el látigo de su oratoria y sus gestos frenético— no era nueva dentro del círculo de David Bowie. Poco antes, el exproductor de Mott, Guy Stevens, en una entrevista en la que anticipaba sus planes de formar una banda que se llamara Raw Glory (“el último y definitivo ataque del heavy metal… algo intenso, como un bombardeo alemán”), ensalzó a Hitler como “el primer manipulador del rock and roll”.

No obstante, Bowie tenía una experiencia personal de la afinidad entre el Führer y la estrella de rock. “Todos me decían que yo era el Mesías”, le contó a Cameron Crowe en 1975, para un perfil que el periodista publicó en Rolling Stone al año siguiente. “Y yo me dejé llevar por esa fantasía. Si hubiese estado en Alemania, habría sido Hitler […] Los conciertos se volvieron tan enormes y aterradores que hasta los diarios comenzaron a decir: ‘Esto no es rock. Esto es el maldito Hitler’.” Y mientras explicaba esto, el cantante se extravió en otra red imaginaria: “yo hubiera sido un Hitler del carajo  […] un dictador excelente. Muy excéntrico y dominante […]. No me molestaría llegar a ser el primer presidente inglés de los Estados Unidos. Ya soy bastante de derecha, así que podría ocupar ese cargo sin problemas […]. Yo sabría sacar este país adelante, lo convertiría en una superpotencia”. Más adelante, en el contexto de la misma conversación, se permitía subir la apuesta e imaginarse al mando ya no de Estados Unidos sino del planeta en su totalidad: “Me gustaría gobernar el mundo”.

Un año más tarde, en otra entrevista con Crowe para la revista Playboy, Bowie vuelve a machacar con la idea de participar en política, pero sus ambiciones han cambiado un poco; ahora desea establecer: “primero mi propio país […] crear el Estado en el que me gustaría vivir”. Sin medir sus propias palabras, el cantante afirma su “fuerte inclinación al fascismo”; a su juicio “una tiranía totalitaria de derecha” sería el único modo de disipar los humos del “liberalismo que vuelven fétido el aire en este momento”.

El tema se volvió recurrente en sus entrevistas de 1975 y 1976: la dictadura como próximo paso, “la aparición en un futuro no muy distante de una figura política capaz de arrasar con esta parte del mundo como lo consiguió el primer rock and roll”. Pero a diferencia de la preocupación que manifestaba en la época de “Somebody Up There Likes Me”, Bowie ahora daba la bienvenida a un “frente de extrema derecha” que estuviera dispuesto “a llevarse por delante todo lo que existe para poner algo de orden”.

En el perfil de Crowe para Rolling Stone al que antes hiciera mención, Bowie se había permitido caracterizar a la propia cultura pop como un análogo de la decadencia de Weimar que habría de traer sobre sí su merecido. Invocaba la llegada de “una conciencia de Dios muy medieval, de mano firme y masculina, que nos permita salir y recomponer las cosas en el mundo”, un golpe de disciplina rápido y potente que fuera capaz de poner fin a una sociedad permisiva y su banda de sonido: el “narcótico musical” que era el disco y “esa música del diablo” que era el rock and roll, dispuesta a incitar “los elementos más bajos y siniestros”. […] En agosto de 1975, hizo referencia enigmáticamente a sus planes de “hacer algo para acabar de una vez por todas con este caos”, y aseguró que “lo primero es recomponer la moral”. En otra entrevista de la misma época, el cantante habló con aparente admiración de “dos bandas actuales que se acercan a una verdadera estética neonazi: Roxy Music y Kraftwerk”.

A pesar de esta seguidilla de declaraciones incendiarias, habría de ser una entrevista que le diera a un periódico sueco en la primavera de 1976 la que pusiera su coqueteo con el fascismo en el ojo de la opinión pública. Tras ofrecerse como único candidato posible al cargo de primer ministro, Bowie afirmó que “a Inglaterra le vendría bien un líder fascista”. Luego introdujo una pausa y se permitió aclarar que se refería al fascismo “en su sentido más puro”, no tanto al nazismo. “El fascismo, en realidad, es un nacionalismo. En cierto sentido, es una forma de comunismo muy pura”. No obstante, estas declaraciones habrían podido pasar sin mayores repercusiones de no haberse producido el incidente del 2 de mayo en la estación Victoria.

Tras llegar en el Expreso de Oriente con su look de ese momento, el del Delgado Duque Blanco, Bowie abordó su transporte favorito, un Mercedes negro descapotable, el mismo tipo de coche utilizado por Hitler. Cuando el cantante se puso de pie para saludar al grupo de seguidores que había ido a recibirlo, la imagen resultante fue un incómodo recordatorio del modo en que el Führer solía saludar a sus tropas. Una fotografía muy difundida parecía captar un instante en que un saludo de brazo tendido en el aire podía interpretarse como un Sieg Heil.

Ante la indignación que el gesto despertó entre los medios y la circulación de ciertas citas extraídas de la entrevista publicada por el periódico sueco, Bowie intentó calmar las aguas y preservar su imagen. “Lo que hago es teatro y solo teatro”, le dijo a la columnista del Daily Express Jean Rook. “Me uso a mí mismo como un lienzo en blanco e intento pintar sobre él la realidad de nuestro tiempo. El rostro pálido, los pantalones holgados […] todo eso no es otra cosa que la máscara que Pierrot, el payaso eterno, adopta para vestir la gran tristeza de 1976.” Incluso se permitió afectar un tono de dolida sorpresa por el hecho de que algunas personas hubieran podido llegar a tomarse sus comentarios en serio. “Yo no soy siniestro. Tampoco soy una gran fuerza […] no me paro en un coche a saludar a la gente porque de pronto me crea Hitler”.

Bowie afirmó que no recordaba haberle hecho esos comentarios al periodista sueco, que durante horas se había dedicado a sondear de manera insidiosa sus opiniones políticas. No obstante, lo cierto es que esta obsesión con la idea de un liderazgo fuerte ya tenía varios años de antigüedad. En diciembre de 1969, le había dicho a Music Now! que Gran Bretaña “pide a gritos a un líder”, y señaló como único candidato posible a Enoch Powell, un político conservador disidente cuyos discursos apocalípticos acerca de los peligros de la inmigración lo habían convertido en el niño mimado de la derecha racista.

[…]

El sesgo nazi ya había hecho su aparición en canciones como “The Supermen” [Los Superhombres] y “Quicksand” de 1970, que hacía referencia a “Himmler’s sacred realm” [el ámbito sagrado de Himmler]. Hubo una primera versión de “Candidate”, canción incluida en Diamond Dogs, en la que Bowie se llama a sí mismo “the Führerling” [la querida del Führer], y en su panel de ideas para la gira del disco figuraban “tanques, turbinas, máquinas de humo […] torres de control, travesaños, Albert Speer”.

Mucho más extravagante fue la cuestión del musical de Goebbels. En un viaje que hizo por Europa en 1976 en compañía de Iggy Pop, Bowie realizó una breve escala en Moscú. En la frontera entre Rusia y Polonia, los músicos fueron demorados por la KGB que requisó su equipaje. Las autoridades decidieron confiscar varias biografías de Albert Speer y Josef Goebbels. Bowie explicó que en ese momento estaba llevando adelante una investigación para escribir un musical sobre la vida del ministro de propaganda nazi. Si bien, al oír esto resulta inevitable recordar Springtime for Hitler —el musical que los inescrupulosos protagonistas de Los productores de Mel Brooks crean con el deliberado propósito de perder dinero— Bowie hablaba en serio.

Tomado de Como un golpe de rayo. El glam y su legado,
de los setenta al siglo XXI
(Caja Negra, 2017).

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