Anatomía de Grey

Foto: Milenio.

Para quien no esté enterado, Sasha Grey fue una de las personalidades más famosas de la industria pornográfica en Estados Unidos, donde por tres años se hizo de un nombre que le permitió dar el salto al cine no pornográfico y la literatura. La base de datos IMDB registra 208 apariciones entre videos porno, películas convencionales, juegos de video y series de televisión. En 2013 se publicó en español su primera novela, La sociedad Juliette, y en 2018, la segunda, La habitación prohibida, ambas en Grijalbo. Lo que de principio asombra al lector de este último volumen es que —a pesar de ajustarse a la etiqueta comercial de ficción erótica— la cantidad de encuentros carnales, fantasías sadomasoquistas y conversaciones concupiscentes es apenas comparable con las abundantes opiniones acerca del amor, la religión, el cine, la literatura, las condiciones actuales del periodismo (profesión a la que se dedica la protagonista) y el estado de enajenación y precariedad bajo el capitalismo. En fin que el conjunto funciona como si te sumergieras un día entero en Twitter. Elaboré —de manera más bien rústica, según puede verse— el siguiente comparativo:

1. Escenas sexuales (en rosa), en las que se incluyen tocamientos solitarios frente a una cámara, instrumentos punzantes, bañeras profundas y generalizaciones del tipo «Las personas somos más sinceras justo antes de venirnos» (p. 61):

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2. Episodios sentimentales (en azul), entre los que se incluyen las llamadas a novios mojigatos para decirles que los quieres, un compromiso matrimonial (perdón, era una vuelta de tuerca) y dudas del tipo «¿En el amor todo es posible? ¿Si alguien te quiere lo suficiente, te entiende de verdad? ¿Y si las cosas que quieres en realidad le resultan incómodas e incomprensibles?» (p. 107):

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3. Críticas contra el capitalismo (en amarillo), al que se describe como un sistema creado para confundir nuestro sentido de las necesidades y hacerte creer único y especial a pesar de que no eres sino «una pieza minúscula, insignificante y reemplazable de la máquina consumista» (p. 69). Se incluyen comentarios diversos acerca del valor de uso y el valor de cambio, y afirmaciones del tipo «Los diamantes son más valiosos para las empresas que las vidas de las personas que los extraen» (p. 221):

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4. Referencias culturales (en naranja). Reminiscencias de libros y autores (porque, ya se sabe, no hay gemido que no te remita al final de Los hombres huecos, de Eliot), preguntas legendarias alrededor del cine («¿Cogieron Tom y Nicole en Eyes Wide Shut? ¿Se vino de verdad Harvey Keitel en el pelo de Nic?», p. 65) y recomendaciones para ser buen periodista («Hay que fijarse en cosas que la mayoría de la gente ni miraría. Encontrar los detalles que conecten los puntos y que otros pasan por alto. Ir al meollo de la historia y conseguir que la gente se preocupe por unos desconocidos», p. 34). Comentarios sobre Gabriele D’Annunzio, La aventura de Antonioni, los diarios de Anaïs Nin, La posesión de Zulawski, El señor de las moscas de Golding y preguntas metaficcionales del tipo “¿Dónde encajo yo? ¿Soy la historia o la narradora? ¿El papel, el bolígrafo o la letra?» (p. 322):

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