Mañana en la pastura piensa en mí

Hay una canción de Cri-Cri llamada «Mi burrita», que por años me he querido quitar de la cabeza y que, en plan de exorcizarla de una vez por todas, les canto a mis gatas cada que las peino. La letra se ajusta —según admite el propio grillo cantor— a un tema que ha inspirado por siglos a la canción popular: el amor imposible («está saturada de bastante amor imposible», le objetan en su momento los editores de música) y describe el inútil cortejo a una musa de «pezuña fina y pelambre también fino», que en numerosas ocasiones se aparece «a la orilla del camino». Uno podría pensar, junto a esos editores inaccesibles, que es un error «dedicarle una canción a una burra habiendo tantas muchachas guapas en el mundo», sin embargo, según descubro en un ensayo de Eliot Weinberger, no es extraño que las burras causen primero admiración y luego abatimiento en ciertas almas sensibles que las descubren en diversos lugares públicos.

Un hombre llamado Abu al-Anbas tenía un asno muy querido que murió inesperadamente, dice un antiguo relato que Weinberger recupera para su libro Algo elemental (Atalanta, 2010). Transcurrido algún tiempo, este asno se le aparece entre sueños a su amo, que desconcertado le pide saber los motivos de su partida: «Un día te paraste en el boticario y la más hermosa de las burras pasó frente a nosotros», le explica. «La miré; mi corazón se estremeció». En su historia, Cri-Cri le comunica a la burra sus pretensiones, que ella rechaza no una sino veintiocho veces (el número de «noes» que tiene la canción, sin contar los enérgicos rebuznos). Desde entonces, confiesa el grillo, va «suspirando / y al suspirar pensando en ti», una imagen acaso patética pero que en nada se compara con el estado de conmoción en el que ha quedado el pobre asno de Abu al-Anbas después de su encuentro: «la amé con tal pasión que al final sucumbí a la desesperanza».

Eso no es todo. Cri-Cri cree que lo único que le queda es la poesía: «seré poeta, tendré melena, / haré un poema para ti». No parece la mejor de las estrategias para sobrellevar el desasosiego, pero, para nuestra sorpresa, el asno de Abu al-Anbas decide hacer exactamente lo mismo. Su poema, una despedida que Weinberger transcribe se diría que con respeto, dice así:

Mi corazón se estremeció por una burra
mientras esperaba a mi amo
en la puerta del boticario.
Ella me esclavizó con su tímido comportamiento
y con sus suaves mejillas
del color de shanqarani.
Morí por ella, pues si hubiera vivido,
mi pasión no habría hecho más que empeorar.

Cri-Cri es más convencional respecto a la coloración de su burra («tiene el hociquito rosa») y pronto abandona aquel amor por otros temas.

—¿Qué quiere decir shanqarani? —pregunta Abu al-Anbas después de escuchar el poema.
—Ah, es una palabra antigua. Hoy en día solo la puedes escuchar en la poesía de los asnos.

Lo cual me hace pensar que la poesía de los asnos tiene registros más amplios que algunos poemas humanos que uno termina leyendo por ahí.

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