La fiesta del bigote de Friedrich Engels

Engels: los años de Bremen.

Como bien sabían el Che Guevara, Cristo o Bakunin, una buena parte del poder persuasivo de los revolucionarios reside en la cantidad de pelo que lleven en la cara. Karl Marx y Friedrich Engels fueron conscientes de ello incluso antes de poseer sus célebres barbas.* Al más puro espíritu hipster, se aferraron a los primeros brotes capilares como si se tratara de un rasgo de personalidad. De jóvenes, Marx fue un devoto de sus propias patillas como Engels lo fue de su bigote. En 1838, Engels tenía 18 años y un padre un tanto horrorizado por sus inclinaciones literarias. Para que se educara en el próspero negocio textil, el señor Engels dejó al joven Friedrich en el puerto de Bremen, a cargo de un amigo suyo exportador de lino. El ambiente liberal de la ciudad fue idóneo para el carácter inquieto de nuestro héroe aún imberbe. Ahí tomó clases de baile, aprendió a cantar, se ejercitó en el nado y adquirió cierto gusto por los duelos.

En octubre de 1840, Engels organizó una celebración a la que denominó «la noche del bigote». En una carta dirigida a su hermana Marie cuenta que había enviado «una circular a aquellos muchachos capaces de dejarse el bigote, diciendo que era hora de escandalizar a todos los ignorantes —la palabra exacta es filisteos— y que no había mejor forma de hacerlo que dejarse el bigote». «Pronto —detalla— conseguí a una docena de bigotes y, posteriormente, el 25 de octubre, cuando nuestros bigotes ya tenían un mes, se proclamó el día del bigote». La fiesta se llevó a cabo en una cervecería localizada en el sótano del ayuntamiento de Bremen. Aquellos que no habían desarrollado de modo natural su mostacho tuvieron que pintarse uno. El brindis fue una composición del propio Engels que, entre otros versos, decía:

«Los filisteos huyen del peso de la barba
afeitándose al ras sin dejarse ni un pelo.
No somos filisteos ni nada que se parezca
ya podemos dejar que el mostacho florezca.»

Y concluía con la siguiente maldición:

«Que perezcan todos los que han contribuido
a que el mostacho desaparezca».

Como se ve, el recelo paterno sobre la vena poética del joven Engels era todo menos infundado.

Tanta alharaca respecto al bigote tenía una razón de ser. Desde 1819 se respiraba en territorio germánico un aire represivo, producto de los llamados Decretos de Karlsbad, que habían introducido en las universidades una serie de restricciones, bajo el pretexto de que la juventud se estaba corrompiendo. De acuerdo con el historiador Tristram Hunt, «las autoridades bávaras llegaron al extremo de prohibir los bigotes por motivos de seguridad». De ahí que la noche del bigote fuera, además de una ocurrencia juvenil, un gesto político. Y, como suele suceder, no todos los participantes estuvieron a la altura de la convocatoria. Algunos confesaron que no les habían prestado las llaves de sus habitaciones, de modo que tenían que volver antes de las diez de la noche para que los dejaran entrar. Tras ese anuncio, cuenta Engels, hubo «más tintineos de vasos hasta las diez en punto. Luego, aquellos sin llaves tuvieron que irse, pero nosotros, los afortunados con llaves, permanecimos sentados y comimos ostras».

Publicado originalmente en Pinche Chica Chic.

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NOTA:

*Algunos testimonios sobre Marx, compilados por Francis Wheen, confirman que poseía un pelaje digno de admiración: «un poderoso hombre de veinticuatro años, cuyo espeso pelo negro le salía de sus mejillas, brazos, nariz y orejas» (Gustav Mevisse), «tenía una mata de negrísimo pelo y sus manos eran velludas […] parecía un hombre con el derecho y la capacidad de imponer respeto» (Pável Annenkov), «este hombre fornido, con amplia frente, pelo y barbas negras y ojos oscuros y chispeantes, atraía inmediatamente la atención de todos» (Carl Schurz), «tuve que soportar la mirada de aquella cabeza leonina con su melena negra como el azabache» (Wilhem Liebknecht), «no se afeita en absoluto» (un espía prusiano en Londres, en un informe).

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