El joven Marx: peleas, discusión y una grande pasión

Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica. La frase de Salvador Allende —que resurge cada tanto para explicar el habitual estado de excitación subversiva de las nuevas generaciones y para reprochar que otros no lo sientan con la misma intensidad— parece alentar un par de ficciones biográficas dedicadas a la figura de Karl Marx: Le jeune Karl Marx, la película de Raoul Peck (autor también del guion, junto con Pascal Bonitzer) y Young Marx, la obra de teatro de Richard Bean y Clive Coleman, cuya puesta en escena sirvió para inaugurar el Bridge Theatre en Londres. Ambas piezas, estrenadas el año pasado, coinciden en su propósito de retratar a Marx y a Engels como dos agitadores entrañables, pensadores «emergentes» en busca de pleito, y menos como el par de señores que, por cosas de la historia, salen a menudo al lado de Lenin en algunas imágenes de propaganda.

La película de Peck dibuja a un Marx a mitad de sus veinte, cuyos controvertidos artículos en la Gaceta Renana lo obligan a emigrar de Colonia a París. Coleman y Bean se centran en los primeros años en Londres, una vez que Marx ha superado la treintena y se ha instalado junto con su familia en un diminuto departamento en Soho. Los dos periodos, valga la pena repetirlo, estuvieron marcados por las dificultades económicas, los dramas familiares y un febril ritmo de escritura. El tono de farsa con pinceladas de tragedia de la pieza de Bean y Coleman proporciona mejores recursos para representar a un Marx dueño de un agudo sentido del humor y penetrante intelecto y, sin embargo, con importantes puntos ciegos (después de que Marx le confesara a Engels que sentía que la vida lo había tratado con brutalidad, su amigo le recuerda las condiciones de la clase obrera en Manchester, para poner en perspectiva su idea de sufrimiento). Es difícil determinar el centro dramático que proponen Bean y Coleman: puede ser el embarazo de Lenchen, la ama de llaves, que provoca una crisis en el matrimonio de los Marx, o la muerte del «pequeño Fawkes», el hijo enfermo. Pero no importa: la comedia se sostiene con solvencia porque puede contar la historia de los conceptos que más tarde quedarán plasmados en El capital como una trama de persecuciones, espías, celos de pareja y reuniones clandestinas. En ese sentido, la película de Peck es más convencional: elige un punto de inflexión —el encuentro entre Marx y Engels— y concluye con la publicación del Manifiesto comunista, el producto más emblemático de aquella incipiente amistad. La secuencia final —en que algunas fotografías cuentan la historia occidental del siglo XX mientras se escucha «Like a rolling stone» de Bob Dylan— establece una continuidad entre los oprimidos a los que se dirigía el Manifiesto y los de ahora. Se trata, por supuesto, de un epílogo previsible.

Esta necesidad de humanizar a Marx y a Engels a través de dos diferentes lapsos de juventud puede hallar su complemento en El joven Karl Marx (Akal, 2012), de David Leopold, cuyo subtítulo —Filosofía alemana, política moderna y realización humana— parece prometer muchas menos horas de diversión que la pieza teatral y la película. El especialista en teoría política ofrece un acercamiento a las obras que Marx escribió entre los veinticinco y los veintisiete años, en busca no del hombre y su circunstancia sino del profundo pensador político que era ya en aquel momento y cuyas contribuciones se vieron opacadas por su influyente trabajo posterior. No se trata de un volumen biográfico, aunque se apoya en muchos papeles personales, sino eminentemente teórico y, dada la apuesta, termina teniendo un particular encanto. Las rivalidades intelectuales de Marx de aquellos años importan para entender sus ideas, pero también para caracterizar su método de trabajo. Estudiar a quién estaba leyendo y con quién se estaba peleando proporciona al autor estimulantes líneas de interpretación para esclarecer aquel periodo.

Leopold se embarca en una lectura minuciosa de algunos textos — «Sobre la cuestión judía» o la Crítica de la filosofía del derecho de Hegel, por ejemplo— que a su parecer han dado pie a una serie de lugares comunes que merecen más de una precisión. Marx es en cierta medida responsable de esos malentendidos: el estilo oscuro de su prosa ayudó poco, lo mismo su ánimo combativo (para el lector moderno no siempre resulta claro quién es el blanco de esta o aquella diatriba). El esfuerzo, sin duda, es importante. Da la impresión de que la imagen del filósofo descansa en algunos veredictos —la influencia hegeliana, el desprecio por los derechos humanos, la abolición de la política una vez que se alcance la emancipación— bastante debatibles. Leopold pone sobre la mesa un puñado de ideas a contracorriente para ilustrar lo que todavía falta por discutir a ese respecto.

Como sucede con el resto de los jóvenes, una de las partes más desafiantes y difíciles de enfrentarse al joven Marx tiene que ver con encontrar ánimos y herramientas para entenderlo. A la par de una revisión a conciencia de sus adversarios, Leopold identifica aquellos procedimientos retóricos que a menudo operan en detrimento de su claridad, el anacronismo con que ahora leemos algunos de sus conceptos sustanciales —objetivación, alienación— y el carácter desigual de sus escritos —los publicados, los que no se publicaron pese a que fueron redactados con ese propósito, las anotaciones personales de lectura—. Sus argumentos resultan persuasivos en diversos grados: es extraordinariamente consistente para explicar por qué un periodista dedicado a asuntos como el robo de madera en Mosela dio un giro en sus preocupaciones para hablar de la pantanosa filosofía hegeliana, pero se enfrenta a problemas mayores cuando quiere identificar el lugar que ocupan los derechos humanos en su pensamiento. En ocasiones, tiene que ensanchar el criterio, atender detalles más dispersos. Los distintos sentidos que Marx atribuye a una misma palabra, sin duda, dificultan la comprensión, pero Leopold demuestra que hay una sólida coherencia en el primer Marx y que es posible establecer cuándo un concepto —digamos: el Estado— está siendo usado desde un punto de vista amplio y cuándo desde uno restringido, de acuerdo con el contexto. En ese plano, su «retrato» escarba zonas de la personalidad, las circunstancias históricas y el intelecto de Marx a las que el cine o el teatro son incapaces de llegar.

Hay algo particularmente atractivo en que las versiones Young y Jeune del filósofo rastreen en su juventud el ánimo subversivo, doméstico, en fin, humano, que pueda conectar al autor del Manifiesto comunista con el público actual. El drama del escritor freelance, angustiado por las fechas de entrega y la falta de dinero, obligado a compartir su hogar con un montón de personas mientras persigue sus propios intereses intelectuales, es la condición milénial por excelencia. Su vigencia como personaje no es tan complicada de lograr.

Pero hay todavía un camino más estimulante. La lucha por los escritos tempranos de Marx no puede considerarse el tipo de pasatiempo que tienen algunos investigadores, cuando han agotado las obras de madurez. Aquellos textos no solo sufrieron un accidentado y tardío proceso de edición sino que se dieron a conocer en un momento poco propicio, cuando todavía se identificaba al marxismo con el régimen soviético. Su entrada en escena produjo dos reacciones en abierto antagonismo: un bando consideró justo el olvido en que habían caído y el otro halló en ellos una clave que obligaba a releer a Marx con otros ojos. «El lenguaje y las inquietudes de los primeros escritos no tenían cabida en la versión autorizada del marxismo», cuenta Leopold, quien en su libro busca apartarse de ambas posturas. Esa labor de tomarse en serio los escritos de un joven de veinticinco años, incluso si se trataba de Marx, termina por ser un inesperado homenaje a su espíritu rebelde, en particular si supone desestabilizar la ortodoxia alrededor de su obra y librar batallas contra expertos «más dados a imitar el estilo del joven Marx que a ayudar a los lectores modernos a comprender lo que quería decir en realidad».

Publicado originalmente en Letras Libres.

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