Canciones que descubrí gracias a Yeah! Yeah! Yeah!

Estos días me la he pasado leyendo —más a velocidad de una canción de deep soul que a una de speed metal— Yeah! Yeah! Yeah!, de Bob Stanley, una historia del pop moderno de poco más de 700 páginas. La principal razón por la que uno se toma su tiempo con este libro es que tiene que hacer pausas, entre un capítulo y otro, para buscar videos en YouTube y dejarse caer, de vez en cuando, en la pendiente resbaladiza de la reproducción automática. No solo por aquellas piezas que uno creía conocer y cuyos antecedentes y versiones Stanley rastrea para trazar la evolución de la música popular y la continua cadena de plagios y homenajes que la hacen posible, sino debido a los sabrosos detalles que proporciona: el contexto social y político, episodios biográficos que permiten entender letras a primera vista superficiales, aspectos de la instrumentación que obligan a estar atentos. Mientras se avanza en la lectura, las horas se van en leer, escuchar, releer, escuchar de nuevo. Hay también una larga lista de canciones, versiones o artistas de los que uno no tenía idea y que hacen pensar en el impredecible destino de aquello que se compone pensando en el éxito comercial. He seleccionado algunas piezas que hace unas semanas no significaban nada en mi vida y que por culpa de Bob Stanley ahora suenan en mi cabeza con más frecuencia de la aconsejable.


1952. Hound Dog, de Big Mama Thornton

«El primer tema de rock de Elvis con todas las de la ley, Hound Dog, era una canción compuesta por Leiber y Stoller para la cantante de R&B Big Mama Thornton. La versión de Thornton es ardiente, no cabe duda, pero al lado de la de Elvis, intensa y hermosa, se tambalea como un perro borracho.» [p. 41]

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1960. Shakin’ All Over, de Johnny Kidd & the Pirates

«Lo que no cayó en el olvido ni mucho menos fue la mejor canción de toda esta época del rock británico. Apenas hay otros motivos para recordar a Johnny Kidd & the Pirates, grupo que nunca volvió a figurar entre los veinte primeros puestos de la lista de éxitos, pero Shakin’ All Over era una obra maestra. Además de una frase de guitarra insinuante y un bajo amenazante y sinuoso como una pantera, Johnny, con su parche de pirata y su voz nerviosa, definía a la perfección la experiencia sexual británica por antonomasia, el ataque de pánico: “Cuando te pegas a mí, me entra el tembleque”. En 1960, la canción conquistó un merecido número uno en el Reino Unido, el episodio más luminoso de un año negro para el pop.» [p. 81]

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1961. Temptation, de los Everly Brothers

«[Los Everly Brothers tenían] una canción en lo alto de las listas, telefonazo de Hollywood… ¿qué podría fallar? Su primer error fue mudarse de Nashville a Los Ángeles. Los chicos de Kentucky abrazaron sin reservas el estilo de vida californiano, lo cual tuvo sus ventajas mientras estuvieron en la cresta de la ola pero no les hizo demasiado bien cuando, tras someterse a una prueba cinematográfica, fueron rechazados por los estudios. Después grabaron una vieja canción de Bing Crosby titulada Temptation. El enloquecido arreglo —una letanía de yeah yeah yeahs que se estrellan contra su muro de aullidos femeninos y una docena de guitarras apiñadas para sintetizar una visión del tormento eterno en dos minutos y catorce segundos— se le ocurrió a Don Everly en un sueño. El problema era que Wesley Rose, su representante y editor, detestaba la versión: no tenía ningún control financiero sobre ella y las ambiciones artísticas de Don, si no le reportaban beneficios, le importaban un bledo. Los Everly no dieron su brazo a torcer y Temptation terminó saliendo al mercado en el verano de 1961. Rose, desairado, presentó su dimisión e impidió que los hermanos usasen composiciones de los autores que él publicaba [incluidas las de los propios Everly].» [p. 66]

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1962. On Broadway, de las Cookies

«Con On Broadway, Mann y Weil metieron en un frasco toda la ciudad de Nueva York. La cantante se pasea por sus anchas calles, pese al bullicio y el ajetreo circundantes. Se oyen las trompetas de un mariachi, ululan las sirenas de una redada policial, resuena la “magia del aire” y retumba un ritmo que bien podría ser obra de una cuadrilla de picapedreros que abriesen una zanja en el pavimento bajo el bochorno estival.» [p. 122]

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1963. Fingertips, de Little Stevie Wonder

«Grabado en directo en el Regal Theatre de Chicago, el single Fingertips es un instrumental que se interrumpe a mitad del disco. El pequeño Stevie termina la canción, pero cuando ya están subiendo al escenario los músicos del siguiente pase, decide reanudarla. “¿Cuál es la tonalidad?”, grita desconcertado el nuevo bajista, pues disponen de seis míseros segundos para restablecer el groove. Fingertips es un raro ejercicio de improvisación roquera y uno de los sencillos más emocionantes de la historia, y a su ascenso a la cima de las listas también contribuyó el departamento de mercadotecnia de la Motown, que filtró el rumor infundado de que el pequeño Stevie, que por entonces contaba con doce años, era hijo ilegítimo de Ray Charles.» [p. 202]

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1963. Louie Louie, de los Kingsmen

«La onda expansiva del garage punk fue el resultado del estallido del beat y la consiguiente invasión británica, pero una grabación que se adelantó a la llegada de los Beatles y sigue siendo el single protogarajero sin discusión fue Louie Louie. La composición de Richard Berry, un tema de R&B de tres acordes compuesto en 1955, es la pieza que define todo un subgénero: los Raiders la grabaron en 1963 y otro tanto harían con el tiempo los Beach Boys, Otis Reading, los Kinks, los Sandpipers, Led Zeppelin, Motörhead, Grateful Dead, los Fat Boys y Black Flag; pero la punta de lanza fueron los Kingsmen, banda de Oregon que en diciembre de 1963 se plantó en la segunda posición de la lista de éxitos con una versión de base organística que sonaba como un elefante en una cacharrería. Su Louie Louie es un himno al ruido, a la confusión: es la primacía de la actitud sobre la pericia, el triunfo de lo amateur. Escasas semanas después del éxito de los Kingsmen llegaría la invasión británica: las ventas de instrumentos musicales se dispararon en todo el país y raro era el garaje vacío en que no se oía a los próximos Kingsmen aprendiendo a afinar sus guitarras. Pero la plantilla siguió siendo Louie Louie. Cómo sería de arrastrada la vocalización, de incomprensible la letra, que el FBI mandó investigar la pieza, honor que hasta entonces solo había recaído en los meneos pélvicos de Elvis.» [p. 195]

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1964. Giving up, de Gladys Knight

«Dueña de un quiebro desgarrado que racionaba con exquisitez y agraciada con unos pómulos redondeados y una mirada cristalina, Gladys Knight era un auténtico bombón sureño y, para muchos, su vibrante versión de I Heard It throught the Grapevine (núm. 2 en 1967) es cuando menos tan buena como el exitazo de Marvin Gaye, publicado un año después. Fue Gladys, más que ningún otro artista la que presentó el soul en formato adulto. A comienzos de la década de 1960 se mudó al norte y se asoció con Van McCoy, compositor y productor neoyorkino, todo clase y nervio melódico, al que debería lo más granado de su repertorio, desde el majestuouso y neoclásico lecho de cuerdas de Giving Up, de 1964, a la discotequera Baby Don’t Change Your Mind, de 1977 […] Gracias a tan amplio espectro se vio aupada en la categoría en la que tanto se había afanado Atlantic por entronizar a Aretha Franklin, la de superestrella capaz de trascender géneros. Hoy Gladys Knight es propietaria de una cadena de restaurantes de pollo frito y gofres y se hace llamar “la emperatriz del soul”. No seré yo quien le lleve la contraria.» [p. 169]

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