A veces tengo dudas sobre si debería darle dinero al trovador que se equivocó en un acorde

«Estamos tan habituados en pensar en la música en términos de armonía —dice Aaron Copland en Cómo escuchar la música— que es probable que olvidemos cuán reciente es esta innovación comparada con los demás elementos». Se refiere, por supuesto, al ritmo y la melodía, cuyas raíces parecen perderse en los orígenes mismos de la música, a diferencia de la armonía, que nació tal y como la entendemos en algún momento del siglo IX. En comparación con los milenios que los humanos llevamos soplando cañas y tamborileando superficies, los problemas de hacer sonar de manera simultánea algunas notas nos empezaron a preocupar apenas ayer.

Desde hace algún tiempo quiero explicarme por qué pertenezco al grupo de gente a la que le importan demasiado los acordes. De vez en cuando entro a foros de internet donde el tema principal son los acordes con nombre propio (como el de Prometeo, de Scriabin), los acordes famosos (como el final de A day in the life, de The Beatles), los acordes polémicos (como el de Noche transfigurada, de Schönberg) o los acordes sin los cuales el pop, de Soda Stereo a Luis Fonsi, sería impensable. Pero se trata de reuniones con tipos raros que dicen cosas como «para la mayoría de los autores clásicos, los acordes de novena no son verdaderas formaciones armónicas, sino más bien acordes de séptima disfrazados con una nota de retardo o de anticipación». La idea más extendida de lo que significa escuchar una canción dicta que no hay por qué dirigir nuestro interés, más allá de lo razonable, a los acordes ni mirar con excesivo amor a los guitarristas de acompañamiento. Nada sano puede salir de ahí.

Sin embargo, los acordes son uno de los elementos más generosos que tiene la música. Basta con ver la popularidad de sitios como LaCuerda.net —o su antecedente impreso, Guitarra Fácil, que lleva en su título una declaración de principios sobre la democratización de la música sobre la que vale la pena insistir— para darse cuenta de que aprender una secuencia armónica supone apropiarse de una pieza, incluso si no somos capaces de cantarla bien. Esto es: sin importar que fracasemos vergonzosamente en el terreno bastante notorio de la melodía.

Para Jacques Attali (Ruidos. Ensayo sobre la economía política de la música), la armonía se desarrolló como un sistema jerarquizado para conciliar discordias (conforme al pensamiento político y económico del siglo en que floreció). Copland, en cambio, ve en la armonía la armazón sólida de un rascacielos que permite distinguir los detalles exteriores. Ambas imágenes pueden ser acertadas según el tipo de batalla que te encuentres librando con un acorde. En particular me gusta pensar en la armonía como en una suerte de invitación a meterte en más problemas de los que tenías en un principio. La misma función que desempeña la atmósfera misteriosa en el primer capítulo de la novela policiaca. Una vez que pasas el umbral de los acordes mayores y menores, la armonía empieza a tentarte con sus posibilidades. Iba a decir que empieza a seducirte con su música, pero el detalle importante es que tú eres en parte culpable de la música que te seduce. En algunos momentos, cuando te nace introducir pequeños cambios en un hit del verano (una nota de más, un acorde de paso) comprendes que cierta lógica opera no del todo ajena, pero tampoco limitada, a la canción que intentas tocar. Y quizás, a cierto nivel, eso signifique componer. Llevar una canción ahí a donde parece dirigirse por cuenta propia.

A diferencia de la mayoría de los comensales, la línea melódica del trovador que llega a la fonda me inquieta menos que los acordes que ha elegido para acompañarse. Es un tipo de esnobismo con que intento compensar la raquítica fascinación que despiertan los acordes y, en general, los guitarristas de acompañamiento. En el fondo de mi alma, me gusta pensar en el guitarrista de acompañamiento como en alguien que no solo ocupa el cargo de menores responsabilidades en la banda, pero esa idea ni siquiera es consoladora. Su virtuosismo no tiene que ver con la rapidez ni la precisión de los dedos sino con hacer figuras anatómicamente estrafalarias que lo hacen ver como la víctima de una artritis. Desearía afirmar que su personaje encarna el discreto encanto de la armonía, pero es probable que apenas se trate del amigo que presta los amplificadores. Sin embargo, precisamente porque está ahí para ser visto y no, me importa tanto el sujeto que se dedica únicamente a tocar acordes. Con alguna frecuencia me hallo ante la disyuntiva de darle o no dinero al cantante que eligió mal su acompañamiento. Una parte de mí me recuerda mi obsesión por la forma en que un acorde se construye y lo que significa y otra me sugiere mejor dirigir mi animadversión hacia las películas de guitarristas con escenas donde evidentemente los sonidos no corresponden a la ejecución. Casi nunca tengo una respuesta para ese dilema.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s