¿Música…? Sí, claro

No es casual que el personaje central de la carrera de Les Luthiers sea un músico: Johann Sebastian Mastropiero, autor, entre otros títulos, de obras psicodélicas («Chacarera del ácido lisérgico»), religiosas («Los milagros de san Dádivo»), matemáticas («Teorema de Thales») o históricas («El zar y un puñado de aristócratas rusos huyen de la persecución de los revolucionarios en un precario trineo, desafiando el viento, la nieve y el acecho de los lobos»). A estas alturas parece una obviedad hablar del «humor musical» de Les Luthiers, pero no tanto cuando pensamos en ese humor como algo más que la capacidad para componer letras que dan risa.

Leonard Bernstein le dedicó un episodio de su célebre programa Young People’s Concerts a explicar en qué consistía el humor en la música. Para Bernstein una pieza humorística estaba obligada a serlo por razones musicales y no solo para ambientar una historia graciosa o la escena disparatada de una película, o para ser más ilustrativos: la música no debería ser únicamente el remate de batería que sigue a una ocurrencia. Cuando uno indaga en la obra de Les Luthiers entiende el lugar natural que ocupa el humor en su manera de concebir la música no solo como una sucesión afortunada de sonidos sino como un espacio en donde se dan cita compositores atormentados, estudiosos en crisis, tradiciones musicales y, por supuesto, artesanos que fabrican instrumentos.

La referencia más evidente se encuentra en sus intenciones de parodiar lo que uno espera de los géneros musicales. Ya se sabe: las primeras notas de una canción de metal extremo advierten al oyente que quizá la letra gire en torno a una vivisección o a iglesias en llamas; el requinto de un bolero le proporciona, por razones similares, otras expectativas. Les Luthiers acuden a los temas recurrentes de determinados géneros a fin de introducir elementos inesperados. En el bolero «Perdónala», por ejemplo, el hombre que lleva la voz principal cuenta que su mujer no lo quería y el trío que le acompaña lo exhorta en un principio a no ser tan duro con ella; a cada consejo sigue un nuevo detalle del rompimiento, que el trío intenta justificar. Pero no solo se trata de una historia romántica que se va desarreglando con aspectos cada vez más absurdos sino de una ridiculización de la forma en que opera un bolero. ¿Por qué alguien se vería en la necesidad de contar sus penas y un grupo de señores en perfecta armonía tendría que responderle, como si se tratara de la voz de su conciencia?

En algunos casos, el experimento de Les Luthiers se concentra en un ingrediente específico de las canciones populares. Es de todos conocido que cuando la inspiración abandona a ciertos letristas, estos llenan los compases que hacen falta con tarareos o con desgarrados gritos de «baby». Para Les Luthiers el que se trate de una convención de la música moderna o de los vestigios del folclore más antiguo no impide que sea materia de innovación. En su «Aria agraria», los humoristas ponen en práctica algo que ellos mismos denominan «tarareo conceptual»: tarareos que tienen sentido con la letra que uno ya estaba interpretando («para sembrarla la ararán a la tierra, para sembrarla la ararán, la ararán»).

Y es que, a veces, ni siquiera han sido necesarios los juegos de palabras. En «Rhapsody in balls», el elegante blues ejecutado por Carlos Núñez Cortés es interrumpido en repetidas ocasiones por el sonido que Jorge Maronna extrae de unos balones. Descrito de este modo, la secuencia parece como de La pantera rosa, pero lo realmente gracioso de la ejecución no proviene del gag sino de lo ridículo del instrumento, que obliga a Maronna a ir de un lado de otro de su «bolarmonio». El sketch, sin diálogos, nos recuerda que los instrumentos musicales de uso común son en realidad objetos a menudo estrafalarios que obligan al ejecutante a adoptar posiciones incómodas a las que hemos revestido de cierta honorabilidad.

Las exploraciones humorísticas de Les Luthiers alrededor de la música incluyen, por supuesto, las angustias de los que la componen. A diferencia de Bernstein, para quien el humor musical debería apreciarse en el desenfado de un scherzo o en la revisión paródica de piezas clásicas, Les Luthiers no se han limitado a ridiculizar la estructura de las obras sino que se han reído de las condiciones que las hacen posibles. Está el caso, por ejemplo, del monje capuchino Guido Aglialtri, que mientras libra una batalla espiritual entre la lujuria y la abstinencia voluntaria, debe componer un canto gregoriano para la educación sexual de los jóvenes. También se pueden citar las acusaciones de plagio contra el celebrado Johann Sebastian Mastropiero, que incluso ha copiado las memorias de un rival, Günther Frager (la apropiación era tan descarada que uno de los capítulos conservaba el título de «Mastropiero es un miserable»). En el sketch «La comisión», un partido que acaba de ganar las elecciones presidenciales ve en los nuevos tiempos políticos una buena oportunidad para realizar cambios en el himno nacional. Dos de sus representantes visitan al «maestro Mangiacaprini», talentoso compositor de cumbias, para que introduzca sutiles alteraciones al himno (tener un nuevo enemigo para la nación a fin de que no siga siendo España con la que ahora se tienen buenas relaciones, o incluir versos que alienten la inversión extranjera). La parte final del nuevo himno debería sugerir un mensaje proselitista a favor del reciente gobierno, con el noble propósito de que en los siguientes periodos la obra social del partido continuara… o comenzara al menos.

—Vamos a tener una abundante partida presupuestaria para esta comisión —le explican los miembros del partido a Mangiacaprini—. Eso quiere decir que si usted va con nuestra recomendación sus honorarios van a ser realmente elevados. Y, discúlpeme que se lo diga con cierta crudeza, pero a usted le conviene que seamos amigos… cuando digo amigos estoy hablando de un 20%.

—¡Yo no puedo traicionar mi honestidad y mis principios! —se enoja el compositor— ¡Cómo les voy a dar el 20% de mis honorarios!

—Pero, maestro, por quién nos ha tomado —aclara uno de los políticos—. El 20% es para usted.

Como dice el clásico: es gracioso porque es real.

Con estos antecedentes uno esperaría que la historia de unos músicos de humor que ganan un prestigioso premio por encima de candidatos como Martin Scorsese, Martin Baron y la Feria Internacional del Libro de Guadalajara termine siendo materia de un delirante sketch.

Publicado originalmente en Letras Libres.

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