Escribir un ensayo se parece a formar una banda de rock

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Alguna vez, en la preparatoria, le escuché a un maestro de literatura explicar en qué consistía la tragedia: es como la salsa, pero sin trompetas. Al final todo va a salir mal, decía, Simón el gran varón va a morir de una extraña enfermedad o un rey acabará en el destierro después de descubrir que se ha casado con su madre y asesinado a su padre. En fin, que si tuviera que explicar a un grupo de adolescentes lo que es un ensayo, diría que el ensayo es el rock de los géneros literarios, entendiendo el rock más como una experiencia que como un conjunto algo estridente de elementos musicales. El rock no solo es yoísta sino que ha hecho de su yoísmo una marca de identidad: despreocupada a lo grunge y llamativa a lo glam, contestataria a lo punk e intensa a lo power ballad. El ímpetu con el que lo practican los más viejos no intimida a los recién llegados. Al contrario: los incita a tomar una guitarra y, a pesar de no tener mucha idea de nada, intentar hacer música.

Más que de improvisar (improvisan los líderes de opinión y los jazzistas), en el rock y el ensayo de lo que se trata de ir resolviendo, sobre la marcha, algunos problemas de construcción. Se trata de seguir intuiciones si por intuición entendemos aprovechar lo que hemos aprendido casi sin darnos cuenta en decenas y decenas de discos, canciones y sesiones de Rock Band. Se trata de imaginar música con los recursos limitados con los que contamos. El rockero amateur sabe que si tiene dos guitarras, un bajo y una batería, el resultado no se va a parecer a la Júpiter de Mozart, y sin embargo, algo le hace creer que es posible, con esos mismos ingredientes, sonar como Helloween, Carcass o Led Zeppelin.

Escribir un ensayo es como ensayar con tu grupo de rock. Tienes que lidiar con la altanería de los otros, conciliar nociones distintas de lo que es un buen riff. Tienes que ser egocéntrico, pero no del modo en que es egocéntrico alguien como Chayanne, porque, en principio de cuentas, ni siquiera sabes bailar. Es decir: debes estar convencido de que acaparar toda la atención no es una buena idea. Por eso estás dentro de una banda. Tienes, en todo caso, que aprender a pasar inadvertido y pedir los reflectores cuando sea el momento. Construir sabiamente el camino que conduce al solo de guitarra.

En esta descripción rockera de lo que significa escribir un ensayo subyace la idea de «ensamble». Eso es diferente a componer, una palabra que remite a un hombre con peluca junto a un clavecín, tocando las partes de alguna melodía y apuntándolas en una hoja de papel pautado. Pero ensamblar es una actividad colectiva y es problemática, porque nunca deja de llevar de una dificultad práctica a otra. Echar mano de qué sonido para lograr qué efecto. Lo mismo cuando se escriben ensayos: ¿es este el momento de usar una cita, una comparación, una sucesión de preguntas? No cualquier recurso es afortunado, como lo sabe todo aquel que ha querido obtener metal progresivo de una guitarra Espinosa y el que ha buscado extraer una reflexión filosófica de un chiste. Pero aun cuando no tengamos maldita idea de teoría musical, toda la música que nos ha dicho algo a lo largo de nuestra vida nos ha dado la pauta de cómo debe sonar una buena canción. Ese convencimiento se vuelve indispensable a la hora de construir una pieza, incluso si solo tiene tres acordes o tres libros con algunas ideas en común. 

¿Es excesiva esta insistencia de hablar de literatura con ejemplos musicales? Es, al menos, muy ilustrativa. En ninguna otra manifestación popular estamos tan poderosamente pendientes de la forma como con la música: una obra musical es, en el sentido más frío, una sucesión de decisiones formales; no solo qué nota sigue a qué nota, sino —como rápido aprende el rockero que arma su banda— por qué esta guitarra limpia suena bien al inicio de nuestra canción y qué tan bueno sería que se distorsionara al momento de entrar el coro. Ser parte de una banda de rock es una lección invaluable de cómo tomar decisiones formales.

Una manera muy útil de iniciarse tanto en la escritura de ensayos como en las peripecias de una banda de rock es pensar a quién no nos queremos parecer. Hacer una lista de cosas que odiamos en las obras ajenas: los chistes sin sentido, los acordes de quinta, el tono de aquel que todo el tiempo se está tomando en serio a sí mismo, los cencerros, la erudición aburrida, el bajo galopante, el abuso del lenguaje poético, las estrofas rapeadas, las metáforas pobres, las enumeraciones. No tenemos que estar conscientes todo el tiempo de esos vicios, pero se trata de una buena guía al momento de borrar. Exactamente lo mismo que sucede cuando, a mitad de tu magna creación postpunk revival, el guitarrista propone algo que te recuerda a «¿Dónde jugarán los niños?» y piensas que quizás sea tiempo de cambiar de guitarrista.

Esa maniobra de ir identificando los detalles que nos gustan de los que no nos gustan tal vez sea una manera demasiado cómoda de afrontar los retos de la forma, pero hace evidente ese proceso de prueba y error que, para mí, define al ensayo. Una de las mayores satisfacciones de la composición amateur colectiva es la experiencia de que tu canción parece escrita por alguien más, porque en mayor o menor medida eso es: una serie de negociaciones de fragmentos que quizás tenían que ver entre sí. ¿Cómo lograr que esa labor de construcción tenga que ver contigo? Ese es acaso el principal aprendizaje de escribir ensayos.

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