La silla de Glenn Gould

GOULD-2-jumbo

Por KEVIN BAZZANA

El símbolo más imperecedero de la excentricidad de Glenn Gould fue su silla. Quería una silla inusualmente baja, una silla que tuviera «la elasticidad» que él necesitaba, tanto de atrás hacia delante como en diagonal, a fin de que se acomodara a sus movimientos mientras tocaba. Requería un asiento que hiciera pendiente hacia delante («Tengo que sentarme en el borde») y un respaldo inclinado más de noventa grados, que satisficiera el «ángulo ocioso» que le gustaba para sentarse. Ningún banco para tocar el piano satisfacía sus necesidades, de manera que en 1953 su padre Russell Herbert Gould adaptó una silla de madera plegable, ligera, de respaldo alto. «Tuve que serrar cada pata unos doce centímetros —le contó a Otto Friedrich—, hice una escuadra de latón alrededor de cada pata y la atornillé, y entonces soldé la mitad de un tensor a la escuadra de latón de modo que cada pata pudiese ajustarse individualmente.» La silla situaba a Gould a unos 35 centímetros del suelo, lo cual todavía no bastaba, pero dado que las rodillas estaban ya a mayor altura que las posaderas, no resultaba práctico bajar más el asiento. Así pues, fabricó una serie de bloques de madera que le permitían alzar el piano unos tres centímetros, con lo que él quedaba, en efecto, a poco más de treinta centímetros del suelo.

La silla que construyó su padre era perfecta, y Gould la utilizaría en todos los conciertos y grabaciones, en cada ensayo y sesión práctica que realizara durante el resto de su vida. Se la llevaba a todas partes o la despachaba, si era necesario, en un embalaje especial, a menudo con costes considerables, y en alguna ocasión se extravió o sufrió daños en el trayecto. A finales de los años cincuenta la silla estaba ya tan gastada que a veces su público temió que cediera bajo su peso. Engrasarla se convirtió en uno de sus rituales previos a la actuación, aunque seguía chirriando durante los conciertos, y algunos de sus chirridos han quedado registrados permanentemente en sus grabaciones. Al final hubo que sujetar con cinta adhesiva y alambre el armazón, y el asiento se deterioró con el uso: el relleno se fue saliendo de manera gradual del tapizado de piel sintética, que también acabó por deshacerse. Uno casi puede fechar las fotografías y las películas de Gould a partir del estado de la silla. A mediados de los años setenta se sentaba sobre el armazón pelado, con un soporte de madera que recorría de atrás hacia delante la zona donde descansaban las posaderas, y aun así nunca se le oyó quejarse al respecto. Con el paso de los años hizo enormes esfuerzos por encontrar (e intentó que le construyeran) una silla de madera o de metal nueva y más resistente, pero nunca halló una sustituta adecuada. La silla de su padre devino un talismán para Gould, un amuleto que le transmitía seguridad y del que dependía.

En Vida y arte de Glenn Gould (Turner, 2016).

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