Cómo (por poco no) llegar a Matanzas

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A MJ le había parecido buena idea ir a la playa la mañana siguiente al concierto de los Rolling Stones. A juzgar por los nueve autobuses que se estacionaron uno tras otro cerca de nuestro hotel en La Habana el resto de los huéspedes había tenido una idea similar y había acudido a una empresa turística, exactamente lo que nosotros no habíamos hecho. Aunque, como se verá más adelante, pagamos caro nuestro incipiente espíritu aventurero, en esos momentos nadie estaba siendo particularmente feliz. Durante cuarenta minutos vi a decenas de extranjeros pasar del letargo propio de los animales que se fingen muertos a la euforia casi sexual cada que una señorita con uniforme de la empresa Transtur entraba gritando «¡Varadero!». Para la desesperación general no eran pocos los que tenían que regresar al estado de reposo original una vez que comprobaban que su turno todavía no había llegado.

MJ y yo estábamos en el lobby del hotel esperando a un hombre alto y huesudo llamado Lázaro que habíamos conocido la tarde anterior y del cual no sabíamos prácticamente nada salvo que había prometido llevarnos a Matanzas por treinta CUCS (treinta dólares, más o menos). El acuerdo lo habíamos concertado a las afueras de una terminal de autobuses a reventar, custodiados por tipos que trataban de convencerte de viajar a Viñales, especialmente si no tenías idea de dónde carajos estaba Viñales y qué podrías esperar de la vida una vez que llegaras allá. Así las cosas, la oferta de Lázaro parecía la propuesta más razonable para alguien desesperado por salir de La Habana. Por desgracia se trataba también de un fraude: para la mañana siguiente, Lázaro llevaba casi una hora de retraso y no había indicios de que fuera a aparecer. La angustia que produce en los turistas la demora es algo que los taxistas cubanos saben decodificar a la distancia. Después de ocho intentos en los que me paraba en la puerta del hotel y buscaba a Lázaro en el horizonte, un tipo de lentes oscuros se acercó hasta donde me encontraba y se ofreció a llevarnos a Matanzas por ochenta CUCS.

—Estamos cortos. Podemos darte sesenta.

—Hermano, nadie va a Matanzas por menos de setenta. Son 145 kilómetros a Varadero, menos cuarenta para Matanzas. No alcanzaría ni para la gasolina.

Hay menos distancia entre La Habana y Matanzas que entre La Habana y Varadero, y no obstante el taxista había presentado la información de tal modo que, sin mentir, parecía estar dispuesto a recorrer media isla para llevarnos a nuestro destino.

—Bueno, dejémoslo en setenta.

El viaje a Matanzas dura por lo regular una hora con quince. El mismo viaje con un conductor incapaz de orientarse por las calles de Matanzas podría significar veinte minutos de retraso. Ni uno más, según la confiable experiencia de varios amigos míos. No fue eso lo que sucedió.

—No conozco bien Matanzas —dijo nuestro chofer, mientras estacionaba el automóvil—, ¿tienen por ahí apuntada la dirección a donde hay que ir?

MJ le dio la libreta donde había consignado con tinta verde los datos de la casa particular donde nos hospedaríamos. El taxista bajó y habló con un par de adolescentes que estaban en una esquina. Volvió en cuestión de segundos.

—Compañera, tenemos un problema con tu letra. ¿Me puedes decir qué dice aquí?

—Dice «Línea 2da.» —contestó MJ.

—Pregunto de nuevo.

Dentro del carro se hizo ese silencio tenso del que abusan los narradores cuando no tienen nada que contar. El taxista se acercó entonces acompañado de un octogenario. Por la manera en que entrecerraba los ojos podía jurar que no era capaz de decirnos qué había más allá de la siguiente cuadra.

—Miren, el compañero vive en Matanzas y no ubica la dirección. Queremos saber qué dice acá.

—Línea 2da. Esquina con Callejón de los Desamparados —volvió a decir MJ.

—Línea 2da. Línea 2da. Eso es del otro lado, tienes que cruzar el puente —dijo el anciano no muy convencido.

—Del otro lado del puente me mandaron para acá.

—Por eso, sigue por aquí y cuando termine la calle das la vuelta y cruzas el puente.

—¿Cómo que «cuando termine la calle»? ¿Cuándo voy a saber que terminó la calle?

—Pues aquí las calles terminan, compañero. Esto no es La Habana.

—Hermano, soy guajiro; explícame en guajiro: avanza, doblas a la derecha, una cuadra, dos cuadras. Así sí entiendo.

—Avanza por esta calzada, llegas al semáforo. Esperas a que se ponga en verde…

—Her-ma-no…

—Línea 2da. ¿Eso es lo que dice acá?

El anciano se acercó la libreta al rostro. El chofer se la arrebató para leer de nuevo.

—A mí me parece que dice «Línea santa».

MJ, que había escrito la dirección, insistía en que ahí decía «Línea 2da.».

—Tengo el teléfono de la persona que nos va a recibir, podemos hablarle —añadió tímidamente, pero el chofer y el anciano estaban demasiado concentrados en su propio análisis del manuscrito.

—¿Sabe o no sabe, compañero?

—A ver lo leo de nuevo, «Línea…» ¿Con qué tipo de lápiz escribieron esto?

Yo mientras tanto distraía a MJ para que no sacara un objeto punzocortante de la bolsa, que es lo que cualquier persona sensata habría hecho a estas alturas.

—¿No tienen el teléfono de la señora?

—Sí —respondió MJ tomando aire por décima vez—. Debajo de la dirección aparece.

El chofer marcó desde su celular.

—Hola, compañera. Tengo acá a un par de amigos mexicanos que van a hospedarse con usted. No encontramos su dirección. Le voy a pasar a un compañero, de acá de Matanzas, para que le explique bien cómo llegar.

Cuando el octogenario tomó el celular, toda mi capacidad cerebral se estaba dirigiendo a tratar de entender por qué seguíamos confiando en ese hombre.

—Dígame, compañera… Ah, el parque Maceo sí lo conozco.

Colgó.

—Me dice que vayan al parque Maceo y que ahí busquen al «hombre de la boina roja».

—Dios mío, lo que nos hacía falta: un hombre con una boina roja —comentó en voz baja MJ.

—¿Y cómo llego al parque Maceo? —preguntó el chofer.

—Es lo que te voy a explicar: avanzas por esta calzada hasta el semáforo…

—Hermano, mejor ven con nosotros.

La última vez que había escuchado esa frase, había sido en una conversación familiar y la cosa terminaba con alguien convirtiéndose al Evangelio. Sentí un leve escalofrío. Recorrimos unas cinco cuadras.

—Este es el parque Maceo y no está el hombre de la boina roja —advirtió el viejo—. Llamen otra vez a esa mujer y díganle: «Ya estamos en el parque Maceo y no vemos al hombre de la boina roja».

Sin embargo, un hombre de gorra roja ya estaba muy cerca del auto manejando una bicicleta. Hizo señal de que lo siguiéramos.

—¡El hombre de boina roja! ¿De dónde salió? —exclamó con desesperación el anciano como si de repente hubiera recibido la visita de un segador demasiado esquelético para ser humano.

Ninguno de los tres lo hicimos caso. Para nosotros lo importante era que el recién aparecido no se nos fuera a perder de vista. Y teníamos razones suficientes para enfocar toda nuestra atención en un solo individuo. «Línea 2da.», según pudimos comprobar minutos más tarde, era una calle de tierra que no había forma de identificar a menos que hubieras nacido en ella.

El taxista bajó las maletas con el mismo alivio de quien se deshace de un cadáver incómodo. Antes de subir de nuevo al auto, me dijo en tono cordial:

—¿No tienes un peso para el compañero?

Era prácticamente lo único que me quedaba en el bolsillo.

 

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Un comentario en “Cómo (por poco no) llegar a Matanzas

  1. No he ido a Cuba, pero lo que escribiste me recordó muy bien lo que me tocó vivir cuando fui al Perú.
    Divierte bastante leer y contar estas situaciones, pero vivirlas es una experiencia muy distinta.
    Estuvo chido. Me pregunto qué habrá pasado con Lázaro

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