Mapa dibujado por un turista

MapaCuba2

Estuve en Cuba entre el 23 y el 29 de marzo: demasiado tarde para coincidir con Barack Obama pero a tiempo para ver a los Rolling Stones. En el número de junio de Letras Libres aparecerá una crónica cuyo eje es el concierto. Sin embargo, no quise dejar fuera algunas notas que tomé durante el viaje:

Esculturas para levantar el ánimo

En la Plaza de la Revolución, frente a la icónica imagen del Che, el visitante puede ver el relieve escultórico de Camilo Cienfuegos en la fachada del Ministerio de Comunicaciones. Tres palabras acompañan a la imagen: «Vas bien Fidel». Da qué pensar que la frase más significativa de un héroe forjado en el seno de la lucha armada, sea el equivalente al «Cámara, maestro» con que algunos de mis amigos concluyen sus conversaciones por WhatsApp. Patricia Nieto, editora de Letras Libres, me dice que el asunto sería tan vergonzoso como que, para honrar su memoria, la posteridad recogiera la frase que con más frecuencia ella escribe: «Hola, ¿recibiste mi mail?»

La leyenda cuenta que «Vas bien Fidel» ni siquiera surgió de una iniciativa del propio Cienfuegos, en el entendido de que haya llegado un sábado en la mañana a decirle al resto de la tropa: «Amigos, amigos, se me ha ocurrido algo». Se supone que el mismo Fidel preguntó «¿Voy bien, Camilo?», lo cual reduce la capacidad verbal de Cienfuegos a responder una oración de tres palabras con otra de una extensión similar.

MJ se pregunta si el absoluto desprecio de las comas vocativas también es un logro de la Revolución. Podría ser. Lo único que nos queda claro es que siempre que un amigo tenga continuos momentos de desasosiego, podemos sugerirle construir una escultura gigante que le diga que lo está haciendo mejor de lo que piensa.

No busco puros ni PPG, solo una maldita conexión a internet

En Cuba, la comunicación puede llegar a ser un dolor de cabeza. En principio de cuentas, para tener servicio de internet, uno necesita comprar unas tarjetas de la empresa estatal Etecsa. El procedimiento se parece mucho al modo en que mi generación aprendió el concepto de «telefonía móvil»: rascando una ficha con una moneda. El segundo problema es hallar un sitio con wifi (tan escasos en Cuba que las profecías recomiendan fundar un pueblo y, posteriormente un imperio, ahí donde lo encuentres). MJ y yo llegamos al hotel Habana Libre, donde, según nos habían comentado, el milagro de la red podía acontecer ese día. Sin embargo, el servidor había caído en desgracia y no se tenían pronósticos optimistas para esa mañana. Una persona amable nos dijo que quizás en el restaurante de enfrente pudiera haber señal. La había, en efecto, pero nadie tenía tarjetas. Al ver nuestra desesperación, una señora que estaba en el restaurante solo señaló, sin decir palabra alguna, a un grupo de jóvenes que se encontraban en los alrededores de un arriate, del otro lado de la calle. Nos acercamos. Al menos unas treinta personas, entre extranjeros y cubanos, se encontraban mirando sus celulares con los audífonos puestos, que es más o menos un paisaje típico de Occidente y por eso no nos habíamos percatado de lo excepcional que era en este contexto. Uno de los chicos, de no más de dieciocho años, nos hizo el ademán de un cuadrado pequeño que podía significar, según la imaginación de cada quien, una tarjeta, un paquete de coca o una placa para cultivar bacterias. Le dijimos que sí, casi sin pensar. De la funda de su smartphone sacó una tarjeta que en realidad era un papel mal impreso con una clave. Entendí de repente que aquella transacción podía compararse más con la compra de un acta de nacimiento que con la de un disco pirata. Volvimos al restaurante. Por un momento MJ y yo temimos haber sido estafados, pero la contraseña funcionó. La señal de la red era débil como nuestro optimismo y se extinguió apenas MJ y yo pudimos corroborar con una amiga que nuestra gata Sunny estaba en buen estado.

—¡Son héeeeeroes! —gritó MJ desde el interior del restaurante a los chicos que vendían tarjetas.

Los vendedores que odiaban tu falta de vicios

—Niño, ¿a ti no te interesa una caja de diez puros por diez pesos? —me dice una señora en las escalinatas del cine Yara—. Mira que no vas a encontrarlos a mejor precio.

—No, señora, gracias. No fumo.

—Mira que cada uno viene con su sello.

—Es que no fumo.

—Pero para tus familiares.

—Tampoco fuman.

—Para regalar a tus amigos.

—No quisiera que fumen.

—¿Para qué vienes tú a Cuba si no te llevas unos puros?

—Es que no me gusta el olor de los puros.

—Bueno, niño, ¿y un cucurucho de maní no te interesa?

Veinte mil reglas para el viaje submarino

MJ me había prometido que la experiencia de esnorquelear, en medio del silencio y rodeado de peces, «cambiaría mi vida» y le creí. Viajamos veinte minutos de Matanzas a Playa Coral, a fin de conocer los arrecifes, pero, bajando del taxi, uno de los instructores nos dijo que estaban a punto de irse a su casa.

—Es una pena, no sabía que cerraban a las cuatro.

—Miren, amigos, podemos rentarles el equipo y ustedes se lo dejan al cuidador cuando terminen.

Nos pareció una magnífica idea.

—¿Los dos saben nadar?

MJ y yo respondimos al mismo tiempo:

—Específicamente, ¿qué estamos entendiendo por «nadar»?

—Él no sabe.

—En esta playa tenemos tres reglas —precisó—: uno, usar chaleco salvavidas; dos, cuidar el equipo que les rentamos; tres, ser acompañados los primeros diez minutos por el instructor. ¿Saben por qué? Porque si entran solos pueden toparse con esto.

Entonces apuntó a una de las fotografías de corales que se encontraban en un pendón.

—Esto, amigos, es el PELIGROSO CORAL CEREBRO. Desde el momento en que ustedes lo tocan empiezan a sentir como si les arrancaran la piel. ¿Entendido?

Yo no necesitaba mayores estrategias disuasorias, pero el instructor pensó que sería más convincente si señalaba un hecho en concreto.

—Miren a esa niña. Esa niña que está allá no hizo caso a las reglas y véanla ahora llorando.

Al mismo tiempo que el hombre nos advertía de los peligros de desobedecer las normas de la playa, un joven estadounidense pasó corriendo hacia el mar.

—¡Oiga, las reglas! —gritó el instructor, antes de volver a nuestra conversación—. Esa gente cree que puede venir aquí a hacer lo que quiera. Pero esta no es playa privada, sépase usted. Aquí el que manda es el Estado.

La izquierda necesaria

—Para que algo funcione en Cuba hay que hacerlo «por la izquierda» —me dice un taxista mientras conduce hacia el Bosque de La Habana.

—¿Y eso cómo es?

—A espaldas del gobierno.

Publicado originalmente en Letras Libres.

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