Volver a la trama

Thrilling Tales2

Por MICHAEL CHABON

Imaginemos que, en algún momento alrededor de 1950, se hubiera decidido, colectivamente, informalmente, poco a poco, aunque de modo definitivo, proscribir del canon del futuro cualquier clase de novela salvo el nurse romance: la novela romántica protagonizada por enfermeras. No solamente del canon de la crítica sino también de las librerías y las bibliotecas. A nadie le pagarían, ni lo publicarían, ni lo tomarían en cuenta los dioses de la literatura si osara escribir cualquier tipo de ficción que no fuera un romance con enfermeras. Gracias al orgullo y la gran fe que siento por la brillantez, el rigor y la diversidad de los escritores estadounidenses del último medio siglo, creo que de esta decisión extraña, en ese país hipotético, habrían salido al menos una docena o más de auténticas obras maestras. La enfermera del Blitz, de Thomas Pynchon, por ejemplo, o Ruth Puttermesser, enfermera, de Cynthia Ozick. Pero imagino, sin embargo, que este subgénero particular ya estaría un tanto desgastado para este momento; cualquier subgénero, incluso uno menos limitado en sus elementos y posibilidades que el del romance con enfermeras. Durante el último año, en ese mundo extraño y disminuido, hay alguien, en algún lado, que ya debe haber cerrado su ejemplar de El doctor Kavalier y la enfermera Clay de Michael Chabon con un suspiro de hartazgo y exclamando: «¡Seguro, seguro que una novela puede hacer más que esto!»

En vez de «la novela» y «el romance con enfermeras», intente este pequeño experimento con «el jazz» y «el bossa nova», o con «el cine» y «las comedias sobre un “pez fuera del agua”». Ahora vaya e inténtelo con «el cuento» y «las historias de ambiente contemporáneo y cotidiano, sin trama, con revelación en un “momento de la verdad”».

De pronto usted se encuentra de vuelta en su propio universo.

Está bien, lo confieso. Yo soy ese lector aburrido, en ese mundo limitado, y estoy cerrando mi libro con un suspiro; solo que el libro es el mío, y está lleno de mis propios cuentos, sin ningún argumento y cubiertos de rocío epifánico. Una crisis (palabra muy querida por los tediosos hacedores de discursos) en mi actitud hacia mi trabajo cuentístico fue en gran medida la causa que me hizo retroceder en la corriente del tiempo alternativo, de vuelta al mundo como era antes de que se tomara esa decisión fatal y perversa.

Hasta 1950, si yo hablaba de «narrativa breve» podía referirme a cualquiera de los siguientes tipos de historias: cuentos de fantasmas; cuentos de detectives; también historias de suspenso, terror, fantasía o de lo macabro; el cuento de marinos, de aventuras, de espías, de guerra o histórico; el cuento de romance. En otras palabras: cuentos con trama. Un vistazo a cualquier polvosa antología en rústica de cuentos clásicos prueba la verdad de esta afirmación, pero lo más sorprendente son los nombres de los autores de estos textos tremendos: James, Balzac, Maugham, Conrad, Twain, Wharton, Coppard, Faulkner, Graves, Cheever, Poe. Todos eran pesos pesados, y en algunos, considerados entre los gigantes del modernismo, fuente de la historia con ese «momento de verdad» que, como el Homo sapiens, apareció relativamente tarde en escena aunque se las ha arreglado con rapidez para eliminar a todos sus rivales.

La narrativa breve, en toda su rica variedad, se publicaba no solo en las revistas baratas que nos dieron a Hammett, Chandler y Lovecraft, entre otros pocos escritores más o menos consagrados hoy dentro del canon, sino también en las grandes y elegantes revistas de aquel tiempo: The Saturday Evening Post, Collier’s, Liberty e incluso The New Yorker, orgulloso bastión del cuento con «momento de verdad» que solo en fechas recientes, y no sin controversia, hizo espacio en sus augustos anales para autores como Stephen King, el último maestro del cuento con trama. Con mucha frecuencia esos cuentos tenían bastante historia y color para ser base de un largometraje de Hollywood. Adaptados para el cine y la radio algunos como «La pata de mono», «Lluvia», «El juego más peligroso» o «Incidente en el Puente del Búho» han sido imitados y parodiados, y han visto sus átomos dispersos en la corriente general de la imaginación nacional y el dominio público.

Hace unos seis meses, hablaba de todo esto con el señor Eggers, el editor de McSweeney’s, y le decía cosas como: «De hecho, Dave, las historias de horror son pura psicología» o «Todos los cuentos, en otras palabras, son cuentos de fantasmas, relatos de visitaciones y reconocimientos de las huellas del pasado». Envalentonado por el hecho de que aún no lo había dejado inconsciente del todo, seguí diciendo que mi mayor sueño en la vida (aparte de oír «Dust in the wind», de Kansas, interpretada por un mariachi) era publicar algún día una revista propia, una que reviviera las variedades perdidas del cuento, tradición que yo entendía como la de grandes escritores escribiendo grandes historias. Publicaría trabajos de autores «no de género» —que como yo se encontraran a disgusto con las restricciones de la proscripción— y de maestros reconocidos de novelas de subgéneros, de los que cincuenta o sesenta años atrás hubieran publicado cuentos con regularidad, pero ahora no tuvieran un mercado amplio o más espacios abiertos para textos breves. Y pondría también una novela por entregas, para que la tradición llegara a los días de The Strand y Argosy. Y…

«Si te dejo ser el editor invitado de un número de McSweeney’s», dijo el señor Eggers, «¿podríamos, por favor, dejar de hablar de esto?»

Este Espectacular de cuentos (McSweeney’s Mammoth Treasury of Thrilling Tales) es el resultado de aquel noble gesto. Dejo que el lector decida si el experimento tuvo éxito. Sí diré, sin embargo, que mientras estuvieron trabajando en sus historias, muchos de los escritores aquí reunidos me contaron, vía alegres mensajes de correo electrónico, que ya habían olvidado lo divertido que puede ser escribir un cuento. Creo que también hemos olvidado lo divertido que puede ser leer un cuento, y espero, en el peor de los casos, que esta colección nos aproxime, aunque sea un poco, a recordar esa verdad perdida, pero fundamental.

Presentación a Espectacular de cuentos (Castillo, 2015).

Traducción de Alberto Chimal y Raquel Castro.

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