Erotismo, porno en sepia

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En 2015, el cantante Morrissey, personaje imprescindible para la educación sentimental de miles de personas alrededor del planeta, recibió el Bad Sex in Fiction Award, el galardón que cada año distingue a las peores escenas de sexo aparecidas en lengua inglesa. Una rápida revisión a List of the lost, la novela con la que se hizo acreedor a semejante reconocimiento, es suficiente para convencer a cualquiera de que, a diferencia de otros galardones, en esta ocasión se hizo justicia: «Los senos de Eliza —se lee en alguna parte del libro— giraron por la aullante boca de Ezra y el doloroso frenesí de su saludo protuberante extenuaba su emoción, mientras golpeaba cada músculo del cuerpo de Eliza, excepto por la zona central.»

Nadie está muy seguro de si esto pretendía ser erótico pero la constante sospecha de que hay algo sexual detrás de palabras como extenuante, doloroso y protuberante nos hace pensar que esa era la intención. Sin embargo, los tropiezos de Morrissey no parecen ser un hecho aislado sino acaso la temible constante en el terreno literario. Desde hace más de una década, la lista de nominados al Bad Sex in Fiction Award no deja de sorprender: Aleksandar Hemon, Joshua Cohen, Erica Jong, George Pelecanos, Haruki Murakami, Michael Cunningham. No son en absoluto malos narradores y, en algunos casos, se trata de autores que han demostrado su capacidad para hablar de conflictos morales o persecuciones en coche, pero que han fracasado al momento de poner algo de ambiente y vivacidad a los encuentros sexuales.

No se trata, como pudiera pensarse, de un asunto exclusivo de autores no eróticos. En Emmanuelle, de Emmanuelle Arsan, un clásico del género cuya saga fílmica transitó sin aspavientos de la jungla al espacio sideral, encontramos descripciones como la siguiente: «El hombre la había cogido por las caderas, por detrás. Introdujo una pierna entre las de Emmanuelle y penetró en ella con una acometida rectilínea, irresistible, que facilitaron tanto la absoluta rigidez de su pene como la humedad del sexo de Emmanuelle.» ¿Qué es lo que en realidad sucede con una escena de este tipo? No es, quizás, que la narradora no haya sabido nombrar a cada parte del cuerpo como que cada una de esas partes aparezca acompañada más o menos de los mismos adjetivos y ejecutando acciones muy parecidas. Si uno busca en los vastos archivos de literatura erótica, los penes solo pueden ser descritos como «rígidos» del mismo modo que los compromisos solo pueden ser «firmes» en los discursos gubernamentales. Las espaldas se arquean todo el tiempo, los pechos se bambolean cada diez páginas. Incluso la inercia se mantiene al nivel de las historias: alguien termina viendo cómo dos desconocidos se aparean, hay un momento incómodo en un tren, echada en la hierba una chica habla de sus sentimientos:

«—¡Me estás matando! —gritó la mujer.» (El semental negro, de Narcissa Brown).

«—¡Me haces daño! —exclamó ella.» (Deliciosamente libertinas, de Georges Bernard).

Para ser la cosa que, según Sigmund Freud, está moviendo al mundo, el coito parece algo bastante aburrido y artificial si solo tomamos en cuenta la cantidad de malas escenas sexuales que pueblan los libros. Chesterton decía que era urgente escribir un ensayo acerca de las «buenas historias echadas a perder por los grandes escritores» y es una verdad universalmente aceptada en que en ese ilustre repertorio el sexo tendría que ocupar un lugar sobresaliente, lo cual entraña una inquietante paradoja. Consideremos, en primer lugar, que hay situaciones que exigen un enorme esfuerzo imaginativo para el escritor: el comerciante que amanece convertido en un insecto o la invasión napoleónica en Rusia son buenos ejemplos porque no se trata de hechos que sucedan todo el tiempo. Sin embargo, ¿por qué es tan difícil que alguien describa, al menos de manera efectiva, un encuentro sexual? Uno esperaría que el sexo, a diferencia de digamos atrapar una ballena blanca, resulte familiar para un buen número de escritores, pero los magros resultados en las descripciones eróticas me hacen pensar que esa aparente obsesión por considerar a la cópula como un asunto excepcional es parte del problema.

Como en aquella lamentable escena en la película Watchmen, tenemos la superstición de que toda cogida se redime si pones «Hallelujah» de Leonard Cohen en los altavoces. Pero hay algo más feo todavía: una extendida creencia de que la literatura consiste en echar mano de esa clase de trucos para lograr cierta poesía o, al menos, cierto filtro sepia en la imagen para que nada parezca en realidad tan chabacano. Mario Vargas Llosa ha llamado «erotismo» a esas estratagemas, cuya mayor virtud es «sublimar el placer físico rodeándolo de rituales y refinamientos que llegan a convertirlo en obra de arte» y por tanto «no es abusivo decir que el erotismo representa un momento elevado de la civilización y es uno de sus ingredientes determinantes». Todo eso suena muy bien en un artículo de opinión hasta el momento en que recuerdas que Vargas Llosa imaginó una escena de Elogio de la madrastra de este modo: «Con los ojos entrecerrados, las manos detrás de la cabeza, adelantando los pechos, [Lucrecia] cabalgó sobre ese potro de amor que se mecía con ella». No existe obra maestra –ni siquiera La guerra del fin del mundo– que te exima de haber usado la expresión «potro de amor» alguna vez en la vida.

La bonita película pornográfica Two Hearts, dirigida por Gloria Leonard y estelarizada por Racquel Darrian, presenta a un sujeto que tiene tatuado el sentido de la vida en su pene. La trama gira en torno al modo de volver legible tan trascendental mensaje, a fin de satisfacer las inquietudes existenciales de media humanidad. Un grupo de chicas decide poner a tono al protagonista con el propósito de obtener dicha revelación por caminos poco ortodoxos (o muy ortodoxos, según se vea). Este no es lugar para contar si las damas en cuestión logran o no su cometido, pero baste decir que la tentativa consume dos horas de video. Aunque parezca una premisa ridícula, Two Hearts ilustra a la perfección el principal problema de la literatura erótica: está obsesionada con buscar una epifanía cada que alguien coge.

Cuando en la novela de Matthieu Delcourt, Castigos voluptuosos, la joven Angelita, siguiendo la pista de unos ruidos extraños en el cuarto de al lado, descubre a su hermano Jacques y a la desvergonzada Josette en pleno acto, necesita demostrar una capacidad de conmoción semejante a la que experimentó San Agustín cuando vio por primera vez a San Ambrosio leer en silencio. Es decir, a partir de una idea bastante difundida de lo que debe ser la literatura erótica, el narrador se esfuerza en cada línea por dejar en claro que ese momento estaba definiendo la vida de la protagonista. El cuerpo se humedecía, los pensamientos se agolpaban, el tiempo corría más lento. En fin que todo se transfiguraba y era sagrado.

A mi parecer, uno de los principales problemas de todas esas escenas es que nadie tiene muy claro cuál debería de ser el efecto en el lector. ¿Excitarlo? ¿Obligarlo a reconstruir cada uno de los movimientos corporales en su imaginación? ¿Llevarlo de la mano hacia las motivaciones psicológicas de los personajes? ¿Hacerlo sentir complacido por identificar tal o cual referencia mitológica? Es posible que el sexo de la vida real concentre simultáneamente más de una reacción, incluido el fastidio, pero algo ha fallado en una buena parte de la literatura erótica que no ha sabido trasmitir esa complejidad. A cada rato da la impresión de ser demasiado grave, de dirigir todos sus recursos a simplificar el mundo.

«El deseo sexual del hombre —se asegura en las Memorias de un librero pornógrafo de Armand Coppens— es, con mucho, superior al acto en sí. La mayoría de los hombres están decepcionados en relación a sus expectativas, y pienso que esta frustración explica la constante popularidad de la literatura erótica.» Y sin embargo, las expectativas humanas respecto a todos los demás aspectos de la vida no son menos difíciles de llevar a cabo y eso no explica en absoluto la necesidad de literatura, sea esta de corte erótico, marítimo, metaficcional o cualquier otro. De hecho, la insatisfacción con la realidad en nada aclara por qué nos interesan las vidas de seres más miserables que nosotros, de pescadores que llevan 84 días sin coger un pez a animales que instauran un régimen totalitario en una granja.

«El mundo nace cuando dos se besan», dice el poeta. Y así sucede en la medida en que aceptemos que ese mundo que nace es notablemente más complejo de lo que los escritores eróticos han querido retratar. El sexo importa, eso es verdad, a pesar de que no hemos sabido describir el modo en que llega a ser tan importante. El problema que tengo con la literatura erótica es que constriñe al mundo en unas cuantas convenciones, adjetivos como «húmedo» o verbos como «empalmarse», y en historias en donde a menudo un hombre de mediana edad le enseña a una adolescente placeres que buscan ser insospechados pero son más bien fantasías tópicas que se extienden por una veintena de páginas. Rodeado de ese halo de que quiere ser arte, transgresión y ejemplo de sutileza, el erotismo termina por ser tremendamente serio, por no decir, frecuentemente predecible. Con el porno, en cambio, el resultado es más efectivo: al menos, en su mediocridad, solo pretende ser sucio.

Publicado originalmente en Lee+.

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