Les dejo, este autor no va a publicarse solo (o quizás, sí)

Autopbublicacion

Un folleto impreso en cuché laminado que me encontré hace un par de días en una sala de espera dice en letras muy gruesas: «¿Quieres publicar tu propio libro?» Antes de que uno se pregunte qué beneficio podría traer eso a su vida, el folleto nos responde: «Un libro es el medio más prestigiado para hacer llegar tus ideas a los demás, perdurablemente.» A estas frases —en donde las palabras «libro», «prestigiado» y «perdurablemente» han sido remarcadas en negritas— las acompañan algunas imágenes sugerentes: un hombre mayor que frente a su computadora nos mira con la satisfacción de quien ha recibido buenas noticias de su corredor de bolsa, una mujer de profesión indeterminada que apoya su rostro sobre la palma de su mano, una conferencista que argumenta de modo convincente mientras señala con un lápiz a su interlocutor. «Tú tienes mucho qué compartir —se dice en las páginas interiores—. ¡El mundo quiere saber lo que piensas!»

La empresa que se anuncia con este material brinda servicios editoriales para que cualquiera pueda tener «su propio libro» y lo hace subrayando las desventajas del modelo actual, entre ellas, el bajísimo porcentaje de ganancia para los autores y el hecho de que una obra debe estar «completa, concluida» para que una editorial acepte publicarla. Pero eso es cosa del pasado, continúa el folleto: actualmente no importa si no has encontrado tiempo para escribir un libro o si, en definitiva, nunca lo harás porque «redactar no es lo tuyo», nosotros ponemos a tu disposición a escritores capacitados para llevar tus ideas al papel. De hecho, en las páginas centrales, algunos empresarios y consultores detallan lo gratificante que resulta tener «tu propio libro» y el autor de El ABC de los mapas mentales —con la determinación de quien ha vendido quince mil ejemplares bajo este esquema— nos pide «liberarnos del paradigma editorial tradicional».

Voy a teclearlo de nuevo: el paradigma editorial tradicional.

No es, por supuesto, el único ejemplo de alguien enojado con la industria actual del libro y que ve en la «publicación propia» algo muy parecido a la emancipación. En 2010, Mario Bellatin —«autor de culto + artista de vanguardia + monje sufí», según una descripción publicada en El País— comenzó un proyecto al que denominó «Los libros de Bellatin». Decepcionado de los sellos comerciales que le habían dado cobijo por años, Bellatin decidió publicar él mismo toda su obra «en libros de bajo costo y pequeño formato —todos iguales y escritos de nuevo— para crear una ruta alternativa a la que marca el sistema editorial». A través de un gesto que desacreditaba de un plumazo a la industria en su conjunto, Bellatin daba a entender que una obra no pertenecería por entero a un escritor si este no era capaz de tomar decisiones tan elementales como el gramaje del papel, el número de páginas o las formas de distribución. Ningún contrato convencional, por más generoso que nos pareciera, garantizaría a un autor el control absoluto de su obra, mientras insistiera en separar el trabajo intelectual de los resultados materiales. La autopublicación devolvía al libro su carácter de creación absoluta.

Las diferencias entre ambos ejemplos son abismales, pero un mismo aire de autosuficiencia y una envidiable libertad para imprimir ejemplares feos parece hermanarlos. Hay cierta idea común de que el mundo editorial no basta, aun cuando unos se quejen de tener que escribir sus propios libros y otros de que los usuales procesos de edición vulneren su integridad artística. Por cierto, este último reclamo tiene un especial significado en la república de las letras. Basta enumerar cómo algunos escritores han descrito a los editores para concluir que durante un naufragio no sería a los primeros que llamarían a los botes: «cohortes del diablo» (Goethe), «intermediarios útiles» (Wilde), «unos perros» (Edmund Wilson), «tenderos de mierda» (Céline), practicantes de una «profesión escandalosamente estúpida» (Sendak).

En los últimos quince años, la relación entre autores e industria editorial dio la impresión de experimentar un giro. Las nuevas tecnologías, en especial internet, abrieron como nunca antes la posibilidad de imaginar un mundo sin la intrusión desastrosa del editor tradicional. El desarrollo de plataformas que permitían subir a la red escritos de manera muy sencilla descubrió que millones de personas, entre ellos miles de escritores, tenían «mucho que compartir» y que podían ser leídos sin la necesidad del intermediario útil. En los medios especializados se hablaba de los blogs, esas bitácoras que cualquiera podía administrar en distintos sitios, como la punta de lanza de una revolución, un modelo que cambiaría la forma en que los textos literarios llegaban a las personas y, ya entrados en materia, cambiaría también el sistema editorial mismo. «La popularidad de la escritura en línea se debió, entre otras causas—explica Alberto Chimal en «Escritura y tecnología (redux)»—, a una ilusión triunfalista de muchos aspirantes a escritor: la idea de que publicar en la red, gratuitamente, permitiría a cualquier persona crearse instantáneamente un público.»

En pocos años, con el nacimiento y rápido desarrollo de las redes sociales, se dejó de hablar en voz alta de lo innovadores que eran los blogs para hablar en voz baja de lo desmejorados que se veían. Aun cuando a muchos escritores la plataforma les permitía reunir opiniones, notas de lecturas, artículos publicados en medios de escasa circulación, ya no era ese artefacto que dinamitaría el imperio de las editoriales. A la distancia, sin embargo, sería injusto desechar su legado: gracias a los blogs, los escritores, periodistas, críticos y comentadores de todo tipo ampliaron su perspectiva de lo que significaba «publicar». Publicar nunca fue una palabra sencilla —siglos atrás se usó lo mismo para hablar de una carta clavada en las puertas de una iglesia que de un testamento, un edicto o un volumen salido de un taller de impresión— pero el exitoso crecimiento de la industria del libro nos hizo pensar que solo había una manera de «hacer público» un escrito. Hoy día cuando alguien se refiere a «hacer público» está pensando en muchas acciones y en escenarios no menos disímiles: redes sociales, páginas personales, archivos PDF, e-books independientes, videos, una curaduría de imágenes. Como bien ha planteado Michael Bhaskar en La máquina de contenido (FCE, 2015), internet puso otra vez sobre la mesa la discusión acerca de qué hablábamos cuando hablábamos de «publicar».

En un mundo tan lejano o tan cercano como el de 2003, Heriberto Yépez vio en los blogs «un nuevo mecanismo de presión en contra del reinado (ya demasiado duradero) del papel de los editores y del imperio de los editores del papel». Ahora sabemos que se trató de una presión más parecida a apretar un par de libros en el librero para meter uno más que a empujar a una industria hacia el desfiladero de la historia. Por supuesto que ha habido una transformación en las formas de publicar textos escritos pero eso no significó por fuerza renunciar a un sistema en específico. De hecho, lo que las nuevas tecnologías hicieron patente fue que no existía algo así como «el» sistema editorial sino «los» sistemas y que estos trabajaban simultáneamente, a veces coordinados y a veces en abierto antagonismo.

Para ilustrar cómo funcionan dichos sistemas, pensemos en un mismo lector que puede sin cargo de conciencia recurrir a la piratería en línea para hacerse de una buena biblioteca, polemizar con un autor en Facebook, seguir los experimentos de microficción de otro escritor en Twitter, acudir a un blog que transcriba artículos de acceso restringido, salir de una feria del libro independiente con una decena de títulos en la mochila, asistir a la presentación de una edición financiada por un ayuntamiento, revisar las novedades del último sello pequeño engullido por Penguin, financiar el proyecto editorial de una camarilla de amigos, agregar un título tras otro al carrito de Amazon y comprarles sus libros autopublicados a Bellatin y al consultor que no redactó ninguna línea. Como puede verse, el mundo editorial que se ha desarrollado en la era de internet es más amplio que el conflicto «versiones impresas versus versiones digitales» o «textos que pasaron por un editor versus textos que no lo hicieron».

Más que el formato cada ejemplo citado en el párrafo anterior muestra modelos diferentes de escritura, edición y adquisición. Son experiencias distintas y, por tanto, el lector no tiene problema en pasar de una a otra. Michael Bhaskar ha hablado de «marcos» para explicar cómo los soportes materiales, los canales de distribución y los mecanismos que los hacen posibles determinan los contenidos y son determinados, a su vez, por ellos. Cada ejemplar impreso, epub, artículo, post del que tengamos noticia puede ser insertado en un marco que le otorga un sentido característico (incluso cuando se rebela contra las convenciones de ese marco). Es un tanto inocente pensar que uno de esos sistemas terminará por destruir al resto.

Algunos años después del auge y caída de los blogs —en un periodo en el que ha habido de todo: de gigantescas fusiones editoriales al reconocimiento crítico de libros autopublicados, de escritores que hacen libros con el contenido de sus muros de Facebook a una novela, como Ven y pon un centinela, cuyo mayor mérito es haber salido al mercado sin la revisión de un editor—, todavía existen personas realmente preocupadas por la literatura que está creciendo al abrigo de las nuevas tecnologías. ¿Será que los nuevos autores, se preguntan, están siendo menos exigentes?, ¿debemos entender su resistencia a la edición tradicional como una oposición necesaria al modelo dominante o como mera ausencia de autocrítica? Me parece que nada de eso es particularmente importante, a menos que creamos que existe una ruta única para hacer libros valiosos o una exigencia irrenunciable a que todo lo publicado tenga que perdurar.

Por supuesto que en un país donde todavía se polemiza sobre el número de manos que intervinieron en la redacción de Pedro Páramo, las discusiones acerca de cómo las nuevas tecnologías consolidan o desdibujan una idea sublime de la literatura son llamativas, por no decir que regularmente revelan cierto nerviosismo conservador. Como intenté ilustrar con los ejemplos de «Tu propio libro» y «Los libros de Bellatin», el amplio espectro de lo que podíamos llamar «la autopublicación» le sirve a cada autor de un modo distinto y en sí mismo no alienta un solo tipo de escritura. Cada que se habla «de lo que internet le está haciendo a nuestra literatura» —o a nuestros hijos— se usa esa misma retórica imprecisa con la que los periódicos acreditan sus noticias como «Fuente: Internet». El internet de 2005 ni siquiera es el mismo que el de 2015 y sus cambios no se han estado dando en el vacío ni de manera uniforme. La variedad de escenarios en donde uno puede utilizar la palabra «publicar» —y el convencimiento de que en cada uno de esos espacios hay mecanismos de edición y crítica— me permite aventurar que la situación no es precisamente para alarmarse.

Publicado originalmente en Confabulario.

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