«Las preguntas son peligrosas porque alteran el orden establecido»

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Si algo define a Alberto Manguel (Buenos Aires, 1948) es su capacidad para indagar en los aspectos menos evidentes de la cultura, de las formas del libro a las metáforas que se han usado a lo largo del tiempo para describir al lector. Títulos como Breve guía de lugares imaginarios o su ya indispensable Una historia de la lectura dan cuenta de un espíritu al que no intimidan las grandes preguntas ni muestra desprecio por las pequeñas. Su libro más reciente (Curiosidad. Una historia natural, Almadía, 2015) es una exploración —amplia, documentada y libre, en más de un sentido— de ese deseo de saber que nos identifica como seres humanos.

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Todos sus libros son productos de una personalidad que no dudaría en calificar de «curiosa». ¿En qué momento se dio cuenta que la curiosidad en sí era tema para un libro?

Mi modo natural es el interrogativo: siempre me ha sido más fácil cuestionar que afirmar, y cada afirmación provoca en mí el impulso de preguntar por qué. Después de escribir tanto sobre la lectura y los libros, hace unos cuantos años, quise ver si una obra que para mí fuese inmensa (porque la dimensión de un libro depende de su lector) daría forma a ciertas preguntas que me he repetido a lo largo de los años. La obra inmensa que elegí fue la Divina comedia de Dante. Las primeras anotaciones para el libro datan de 2009.

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A la manera de Montaigne, usted también es materia de su libro: el registro personal le sirve para ilustrar la necesidad universal de hacernos preguntas. ¿Es una cualidad que tenía pensada desde el principio o que descubrió a medida que lo escribía?

Cuando acabé de escribir el primer borrador de Una historia de la lectura hace más de veinte años, se lo envié a un amigo, el filósofo canadiense Stan Persky, y le pedí que me diese su opinión. Stan lo leyó y me lo devolvió diciendo que le parecía interesante pero que, para él, faltaban en el libro episodios personales, anécdotas de mi vida que (según Stan) ilustraban los temas del libro y ayudaban al lector a traducir esos temas a su experiencia. Seguí el consejo de Stan y agregué al libro, como un hilo rojo, episodios de mi vida. Hice lo mismo para Curiosidad. Una historia natural, solo que en este caso los episodios actúan como prefacios a los capítulos, una suerte de preámbulo que el lector puede saltarse o no, según lo desee.

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En su libro admite que, tras muchos intentos, leyó por primera vez la Divina comedia a los sesenta años. ¿Qué le descubrió este clásico a un lector tan experimentado como usted?

La Comedia es un libro infinito. No porque se extiende hacia un horizonte inalcanzable (el lector, como Dante mismo, llega a la inefable visión final en los últimos versos) sino porque sube o desciende en espiral hacia una cima o un abismo de sentido casi al alcance de nuestro entendimiento, pero nunca del todo. Generaciones y generaciones de lectores han ahondado en la Comedia y han comentado sus muchos significados, pero sabemos que ningún comentario dantesco es el definitivo. Es cierto que cualquier gran libro desautoriza una lectura absolutamente final, pero la Comedia no solo se revela inexhaustible sino que se enriquece con cada nuevo recorrido, de manera que, después de la lectura de un Jorge Luis Borges o de una Olga Sedakova, la Comedia es más densa y más compleja aun de lo que era antes.

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Con frecuencia uno asocia la curiosidad a la labor científica. Da la impresión que la curiosidad sirve para conocer un mundo que estaba ahí antes de tener conciencia de él. ¿Cómo describiría la curiosidad enfocada a la cultura, a la exploración de las obras hechas por el hombre (el arte, por ejemplo)?

No sé si existe una diferencia profunda entre nuestra curiosidad por el mundo y nuestra curiosidad por el arte. El mundo de nuestra experiencia es algo ya elaborado por nosotros, traducido por nuestros sentidos, nuestras capacidades intelectuales, nuestras emociones, nuestro contexto cultural. Nunca vemos un mar o una montaña como elementos absolutamente externos a nuestra existencia; somos incapaces de una mirada neutra. De manera que, frente a una nube o a un árbol, nuestra curiosidad se manifiesta a través de nuestra apropiación consciente o inconsciente del árbol o de la nube, atribuyéndoles cualidades temporales, espaciales, estéticas, existenciales, metafóricas que no existen de por sí en el universo. Como si fuesen la representación pictórica de una nube o la crónica literaria de un árbol.

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Una de las virtudes de su libro es que hace admirables conexiones entre el mundo antiguo y el contemporáneo y entre distintas disciplinas, de los experimentos de Psamético a los casos de Oliver Sacks y de ahí a un relato de Kafka. ¿Diría usted que buscar esos vínculos entre épocas y expresiones culturales distintas también es un rasgo de su propia curiosidad?

El mundo académico ha decido que no hay tal cosa como «lo universal» y que debemos analizar cada evento y cada manifestación artística en su debido lugar y época. Yo pienso lo contrario: sin hacer asociaciones simplistas, creo que nuestras distintas culturas existen en el mismo mundo, o enfrentados a distintos aspectos del mismo mundo. Y que, por lo tanto, no debe sorprendernos que Kafka y Platón, Confucio y Nezahualcóyotl, Al-Farabi y Hume, porque tuvieron en común lo humano, se hiciesen las mismas preguntas y pensasen con las mismas metáforas.

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Dice el Eclesiastés: «No tengas curiosidad por asuntos innecesarios: lo que te ha sido revelado ya es demasiado para la inteligencia.» ¿Hay un carácter transgresor en el hecho de ser curioso y de que aparentemente todo nos interese?

Las preguntas son peligrosas porque alteran el orden establecido. Por eso en los dogmas políticos y religiosas, toda pregunta tiene su respuesta absoluta. Preguntar es levantar la tapa de la caja de secretos, abrir la puerta prohibida. La curiosidad nos hace transgredir para avanzar. Una sociedad en la que no se hacen preguntas es una sociedad muerta. Es la definición de Auschwitz que el guarda le dio a Primo Levi: «Aquí no hay porqué.»

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Hace algunos meses nos maravillamos con las imágenes de Plutón y con la idea de un planeta parecido a la Tierra al que es muy difícil llegar. ¿Por qué el hombre se ve impulsado a saber cosas que, por ahora, es imposible que tengan aplicaciones prácticas o en todo caso solucionen problemas urgentes?

Cuando los decanos de Oxford y Cambridge se reunieron con el primer ministro de Reino Unido, David Cameron, para discutir los recortes que el gobierno quería imponer a los presupuestos destinados a las humanidades y las ciencias puras, Cameron les dijo que él no quería financiar nada «que no tuviese aplicaciones prácticas». El decano de Oxford le respondió: «La electricidad no fue descubierta con el propósito de construir ampollas de luz.»

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En su libro usted describe el asombro que suscitó entre los alumnos el que un profesor comenzara su clase preguntando qué querían saber. ¿Piensa que la educación debería alentar más la curiosidad de los estudiantes o la curiosidad, por definición, avanza en dirección contraria a las instituciones del conocimiento?

Yo he dicho alguna vez que un maestro se encuentra atrapado para siempre en un doble aprieto: enseñar de acuerdo con una estructura social que impone un freno al pensamiento y enseñar a pensar libremente, sin ataduras. En nuestras sociedades la escuela no es un campo de entrenamiento para convertirse en un niño mejor y más pleno, sino un lugar de iniciación al mundo de los adultos, con sus convenciones, sus requisitos burocráticos, sus tácitos acuerdos, su sistema de castas. No existe nada parecido a una escuela para anarquistas y sin embargo, en cierto sentido, cada maestro o maestra debe enseñar el anarquismo, debe enseñar a los estudiantes a cuestionar las reglas y los reglamentos, a pedir explicaciones al dogma, a enfrentarse a las consecuencias sin rendirse a los prejuicios, a encontrar un lugar desde el cual expresar sus propias ideas, incluso aunque eso implique oponerse a —y en último lugar librarse de— ese mismo maestro.

Publicado originalmente en Letras Libres.

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