Otra reseña negativa es posible (pero tampoco le va a gustar a los autores)

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—Metacrítico estáis.
—Es que no como.
Don Quijote de la Mancha.

¿Son necesarias las reseñas negativas? Algunas voces razonables —de la academia, el periodismo cultural y en especial del gremio de creadores— dicen que no, que la crítica auténtica puede prescindir de textos que históricamente han mostrado mala fe, venganzas de grupo o excesiva confianza en el juicio personal antes que capacidad de lectura. Pero no hay que ir tan rápido en nuestro afán de echarlas a la basura y hacer un nuevo llamado a una crítica más sólida, reposada y de largo alcance. Quizá sea tiempo de renovar la reseña negativa, replantearla, librarla de vicios ancestrales, pero habría más pérdida que ganancia si decidimos desalentar su escritura.

En «Do we really need negative book reviews?», Francine Prose afirmaba que si bien la vida es demasiado corta para perder el tiempo leyendo malos libros y argumentando por qué es mejor que la gente se aleje de ellos, ese mismo carácter efímero debería animarnos a hablar sin cortapisas sobre las cosas que nos desagradan, incluso si se trata de obras literarias. Y es verdad: los novelistas, los cuentistas y los poetas no han escatimado esfuerzos intelectuales ni recursos retóricos para echar pestes de lo que les irrita del mundo porque se han visto a sí mismos como el niño que dice «el emperador va desnudo», mientras una multitud hipócrita se encuentra demasiado ocupada guardando las apariencias. Esa imagen poderosa de una voz —al tiempo honesta e incómoda—, que aparece en medio de la complacencia ha servido para justificar lo mismo al narrador que al crítico literario y ha cobijado tanto a las ideas interesantes, aunque impopulares, como a las tonterías expresadas con cierto grado de determinación. Todos —el autor de ficción y el reseñista, pero también el cómico «políticamente incorrecto» de Twitter y el provocador sin gracia de Facebook—, se ven a sí mismos como el chiquillo que pone un poco de sentido común sobre la mesa.

Más de una vez, la actitud arrogante del crítico no corresponde a la coherencia, ya no digamos la profundidad, de sus argumentos. Una soberbia que, por otro lado, parte del hecho de que se siente socialmente apto para evaluar algo y, en consecuencia, transmitir una serie de valores culturales dignos de preservarse. Las débiles descalificaciones a las que recurren algunos reseñistas hacen pensar en oscuros intereses detrás de determinadas valoraciones negativas, pero no nos dicen nada acerca de por qué deberíamos abstenernos de hacerlas.

En un potente llamado a los críticos periodísticos, John Updike describió algunos prejuicios que, a su criterio, nublaban la apreciación de las obras literarias: «No imagines que eres el guardián de ninguna tradición, el vigilante de ningún estándar partidista, un guerrero en alguna batalla ideológica, un funcionario corrector de ninguna clase. Nunca intentes poner al autor “en su lugar”, convirtiéndolo en un peón de una partida entre críticos. Reseña el libro, no la reputación. Sométete a cualquier hechizo, débil o fuerte, que se lance. Mejor elogiar y compartir que culpar y prohibir». Sin embargo, la misma idea de que todo escrito con cierta intención literaria alberga, en mayor o menor grado, un hechizo estético supone una tradición, un estándar y una batalla ideológica. Cree en el poder de la literatura, una facultad en la que también creen los críticos más intransigentes.

Cierto es que la crítica de libros, al menos en su vertiente periodística, ha exigido a sus practicantes un nivel de severidad que a veces raya en la anhedonia. No es raro que se piense en los lectores profesionales como en personas que han abandonado el placer inocente de la lectura en aras de una misión de mayor calado: «leer, releer, describir, evaluar, apreciar», en palabras de Harold Bloom. En particular «evaluar» y «apreciar» se han vuelto acciones problemáticas respecto de la manera en que el reseñista debe realizarlas. ¿Se aprecia sólo destacando las virtudes de las buenas obras? ¿Se evalúa señalando también los defectos? ¿Evaluar y apreciar no supone acaso tener un conjunto de obras mediocres, tópicas, carentes de vitalidad que nos sirvan de referencia? ¿Quién, por qué, con base en qué se formó ese conjunto?

Todo reseñista tiene en su cabeza un grupo imaginario de libros contra los cuales oponer el título que está reseñando. Ese conjunto puede tener etiquetas muy concretas como «lo publicado por autores nacidos en los setenta», «otros libros sobre hermanos que se enamoran de la misma mujer», «la trayectoria literaria de fulano de tal» o acaso más etéreas como «la tradición», «el mercado» o «el canon», pero por lo común no se puede hacer una reseña sin ese contexto. Cuando ese contexto se llama «tanto libro mediocre que anda pululando por ahí», el reseñista puede terminar escribiendo una nota sarcástica y hostil, pero a veces una sensible y entusiasta. «Tanto libro mediocre que anda por ahí», como puede suponerse, es un conglomerado de títulos que no sólo no oculta su carga valorativa sino que incita a hacer juicios una y otra vez sobre el material a reseñar. Algunos amigos críticos me han confesado que el contexto de mediocridad se parece mucho a una voz que interrumpe tu lectura placentera para preguntarte si no has notado que éste o aquel personaje femenino se parece más a un manojo de estereotipos que a alguien que hayas conocido o si esta novela sobre sicarios ha perdido su oportunidad de ser profundamente política (aunque también puede ser que, al contrario, te diga: ¿no te parece extraordinario que este personaje no sea un manojo de estereotipos y que la trama no pierda su oportunidad de ser profundamente política?). Tanto el elogio emotivo como la descalificación propia de señores quejumbrosos, dependen de aceptar que existen muchos libros malos sobre los que valdría la pena exigir una orden de alejamiento.

Cierto sector de la crítica apunta a no confundir la crítica con la reseña de novedades y recomienda pensar mejor en la construcción de un saber en lugar de la simple valoración de títulos disponibles en la librería. Ignacio Sánchez Prado ha sido especialmente punzante al describir la reseña periodística mexicana como un modelo narcisista «que dice mucho del crítico y poco del texto». Coincido en lo general con Sánchez Prado, pero tengo la impresión de que las reseñas dicen más del contexto de mediocridad que maneja cada crítico —y con ello de cierto contexto de mediocridad imperante en cada época— que del crítico en sí. Resulta sintomático que al entrar en esa discusión, el mismo Sánchez Prado acuda a su propio contexto de mediocridad aplicado a las prácticas críticas —que puede traducirse, con ciertas libertades, en «tanta reseña superficial que anda pululando por ahí»— para hablar de la crítica que nuestra tradición necesita. Así que incluso cuando abogamos por desterrar las reseñas valorativas de los suplementos culturales —y desaparecer en el camino a los suplementos culturales— , no podemos escapar de la valoración. En los debates entre críticos resulta divertido rastrear las palabras que unos utilizan para descalificar las prácticas de otros —«impresionista», «conservador», «un buen paper», «ya superado»— y advertir en ellas los impulsos valorativos que luchan por salir a la superficie y el contexto de mediocridad detrás de esos impulsos.

Conjeturo algunos motivos para los cuales las valoraciones suelen ser muy resistentes a los embates que escritores y críticos literarios les dirigen cada temporada: uno de ellos es que la autoridad, en los ámbitos humanísticos, debe mucho a las valoraciones y a la confianza que tenemos en que si un crítico exigente afirma que Nellie Campobello es mejor que Martín Luis Guzmán haya que tomar en cuenta esa afirmación. El otro es que la valoración cobra una enorme relevancia si aceptamos que algo llamado «crisis de la literatura» es una realidad sobre la que no hay que aportar mayores evidencias. Jean-Marie Schaeffer ha alegado que detrás de la idea de que la literatura está en crisis se encuentra la crisis, acaso más real, de cierta idea de literatura. Sólo si unimos la ardorosa noción del poder de la literatura con la realidad, aparentemente empírica, de su crisis, entendemos por qué alguien exige de una novela algo más que trama y personajes y por qué no basta con una labor crítica que diga que Rulfo es «interesante». Si todavía pensamos en los buenos libros —los libros necesarios— como en dispositivos capaces de concentrar innovación discursiva, ideas incendiarias y pertinencia política, lo común es que necesitemos colocarlos en un contexto de crisis donde todo eso haga falta. La crítica es el arte de poner en la crisis adecuada un objeto de estudio. Y si no le gusta esa crisis, tenemos otras.

Ahora bien, la controversia sobre las críticas «demoledoras» parece centrarse en su razón de ser dentro de una sociedad cuyas estadísticas de lectura son de dos libros por persona al año. ¿Es necesario mostrarle a una pequeña comunidad lectora por qué esta novela, esta compilación de ensayos, este conjunto de relatos, no son dignos de su atención en lugar de orientarla hacia las obras maestras, las estéticas prometedoras, los últimos hallazgos en la mesa de novedades? Según Dwight Garner no necesitamos más palmadas al hombro, tramas resumidas, adjetivos como «apasionante» en las reseñas, sino «críticos con autoridad y capacidad de castigo: lo bastante perspicaces para señalar las voces que deben alcanzar elogios legítimos; lo bastante insultantes para recordarnos que no todo el mundo recibe, ni tampoco merece, una estrella dorada». Detrás de esa arenga propia de un domador de circo está la idea de que la reseña negativa sirve de contrapeso al entusiasmo de la publicidad editorial y al ilusorio estado de «admiración mutua» que muestran los escritores en sus redes sociales, tertulias, entrevistas, giras de promoción. El derecho que ciertos críticos defienden de hacer reseñas negativas y las razones que dan algunos autores para no hacerlas suponen crisis distintas. Si es que, como piensan los primeros, vivimos una época donde no escasean los elogios, acudir únicamente a los elogios «legítimos» —a reseñar libros que valen la pena— termina por no orientar a nadie, sino por sumar capas a la desorientación general. Si es que, como piensan los segundos, vivimos en un circuito cultural donde los críticos nunca han orientado a nadie, sino que se han servido de sus espacios para legitimar estéticas dominantes y parecer más listos que los autores, acudir a las descalificaciones tampoco contribuye a ninguna de las labores de la crítica. Ni siquiera a las más elementales.

Wilde consideraba que decirle a las personas qué deberían leer es inútil o perjudicial, pero en cambio llevar un registro de qué títulos deberían evitar es casi un servicio a la sociedad. No se trata, como bíblicamente se ha pensado, de «separar el trigo de la cizaña». No en la medida de que ciertos puñados de cizaña del siglo XIX hoy son vistos como trigo y que, en algún lado del globo, se están trabando intensas discusiones universitarias sobre si el gesto de anunciar que no recogerás más trigo vale tanto como el trigo mismo. Las reseñas negativas todavía importan porque hacen patente el contexto de mediocridad, un canon que podría llamarse «el de todos tan temido», y que como el canon «bueno», está en constante transformación. Es decir: nos recuerdan que la mediocridad gana por mayoría y que con cada lectura uno va delimitando el tipo de crisis en el que su idea de literatura piensa insertarse. Nos recuerdan también que los libros son mercancías, regularmente encarecidas, a las que en ocasiones no es bueno atribuir, por definición, ciertos efectos espirituales. Pero en particular importan porque, al creer en una suerte de verdad intrínseca de la literatura, llevan las discusiones a cierto grado de pasión. Otra reseña negativa es posible, de hecho: otra reseña negativa es más necesaria que nunca, pero no debería ser más dócil, ni más temerosa de palabras como «bueno» o «malo», sino, por el contrario, debería ser más exigente con las ideas de bueno o malo que haya en la cabeza de cada reseñista. Los autores de ficción y los poetas han demostrado que la negatividad puede ser vital en su origen y compleja en su forma. «Describir y explicar no son suficientes», dice Leon Wieseltier y me parece que con razón. «Debe llegar el momento de juzgar […] En un universo sin juicio crítico, ¿de qué sirve la admiración?».

De este lado, una reflexión al respecto de J. S. de Montfort.
Este texto forma parte del libro Crítica y rencor, editado por Cuadrivio.

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