El hombre que fue un desastre para la atmósfera

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Un documento de 1947, publicado por la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos y firmado por el ingeniero y empresario Charles Kettering, presenta a Thomas Midgley hijo como un empleado versátil, una mente brillante y un tipo con un talento poco común para resolver problemas relacionados con el trabajo. Según este testimonio, tras terminar uno de sus primeros encargos, Midgley hizo una pregunta que se repetiría una y otra vez: «Jefe, ¿qué es lo siguiente que usted quiere que haga?» Para un superior como Kettering esa frase daría inicio a una de las grandes aventuras de la investigación americana. Y de hecho, así fue… para desgracia de todos.

Midgley había estudiado ingeniería mecánica, pero su carrera de inventor derivó hacia la química cuando en 1916 ingresó a Delco, un centro de investigación dependiente de General Motors. Su primera contribución importante a la empresa, y de paso a nuestro mundo, fue solucionar el golpeteo de motor que causaban las gasolinas de la época. Un efecto que ponía en aprietos a los automovilistas cuando trataban de acelerar o subir una colina. Convencido de que no era necesario rediseñar el motor sino encontrar una sustancia antidetonante que frenara el proceso, Midgley notó que el tetraetilo de plomo no provocaba trepidación. ¡Eureka! Se trataba de un logro de eficiencia y rentabilidad —obtener plomo era muy barato— tanto para el productor como para los consumidores. Lo que seguía era colocar el combustible en el mercado, actividad para la cual Midgley también mostró especiales virtudes. Sin embargo, aun con los presumibles beneficios, la palabra «plomo» levantaba demasiadas suspicacias como para usarla en los anuncios, de modo que la empresa decidió eliminarla de su publicidad.

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La Ethyl Gasoline Corporation fue el corporativo que explotó al máximo el invento de Midgley y que tuvo en su nómina a algunas de sus primeras víctimas. En 1926, más de la mitad de los trabajadores de la planta presentó síntomas propios del envenenamiento y los directivos emprendieron la siempre eficaz estrategia de negarlo todo. «Es posible que estos hombres se volvieran locos porque trabajaban demasiado», aseguró un portavoz para justificar los delirios que experimentaban algunos de sus empleados. Desde tiempo atrás se tenía conocimiento de que el plomo era tóxico, pero los expertos pensaban que si se dispersaba en la atmósfera no representaría peligro alguno. Ante los rumores que cuestionaban la seguridad de la gasolina plomada, el propio Midgley apareció en una conferencia de prensa en Atlanta e inhaló tetraetilo de plomo de un vaso de precipitados. Esas demostraciones extravagantes es lo que Kettering describiría más tarde como una combinación, tan característica de Midgley, entre «el talento para el espectáculo» y «el arte de vender».

Los escándalos no detuvieron el éxito de la gasolina con plomo. Un informe de 1926 aseguraba que el tetraetilo era peligroso solo en forma concentrada, no cuando se encontraba diluido. Aun cuando fueron apareciendo estudios sobre sus efectos perniciosos, la producción fue en aumento y la emisión anual de plomo alcanzó su punto máximo en 1976. Una década más tarde, y ante la evidencia aplastante, Estados Unidos retiró toda su gasolina plomada del mercado. Curioso destino para el componente que, según un ejecutivo de Standard Oil, «era un regalo de Dios».

La segunda contribución de Midgley al mundo no fue menos perjudicial pero tampoco daba la impresión de ser una mala idea. Los gases que utilizaban los aparatos de refrigeración a finales de la década de 1920 eran venenosos e inflamables. Un accidente en un hospital de Cleveland en 1929, debido a una fuga en uno de sus refrigeradores, había causado ciento veinte muertos. Cuenta la leyenda que, ante la tragedia, Midgley se propuso desarrollar un gas que no representara un peligro para las personas. De su mano, los clorofluorocarbonos (CFC) —que resultaron seguros, estables y no tóxicos— llegaron a nuestra vida cotidiana.

Con el tiempo los CFC terminaron por ser una pésima solución. «Raras veces se ha adoptado un producto industrial más rápida y lamentablemente», ha sentenciado Bill Bryson. En pocos años, los CFC estaban en refrigeradores, sistemas de aire acondicionado, insecticidas y desodorantes en aerosol. Se trata de compuestos que, si bien no afectan directamente al ser humano, han sido los responsables del alarmante deterioro de la capa de ozono, según dieron a conocer en los setenta Mario Molina y Frank Sherwood Rowland. No es solo su capacidad destructiva (un kilo de CFC puede eliminar setenta mil kilos de ozono atmosférico) sino su perdurabilidad (alrededor de cien años). Midgley murió en noviembre de 1944 sin sospechar siquiera el mundo que les estaba heredando a sus nietos y creyéndose a sí mismo un benefactor de la sociedad, pero, por poner en perspectiva su descubrimiento: los CFC liberados el año de su muerte siguen hoy día causando estragos.

El profesor Carmen J. Giunta, de Le Moyne College, ha encontrado documentación que echa abajo el gesto de heroicidad que pudieron haber tenido Midgley y su equipo al momento de desarrollar los CFC. Según este químico no fue la tragedia del hospital lo que motivó las investigaciones sobre los clorofluorocarbonos sino el interés comercial. En los veinte los refrigeradores eran costosos, voluminosos e inseguros; la gente usaba todavía neveras en sus viviendas. En un panorama así, el mercado de la refrigeración tenía unas posibilidades enormes de expandirse y era necesario encontrar un gas seguro a fin de entrar a los hogares, las bodegas y los supermercados. Lo sucedido en Cleveland por esos mismos años hizo parecer al inventor y a su equipo más preocupados por las personas de lo que en realidad estaban.

La ironía de este caso proviene de contrastar la notable eficiencia de Midgley para atender dificultades específicas de su tiempo con las consecuencias globales y a mediano plazo de sus soluciones. En su momento, la gasolina con plomo era un buen remedio ante la escasez prevista de combustible; pero dicha escasez no se dio, al contrario, pronto se encontraron importantes yacimientos de petróleo. Los clorofluorocarbonos, por otro lado, pasaron todas las pruebas de seguridad para su uso casero. Por desgracia tenían el peso idóneo para quedar atrapados en la capa de ozono y propiciar todo el daño del que fueran capaces. Nadie se había detenido a pensar que al probar un nuevo producto había que preocuparnos también por la estratósfera.

A Midgley le diagnosticaron polio en 1940. Inventor, como era, diseñó un sistema de poleas que le permitía moverse en su cuarto sin ayuda. Una mañana su esposa lo encontró ahorcado por su propia máquina. La imagen de un invento, inicialmente útil, que termina por acabar con su inventor podría servir para trazar el perfil de este hombre hoy casi desconocido, pero me parece más bien que dibuja una época. Un tiempo, quizá todavía muy cercano, en que las necesidades sociales e industriales aparentaban ser las mismas.

 

Publicado originalmente en Letras Libres.

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