El «mejor día de sus vidas»

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Por CAITLIN MORAN

Las bodas son culpa nuestra, señoras. Cualquiera de los horrores que conllean está bajo nuestro feudo. ¿Y saben qué? No solo hemos fallado a la humanidad, sino que también nos hemos fallado a nosotras mismas.

Las bodas no son nada bueno para la mujer. Son un nido de víboras de despilfarro y desesperación. Y casi todo lo relacionado con ellas repercute negativamente en las personas que más las desean: nosotras. Nuestro amor por las bodas es un amor malo. No nos hace ningún bien. Acabará mal, dejándonos con una sensación de haber sido estafadas, y estar solas.

Siempre que pienso en una boda, me dan ganas de entrar corriendo en la iglesia, como Dustin Hoffman en El graduado, y gritar: «¡PAREN! ¡PAREN LAS BODAS!»

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Las bodas son en esencia una ceremonia a la que las novias invitan a los novios en el último momento, justo después de decidir qué trío de pudín de chocolate se servirá, además. La mujer empieza a planear su boda a los cinco años, ¡por el amor de Dios! Cuando no tiene ni idea de con quién va a casarse, y solo se imagina un cuerpo de Action Man con el rostro convenientemente pixelado. En comparación a esa edad, el único acontecimiento futuro que planea un niño es cómo meter el gol de la victoria en la Copa del Mundo, al tiempo que toca el solo de guitarra de «November rain», de Guns N’ Roses.

Así resulta evidente que no es el mejor día de la vida del novio. Ni tampoco el mejor día de la vida de ningún invitado. Porque las bodas no son divertidas para los invitados. Es algo de lo que somos plenamente consciente cuando estamos entre los invitados (a quinientos kilómetros de casa, envueltas en una pashmina, sosteniendo una charla incómoda con un beodo de ojos llorosos en la mesa que llamaban «La Escoria» al organizar la disposición de los invitados…), pero que olvidamos al instante cuando empezamos a planear nuestra propia boda.

[…]

Cuando oigo que una mujer dice que el día de su boda va a ser/fue el mejor de su vida, no puedo evitar pensar: «No has tomado suficiente éxtasis en un prado a las tres de la mañana, cielo.»

Todas las bodas parecen reducirse a actuar como Michael Jackson en el cenit de su demencia: fingir ser famosa un solo día demencialmente caro. Y todos sabemos por qué los famosos tienen monos domesticados, zapatos absurdos, el esqueleto del Hombre Elefante, un parque de atracciones, piscinas con forma de guitarra. PORQUE SE ESTÁN MURIENDO POR DENTRO. ESTÁN CONTEMPLANDO EL VACÍO. Han visto por unos instantes su propia intrascendencia, como una mota en un universo infinito, y su respuesta ha sido contratar a alguien que se ocupe de pelearse con el popote de su bebida. Casi siempre sentimos lástima de estos individuos, que nos parecen unos pobres idiotas.

Y, sin embargo, las mujeres consideran un «premio» pasar un día desorbitadamente caro comportándose como esos gilipollas, en vez de hacer gala de estoicismo, sentar la cabeza y no volver a tener otro día «especial» jamás. Por supuesto, no volver a tener otro día especial jamás se debe en gran parte al hecho de haber malgastado veintiuna mil libras en dieciséis mil volovanes y un grupo de light jazz; pero el simbolismo de todo ello es insoportablemente potente.

En cuestiones así, hay que fijarse en los hombres. ¿Tienen ellos un día especial en el que se sientan los reyes del mundo, y luego vuelven a una vida llena de trabajo y monotonía? No. Ellos salen y hacen lo que quieren continuamente: como señaló Germaine Greer en La mujer completa, llenan su tiempo libre de actividades agradablemente improductivas como pescar, jugar al golf, escuchar discos, jugar en las Xbox o hacerse pasar por duendes en World of Warcraft. No tienen esa necesidad lunática y reprimida de pasar un día fingiendo ser la Princesa Diana (en sus buenos tiempos, claro. No en la época de tirarse-sola-por-las-escaleras. O en la que llega Camila y lo estropea todo).

Las mujeres, mientras tanto, pasan su tiempo libre haciéndose cargo de una lista interminable de mejoras personales y tareas domésticas: arreglar la casa, los deberes de los niños, dar consejos, desparasitar al gato, hacer ejercicios pélvicos en el suelo, intentar ser creativa con el repollo y quitarse los pelos que salen hacia dentro… En cierto modo apaciguadas por tener ese «mejor día de sus vidas».

Seguramente, señoras, cambiaríamos felices un día «especial» por una vida más llena de pequeños placeres, ¿no es así?

O quizás solo deberíamos desechar la idea de casarnos en primer lugar. Por lo general, estoy en contra de cualquier cosa que te obligue a cambiar de nombre. ¿En qué situaciones ocurre esto? Cuando ingresas en un convento o te haces estrella del porno. Y, para una ostensiblemente gozosa celebración del amor, me parecen una mala compañía.

En Cómo ser mujer, Anagrama, 2013.

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