Política para Ignatieff

Michael Ignatieff

El ingreso de Michael Ignatieff a la arena política inicia como en una novela de conspiración: con la visita de tres hombres de negro a la ciudad donde él se encontraba dando clase. En 2004, Ignatieff era un influyente intelectual y había sido profesor de ciencias políticas en algunas de las más reconocidas universidades británicas y estadounidenses. Llevaba treinta años viviendo fuera de Canadá y en el momento de la visita impartía política internacional en la Kennedy School of Goverment, en Cambridge, Massachusetts. Uno de los hombres de negro fue directamente al grano: ¿Estaría dispuesto a considerar el regreso a Canadá para presentarse como candidato por el Partido Liberal? La pregunta lo tomó por sorpresa, pero la duda auténtica estaba más allá de si sentía preparado para aceptar el desafío —los políticos, al fin de al cabo, habían sido objeto de sus reflexiones— sino en si tenía motivaciones suficientes para hacerlo. Después de pensarlo largamente dijo que sí. La iniciación fue brutal; ninguno de los muchos años dedicados al estudio de las ideas políticas lo había preparado para su práctica, para el esfuerzo que suponía recorrer de este a oeste un país de seis husos horarios distintos intentando convencer a los votantes. Fuego y cenizas (Taurus, 2014) es la crónica de ese agotador aprendizaje, un testimonio honesto y autocrítico de lo que significa en los países democráticos la «política real», no la que se discute en las aulas. Entre otras valiosas lecciones, Ignatieff aprendió que:

1. «Un intelectual puede estar interesado en las ideas y las políticas en sí mismas, pero el interés de un político reside exclusivamente en saber si el tiempo para una determinada idea ha llegado o no. […] Lo que calificamos como suerte en política es en realidad un don para apreciar el momento exacto, para saber cuándo actuar y cuándo esperar una oportunidad mejor. […] Un político inteligente entiende que lo único que puede hacer es explotar los acontecimientos en su propio beneficio. Aunque siempre se califica a los políticos de oportunistas, el arte de la política consiste esencialmente en ser un maestro del oportunismo. Un torpe oportunista político no es más que alguien incapaz de ocultar que está aprovechando una oportunidad. Un oportunista hábil, por el contrario, es alguien que sabe persuadir al público de que ha sido él quien ha creado la oportunidad.»

2. «Posicionarse no es lo mismo que adoptar una posición. No se trata de abordar el fondo de una cuestión o de redactar un documento que responda a la complejidad de la situación. No se necesita ser un experto para poder posicionarse. Posicionarse tiene que ver con ocupar un lugar en el espectro político, diferenciándote de tus adversarios sin molestar a demasiada gente. Posicionarte implica alinear tu posición pública con la de aquellos que quieres ganar para tu causa.»

3. «Cuanto más tiempo dejes sin contestar un ataque, más dañino será, y si rechazas otorgar dignidad a los ataques a través de una respuesta, ello implica que te has dado por vencido. La dignidad no tiene ningún papel. Si no te defiendes, la gente piensa que eres culpable de lo que se te acusa o que eres demasiado débil para luchar. Después de todo, si no das la cara por ti mismo, no la darás por ellos tampoco. Esta es la forma en que pierdes tu derecho a ser escuchado por tus votantes.»

4. «El derecho a ser escuchado (standing) es una expresión jurídica que significa poder testificar ante un tribunal. Los jueces deciden quién posee este derecho, al regularlo para controlar sus tribunales y mantener los límites entre las leyes y la política. En la vida cotidiana, utilizamos la expresión para otorgar respeto a ciertas formas de autoridad personal. […] Otorgar este derecho a alguien no implica mostrar deferencia, sino respeto democrático.
Cuando entras en política, lo primero que debes hacer es asegurarte de que posees el derecho a ser escuchado y la autoridad para defender tu postura. […] Sin embargo, este derecho no es en realidad un derecho. Es un privilegio que los votantes le otorgan a uno. […] No hay nada en tus cargos pasados, en tu preparación o en tus éxitos previos que te hagan acreedor a él. […] Uno se ha de ganar este derecho, y los títulos no le otorgan a uno nada. […] Puedes ser elegido sin tener educación, carácter, encanto, popularidad, títulos universitarios o una cuenta corriente saneada, pero no puedes ser elegido sin poseer el derecho a ser escuchado.»

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