Hello! Ma baby

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La historia es más o menos la siguiente: es la década de 1950 en Estados Unidos y un hombre que trabaja en la demolición de un edificio de más de medio siglo de antigüedad encuentra al interior de la piedra angular una caja y dentro de la caja, una rana que rápidamente abandona su parsimonia para ponerse a cantar «Hello! Ma baby». En lugar de maravillarse con aquel milagro de la naturaleza, el hombre ve en el pequeño animal cantor una buena oportunidad para hacerse de dinero, de modo que lleva al anfibio a una agencia de talentos. Para su sorpresa, la rana permanece inmóvil, apenas croa y como resultado, el empresario teatral piensa que el tipo no está muy bien de la cabeza. Luego de soportar ocho números musicales en la más desesperante privacidad, el dueño de la rana trata de montar él mismo un espectáculo, pero la noche de estreno resulta, por decir lo menos, desastrosa. La rana, echada sobre el escenario, no muestra demasiado entusiasmo por entretener al auditorio. El público abandona el teatro entre abucheos y una lluvia de frutas cae como protesta sobre el desdichado presentador. Tras perder su dinero, su dignidad y en buena medida su salud mental, el infeliz sujeto abandona la caja de la rana en la piedra angular de una construcción recién iniciada. Un siglo después –en una ciudad donde los automóviles vuelan y los obreros demuelen edificios con rayos láser– otro empleado encuentra a la rana y la fábula de la ambición desmedida y la indiferencia ante los milagros secretos comienza de nuevo.

Lo que parece una trama kafkiana no es otra cosa que el corto animado de 1955 One froggy evening, escrito por Michael Maltese y dirigido por Chuck Jones. Considerada por Steven Spielberg como «El Ciudadano Kane de los dibujos animados», la historia de la rana cantante –cuyo nombre es, para los no enterados, Michigan J. Frog– ingresó en 2003 a la Librería del Congreso de los Estados Unidos, debido a su contenido «culturalmente significativo». Pero más allá de su valor cinematográfico, One froggy evening siempre tuvo un misterio para mí: no es que me resistiera a aceptar la posibilidad de que una rana cantara, de que lo hiciera solo en círculos privados o de que viviera por los siglos de los siglos, lo que no entendía era por qué aparecía dentro de un bloque, y más específicamente, en un edificio en proceso de demolición.

La respuesta ha venido de la mano del admirable libro La sirena de Fiji y otros ensayos sobre historia natural y no natural de Jan Bondeson. En su texto «Un sapo en el agujero» Bondeson sigue la pista a un viejo misterio para los naturalistas: el anfibio que aparecía en el centro de las piedras. Al parecer, se trataba de un hecho recurrente que perturbó el sueño de varios estudiosos de los siglos XVIII y XIX, convencidos que podían dar explicación a esa extravagancia de la madre naturaleza (en algunos de los encendidos debates se llegó a utilizar este argumento contra el darwinismo). Bondeson consigna variados casos a lo largo de la historia, en los que destacan: 1186, Newburgh, Escocia, un grupo de hombres encuentra en medio de una piedra a un sapo que además llevaba una cadena de oro; 1575, Meudon, Francia, el afamado cirujano Ambroise Paré halla un sapo a mitad de una piedra y concluye que se formó por generación espontánea; 1733, Nybro, Suecia, el arquitecto Johann Graberg supervisa el corte de bloques de piedra que serán utilizados para el Castillo Real y, tras el aviso de dos de sus trabajadores, atestigua la presencia de una rana dentro de uno de los bloques. La descripción que sobre este último anfibio realiza Bondeson podría incluso servir para retratar el sosiego de Michigan J. Frog frente al público: «La rana estaba en un estado letárgico y Johan Graberg no pudo lograr que se moviera ni siquiera cuando la levantó con una pala».

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El 28 de enero de 1928, un tumulto se había reunido alrededor de un viejo juzgado en el condado de Eastland, Texas. La historia contaba que en 1897, un joven llamado Will Wood había sugerido colocar un lagarto cornudo en la piedra angular hueca del edificio (que en ese momento apenas iba a construirse). Su intención era probar aquella leyenda de que algunos lagartos podían sobrevivir más de 100 años sin alimento ni aire. En 1928 el juzgado sería demolido, lo cual ofrecía una oportunidad única de saber qué había sucedido con el animal en cuestión. Bondeson cuenta los detalles de ese momento inolvidable:

Se encargó al juez E. S. Pritchard que quitara la piedra angular ayudado por tres clérigos de la comunidad; el juez sacó la Biblia y los periódicos [objetos que también habían sido colocados dentro de la piedra en 1897] y el pastor metodista, el reverendo Frank E. Singleton, extendió el brazo y sacó el cuerpo ennegrecido e inerte de un lagarto cornudo, sosteniéndolo por una de sus patas traseras. De repente la otra pata del animal comenzó a moverse y el lagarto abrió la boca violentamente para respirar. Hubo gran conmoción entre los mirones y gritos de «¡El bicho está vivo!» y «¡Dios santo!» El lagarto cornudo fue llevado en triunfo al ayuntamiento donde le pusieron por nombre «Viejo Rip», tomado de Rip van Winkle…

La historia no termina ahí, por supuesto, pues como era de esperarse el Viejo Rip se convirtió en una pequeña celebridad y la principal atracción de Eastland. Fue secuestrado por un estafador y recuperado en El Paso, y un empresario de espectáculos llamado Dick Penney demandó a Will Wood, que tenía en custodia al lagarto, porque decía poseer un contrato que le autorizaba a exhibir al espécimen. Fue en cambio Wood quien llevó al Viejo Rip de gira y, se dice, hasta el entonces presidente Calvin Coolidge lo recibió en la Casa Blanca. El lagarto murió, de causas desconocidas, en enero de 1929. Su cuerpo embalsamado fue expuesto en un pequeño ataúd en el vestíbulo del condado, lo cual no lo libró de aventuras, porque sufrió dos secuestros más y fue entregado en prenda a un candidato demócrata que no supo apreciar el valor de ese presente. En la actualidad, el visitante de Eastland todavía puede contemplar al lagarto en su elegante féretro.

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Me parece que las aventuras del Viejo Rip y las leyendas alrededor de los sapos en las piedras explican con claridad de dónde sacaron Maltese y Jones su alucinante historia.

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