Houdini, escritor

Houdini3

Por TELLER

Houdini sabía de marketing. Se hacía llamar «El Gran Auto-Liberador, Rey Mundial de las Esposas, y Escapista de Prisiones». Esta fue la marca con la que machacó a su público conforme construía su carrera. Y prendió.

Cuando pensamos en Houdini, imaginamos un desafiante hombrecillo musculoso de penetrantes ojos azules; vemos a un prisionero desnudo salvo por unas esposas atadas delante de la entrepierna; policías confundidos regresando a la celda de una prisión de la que Houdini se ha esfumado inexplicablemente; un loco maniatado desprovisto de toda prenda salvo unos calzones que se arroja desde un puente hacia una muerte segura en un río; un sacrificio humano, en camisa de fuerza, colgado por los tobillos boca abajo sobre una atestada calle metropolitana mientras se contorsiona y zarandea, se libera, y luego deja caer la camisa de fuerza sobre el mar de rostros tornados hacia el cielo y extiende sus brazos invitando al aplauso como un Jesús invertido.

Pero como ocurre con cualquier buena marca, la imagen simplifica demasiado el producto. El invulnerable superhéroe atleta tenía una vertiente intelectual. Un autógrafo de Houdini dice así: «Mi cerebro es la llave que me libera». Houdini reverenciaba la erudición (su padre era rabino) y le atormentaba su escasa formación académica (asistió a la escuela solo hasta sexto curso). Pero Houdini era especialista en pasar sobre los obstáculos como una apisonadora. Conforme se hacía un nombre, invirtió la mayor parte de su fortuna en libros. Su colección atestaba su casa desde el sótano hasta el ático. Contrató a un bibliotecario y en una ocasión presumió ante un corresponsal diciendo: «De hecho, vivo en una biblioteca, ¿sabe usted?». Cuando falleció en 1926, sus libros se valoraron en medio millón de dólares, el equivalente a más de seis millones de dólares en la actualidad. Una parte de la colección de Houdini conforma hoy por hoy uno de los tesoros de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos.

Houdini también aspiraba a ser escritor. Su mayor pericia era el engaño, tanto legítimo (la magia) como ilegítimo (el crimen), y produjo fascinantes libros, panfletos y artículos periodísticos.

En el estilo de Houdini, el lector advertirá dos voces opuestas. Una es descarada y propia de un bravucón experto en peleas callejeras. Ese es el Houdini en bruto, el hombre autodidacta que solo estudió hasta sexto curso, cacareando sus tajantes puntos de vista. El otro estilo es todo florituras y revestimiento, con latinajos, oraciones complejas y citas de la literatura clásica. El contenido es de Houdini, pero traducido del espectáculo de feria al salón de conferencias por negros que hacen que suene como el individuo erudito que su padre quizá hubiese admirado.

[…]

La magia en los días de Houdini no era mejor que ahora, y Houdini no teme reconocerlo. La mayoría de artistas va de truco en truco y «se contenta con la mera ejecución», como expresa Houdini sin tapujos. Houdini, que había visto y conocido a los más grandes ilusionistas, ofrece alternativas.

También [en sus textos] podemos conocer al Houdini peleón, el fanfarrón macho dominante que no toleraba imitadores y que se lanzaba contra la competencia como un gallo de pelea. Puede que el lector encuentre un tanto irritante el despotrique de Houdini contra quienes le copiaban, pero su ira resulta comprensible. La magia es una forma menor de entretenimiento. Los magos no disfrutan de la protección sistemática de su obra original, como sí que ocurre, por ejemplo con los músicos. Si alguien compone una canción y otra persona la graba, esa persona le debe crédito y derechos. Pero los magos como Houdini dedicaban años a desarrollar material para que luego un cabeza de chorlito se lo robara de la noche a la mañana. Le cabreaba enormemente. De modo que no me sorprende que Houdini se muestre tan batallador en ese punto.

Los ilusionistas engañan a su público. Pero solo durante un ratito, solo en el teatro. Caído el telón, uno puede maravillarse ante el modo en que el mago ha parecido hacer aparecer un fantasma, pero no cree que el espectáculo haya demostrado que los fantasmas existan. Uno se siente maravillado, no estafado. Esta distinción constituía un valor moral para Houdini, y buena parte de su obra escrita está consagrada a desenmascarar a personas que presentaban sus trucos como reales.

A finales de la primera década del siglo XX, las grandes ciudades americanas eran cada vez más grandes y anónimas, y el estamento de delincuentes urbanos iba en aumento: ladrones, carteristas, rateros de tienda y embaucadores, que confiaban antes en su astucia que en la fuerza bruta. Houdini se encontraba en una buena posición para estar al tanto de los tejemanejes de estos delincuentes. En pro de aquellos ardides publicitarios que venían a ser sus fugas de celdas carcelarias, Houdini cultivaba una estrecha relación con la policía a lo largo y ancho de Estados Unidos y Europa, y sus amigos policías le permitían entrevistar a delincuentes. Ser objeto de la atención del artista más famoso del mundo les halagaba mucho, y con orgullo desembuchaban sus métodos.

[…]

¿Por qué este interés desmedido por el crimen en un mundo tan seguro como en el que hoy vivimos? Como bien explica Houdini, conocer los trapicheos de los bajos fondos nos ayuda a evitar convertirnos en sus víctimas. Pero en mi opinión, existe una razón menos sombría: llevamos unas vidas seguras, sin falta de alimentos, y la parte animal de nuestra naturaleza no lo ha captado todavía. Una parte de nosotros aún ambiciona perseguir nuestro sustento por el bosque y matarlo con nuestros propios colmillos. De modo que la gente a la que le gusta leer sobre el crimen y la violencia es, por lo general, gente tranquila como lo podemos ser usted y yo. Contemplamos autopsias en la tele mientras disfrutamos de la cena, y es así como tiene que ser.

De la mano del interés de Houdini por los truhanes va su pasión por las desagradables y sensacionalistas artes menores como son la deglución de piedras y la regurgitación de cerveza, sobre las que escribió en Miracle Mongers and their Methods. No recomiendo iniciar una nueva carrera basada en las detalladas instrucciones que sobre estas maravillas nos ofrece Houdini. Recuerden que el arte del ilusionista es presentar la aburrida realidad como una fascinante imposibilidad. Houdini lo llamaba «mistificación» y añadía, con un par: «pero yo hago trucos que nadie puede descubrir».

De forma que mientras lea, ya sea el Houdini basto o el refinado, tenga en mente, por favor, que aunque le adore (y lo hará) era un showman, un fabricante de marca, no un historiador. Tácito, el cronista romano —y antes de que decida que este párrafo fue escrito por un negro, reconozco que en otro tiempo enseñé Latín en la escuela—, dijo: «Fingunt simul creduntque», «Ellos lo inventan, y al mismo tiempo, lo creen». Esto es aplicable con frecuencia a Houdini. Es invariablemente aplicable a todos aquellos que fabrican una marca. Lo es, sin duda, a mí mientras escribo esto. Y si se escucha a sí mismo contar las historias que hacen que la vida merezca la pena, descubrirá que es aplicable a usted, también.

Prólogo de Cómo hacer bien el mal,
de Harry Houdini

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