Encuentros cercanos

Picnic

Recuerdo que en las reuniones familiares siempre había un tío que me hablaba de abducciones con el mismo temblor sudoroso con el que otros parientes narraban su colonoscopía. Fue a través de sus pláticas de borracho que supe que en su juventud se había encerrado dos semanas en su baño a la espera de un ser de nombre «Aldebarán». El tío se llamaba Luis, pero todos los primos le decían el Spider. Fue el mismo que un día llegó muy drogado al taller mecánico de la esquina para pedir «tres motores de volcho o, en su defecto, cinco de licuadora» que servirían para construir un artefacto espacial. Nunca nos enteramos si reunió las piezas. Pasábamos meses sin saber de él.

Uno quiere pensar que eso no tiene nada de extraño, que hay tíos raros en todas las familias y que en todo caso resulta sensato aceptar la posibilidad de vida inteligente en otros mundos. Pero algo tiene la evidencia extraterrestre que aparece con frecuencia de la mano de sujetos a los que no les confiarías el cuidado de un sobrino. Incluso este hombre, que a primera vista parece un señor respetable, empieza a darte un poco de miedo cuando te enteras que habita una vivienda subterránea en el Desierto de los Leones.

Es fácil denostar a todos los creyentes, pero algo en el fondo nos dice que podemos entender su obstinación del mismo modo que entendemos por qué alguien insiste en irle a un equipo del fondo de la tabla. Hay en ellos cierto entusiasmo infantil, o quizás un romanticismo, que nos recuerda que todavía se pueden tener pasiones a contracorriente. Por eso un ufólogo es –de vez en cuando– ridículo pero con ese toque de probidad consigo mismo que a veces les falta a los escépticos. En un brillante ensayo, Juan Pablo Anaya ha identificado la actitud del melancólico con la del observador empeñado en videograbar y fotografiar el cielo en busca de una señal extraterrestre. Ver un paisaje se ha vuelto un gesto tan vacío, nos dice Anaya, que solo este puñado de creyentes conocidos como «los vigilantes» tiene la capacidad de devolverle contenido a esa mirada. El momento en que uno de estos hombres experimenten el primer contacto alienígena, el universo adquirirá significado. Solo de ese modo, «terrestre» será algo más que una palabra.

Pero en la categoría de creyentes, nadie me desconcierta más que los abducidos amorosos. Hace algún tiempo, en una revista, leí acerca del triángulo sentimental entre Zach y Sally, una pareja de Massachusetts, y un organismo de otro planeta, que ninguno de los implicados tenía el valor de nombrar. Zach, que aseguraba haber tenido relaciones con una «nórdica» humanoide de dos metros, admitía: «Es difícil estar eróticamente involucrado con un extraterrestre», pero también juraba que, de alguna manera, esta intrusión había enriquecido sus momentos íntimos: «Cada vez que mi esposa y yo miramos las estrellas, no puedo evitar ponerme romántico.» Sally, por su parte, decía que la parte más difícil del asunto era haber redifinido sus conceptos de «monogamia» y «envidia del pene». ¿Qué es lo que más te gusta de tu amante?, preguntó el entrevistador. Zach dijo: «Definitivamente sus senos. Bueno, quiero creer que se trata de senos.»

«Alien para amar» dice una playera en el aparador de una tienda. Las siete mil millones de personas que pueblan este planeta no nos libran de sentirnos a veces solos. Pero cuando las luces en el cielo despiertan la emoción de una cita romántica, el asunto es de pensarse.

Publicado originalmente en Picnic.

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3 comentarios en “Encuentros cercanos

  1. Me acuerdo que en Discovery Channel hicieron un especial de 2 horas sobre abducciones amorosas. Increíble que las alienigenas eligieran siempre a los hombres más inestables para tener sexo…

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