¿Cómo imaginas tu muerte?

Chuck-Klosterman

Por CHUCK KLOSTERMAN

Pongamos que sufro un ataque cardíaco mientras asciendo esta colina (o bien que llego a lo alto y me alcanza un rayo solitario como el que vi antes). Sin duda, nadie me encontraría esta noche; este sendero no lo frecuenta nadie y está oscureciendo muy rápido. Supongo que alguien encontraría mi cuerpo mañana por la mañana. Pero llevo ropa de deporte, no llevo encima identificación alguna, y estoy a unos tres kilómetros del hotel. Las autoridades probablemente no descubrirían quién soy hasta pasado mañana. Gracias a la información de mi coche alquilado, llamarían a Spin el jueves por la mañana. Pero nunca hay nadie en la redacción de la revista antes de las diez y media, así que dejarían un mensaje en el contestador.

Ahora bien, la primera persona en llegar a Spin todas las mañanas es una admiradora de las Bouncing Souls llamada Caryn, pero dudo que les devolviese la llamada, se limitaría a decirle a la redactora jefe que habíamos recibido una llamada de la policía desde Carolina del Norte. Nuestra redactora jefe llamaría a la policía por la tarde, después informaría a Sia sobre lo sucedido, y después todos se reunirían en la oficina de Sia. En esa reunión, todo el mundo se enteraría de que habría muerto. Creo que unos cuantos llorarían, pero no todos, eso seguro. Esa tarde disminuiría de forma notable el ritmo de trabajo, a menos que estuviésemos cerrando el número en curso. Alguien tendría que llamar a mis padres, pero con toda probabilidad no lo haría Sia; me temo que Sia lloraría de lo lindo. El mal trago de llamar a mis padres recaería sobre la redactora jefe. A todo esto, el editor de artículos de Spin, Alex Pappademas, afrontaría la responsabilidad de decirles a mis compañeros de piso que había muerto, porque Alex podría conseguir el teléfono de Michael a través de nuestro amigo común Farrin (ese tipo de relaciones se complica de manera exponencial cuando empiezas a pensar en ello de forma realista). Mis compañeros de piso de Manhattan, Michael y David, no tendrían ni idea de con quién contactar, pero sospecho que Michael llamaría a mi editor en Scribner, a nuestro antiguo compañero de trabajo en Akron, David Giffels, y posiblemente a Sarah Jackson (que ahora vive en Olympia, estado de Washington), porque Michael y Sarah salieron juntos hace tres años (y doy por hecho que sigue teniendo su número de teléfono). Sarah se lo diría de inmediato a mi colega Ross, y Ross asumiría la obligación de informar a todos aquellos que alguna vez me conocieron. Retomando el hilo, mi cuñada en Dakota del Norte conoce al padre de mi amigo de la universidad Jon Blixt, así que quizás Jon se enteraría (a través de su padre) el día después de que a mi madre le telefonease nuestra redactora jefe. Jon se lo comunicaría entonces a dos personas (Mike Schauer y el señor Pancake), y entre los tres tendrían que llevar a cabo todo el trabajo de recuperar mi cadáver. Jon es muy bueno con esas cosas, es muy eficiente. Apostaría cualquier cosa a que es capaz de hacer todas las llamadas de teléfono necesarias en menos de dos horas.

Dado que trabaja en la redacción de la revista, Diane se enteraría de mi deceso en la reunión inicial, a menos que Sia se lo dijese en privado. A Lenore la pondría al corriente Ross, y apuesto a que ella vestiría de negro en mi funeral; eso estaría muy bien, porque a Lenore le sienta de maravilla el negro. Quincy no se enteraría hasta dentro de unas semanas, a menos que el señor Pancake siga conservando su dirección de e-mail (cosa que dudo). Q. probablemente se perdería mi funeral. Uno de mis habituales compañeros de borrachera de los noventa fue un tipo llamado Shane Howatt, aunque no tengo ni idea de dónde vive ahora. Es posible que jamás llegase a enterarse de mi muerte. Es más, cabe la posibilidad de que esté muerto y que sea yo el que no me haya enterado.

No quiero morir, pero lo cierto es que me encanta la idea de estar muerto. Sé que es patético imaginar a tus amigos llamándose entre sí para hablar de lo inoportuno de tu muerte, pero me resulta encantador. Tal vez en Spin me dedicasen un número. Tal vez publicasen una necrológica de una página entera, que firmaría o bien Alex o bien el editor jefe Jon Dolan. Tal vez los dos tuviesen que escribir cosas elogiosas sobre mí; eso no dejaría de ser fascinante, pues ambos tienen un estilo muy personal a la hora de realizar halagos. Jon me compararía con un genio muerto del que yo no habría oído siquiera hablar (posiblemente Joseph Mitchell). Alex citaría la letra de alguna conmovedora canción de Lizzy (probablemente parte de la segunda estrofa de “The Rocker”). Me gustaría, sin embargo, que sus comentarios no fuesen demasiado lúgubres. Me gustaría que dijesen que tuve una vida estupenda y que siempre había deseado morir al cumplir los veintisiete. No habría necesidad de ponerse sensiblero. Mi muerte no sería una tragedia. He ascendido todas las montañas que tenía que ascender, lo digo en serio.

Pégate un tiro para sobrevivir (Reservoir Books).

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