La experiencia Pildorita

Conozco a poca gente que no haya recibido un correo de Rodrigo Solís al menos una vez en su vida. Algún lunes de 2005 ó 2006, cientos de empleados, oficinistas, estudiantes, encontraron en su Bandeja de Entrada un nuevo mail con el Asunto: Pildorita de la Felicidad. Más de uno abrió el correo en busca de alguna secuencia de frases de motivación e imágenes de atardeceres, pero obtuvo a cambio, una condensada diatriba contra el mundo moderno. Era como el primer cigarro, la primera botella, o el libro inicial: al principio no tuvo un buen sabor, pero con el tiempo el suceso resultó indispensable para explicar en qué nos habíamos convertido.

La adicción a Pildorita estaba llena de esas historias: yo no sabía, a mí me dijeron, nunca fue mi intención. Pero las decenas y cientos de personas que recibían los correos de Rodrigo estaban ahí, malversando horas laborales, absortas en esta o aquella historia, regocijándose en la vida y opiniones de un desconocido. Riendo a escondidas. En fin, haciendo eso que, en algún otro tiempo, se llamó lectura.

¿Cómo le hizo el señor Solís?, ¿cómo demonios se inmiscuyó en nuestras vidas? La respuesta podría adivinarse en su pasado como licenciado de administración, pero en realidad proviene de su sentido práctico de la literatura. Rodrigo tomó lo único que tenía a la mano —una computadora con conexión a Internet— y tras haber escrito un puñado de buenos artículos sobre la vida cotidiana, se puso a buscar lectores. No fue tras las editoriales, no hizo ruegos a los suplementos de cultura. Buscó —en cambio—todas las cadenas de internet que tenía en su bandeja de Spam, copió las direcciones e integró los nombres a una base de datos. Cada que tenía un nuevo texto, remitía primero cientos, luego miles, de correos, desde decenas de cuentas distintas, sometidas todas ellas a la capacidad máxima de envío. ¿Funcionaría? Lo ignoraba. Pero al menos era una forma de no quedarse a esperar que alguien más hiciera el trabajo.

El resultado fue estimulante. Después de algunos meses, sujetos iracundos le escribían al correo electrónico con la petición explícita de que no les siguiera jodiendo la existencia. El otro tanto decía exactamente lo mismo pero sin insultos.

Insistió. Renovó su base de datos. Con el tiempo, las respuestas se fueron volviendo menos ásperas. Apareció el primero que consideró a las Pildoritas un momento de respiro en la oficina. Después llegó otro al que no le pareció tal o cual idea, pero que al final, con letra más pequeña, había escrito “Gracias”. Alguien más le llamó “escritor”. La mayoría de los mensajes iniciaba: “No sé cómo has obtenido mi correo…”.

Ante el furor de los blogs, a Rodrigo no le pareció mala idea abrir uno con el material de sus artículos. Se trataba de conformar un espacio en la red donde cualquiera pudiera entrar, pero sobre todo donde una veintena diaria de despistados llegara tras realizar alguna búsqueda previsible —el futbol, sexo, chismes de espectáculos— y en lugar de eso encontrara un sitio adictivo, donde no faltaran el desparpajo, las burlas y las opiniones sobre temas incómodos.

Fue un éxito. Las visitas se multiplicaron y el público pidió dosis más frecuentes. Con habilidad de dealer, Rodrigo Solís había puesto suficientes ingredientes en sus textos para que el auditorio experimentara un rápido síndrome de abstinencia. Los comentarios también se multiplicaron y en los momentos más lúcidos se volvieron una conversación entre lectores, y en los más divertidos, una oportunidad para que la gente perdiera el control y se pusiera a insultar a diestra y siniestra. Aparecieron locos con amenazas —el ejército de admiradores de Michael Jackson, funcionarios campechanos ofendidos por la mala promoción hacia el estado, la líder nazi de un sindicato de edecanes, un poeta que fingió su muerte— que dotaron al blog de un extraño hálito de irrealidad. El sitio había creado, a la par de lectores, una tropa peculiar de personajes.

El secreto de la Pildorita estuvo y ha estado en sus componentes activos: los Data Pop, las tragedias menores, la televisión, la autobiografía precoz, Dios, la publicidad, el ridículo, las batallas familiares, la provincia, el futbol, los políticos, el cine, YouTube. Tómese la vida cotidiana y disuélvala en ácido clorhídrico. Sin embargo, pese a lo atractivo de su fórmula, la combinación por sí sola no hizo el milagro. Faltaba agregar la sustancia personal: la eficacia de un humor, despiadado, agudo, políticamente incorrecto. La marca de fábrica. El sello Solís.

Y es que aquellos que hemos subrayado la nitidez de su prosa sarcástica sabemos reconocer sus filiaciones. De Bayly aprendió la exhibición impúdica y de Pérez Reverte, el arte de la bilis. Rodrigo no carece de héroes literarios, aunque más de un “intelectual” le haya cuestionado si sus escritos son en realidad literatura. Pero la respuesta es más que obvia. Sus coordenadas están marcadas por gente que, como él, hace literatura a su modo: Larry David, Jerry Seinfeld, Ricky Gervais, Woody Allen, Hernán Casciari. Su genealogía abarca a todos aquellos que han diseccionado la rutina para extraer de ella el infierno mínimo o amplificado en que hemos convertido el mundo. Por eso, Pildorita de la Felicidad más que un blog se convirtió en un sitio donde cultivar quejas gozosas.

El paso natural de un proyecto como el de Rodrigo Solís era transitar de la tecnología en red a la tecnología unplugged. Del placer de la pantalla y al placer de la página. La existencia de un libro con su firma sólo corrobora que su humor funciona en cualquier soporte, llámese conversación, internet u hoja impresa. Y si el acoso por e-mail, las búsquedas en el Google, los links desde los sitios web, le han servido para convocar lectores, no dudo que el azar, el recorrido en la librería, la recomendación boca a boca hagan otro tanto. La Pildorita es una incomodidad necesaria, algo que hacía falta en los estantes. Ahora ese mismo humor está AQUÍ, inoculando una novela donde una veintena de amigos y conocidos son ya personajes de ficción. Los veo (me veo) con un gesto que lo mismo remite al horror que al placer. Es el efecto Pildorita. Considérese usted afortunado.


(Prólogo que escribí para Mala Racha, primera novela de Rodrigo Solís)

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