Las 3 edades del rock

1. Vejez

Cuando llegué al concierto de Austin TV, la mayoría de los asistentes pensaba que yo era un papá que había acudido a buscar a su hija emo. El policía de la entrada me trató de «usted» y ni siquiera osó a hacer la revisión de rutina. Con la barba sin afeitar y el cuello de la camisa asomándose por el abrigo, más bien parecía un profesor universitario de esos que incitan a sus alumnos a su primer porro. Pudo haber sido el peor día de mi vida, pero por fortuna no tuve mejor compañía que dos amigos de mi edad: Miguel parecía un guardabosques; Fernando, un precandidato que con desesperación busca una frente arrugada que besar.

Ni qué decir del golpe emocional que representó ver a un auditorio que apenas estaba naciendo en el mismo año en que yo descubrí a Guns N‘ Roses (y de paso, el heavy metal, y de paso toda la música hecha con guitarras eléctricas). Para el fan rockero como para el futbolista, la vida es otra al avizorarse la tercera década. Al ver a tanto adolescente brincando a ritmo de Austin hice mía la confesión de Juan Villoro: «Nunca fui más viejo que cuando tuve 30».

Cada uno de mis amigos tuvo su propia epifanía de la crisis de la edad, sobre todo en el slam, cuyos 4 minutos nos cansaron como si acabáramos de correr los 400 de relevos. «No mames, por error le toqué los pechos a una chava», dijo Omar. En su mirada se encendía el terror de quien puede ser en cualquier momento acusado de un abuso.

La convocatoria de Austin —un público hecho a base de Internet, principalmente y que vino contra todo pronóstico a escuchar un concierto instrumental de principio a fin— me hizo recordar las épocas en que los únicos grupos de rock que llegaban a la ciudad tenían cantantes que gruñían como manada de rottweilers (en esos tiempos ser rockero era escuchar bandas de nombres impronunciables y logotipos ilegibles). Los años pasaron y esos metaleros de cabelleras largas como el sargazo se habían vuelto baptistas o reporteros, y todo el tiempo me los topaba porque querían convertirme a la fe, o en el peor de los casos, hacerme preguntas para un sondeo. Pese a ello, a veces se dejaban aparecer en conciertos de cualquier tipo para revivir el éxtasis de un amplificador Marshall bien microfoneado.

«Ya somos unos viejos», me abordó Sandro Sosa, uno de esos rockeros de antaño que ahora alcanzaba los 28 años y cuyo mayor logro había sido tocar el solo de «One» con una secadora de estilista. «Ve a estos niños, qué saben ellos de Zeppelin, de Sabbath, de aquel Sepultura de Chaos A. D.» Lo miré no sin asombro: Sandro había logrado sonar a su papá —el ingeniero Sosa— cuando decía que la mejor selección había sido la del «Halcón» Peña.

Me concentré en lo que sucedía entre Austin y sus fans, enardecidos por la melodía, incapaces de seguir las piezas con la voz (esa forma a veces fácil de alimentar el furor). Me agradó no conocer ninguna de sus canciones: era experimentar el éxtasis de la primera vez.

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2. Madurez

La mejor definición de aquel concierto de Coda, que se dio una semana después del de Austin TV, la dio David, un ex compañero de la secundaria, a quien ni siquiera le gustaba el rock:

«Sólo vine porque de seguro voy a ver a toda la generación de los maristas.»

No se equivocó. Ahí estaban Menandro (que acostumbraba a tirar cubos de metal en los cubículos del baño, siempre y cuando éstos se encontraran ocupados), Quiñones (para mi sorpresa ya no estaba cumpliendo aquella condena por robo violento) o Gordolobo (de quien recibí hace años unas fotos donde supuestamente salía borracho, desnudo y junto a un ex maestro, pero nunca quise abrir ese mail).

De dónde les surgió el gusto a todos por Coda nunca lo sabré. Yo conocía a la agrupación porque Waldo no dejaba de cantar «Sin ti no sé continuar» mientras te tiraba las tapas de hule de su mesabanco y porque Fernando hacía el característico cabeceo tembloroso de Chava cuando llegaba a la parte de “No sé si piensas en mí, como yo en ti, me haces tanta falta”.

Puedo apostar que la inmensa mayoría de los asistentes vio en Coda una oportunidad de recuperar el pasado de alguna forma. Era como ir con el sicoanalista a desenredar el subconsciente, a explicar los motivos por los cuales terminamos siendo lo que esa noche éramos. No se trataba de un grupo muy popular (el resto de mis amigos menores de 25 años apenas los conocían o los conocían por una canción: «Aún») ni tampoco eran material de eruditos. Creo que por eso su presentación resultó exitosa: definían a mi generación. Es decir, le interesaba sólo a mi generación.

Por otro lado, no había mucho que desentrañar. Casi todo mi grupo de amigos acabó borracho, como solía pasar en las excursiones, pero verlos a todos tan parecidos a los que siempre quisieron ser (excepto Khalil que nunca pretendió pasar tres años de su vida fotocopiando facturas y credenciales de elector) me produjo un sentido de legitimación de la edad que no dejé de saltar toda la noche.

Después de la última canción (Coda repitió «Aún», quizás para sentirse unánimamente acompañado), caí en cuenta que las había coreado casi todas. Eso me agradó: fue experimentar el éxtasis de quien descubre que puede recordar.

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3. Adolescencia

La peor imagen del concierto de Alex Lora en la Plaza de la República, cuatro días después del de Coda, fue verlo besar a Chela Lora durante el interludio de «Triste canción». Fue un contacto largo, insoportable, como un insomnio.

Alex Lora es un rockero viejo que, como todos aquellos jubilados que te preceden en la fila del cajero, nos pide demasiadas consideraciones.  Su música se ha deteriorado con el uso e incluso sus éxitos suenan mejor en disco que en vivo, sin embargo, Lora es dueño de un puñado de himnos ineludibles que siguen impulsando a fans y no fans a llenar sus conciertos. Por eso no me puedo quejar: como en esos partidos mediocres de la Selección, no fui exclusivamente por El Tri, sino a escuchar a miles de gargantas acompañar al Tri.

Debido al amontonamiento sólo puedo llegar hasta el área del ingeniero de audio, donde un buen número de funcionarios públicos y gente que ronda los cuarenta ha buscado un oasis. El líder de la fracción parlamentaria del PAN salta con evidente entusiasmo hasta que se da cuenta de las miradas ajenas y finge que sus saltos son para buscar a un conocido entre la multitud. Por un momento, las personas que me rodean se olvidan de su edad. Un famoso dirigente de izquierda pasa apoyado en su esposa y sus dos hijos, quienes miran con vergüenza el estado inconveniente de su padre (el venerable hombre se ha dedicado a mostrar el dedo medio a todo el mundo). Cientos de personas trajeron a sus pequeños: fue una especie de iniciación a los territorios del rock and roll, o un viaje a la década en donde nadie tenía pensado en reproducirse. Era como decirles: este es el mundo que existía antes de que tú existieras.

Me veo —los veo— cantando «ADO», «Santa Martha», «Nunca digas que no». La insistencia de los grupos de antro para tocar al Tri ha provocado que uno se desensibilice respecto a cómo debería sonar el Tri auténtico y Alex Lora y su banda tampoco han hecho mucho para marcar esa diferencia.  No obstante, tengo pocas cosas que reclamar porque algo más allá de la ejecución y la interpretación define la música. Es como esas películas muy básicas que finalmente nos conmueven y no sabemos por qué. Como si algo traspasara las virtudes evidentes del arte y nos tocara, y por eso no podemos explicar por qué nos gustan. Creo que es una de las constancias de Lora: te sabes sus canciones porque dicen algo que las demás canciones ya dejaron de decir y no alcanzaste a escuchar en el resto de la música que marcó tu vida.

Me agradó el éxtasis de saberme todas las canciones y pedir a gritos muchas más de las que podía haber interpretado.

Lora no triunfó musicalmente; lo hizo biográficamente.

Por eso tuvo todas las de ganar.

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5 comentarios en “Las 3 edades del rock

  1. ¡MAESTRO!
    Un delirio de genialidad es esto que leí extasiado haciéndome ver que los 30’s no están tan mal cuando aún se puede saber uno adolescente ante determinadas experiancias (y hay tantas que nos faltan por vivir aún cuando ya tenemos tantas por contar)… Exelente entrada como es costumbre, SALUDOS!

  2. Sí que sí. Excelente. Demasiado viejo para rockanrollear:demasiado joven para morir… uf, el slam, los masivos, las nenas rockers, las chevas, la mota, esos riffs, esos coros… y el metoprolol… la edad del metoprolol ya llegó. Gracias por las reflexiones.

  3. Excelente prosa, quisiera conocer mas de su tu obra. Es maravilloso la forma en que hablas de musica en estos agradables textos

  4. Es muy diferente ir a conciertos de bandas que no suenan ya en la radio pero en un tiempo fueron muy famosas. Lo acabo de experimentar en Pearl Jam: la mayoría del público en mi zona rebasaba los 28, y a pesar de ser, vaya, Pearl Jam, el slam no duró más de cinco minutos y todos se limitaban a mover la cabeza al ritmo de “Do the evolution”.

    También será que antes el concierto llegaba a ser muchas veces el pretexto para ir a beber, fumar y golpear gente. Como una precopa al resto de la noche.

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