Los misterios de una “doble vida”

d

Por Luis Miguel Estrada
Hay una escena en Mente brillante (Good Will Hunting) que uso con frecuencia por su facultad ilustrativa: Will (Matt Damon) invita a salir a su chica especial, Skylar (Minnie Driver) y ella se niega argumentando que tiene tarea de biología molecular. Ella le muestra el libro y él, con su mente prodigiosa, le toma una fotografía mental y luego vuelve con la tarea resuelta, y le insiste en que salgan. Una vez que están frente a frente, comiendo cualquier cosa en una terraza en donde el viento los despeina, ella le pregunta “¿Cómo lo haces?”. Para ese punto en la película, ya conocemos que el protagonista es una máquina matemática que cabalga en algoritmos a velocidades y distancias que sorprende incluso a los expertos. Will no sabe qué responder más que con un ejemplo, el asunto al que quiero llegar: si él, Will, ve un piano, no ve nada más que el objeto y las partes que lo constituyen; Mozart, en cambio, vería notas, escucharía sonidos, imaginaría una sinfonía, Mozart vería la música entera; para Mozart, eso “tenía sentido”.

Aún si no nos referimos a genios desmesurados, el ejemplo sigue siendo válido. Un amigo mío, ingeniero electrónico, me relató una forma de examinación de una marca de electrónicos bastante grande (Siemens o General Electric, francamente, no tengo idea). En un curso, una parte de lo que se enseñaba era pensamiento lateral en la resolución de problemas. Un hombre ataviado con una actitud laboral germana les mostraba un equipo médico cuyo display marcaba “Error”. El reto era encontrar la solución en el menor tiempo posible. El curso estaba lleno de internacionales pues se trataba de un requerimiento obligatorio para certificación de calidad. Un participante de nacionalidad indiscernible (“gringo o hindú”, me dijo quien me contaba esto y sólo pude imaginarme a un ingeniero) tardó cuarenta minutos en encontrar un fusible quemado. El nacional, y héroe de esta historia, tardó quince minutos en encontrar una cinta aislante bloqueando una terminal. “¿Cómo supiste?”, pregunté. “Así”, me respondió y se encogió de hombros. No sabe explicarlo, sólo sabe que así funciona.

Si las vísceras de los electrónicos me sorprenden por incomprensibles, la composición musical lo hace aún más.

Estaba en Tlaxcala. Era domingo y hacía calor. Eduardo Huchín y Elisa Corona estaban allí a razón de una invitación que la ínclita tlaxcalteca, Yvonn Márquez, les hizo a los dominios de Xicotencatl. Tenían planeado tocar el sábado por la noche en un bar pero diversas razones los orillaron a improvisar un concierto en los portales del centro de la ciudad. Con éxito moderado, atrajeron a algunos curiosos y Elisa recibió algunos silbidos. Yo me perdí la presentación porque estaba trabajando en Puebla. Nunca los había visto tocar, y todo parecía indicar que nunca los vería.

Sin embargo, el domingo nos encontramos con un entarimado y equipo de audio en la plaza de la Constitución. Parecían los restos del naufragio de algún evento popular auspiciado por el ayuntamiento. Un hombre vestido de extra de película de los Almada (lentes de gota, pantalones negros y botas cafés bien, pero bien picudas) les dijo que, si querían tocar, “estaban hablando con la persona indicada” (un guionista aficionado debió sentir, en ese momento, que lo último que quedaba antes de que esa frase se convirtiera en un cliché se había gastado en alguna parte; no sabía, ni podía saber, que fue un hombre anónimo en el centro de Tlaxcala quien la convirtió en un lugar común y le impidió, por ello, utilizarla con soltura).

Así que, en domingo, a medio día, con el sol a plomo, Huchín y Corona se subieron a un entarimado endeble. Campechano él, defeña ella, pulsaron sendas guitarras con la actitud germana de quien desarrolla su actividad con pulcritud y se aventaron un concierto de composiciones propias salpimentao con un par de covers. Una acústica negra para él, una Telecaster para ella. Entre niños que se paseaban en carritos eléctricos, tiraron el primer acorde. Mientras soltaban los demás, un grupo de ocho hombres jóvenes en trajes negros pasó. Todos sostenían un helado y lo sorbían sin gusto, como si formara parte de su uniforme de oficina, innecesario en domingo. “Nosotros somos Doble Vida”, dijo Elisa.

Un par de imágenes se me grabaron: Huchín bailando con ritmo por primera vez desde que lo conozco y Corona haciendo llorar una guitarra de la mitad de su tamaño. No me voy a deshacer en halagos acerca del desempeño musical de Doble Vida, sobre todo, porque corro el riesgo de que alguno de los músicos aquí señalados lea la columna. Pero sí voy a confesar que me quedé con ganas de preguntarles algo: ¿cómo lo hacen?

A pocos días de que saquen un disco financiado con recursos propios, la pregunta es tan válida como cuando se habla de biología molecular o de circuitos integrados. Aunque todo lo desconocido tiene la capacidad de sorprendernos, no todo lo desconocido guarda ese misterio que tiene la composición. Yo veo un diapasón, un mástil, seis cuerdas y la caja, y no hay ahí nada más que los mismos tres acordes que aporreo desde mi adolescencia. Ellos ven algo más, no sé que sea y, si se los hubiera preguntado, me habrían respondido con la cabeza hundiéndose entre los hombros que soportan el tahlí de sus guitarras.

Pero qué bien suena.

d
Originalmente publicado AQUÍ.

d

Para oír la música de DOBLE VIDA: 

El pasado no se abre con la llave por dentro“,

Barcos,

La misma ciudad“.

O ingresa al MySpace.


Anuncios

Un comentario en “Los misterios de una “doble vida”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s