Pornófilos y erotómanos

W me cuenta una historia: un amigo suyo que trabaja en una dependencia federal recibe un día la llamada del delegado.

“Hemos descubierto que tienes todo el disco duro de la computadora lleno de pornografía”, le dice. “Ya te lo habíamos advertido una vez. Pasa mañana por tu liquidación”.

Angustiado y consciente de que no son buenos tiempos para perder un empleo, el amigo de W busca en su cabeza una razón de peso para defenderse, pero lo único que alcanza a decir es:

“¿Será que pueda hacer un respaldo?”

Eso es un amante del porno.

J, otro de mis amigos, tiene una manera distinta de ver el sexo en la pantalla: puede explicar su entusiasmo ante películas como Las emociones sexuales de un caballo de Sady Baby y a la media hora debatir sobre el video de un hombre cuyo mayor mérito es eyacular sin tocarse. J dice que el porno raro actúa en él por polarización: después de ver a un tipo cubierto con cinta de embalar y torturado sistemáticamente en sus genitales, puede salir a la calle y apreciar mejor los atardeceres, el canto de las aves, una flor nueva en el jardín. Él se llama a sí mismo un “erotómano”.

Pornófilos y erotómanos. Ambos quieren diferenciarse, aunque en el fondo terminen pareciéndose. Tanto el erotómano como el pornófilo buscan alejarse del aburrimiento que supone el otro grupo. Para el pornógrafo el tedio proviene de la intelectualización del sexo; para el erotómano, de su convencionalismo.

¿Erotismo?, ¿pornografía? P, una de las personas más brillantes que conozco, reflexiona:

“¿Cómo reconocer el porno? Me parece que el problema surge porque nos da trabajo aceptar que el porno puede ser algo más que un apoyo para tocarse en lugares prohibidos; puede ser una herramienta educativa (Nina Hartley’s Guide to Threesomes), un artículo de conversación (1 Night in Paris), un ‘rite of passage’ (2 Girls 1 Cup), arte (Destricted), narrativa (Shortbus)… todos los anteriores son porno, aunque ¿qué tienen en común? ¿El sexo explícito? No, en 2 Girls 1 Cup no hay sexo per se. ¿La intención del fabricante de que las personas, al verlo, se toquen en los mentados lugares prohibidos? No, ése no fue el caso en 1 Night in Paris. Creo que lo de la intención de provocar calenturas es lo más cercano que hay para identificarlo, pero también contaríamos a Ninel Conde, New Moon y la revista Bianca como porno. Tal vez sea la intención de lucrar mediante la presentación de actos sexuales o parasexuales… pero eso también define al cine de explotación no-pornográfico, por ejemplo, Nekromantik. Uy, creí que iba llegar yo muy salsa y hacer la regla definitiva, pero no me salió. Diré lo mismo que dicen los que intentan definir lo obsceno: ‘Lo reconozco cuando lo veo’”.

La pornografía conduce a la recopilación y el furor erótico al coleccionismo. En ambos casos opera el mismo principio de acumulación. Un video XXX es en realidad un conjunto de escenas sexuales unidas por motivos más bien sutiles como la actriz, un fetiche o una trama. Lo mismo pasa con el pornoadicto, quien compila momentos en virtud de su biografía, sus gustos o el parecido que tengan las actrices con sus amigas. No existe amante del porno que sea mezquino con los materiales explícitos, las fantasías o simplemente los dilemas inútiles. Por eso, sabe que ningún momento es más propicio que los medios tiempos de la Champions para preguntar:

“¿Ustedes qué preferirían, una milf o una teen?”

Por su parte, el erotismo supone una bibliografía, un catálogo razonado o saberse anécdotas de una docena de gentes tipo Anais Nin o el marqués de Sade. Su rango de curiosidad se extiende desde los griegos a los sujetos que en las últimas décadas se han estado operando la cara para deformarse. Un erotómano puede ver Deep Throat y hablar del espíritu de una época aunque en pantalla solo aparezcan Linda Lovelance y el pene de Harry Reems. El erotismo está hecho de héroes y heroínas; la pornofilia, de marcas registradas. Al erotómano le excitan las historias; al pornófilo apenas dos cuerpos que fornican sin causas ni consecuencias. El erotómano convoca a foros de Internet para que las personas cuenten sus experiencias, pues para él, la veracidad depende de la narración; para el pornófilo depende de que un coito haya sido grabado con un celular.

El consumidor de porno ha aprendido con los años un vocabulario donde destacan aquellas etiquetas que más le han servido para el Ares, el Google o el Ba-K: blowjob, facial, teens, threesome, creampie, POV. El erotómano se vale de otro vocabulario: dionisíaco, apolíneo, poliamor, plétora sexual y otra decena de términos que sólo conocen en el IMESEX. Al erotómano lo educó Georges Bataille; al pornófilo, los tipos que recogen chicas para Bang Bros.

Además de su debilidad por acumular, el adicto al porno tiene otra pasión: la edición de video. Ninguna película XXX fue realizada para verse en el estricto orden que va del minuto cero al de las dos horas con 15. Todo espectador tiene los recursos necesarios para hacer su propio director’s cut: los botones del control remoto, el cursor en el windows media player. Por variedad o por antojo, la sintaxis de las escenas nunca será la misma, no digamos de una persona a otra, sino incluso de una noche a la siguiente. El porno en video nació para ser intervenido y en ningún otro género el espectador goza de tantas libertades para descuartizar una obra. El erotómano, en cambio, destruye un cuerpo humano y lo vuelve objeto. No lo emocionan tanto las vulvas como las frutas cortadas que parecen vulvas. Su idea de que el sexo está en todas partes le hace creer que efectivamente una media luna puede ser sensual cuando en su interior sospeche que en realidad sólo es cursi. El erotómano es lo que sale de juntar un romántico con un libertino.

Para el pornófilo, todas las personas que abarrotan una plaza comercial pueden caber en al menos una categoría del sexo explícito. Asiáticas, amas de casa, adolescentes, uniformadas son apenas formas de afrontar un mundo repleto de gente desconocida. El erotómano, en cambio, ve parafilias -perdón “expresiones comportamentales”- en cada individuo con el que se topa. Acrofílicos en potencia, posibles Aloerastas, tímidos Bestialistas, respetables Menofílicos, discretos Nudómanos, Fetichistas en ciernes. El erotómano no busca etiquetas comerciales, sino dobles vidas.

Un erotómano ve la excitación ahí donde no hay industria. Un pornófilo la percibe ahí donde simplemente hay una cámara. El pornófilo vive avasallado por el cuerpo y por eso confía en el simulacro; el erotómano quiere creer que en la vida real hay algo más que el cuerpo y por eso se entrega a eso que llama sensualidad.

Si pudieras confrontar al mayor pornófilo y al mayor erotómano de México sabrías que tienen algo en común: ambos son necesariamente feos.

d
(Publicado en Luna Zeta, 30).

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2 comentarios en “Pornófilos y erotómanos

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