El niño que mataba a los dragones

Discuparán que ponga de nuevo esta imagen, pero se me han acabado mis fotos de niño.


1. Entre los cinco y los seis años, veía a los insectos como pesadillas en miniatura. Siempre que las cucarachas salían de algún rincón me alteraba tanto que mis agitaciones terminaban siendo gritos de auxilio. El día en que defendí mi derecho al miedo, dije: “Es que yo sólo mato dragones”. Mis abuelos, que en ese momento me cuidaban, no pararon de reír por dos o tres semanas. Desde entonces, cada que aplasto una cucaracha siento que me traiciono un poco.

2. Años más tarde, predicadores de toda clase de sectas e iglesias venían a mi casa y yo los recibía. Ellos me hablaban de la decadencia del mundo, de los “últimos días”, del número de la bestia, de la caída del imperio católico, etc. Un pasaje bíblico quedó marcado en mi memoria: aquél que dice “porque a la hora que no penséis, el hijo del Hombre vendrá” (Lucas 12:40, Mateo 24:44). A partir de entonces, antes de acostarme, decía: mañana se acaba el mundo.  Mi lógica era la siguiente: si Dios dice que llegará cuando nadie lo sepa, no puede venir mañana porque yo lo sé y habría contradicción y en Dios no puede haber contradicción.

3. Hasta antes de conocer a la Puka, la mascota de Gabriela, mis relaciones con los perros habían sido desastrosas. En algún momento de mi infancia un rottweiler llamado Ultramán me atacó por la espalda y me dejó de recuerdo un tatuaje de sangre que parecía una inscripción mesopotámica. El médico observó la herida con el estupor de quien descubre una señal alienígena en un campo de cereales. Permanecí en cama dos semanas con la instrucción explícita de que me inyectaran todos los días.

4. De niño, creía que “abigeato” era tener dos mujeres.

5. A los diez yo pensaba mucho en los extraterrestres. En esos años, mi mamá doblaba cucharas y la niña que me gustaba seguía las trayectorias del agua con una vara de zahorí. La TV dedicaba inquietantes programas a misteriosos vestigios, como las figuras de Nazca o el astronauta de Palenque, que sólo admitían explicaciones a partir de lejanas visitas de civilizaciones avanzadas. Vi Cocoon y no volví a meterme a una piscina en diez meses. Recuerdo con claridad el día en que un tipo apodado el “Spider” llegó al taller mecánico de la esquina pidiendo “tres motores de volcho o, en su defecto, cinco de licuadora” para construir una nave espacial. El cielo se volvió el amplio escaparate de mis miedos.

6. Las tareas escolares siempre tuvieron algo de este conflicto entre evasión y responsabilidad. Cuando la maestra nos ponía a escribir cuentos, sentía que me obligaban a ejecutar un milagro. No podía. Nunca supe inventar del todo y tengo el convencimiento de que eso me impedirá ser novelista algún día. En cambio, me entretenía haciendo crónicas de los pequeños acontecimientos escolares. La mayoría de mis amigos formó en algún momento parte de mis historias (no del todo apegadas a la realidad). La nómina de mi escritura provino, desde entonces, de los pases de lista.

7. Una ciudad. Mi foto de niño (acabo de despertar). Mi maestra del preescolar. La primaria. La maestra suplente. Viaje al centro de la tierra. Otros diez libros de Verne. Los primeros paseos al centro histórico. Los trucos de magia (no sé porqué a la Jota de la baraja hay que llamarle Joto, “para hacer reír al público” según el libro del Mago Frank). Casetes de obras de Cholo casi a diario. Un tío que sintoniza la Tremenda Corte. Ese mismo tío que casi no oye, pero que me enseña a tocar guitarra. La primera canción sin errores. El descubrimiento de la música clásica. Colecciones de Reader’s Digest (todavía toqué “Marea baja” en el acordeón mis últimos días en Campeche). “La risa, remedio infalible” del Selecciones. Khalil Gibrán a los 11 años. Nueve semanas y media, en Cinemax. El cable, las películas de media noche, la educación sentimental con cuerpos de los años setenta. Concursos de oratoria perdidos (la fórmula de mi fracaso fue nunca alzar la voz).  Exámenes de conocimiento. La siguiente fase y la siguiente (la madre del colegio católico contra el que compito me felicita con hipocresía). Viajo a México para saludar a Carlos Salinas. Veo El Hombre de la Mancha. Dos niñas de Chihuahua se sientan a mi lado.  Regreso. Mamá me regala Cien años de soledad. Abandono a García Márquez en la página 100 (pero releo todos los días las partes porno).

8. Papá quería que yo fuera urólogo, Mamá que fuera contador. Desde niño supe qué les preocupaba en la vida.

(Estos párrafos, con ligeras modificaciones, provienen de textos ya publicados y de alguno que otro inédito).

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6 comentarios en “El niño que mataba a los dragones

  1. Me encanto!!

    Yo también tenía mis lógicas decía imposible lo del arca de Noe, no pudieron estar todos los animales en una misma región, imposible lo de Adán y Eva, venimos de los changos jaja claro lo único malo es que estudiaba en colegio católico y las monjas me decian que iría al infierno

    Saludos :)

  2. Me gustó mucho…cuando yo tenía como 11 o 12 años leí un libro (que sospecho era para lectores más avanzados) llamado “Rosy es mi familia” sobre un tipo que hereda un elefante. Ahí me enteré por primera vez de los preceptos del budismo y recuerdo que me trajo muchísima ansiedad pensar que había formas tan distintas de ver el mundo. Nunca se me había ocurrido.

    Tuve una infancia bastante feliz pero no sé por qué la gente añora tanto esa etapa. Años y años no tener idea de cómo funciona el mundo…

  3. ya sabes mister, soy tu fan y cualquier tema que toques tiene la suficiente elocuencia para que yo quiera seguir leyendote siempre, saludos

  4. ¿Eres raro desde pequeñito? Jaja, no es cierto. Me gusto. Cuando yo era niña me gustaba hacerles mal a las hormigas. Me gustaba pensar que para ellas yo debía ser algo como un dios y les fabricaba huracanes con mucha agua, y temblores cuando las encontraba en los platos… luego me empezó a dar miedo que me picaran toda y lo deje de hacer. Pero todavía me gusta matar hormigas :S

  5. Los extraterrestres sí existen, Lalo puede darte fe de ello, hasta la fecha duerme con sus chacos por si algún hombre verde allana su cuarto. También Mau pude darte fe, cuando éramos niños (o no tanto) una madrugada nuestro primo Budy (un joven que ya se rasuraba) le habló pegando de gritos que una nave espacial había aterrizado en la Tierra, ¿en qué parte de la Tierra?, precisamente sobre el techo de su casa, ¿qué hizo Mau cuando Budy le pidió que se asomara por la ventana para que diera fe y legalidad de la invasión extraterrestre?, Mau se metió bajo su cama y decidió vivir convertirse en antropólogo para demostrarle al mundo que los mayas eran extraterrestres.

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