El nazi del cuarto de baño


Tengo la impresión de que el transporte urbano entraña la esencia del contrato social: la fatalidad de coincidir con gente indeseable. Es decir, en un camión, el único móvil para que las personas se encuentren es el azar y de esa manera la vida establece su más terrible lección. Como metáfora de la existencia, el microbús no sólo nos enseña que la velocidad del mundo está fuera de nuestro alcance, sino que nuestros compañeros de viaje son personas a las que uno no quisiera ver tan seguido. Deseo imposible de enunciar en ciudades tan pequeñas como Campeche.

–¿No le sorprende encontrarnos de nuevo?— me dijo aquella tarde un tipo al que yo no había advertido en el asiento de atrás.

–Perdón, ¿quién es usted?—pregunté tembloroso sólo de pensar en un desconocido que anda por ahí memorizando mi cara.

–Rubén. Hemos coincidido como siete veces en la misma ruta y siempre lo veo tan callado, tan alejado del mundo que sentí ganas de platicar con usted.

El tipo se sentó a mi lado y no opuse resistencia, posiblemente porque era demasiado tarde para prender el iPod o sacar un libro.

–Hay un calor terrible—me dijo, un poco para cumplir la cuota meteorológica que tienen todas las conversaciones— ¿y sabe qué es lo peor del calor?

–Quiero creer que una veintena de turistas artríticos en bermudas paseando por el Centro Histórico.

–Cerca, pero no. Lo peor son los insectos. Salen de todos lados, cruzan tu sala y tu baño, trepan tus paredes. Nadie sabe que su casa está llena de bichos, parásitos y sabandijas hasta que toman por asalto la cocina. Y es terrible. Lo peor, se lo aseguro.

El tipo parecía un loco hablando de las voces en su cabeza; cómo ansié tener una cartulina de Rorschach tan sólo para corroborar esa sospecha.

–¿Qué piensa al respecto?—me inquirió.

–Que si yo fuera su hijo lo pensaría dos veces antes de estudiar entomología

Pronunció “ja” una sola vez. Esa cicatería para racionar su propia risa me hizo temblar de nuevo. Hubiera preferido un mohín de enojo.

–Y el peor insecto, ¿sabe cuál es?: la cucaracha –las puntas de sus dedos se unieron, como aquel que desarma una miniatura–. Nunca acabas con ellas, no importa qué hagas, siempre están ahí, saliendo de los rincones, haciendo ese insoportable ruido sobre el periódico viejo, pasando sobre los cepillos de dientes.

Yo ya me estaba sintiendo mal del estómago, pero no le dije nada; tan sólo hice un ademán para que continuara.

–Le confiaré algo. Yo era de la vieja guardia. Veía una cucaracha y un segundo después, ya tenía el zapato a la mano para aplastarla de un solo golpe. Y tenía buena puntería, eh, no se me escapaba ninguna. Pero mi mujer empezó a quejarse de las manchas que quedaban en los azulejos del baño. Me dijo: “Rubén, para eso está el insecticida”. Yo no quería comportarme como una señorita, de aquellas que se defienden de un violador con gas pimienta. Yo soy un hombre, se lo aseguro.

–¿Y cómo le hizo?–pregunté—, es bastante difícil no hacer ruido mientras se andan aplastando insectos por ahí.

–No tuve otra opción más que ceder. Una noche llegué borracho a casa y Andrea estaba a medio dormir. Entré al baño y vi una cucaracha en la pared. Pensé que si trataba de aplastarla acabaría por despertar a mi mujer, porque mis reflejos estaban… usted imaginará. Así que vi el bote de insecticida a un lado y lo utilicé. ¿Y sabe una cosa?: me gustó. No sabe el placer que se experimenta ante la muerte lenta del enemigo. Yo echaba el insecticida y la cucaracha corría por su vida porque pensaba seguramente que la perseguiría. ¡Pobrecita, si supiera que ya estaba condenada! Yo apenas logré apoyarme en el lavabo para ver el espectáculo: cómo el insecto se retorcía e intentaba ocultarse, cómo le fallaban las patitas, cómo finalmente dejaba de moverse.

–Oiga, usted, es un poco sádico eso, ¿no le parece?

–¿Cómo puede tener misericordia con una cucaracha? Son oscuras y asquerosas y provocan ese hormigueo horrible si de casualidad anidan en el pantalón y usted no se ha dado cuenta.

–Sí, disculpe, no puedo ver un insecto sin pensar en Gregorio Samsa. ¿Conoce esa historia? La de un tipo que un día despierta convertido en un insecto.

–Sí, sí, la leí en la preparatoria; salía un judío o algo así –respondió para neutralizar cualquier intento de literatura en esa conversación–. Pero a donde quiero llegar es que un método tan sutil me dio un alivio sorprendente. Era una especie de terapia. Soltaba el gas, cerraba el baño y me sentaba junto al estéreo a esperar, mientras escuchaba algo de música…

–¿Qué ponía usted?, ¿Wagner? –espeté pero el tipo siguió su relato, sin detenerse en mi comentario.

–…Unos 15 minutos más tarde regresaba al baño para contemplar mi obra. Al final de la jornada podía ver los cadáveres apilados de las cucarachas y sentir que había cumplido con mi deber.

Tosí. La plática ya estaba tomando una vertiente insoportable.

–Lo único que me frustra es que no se acaben todas las malditas cucarachas de una buena vez. ¡Qué protección divina tienen para volver siempre, caramba!

Quise aminorar la tensión aventurando una hipótesis.

–No sé. Piense que las cucarachas al morir van al Cielo de las Cucarachas, donde todo es basura y hay cajas con restos de pizza por todos lados. Pero ¡ojo!, como todo el mundo ha matado millones y millones de cucarachas a lo largo de los siglos, el Paraíso está sobrepoblado. ¿Qué hacen entonces los administradores del Cielo de las Cucarachas?: endurecer su política migratoria: repatrían a todas las cucarachas a sus lugares de origen. De modo que no es que haya muchas cucarachas en la actualidad sino que son las mismas reviviendo una y otra vez.

Esta vez Rubén pronunció dos “jas”; me sentí alguien tan gracioso como Jerry Seinfeld.

–Es usted un joven bastante ingenioso. A Andrea le encantará conocerlo. Quizás pueda usted verme en acción, eliminando los insectos del baño o los ratones de la cocina.

Quise desistir de la invitación, sobre todo porque ya estaba hablando de matar seres más evolucionados.

–No aceptaré un “no” por respuesta –dijo.

Aunque el “plaguicidio” no ha sido catalogado –aún– como una psicopatía, el tipo provocaba en mí una voz interior que decía: “huye”. Quise bajarme en la esquina siguiente, donde un grupo de muchachos esperaba el transporte, pero recordé que el tipo aquel sabía algo terrible de mí: cuál era mi parada cotidiana. En consecuencia permanecí en el asiento, apenas asumiendo esa posición de nerviosismo que tanto me critica el ortopedista.

–Y pensar que he conocido a gente tan cobarde y rastrera como una cucaracha –me confió Rubén al oído, cuando el minibús se detuvo.

Entonces no dudé y bajé a toda prisa del camión, aprovechando el tumulto. Me da vergüenza aceptar que parecía un roedor que reacciona tal y como desea el laboratorista.

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