Últimas noticias del Norte

La violencia deja otra ola de libros en el Norte de México

Las geografías literarias han servido para alimentar nuestra idea del país, como una variedad de países bajo el mismo nombre. Entre esas imágenes, la del México norteño ha despuntado como ninguna otra, por su persistencia en las noticias y por una narrativa que ha sido ubicada en la frontera, dada la fascinación que despierta esa palabra tanto en términos reales como metafóricos. Desde el Sur, los estados cercanos a EU parecen remitirnos a narcotraficantes, migrantes, cabezas sin cuerpo, encajuelados, policías corruptos, ruido de sirenas, mujeres muertas sin explicación. En fin, a esa parte de la realidad que no vemos sino en los medios, salvo cuando un grupo de desconocidos tira una granada en una patrulla a la vuelta de nuestras casas y pensamos: “Después de todo, el Norte no quedaba tan lejos”. Casi por extensión, pensamos en la literatura norteña como en una guía de supervivencia para un país en situaciones extremas. Ahí opera la expectativa de lo que creemos que sea narrar el Norte: no desperdiciar para la literatura la circunstancia violenta que les ha tocado vivir a un grupo cada vez más amplio de autores.

Ignoro si los escritores norteños se enfrentan de entrada a esa expectativa. Recuerdo aquella época en que para el resto del mundo, en Latinoamérica sólo germinaba el realismo mágico y me pregunto si no es un poco el problema que enfrenta nuestro Norte literario. Si hay una fórmula para ser escritor norteño es principalmente porque existe un Norte imaginado del que queremos saber cada vez más. Pero así como la literatura del espacio exterior es emocionante en sí, pero se puede ser tanto un George Lucas como un Ray Bradbury, los autores del Norte me parecen interesantes en tanto sorteen la primera fascinación por la violencia, o por un México que el Sur y el Centro consideran distinto.

Para la ensayista chihuahuense Liliana Pedroza, hablar de literatura del Norte, del Centro o del Sur, forma parte de un “reordenamiento exprés” que atiende a situaciones tan pobres como las coordenadas geográficas, generación, género o preferencia sexual. Y es que en este tiempo en que los escritores nacen en Chiapas, crecen en Veracruz, estudian en Monterrey y terminan escribiendo desde México sobre la violencia de Ciudad Juárez uno no sabe dónde ponerlos. ¿A qué geografía literaria obedecen?, ¿en qué categoría de Jóvenes Escritores deben ser contemplados?, o para ser más contundentes, ¿el Instituto de Cultura de qué Estado es quien debe pagarle sus becas?

Pienso un poco en aquello que Chesterton escribió: “el mundo tiene tendencia a fijarse más en el nombre que en la cosa; más en la etiqueta que en la botella. […] Puestos a elegir entre las dos cosas, sería muy poco inteligente no beberse el vino de la botella y quedarse lamiendo el pegamento de la etiqueta”. De manera que para no quedarme con el pegamento, me puse a beber cinco cervezas norteñas: Partitura para mujer muerta de Vicente Alfonso, Culpable de nada de Julio Pesina, Regiomonteses de Gabriela Torres Olivares, Puede que un sahuaro seas tú de Cristina Rascón y El mundo de ocho espacios de Jaime Romero.

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Los editores recomiendan: La música clásica que tienes que oír antes de morir

Es bien sabido que poner un cadáver al inicio de una historia –como usarlo en la portada de un tabloide- puede ser ya una fórmula exitosa en sí. Un creador conformista, como un fabricante de canciones del verano, encuentra una tonada pegajosa y se conforma con repetirla hasta el hartazgo; lo mismo un autor policíaco sin vocación, quien iría tras la simple solución del misterio. Los escritores con más miras, con más talento y con más oficio, toman la pieza y explotan todo lo que puede salir de ella.

Vicente Alfonso, quien nació en Torreón, escribió la novela en el DF y la situó en Monterrey, ha decidido por una orquestación compleja, en lugar del simple sampler. En su Partitura para mujer muerta pueden escucharse lo mismo las máquinas de escribir del Ministerio Público que “La consagración de la Primavera” de Stravinsky, un concierto de Carlos Prieto y una plática entre policías. Es su multitud de referencias y de voces la mayor prueba de su oído (como esos discos que hay que escuchar con audífonos para descubrir los arreglos apenas perceptibles a volumen alto).

Vicente Alfonso es un escritor pendiente de los detalles. Pocas obras pueden retratar el caos sin ser caóticas, de la misma manera que sólo las narrativas perdurables reflejan el tedio sin ser tediosas. Alfonso sabe que en un país surcado por la violencia nada es tan irregular y al mismo tiempo tan posible, como la muerte de una violinista, la doncella que al corromperse se vuelve objeto de un crimen.

En su Partitura, el homicidio, la verdad y el arte son problemas morales y no meros síntomas de un país o su cultura. En esta primera novela, no solo hay un despliegue hábil de recursos narrativos, hay conflicto humano. Eso la pone del lado de la literatura, y la aparta de ser un título más sobre la violencia del Norte.

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Condenan a narrativa por encubrir a los culpables

Al igual que Partitura, Culpable de nada de Julio Pesina da inicio con otro cadáver; pero a diferencia de la creciente tensión manejada por Vicente Alfonso, la historia de Pesina (nacido en Ciudad Victoria) trastabilla en pintar la vida de unos personajes a primera vista muy atractivos. Una enana prostituta llamada Mayoya, un consolador de nombre Dylan, el pedófilo profesor Dix parecerían conformar una galería de sujetos que están llamados a ser inolvidables, pero el novelista quiere narrar la marginalidad desde la corrección y es entonces cuando los desaprovecha.

Entiendo la idea que tenemos quienes nos dedicamos a la literatura de lo que es el oficio: tener la capacidad para que los detalles cobren vida, pero en Culpable de nada los detalles ahogan a los personajes y hacen pesadas sus acciones, como si estuviéramos viéndolos correr debajo del agua. Porque Aldo, un mesero que hace ejercicio mientras escucha a Mozart, puede ser de principio un tipo interesante, pero una hora después sabemos, como cualquier chica recién desilusionada, que resultó un sujeto sin cosas interesantes que decir.

Una de las primeras escenas de Culpable de nada, muestra a Ogla y a su consolador. El narrador transita milimétricamente del enamoramiento a la compra, de la llegada del aparato a su uso, pero en toda esa secuencia no aflora Ogla sino apenas un cuerpo llamado Ogla. Hay ejercicio literario, pero poca literatura. La soledad necesitaría menos detalles, pero mayor contundencia. A golpe de minucias, de narrar lo evidente, Ogla puede ser lo mismo un personaje de nombre significativo pero termina pareciendo una errata y Culpable de nada, el título de una novela o la sensación del lector al terminarla.

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Exhibición de atrocidades, abierta de lunes a domingo

A diferencia de Ogla y su consolador, uno de los cuentos contenidos en el volumen Regiomonteses de Gabriela Torres Olivares muestra a una comunicadora estimulándose con un celular. En dos páginas, la narradora nacida en Nuevo León, pero radicada en Rosarito, BC, puede contar, con humor y desesperación, la vida desierta de un personaje. No solo es efectividad, es riesgo y la autora de este enfermario lo asume con talento.

Como Pesina, Torres Olivares nos muestra, desde la simple enumeración, una galería incómoda de personajes y escenarios: un joven Down a punto de perder la virginidad, una niña con Tourette violada por su papá, una siamesa separada de su hermana, una mujer que ha perdido el corazón e intenta recuperarlo, una madre se reconcilia con su hijo transexual en un talk show. Pero, este libro no hay regodeo alguno en lo freak, lo marginal, la excepción. Gabriela Torres bucea en sus personajes y encuentra humanidad, eso que nos conecta con los seres de ficción.

A través de una prosa sorprendente, directa y efectiva, la autora apunta a una realidad que puede resultar chocante, pero que no deja de ser cercana, es decir entrañable.  Gabriela Torres pinta personajes tocados por el fracaso y parece solazarse en la manera en que cada uno de ellos construye su caída o su normalidad (lo que sea que eso signifique, o si acaso llegan a ser  sinónimos).

Se trata de una autora cuyos mayores riesgos se centran en el contenido de sus historias y el lenguaje para contarlas: qué más se puede decir cuando se ha llegado a una escena sórdida o en el menos de los casos, embarazosa. Sí, la chica se introduce un celular por la vagina; sí, la empleada pobre se traga un muñeco de la Rosca de Reyes para no verse obligada a costear una fiesta, ¿y ahora qué?  Gabriela Torres logra construir esa historia posterior, sin la cual el cuento quedaría apenas en la extravagancia. La originalidad de sus tramas se enlaza a su capacidad para no quedarse en el mero deslumbramiento.

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Y en otras noticias: migrantes, maquiladoras y sueños de frontera

Mientras la frontera de Gabriela Torres se dirige al interior de los personajes, Cristina Rascón Castro pone la preeminencia de su frontera en el entorno. La escritora nacida en Culiacán, registrada en Bacobampo y criada en Ciudad Obregón, pinta escenas de esta zona de tránsito en Puede que un sahuaro seas tú. Pese a la fluidez de su prosa, los cuentos de este libro dan la impresión de no superar mera recreación. ¿Qué esperamos que haya en la frontera? Migrantes que piden agua, mexicanos con droga en la fila de automóviles, niñas que no comprenden las desigualdades sociales, gente que dice “Ta bien”. Como las fotografías, la esencia natural de la narrativa es que nos muestre un mundo desconocido o nos revele rincones poco iluminados de la vida cotidiana; en estos relatos veo apenas personajes posando y no una narradora que cumple la función de un voyeur.

En su búsqueda de la cotidianidad de la frontera, la narrativa de Rascón Castro termina siendo plana. Al internarse en los pensamientos de sus protagonistas, la autora corrobora el cliché reconstruyendo un lenguaje que es creíble, pero no efectivo. Un encuentro tan perfectamente imaginado entre una mujer residente y una mujer migrante en “Familia Americana”, pierde vida en tanto su verosimilitud se sostiene exclusivamente de la recreación del habla. Nada tan artificioso como fingir la naturalidad, y nada tan complejo como que esa naturalidad sirva para mostrar los prejuicios, sin ser fútil en sí misma. Leyendo algunos de estos cuentos de frontera, aventuro que se puede ser narrador norteño cumpliendo una receta que apunta al paisaje, el habla y el tema. Pero la literatura está hecha de algo más que paisaje, habla y tema.

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Hallan artefacto en sucursal literaria

Y precisamente porque sortea el paisaje, el tema y el habla regional, El mundo de ocho espacios de Jaime Romero Robledo es una novela asombrosa en tanto también es producto de lo que llamamos literatura norteña. Narración que cuestiona la idea misma de novela, el libro de este escritor nacido en Chihuahua contiene una de las mayores virtudes de la literatura insólita: caminar sobre el vacío. Obstinado, como Aira, en el acto de contar porque sí, el autor va construyendo no sólo una extravagante historia de identidades confusas y burocracias empresariales sino la entrelaza con otra trama a manera de pie de página que va desarrollándose de manera paralela. La necesaria alternancia entre ambos discursos no hace sino corroborar que estamos ante un libro atípico que exige, por ello, una lectura atípica.

¿Novela futurista? Entendemos que se trata de un mundo futuro, pero no por los adelantos tecnológicos, sino porque concentra los atributos de control, aburrición y surrealismo, que caracterizarán a las próximas décadas. Novela que puede ser leída como diagnóstico de una identidad en crisis, como cuestionario corporativo y como negra comedia del absurdo, El mundo de ocho espacios presenta personajes que se encuentran –literalmente- a sí mismos y lo único que alcanzan a decir es “qué pinche pedo”. Contar la historia de individuos tan vacíos de sí –y exponerlos sin otro destino más que el de ser sujetos de lectura- es uno de los principales aciertos de esta obra.

En tiempos en que la literatura comercial busca crear imágenes tan vívidas que puedan suceder como cine, sorprende que Jaime Romero opte por una narrativa tan cercana a las palabras  y sus inconvenientes. El autor juega lo mismo con el lenguaje, que con el tiempo, las perspectivas y la dificultad que entraña el acto de narrar o ser narrado. Conforme avanza la novela uno teme que una historia con esa distancia respecto a los referentes del mundo real, tenga el tiempo en contra. Los aparatos explosivos, sabemos, no deben tardar tanto en estallar. Pero este riesgo es lo que se ha propuesto Jaime Romero Robledo: tensar su juguete filosófico hasta las últimas consecuencias. Y, a mi parecer, sale ileso de este atentado a lo convencional.

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Los expertos no hablarán del panorama mientras éste no sea gris

Los panoramas literarios, son como los chequeos médicos: esperamos de ellos sólo malas noticias. Es bien sabido que incluso cuando no padezcamos ninguna enfermedad, no todo el cuerpo funciona como debería. Así la literatura mexicana, así el país. Que siga vivo y produciendo libros ya ni siquiera despierta el entusiasmo de estar presenciando un milagro.

El panoramista es un médico dedicado a rastrear los males de la literatura nacional. Para lograr eso no lee libros sino ve síntomas: los premios desiertos, los laureles otorgados a obras de dudosa originalidad, las antologías, los índices de las revistas, las listas de encuentros y becarios.  Y dado que somos una república literaria floja, propensa a la comida chatarra, alejada de los gimnasios y la disciplina, así como del rigor, de narrativa de la ira o de narrativa del conocimiento, cualquiera que sea el pesaje de la báscula, el diagnóstico es el mismo: obesidad.

Las geografías, como las generaciones, sirven para hacer panoramas (o para armar elogios: el mejor narrador de a) los nacidos en los 70, b) el nornoroeste del país). Pero la literatura atiende menos a la brújula que a la biografía con que cada lector conforma su país de libros. A veces pensamos en regiones que producen literatura (Norte, Sur, medio siglo, el Crack), como si escritores y lectores fueran inamovibles. Nadie duda que las geografías y las décadas influyan, pero lo hacen solo en la medida en que repercuten en las vidas de quienes leen. Los mejores libros son una residencia portátil. Toda literatura que valga la pena tiene que pasar la prueba del exilio.

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Publicado en la revista Tierra Adentro 161-162. La contraparte de este ejercicio puede leerse AQUÍ.

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6 comentarios en “Últimas noticias del Norte

  1. Uf, más allá del análisis literario de ambas regiones, tienes frases e ideas que rebasan estos dos contextos, que para trasterrados como yo, como lo mencionas, me hacen ver y escuchar la vida en audífonos mientras todo es un enclave de situaciones y modismos

    Gran ensayo

  2. Gran ensayo y me llamó mucho la atención “El mundo de ocho espacios” y “Partitura para mujer muerta”.
    Las fronteras han sido ese espacio fácil y difícil, es un espacio bipolar. Tijuana, dice Krusty, es el lugar más divertido del planeta, lo dice un payaso bipolar. Pero ahi hay una violencia increíble, retratada hasta en las peores películas.

    Saludos!

  3. Entre tantas cosas malas, en ambas regiones resalta alguien en ambos análisis. La narrativa floja que mencionas condimentada con un lenguaje light que los mantiene en el stablishment y no necesitan más que eso. La novela cocinada ya esta para digerirla y bienvenida a la mesa de novedades.
    Felicidades por este buen ejercicio que realizaste.

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