A trabajar, señores

NormanMailerNewYo_400

A lo largo de los años, he descubierto una regla. Es lo único que doy en esas ocasiones en que hablo sobre la escritura. Es una regla simple. Si te dices a ti mismo que vas a estar ante el escritorio mañana, con esa declaración le estás pidiendo a tu inconsciente que prepare el material. En efecto, estás celebrando un contrato para recoger tales objetos de valor en un tiempo acordado. Cuenta conmigo, le estás diciendo: estaré allí para escribir. El punto es que tienes que mantener unas relaciones confiables. Si te levantas por la mañana con resaca y no puedes ponerte a trabajar literariamente, tu inconsciente, después de fallar varias veces en aparecer, se retirará.
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Es probable que tu inconsciente nunca esté demasiado enamorado de ti. La batalla entre el ego y el inconsciente es, creo, una guerra de cierta dimensión. En mucha gente equivale a un matrimonio infeliz, y después de todo, los matrimonios dependen de la confianza. Los matrimonios infelices dependen inmensamente de la poca confianza mutua que haya. Así que tienes que establecer relaciones decentes con tus profundidades trabajadoras, y podrías reconocer que es posible que este procedimiento sea tan difícil de lograr como cualquier unión a largo plazo con alguien que está afuera de tu piel.
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La presencia inconsciente interior puede tener tantos intereses, principados, abismos, terrores, submundos, otros mundos y ambiciones como tú mismo. Tu inconsciente puede incluso tener ambiciones que no son las tuyas. Para fines prácticos, puede valer la pena pensar en él como en una criatura separada. Si estás dispuesto a mirar tu inconsciente como una presencia curiosa y semialienada en ti mismo, con quien tienes que mantener relaciones decentes -si eres capaz de verte a ti mismo como una especie de general descuidado (o de la vieja escuela aristocrática) el imaginar al inconsciente como tu cohorte de tropas a menudo revoltosas-, entonces, obviamente, no te atreverás a tener esas tropas bajo la lluvia demasiado tiempo; por cierto, no en el comienzo de cualquier campaña seria. Por el contrario, haces un pacto: “Trabaja para mí, lucha por mí, y te honraré y respetaré”.
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Para repetirlo, la regla es que si te dices a ti mismo que vas a escribir mañana, entonces, no importa lo mala que sea la resaca o lo prometedora que sea una invitación repentina por la mañana para hacer algo más disfrutable. No, te sientas con diligencia, como un esclavo, y trabajas. Esta orden es del todo antirromántica en espíritu. Pero si te sometes a esta imposición, este decreto que te obliga a ser confiable, entonces, después de cierto periodo de tiempo, -puede llevar semanas o más- el inconsciente, cuidando sus desilusiones, puede empezar a confiar otra vez en ti.
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Esta es una carga para los escritores jóvenes que no sólo son ambiciosos sino lo bastante desenfrenados como para sentir que su desenfreno forma parte de su talento. Odian someterse a la mano pesada (esa horrenda, severa, inflexible exigencia de moderación) y obedecer la regla de que tienes que presentarte.
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Por otro lado, a veces puedes decirte: “Mañana no voy a trabajar”, y el inconsciente, incluso a esta altura puede estar bastante de acuerdo contigo como para no inundarte la mente de material brillante y demasiado perecedero. Eso también es importante. Porque en el transcurso de salir y tener el día y la noche animados a los que tienes derecho, no quieres seguir teniendo ideas sobre el libro en el que estás. En realidad, si eres capaz en tu día libre de evitar el estado desagradable de verte invadido por pensamientos sobre tu obra en desarrollo cuando no tienes una pluma en la mano, entonces has llegado a una de las disciplinas del escritor auténtico.
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La regla en una cápsula: si no logras presentarte por la mañana después de que juraste que estarías en tu escritorio cuando te fuiste a dormir anoche, entonces, andarás dando vueltas con hormigas en el cerebro. Regla general: la inquietud mental puede medirse por la cantidad de promesas que no cumples.

Norman Mailer.
Traducción de Mauricio Salvador.

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4 comentarios en “A trabajar, señores

  1. Me pegó. Estaba distraído mientras debía escribir mi ensayo para la clase de poesía. Leí el primer párrafo. Tuve que terminarlo lo más pronto posible.

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