Un trabajo así quiero (pero con Messenger)

Emoticons

Si no fuera por Internet, las oficinas serían lugares aún más deprimentes. Ves decenas de personas inmiscuidas en sus propias computadoras y te preguntas: “¿por qué entonces se tardan tanto en darme un documento?”, pero al mismo tiempo no dejas de decir: “¿Tendrán algún tipo de vida fuera del ordenador?” Recuerdo que una vez, una oficinista, al ver un anuncio en el periódico, dijo: “¡Ah, cómo extraño vivir!” y la frase me hizo pensar en la sociedad paralela que todos hemos formado en el mundo virtual, donde lo mismo caben tus amigos que tus familiares, tus compañeros de trabajo o tus acosadores sexuales.

En la búsqueda de la normalidad en el encierro, diría Lichtenberg, “el hombre necesita la compañía hasta de una computadora encendida”, los minutos de sociabilidad posible entre dos documentos de Word. Y si para sobreponerse a la soledad bastan unas cuantas coincidencias –como que todos tus conocidos tengan el mismo horario de trabajo–, el mensajero instantáneo ha servido también para subsanar los inconvenientes de las pláticas reales, donde hay que preocuparse por el lugar de la cita, la vestimenta y las ocupaciones diarias.

La cuenta de correo es con frecuencia un páramo donde no crecen las sorpresas. Más allá de los mensajes reenviados sobre inexistentes niños con cáncer, los amigos parecen experimentar vértigo a la hora de escribir un mail. ¿Por qué todos se desinhiben tanto en las conversaciones por Messenger? Es decir, ¿la gente está perdiendo práctica a la hora de verse cuerpo a cuerpo?, ¿les molesta tanta cercanía?, ¿se sienten protegidos por esa imagen de balón o sienten que muestran algo de sí mismos diciendo qué música escuchan?

Todo ello me intriga, pero creo poder aventurar una respuesta: quizás el Messenger da más posibilidades de evasión al tiempo que nos permite mostrar de nosotros mismos sólo aquello que queremos. Es decir, en la vida real, coincidir con un conocido indeseable en el restaurante, nos obligaría a un minuto de plática, aún así sea por cortesía –¿cómo estás?, ¿dónde estás trabajando?–; en el Messenger, uno puede fingir que se encuentra “Al teléfono” o “No disponible”, de modo que puede dejar mensajes sin responder todo el tiempo. Por otro lado, el empleado promedio no puede hacer mucho por su rostro golpeado por la cotidianidad o su complexión de burócrata de mediano sueldo, ¿qué hace? Pone su mejor foto en el Messenger, acompañada de alguna frase de Paulo Coelho ¡¿Por qué?! ¿Acaso supone que eso lo hará ver más sensible, amigable, atractivo? No sé, pero que el Messenger da la ilusión de suplir las deficiencias de la realidad es casi innegable.

La otra vez conocí a una chica que ponía la foto de un bebé distinto cada día. ¿Trabajaba para un departamento para niños extraviados? ¡No: vendía zapatos por catálogo!, de modo que su fascinación por los niños era una jactancia extra, algo que invitaba a huir a la menor oportunidad. Hay gente, por ejemplo, que pone imágenes de sus mascotas, perros y gatos que quizás pretendan ganarse la simpatía que no tiene el dueño. El caso más extraño que he conocido es el de un tipo que ponía a un gallo al que amaba. “Rosique” era el nombre del plumífero, cuyo mayor mérito era haber tenido más relaciones sentimentales que su propietario.

Ésa es la fascinación del mensajero instantáneo: seguir diciendo algo de nosotros, incluso desde el encierro. Ningún otro programa ha podido engranar con mayor eficacia las horas hábiles, las de receso y las visitas al psicólogo. Por ello, los diálogos por Internet suelen relacionarse tanto con la demora en la captura de un documento como con una extraña necesidad de tener noticias del mundo.

Más consciente de su libertad, el empleado contemporáneo ha hecho del Messenger un derecho laboral. Trabaja más a gusto y siente que le quita algo a la empresa, como cuando carga su teléfono celular en la oficina. Ha creado, además, una forma de suplir los inconvenientes del mundo real; el peor de todos: no tener control sobre lo que proyecta de sí mismo. El mensajero instantáneo es un extraño círculo de terapia, donde es posible hablarnos y es posible ignorarnos. Ha establecido, sin lugar a dudas, una inédita forma de cumplir con el trabajo.
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El subnick -ese enunciado que uno escribe bajo su nombre,desde “Vendo Fiesta, en perfecto estado” hasta “Escribo por comida; informes aquí”- además de sus aplicaciones comerciales, concentra reflexiones de quienes los escriben. De estas últimas, he aquí algunas de las más interesantes:

1. “A veces cuando le cuento a Dios mis problemas, tengo la sensación de que Él está chateando con otra persona”.
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2. “No importa que nadie conteste, tener a diez amigos conectados es sentirse un poco acompañado”.
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3. “Si no fuera por el Messenger, me vería obligado a hablar con mis compañeros de trabajo”.
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4. “Dímelo de frente… al monitor”.
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5. “Ausente: es decir hablando con alguien que no eres tú”.
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6. “Suelo despertar gordo, pero hoy exageré”.
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7. “Debo ser anoréxico, porque cada vez que me veo al espejo veo la imagen de un gordo”.
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8. “Siempre no me voy del periódico. Aléjense, buitres, de mis fuentes”.

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7 comentarios en “Un trabajo así quiero (pero con Messenger)

  1. Olvidó usted mencionar a los que utilizan el mensajero como puerta/pared de baño público y se dedican a escribir toda clase de puercadas.

    En el mismo grupo están los que teclean sudorosos sus fantasías (algunos incluso lo hacen en grupo, como quien escribe un wiki) y se ponen “ocupados” para no perder el hilo.

    Saludos.

  2. Un tema digno de tesis de maestría para un psicológo. Tiene tantas vertientes. Como el hecho de que “Ausente” no impide que te hablen, pero, “Salí a comer” es un estado imperturbable, cómo alguien se atreve a hablarle a alguien comiendo?

  3. Por cierto, aquí les muesto algunos nicknames chistosos del mensajero que hablaban sobre la influenza:

    “¿Dónde está Dr. House cuando se le necesita?”

    “Yo creo que la peste en México es el reggeatón, no la influenza”

    “¿quien dijo que ser gamer era un desperdicio? cuando anden los zombies a quien le van a hablar? eh eh?”

    “Y que Dios los coja… confesados…”

    “ahora hablemos de lepra…”

    “Resident Pork Evil…”

    “Con linux ya no me hace nada la influenza…”

    “cosas por comprar: rastrillos, leche, escopeta…”

    “Con todo y mil tapabocas, muero por besarte…”

    “Tapabocas por si sí, o tapabocas por cino”

  4. Este es uno de mis escritos favoritos. Me alegra que lo hayas subido. Un abrazo, máster. Dice Bicho que promocionará tu libro para acabar con el mito de que las misses son tontas (o no tan tontas).

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