Becas flacas

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Alguna vez me sentí como Nuestra Belleza Campeche. Hace algunos años pedí una beca en la Fundación para las Letras Mexicanas, me  preseleccionaron, viajé al DF, hice la entrevista, todo mundo me echó porras y al final ganó el que parecía norteño. No es que haya hecho algo mal, ni siquiera me vestí como suelo hacerlo, pero algo de mí no convenció al jurado; quizás fue aquel par de cuestiones literarias que no supe cómo abordar sin decir titubeantemente: “¿eso que mencionó fue un libro, verdad?”.

Cuando salí de la entrevista pensé en Dios; específicamente cuando dije: “Dios, creo que la cagué”. Una ola de desconfianza en mi actuación me invadió desde ese instante. En el fondo hubiera querido decir como Groucho Marx que nunca aceptaría pertenecer a una organización literaria que me propusiera como miembro, pero era mentira. Que alguien plantee pagarte por estudiar o escribir es uno de esos escenarios ideales que tienes en la vida. En ese entonces, me imaginaba dando la noticia de que me iba fuera de Campeche; era como decir que por fin me casaba: la prueba fehaciente de que había empezado a madurar.

“La próxima semana te avisamos”, fue el mensaje de despedida, y todo ese tiempo estuve con los nervios de punta, como aquel que espera con fervor que el gobernador de California le conceda una indulgencia. A los siete días exactamente, el resultado fue un “No” discreto, diplomático, casi susurrante. Un mail de esos que puedes imaginar cómo se escuchan en voz de sus autores. El argumento fue que no había suficientes becas para todos. Pues sí, desde el reverendo Malthus sabemos las implicaciones de que el número de escritores crezca más rápido que los medios para subsistir.

Como Dios, quienes otorgan becas literarias toman decisiones inapelables –los amigos dicen que equivocadas–. y yo, desde la primera mujer de la que me enamoré he seguido la política de no cuestionar los rechazos y en ambos casos, mi postura sólo ha servido para que la gente me recete altas dosis de resignación como si fuera un futbolista a punto de perder una pierna. La tarde en que supe que no me darían la beca, mis amigos lloraron y se indignaron por mí.

Que te propongan para una beca para ir al DF y luego te la nieguen es como recibir un diagnóstico de cáncer por equivocación. Aparecen tipos cortejando ya a tu novia y los amigos hacen reuniones secretas para repartirse tu biblioteca. “Aún no sé si me voy”, les decía a mis conocidos, pero ellos ya me habían conseguido una casa por Tasqueña, a dos mil pesos la renta mensual.

“Es un hecho, no te hagas”, alegaban con la seguridad de quien tiene enfrente un axioma matemático.

Cuando supe el resultado oficial, me sentí como López Obrador el 2 de julio de 2006, tratando de concordar la confianza de quienes me rodeaban con la realidad.

“Algo estuvo mal”, supuse, pero no argüí fraude alguno.

“¿No vas a decir nada, soltar una maldición por lo menos?”, me preguntó Juan, escritor también rechazado en otra convocatoria.

“No. El único mal que puedo desearle a estos señores es que sus becarios escriban unas cosas aburridísimas y que hagan pasar sus tesis de licenciatura por proyectos de ensayo”, respondí.

Con el tiempo y pensándolo mejor, me di cuenta que este asunto de las becas es mucho más irónico de lo que a primera instancia parece. De hecho, es como la felicidad: cada uno va tras una y no siempre llega y cuando llega contiene cláusulas sobre las que nadie nos había advertido (vgr., que el dinero te llegará dos meses después de que lo necesites). Como Santa Teresa, se podría decir que más lágrimas se han derramado por las becas concedidas que por las no concedidas.

Sólo hasta que platicas con decenas de personas que han tenido alguna experiencia con una beca, te das cuenta que sus historias son un género emparentado con la tragedia amorosa. Es decir, que, como con las mujeres, “sufres antes de tenerlas, sufres mientras las tienes y sufres después de que las pierdes”. Incluso, tras mi experiencia, me atrevería a corregir a Saint Exupéry: “Si te avisan de una beca, haz una mala entrevista; si te la dan siempre la tuviste, si te la niegan en realidad nunca fue tuya”.

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13 comentarios en “Becas flacas

  1. A mi me parece que en México se ha perdido el sentido de las becas.
    Creemos que la beca es algo así como un “premio a la excelencia” cuando en realidad debería ser un remedio a la necesidad.
    Es repugnante que alguien reciba una beca cuando no la necesita, tanto como lo es que alguien que si la necesita no la reciba o que cualquiera que la reciba no se vuelva a aparecer en clase y despilfarre la lana “porque es suya y nadie le dice que hacer con SU dinero”
    Sea uno bueno o malo debería tener la oportunidad de ejercer el oficio que se le da la regalada gana, por ello, la razón de ser de una beca, en mi opinión, debe ser la posibilidad de esa oportunidad a los que no la tienen.
    Eduardo, espero sinceramente, ese no sea tu caso y que puedas seguir escribiendo.
    Ni modo, ojalá te coloquen en el mismo camión repartidor de la Bimbo que al Rodro.

  2. Máster LSZ: Amén. Amén.

    KarateP: El incidente que relato de la beca data del 2007. De modo que si a esto que hago todavía se le puede llamar “escribir”, aún sigo escribiendo.

    Saqué a colación un asunto tan pasado porque se supone que en estos momentos estoy becado. Si esto es así, ¿por qué me asalta cada semana la sensación de que me quedaré en Puebla sin comer un día de éstos?

    Saludos.

  3. Pues muy bien, entonces usa ese varo con sabiduría y aguantate las ganas de sacar a crédito un nuevo celular, no porque creas que con el que tienes ahora “te ven mal” tus futuros conectes quiere decir que puedes gastar 2000 varos en uno nuevo

  4. Karate P: El asunto no es mi administración sino la administración de la institución que me tiene supuestamente becado y que ha retrasado su pago ya por dos meses. Saludos.

  5. Te digo que vendas cartoncitos con tus mejores textos escritos en ellos.
    A $5 si son frases cortas sobrela vida, $10 si son a color, $15 si son frases cachondas y $20 si tales frases cachondas están ilustradas a modo de libro vaquero.
    Con eso jamás morirás de hambre en Puebla.

    Saludos burgueses y mantenidos.

  6. Esperemos que tu chequesote no se atrase más. Si no amenázalos. Diles que escribirás como algún escritor de autosuperación.
    Con cualquiera de las dos cosas que piensen los burócratas, te darán el dinero.

    Saludos.

    P.D. atún y pan bimbo puede ser una dieta barata y nutritiva. Tu sabes, por eso de los delfines que matan al pescar atún.

  7. estimado eduardo
    chicokc no anda tan perdido, te paso la receta con que sobrevivimos mi carnal y yo los tiempos de estudiambre:

    una lata de atún + papas a la francesa + 2 aguacates + rajas + una lata de verduras
    lo mezclas todo en una olla, sal y limón al gusto y ya está, alimentos sabrosos, llenadores y con galleta.

  8. Oh, sí, recuerdo este escrito y la angustia que vivimos todos cuando te rechazaron (aunque a decir verdad, más de uno, me incluyo, nos dio alegría porque pudimos tenerte por un año más entre nosotros).
    Gran escrito máster. Lo leo de nuevo y sigue siendo buenísimo.

  9. Estimado Eduardo:
    Te comento que Domingo Faustino Sarmiento ha sido, probablemente, el argentino más ilustrado del Siglo XIX. Escritor considerado por muchos el mejor de este país, fue Presidente, Senador, Gobernador, Ministro y -sobre todo- artífice de lo mejor del pasado de esta Nación.
    De joven, esperó siempre una beca para estudiar en Buenos Aires, que nunca llegó. Eso no le impidió escribir “Facundo- Civilización y Barbarie” obra maestra donde desenmascara a los tiranos como Rosas.
    De modo que, como decía “Almafuerte” en su soneto “Piú avante”: “No te des por vencido, ni aún vencido”.
    ¡Suerte!

  10. Chales, esos malditos “no” como sacan de onda. No sabes si sentirte triste o feliz, o simplemente indiferente. Yo lo he sufrido, pero no buscando becas, bueno sì, cuando intenté entrar a la maestria, pero me ha pasado màs buscando trabajos.

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