La invitada incierta

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Para Gabriela y Baqueta, en este mundo.

Es difícil hablar de los perros sin parecer cursi. El poeta mexicano Luis G. Urbina lo intentó ante la muerte de su perro Baudelaire y sus versos fueron agriamente comentados por sus compañeros de La Revista Moderna. ¿Qué decía aquel poema?: “En sus ojos, profundos y febriles, / súbitamente se encendió un relámpago / de amor inmenso. Mi tristeza entonces / quiso asomarse a mis pupilas para / dar un adiós a aquel amor sublime”.

Pero, qué diablos. Las mascotas han merecido más de un artículo: Guillermo Cabrera Infante ha hablado con desparpajo de su gato Ofenbach (llamado así, porque sus maullidos “ofendían a Bach”) y Hugo Hiriart le ha dedicado un texto a su perro Galaor, “flor y espejo de mansedumbre y fidelidad”. Y si es difícil escribir sobre un perro (a menos que seas Charles Schulz), lo es más cuando ese perro ni siquiera es tuyo.

Hasta antes de conocer a la Puka, mis relaciones con los canes habían sido desastrosas. Acababa de cumplir ocho años, cuando un rottweiler llamado Ultramán me atacó por la espalda y me dejó de recuerdo un tatuaje de sangre que parecía una inscripción mesopotámica. El médico observó la herida con el estupor de quien descubre una señal alienígena en un campo de cereales. Permanecí en cama dos semanas con la instrucción explícita de que se me inyectara a diario mientras dormía.

Pasó el tiempo y con él mi niñez, mi adolescencia y mis traumas. Una mañana, la Puka llegó a mi vida y a la de Gabriela con la mirada suplicante de quien se sabe un polizón (el encanto de los cachorros y de los niños es que no podemos prefigurar sus insolencias de la edad adulta, ni sus rostros). Entró a casa sin más trámites que las recomendaciones del veterinario y la semana y media de agria disputa familiar sobre cuál debería ser su nuevo nombre. “Con los hijos es más fácil”, había sentenciado Gabriela, “siempre hay un pariente a quien recurrir. Terminas llamándote como tu abuelo o tu papá. Pero con los perros es distinto. Parecería que toda la familia  expone su integridad en cada sugerencia”.

Spooky” fue una elección inexplicable, como todo lo condenado a no respetarse.

Por supuesto que la Puka abandonó la ternura con más rapidez que su nombre. Con los meses, creció para adquirir una personalidad caprichosa, casi neurótica, al tiempo que perdió rugosidades. “Es extraño ver que alguien envejece para perder arrugas”, dijo Gabriela una noche mientras la perra dormía a lo lejos con los párpados abiertos.  No acoté el comentario: en ese momento miraba a la Puka desde el largo sillón rojo, preguntándome en dónde demonios había visto esa extraña postura de descanso.

“¡Dios!”, grité. En mi caso, la fe es una estrategia mnemotécnica.

Por el susto, Gabriela estuvo a punto de aventarme el manual Merck a la cabeza.

“¡Edward Gorey!”, le expliqué. “En uno de sus cuentos vi esa curiosa forma de dormir y no en una vasija inca como originalmente pensaba”.

La perra se levantó de repente como diciéndome: a mí no me metas en tus aburridas clases de literatura.

Sin embargo, había mucho de cierto en el paralelismo. En El invitado incierto, ese extravagante fabulador que era Edward Gorey había descrito el proceso en el que un ser indefinible se volvía parte de una familia. Así que el adjetivo “incierto” del relato lo mismo hacía referencia a la intromisión de la Puka en nuestras vidas como al hecho de que todos los veterinarios o no podían determinar su raza o les horrorizaban la cruza antinatura que suponía su origen.

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Manías más o manías menos, la Puka y el Invitado Incierto compartieron la melancolía de “tumbarse en el suelo fastidiosamente cerca de la puerta del salón”, de ser incuestionablemente intrusos y de transformar una geografía de interiores. Y no dudo que de haber conocido a la Puka, Lord Byron hubiera cambiado su célebre opinión sobre los perros (“tienen todas las virtudes de los hombres y ninguno de sus defectos”), por alguna otra (“tienen todas las extravagancias de los hombres y ninguno de sus pretextos”, por ejemplo).

Con la Puka uno terminaba por entender que los animales no son esencialmente inocentes, como las personas suelen creer. Ladrona de saborines, torturadora de iguanas de plástico, Spooky instauró la tiranía de su personalidad en casa de Gabriela, a tal grado de ser un referente en los pasillos y en las conversaciones. Su mirada negaba de antemano la simpleza. Conocer a la Puka era necesariamente asignarle una forma de ser.

La primera impresión que propiciaba Spooky era la extrañeza. Echada en la parte asoleada del patio, su pata delantera temblaba como sugiriendo sueños imposibles. Sus ronquidos llegaban a confundirse con los de otras personas de la casa y sus rasguños nocturnos a la puerta de Gabriela producían más miedo que seguridad.

Su peculiar encierro (una reja la protegía del mundo y sus peligros) no evitó que la Puka hiciera amistades con los canes de Ciudad Concordia. La China, astuta memorista de placas de automóviles en movimiento, visitaba cada noche a la Puka para contarle la última historia de la calle. La información era confiable dado que la China es quizás el ser vivo mejor informado de toda la unidad habitacional. Bajo ese intercambio de ladridos, las casas aledañas adquirieron matices narrativos: el oculista de enfrente quiere matar a su esposa, el octogenario de más adelante exhibe su torso desnudo a lolitas de 59 años. La Puka y la China reinventaron en sus conversaciones la vida que podía adivinarse tras una puerta entreabierta; Gabriela apenas se limitaba a trasvasar al español esas voces pronunciadas a la distancia.

La gente suele olvidar que los perros y los libros les proveen de necesarias cuotas de ficción sin salir de casa. Ante las dosis cada vez más inverosímiles de realidad de los programas televisivos, una mascota que cuestiona se vuelve casi un respiro. ¿Qué pedía la Puka con esa mirada perdida: hijos, como suponían Gabriela y su hermana, o sólo una cadena más holgada, como adivinaba el cartero que le huía? El entorno fue distinto mientras la Puka posibilitó que las fabulaciones estuvieran al alcance de la mano. Frases, caprichos, lugares ocupados por su cuerpo extrañamente voluminoso.  JM la capturó a vuelapluma en uno de sus carteles: “Hay nos vidrios”, decía a los paseantes. Esa invitación, que también pudiera leerse como una despedida, se volvió real un viernes 3 de junio de 2005, a las 6:12 de la tarde. Yo me encontraba en mi trabajo corrigiendo las tristes notas del diario, cuando supe la noticia, y me asaltó la imagen que hubiera ilustrado mi propio desconsuelo: Gabriela abrazando a la Puka en un último intento por no dejarla ir. Algo me dijo que ella había sido la única en comprender aquellos versos de Urbina, de saberse derrotada por ese adiós imprevisible. Después de 4 años, sólo ella había podido constatar una mirada que no por familiar dejaba de ser incierta.

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APÉNDICE: Cinco claves para entender a la Puka

1. “Mare, más tonto”: su frase más recurrente. Aquellos ojos de reprobación se dirigían a cualquier ridículo o melodrama del que fuera uno parte.

2. Pescado: una de sus pasiones. Este tipo de actitudes alimentó la idea, persistente sobre todo en Gabriela, de que la Puka era en realidad “un gato encerrado en el cuerpo de un perro”.

3. Baqueta: su reencarnación gatuna. Apareció la madrugada de un 11 de julio, al final de una fiesta, tomada por asalto por los camarógrafos de una televisora y el poeta J. Landa. No ha mostrado intenciones de marcharse.

4. Cultura: ¿Por qué demonios he mencionado a Byron, a Gorey, a Urbina o a Cabrera Infante, si seguramente a la Puka le hubieran resultado ofensivas tantas referencias culturales en un texto que intentó hablar sobre ella? Sus ronquidos al primer nombre de escritor que saliera de mi boca eran una clara muestra de que no le interesaban los libros, sólo los periódicos, y eso porque también servían para la higiene del patio.

5. Raza: Un amigo taxonomista aseguró que la Puka era un weirmaran; otro amigo veterinario demostró, en cambio, su familiaridad con los labradores. No obstante, las últimas pesquisas determinaron que se trataba de “una especie de un solo miembro”. Para los expertos, haber sido crecida como perro la volvió uno de ellos.

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3 comentarios en “La invitada incierta

  1. Los perros, benditos sean. ¿Por qué será que uno nunca olvida el nombre del primer perro que te ataca?
    Tenía 5 años y decidí practicar con un perro llamado Neco mis mejores movimientos de espadachín con una espada de plástico que mamá me acababa de comprar en el mercado de Progreso. Riz, raz, riz, raz hice mis mandobles (o como se diga) en la cara del pobre perro. Decían que era el perro más bueno del mundo… hasta que me mordió un cachete. Aún guardo una pequeña cicatriz, recuerdo del pacífico Neco.

  2. me recordo el Flush de V. Wolf y el “Hermanos mios, evitad el yerro de que os desgarre el corazón un perro”, de Kipling

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