Los desamores ridículos

MeganFoxFan

A la par del Día del Amor, debería existir una celebración al Desamor, verdadero motor de la música pop, subsidiaria de las cervecerías, tutor de jóvenes promesas literarias. No existe tal festejo porque sus destinatarios serían más numerosos, porque los regalos atravesarían demasiadas ciudades y biografías, y porque finalmente todo desamor es incosteable.

Pero tampoco nos emocionemos tanto. Al hacer un recuento de nuestro pasado nos daremos cuenta que las historias de desamor son una carretera perfecta que pudo haber sido transitada sin complicaciones. Pero nosotros -abogando eso que llaman la condición humana- evitamos esa posibilidad y preferimos tomar la terracería del drama.

Como en toda historia de amor que se respete, la primera chica de mis sueños asistía cada domingo a comulgar. Yo tenía 15 años en ese entonces, era un católico convencido y quería ser músico a como diera lugar, aun si eso significaba tocar para el coro de la iglesia. En cada celebración eucarística, yo veía a mi amor imposible cerca de la pila bautismal y sentía que los santos espiaban mis distracciones con rostro compasivo.

La conocí en un retiro espiritual y para conquistarla realicé todo lo cristianamente posible. Participé en convivios, hice colectas, salí en pastorelas, recé rosarios. Mi mayor prueba fue correr en una marcha guadalupana, en donde alcancé una resistencia que nunca he vuelto a demostrar. Ella, que viajaba en la camioneta que nos abría paso a los peregrinos, no tenía ojos para mí, sino sólo para aquel tipo que la acompañaba. Ambos mirándose parecían La anunciación de Fray Angélico.

Yo no le gustaba y no era para menos, mi desafortunado historial amoroso sólo podía explicarse a través del déficit de atributos personales. Concepción siempre me miró con vergüenza compasiva, como las catequistas observan a los pequeños que les hacen preguntas idiotas. Nunca coincidimos en las filas de la comunión. Ella sabía que me gustaba y quizás por eso, limitó nuestros contactos físicos al momento en que todos nos dábamos la paz.

Cuando sentí su rechazo a través de los continuos desencuentros, entendí que la palabra “incompatibilidad” era dolorosa no sólo en términos sanguíneos. Llené páginas enteras de lamentaciones, hice llamadas anónimas, encontré mi vida retratada en las canciones de la FM. Todo ese masoquismo predispuso con facilidad una solución sádica: formar un grupo de rock. En el nivel iracundo de mi desesperación, los vecinos se encargarían de las mentadas. Rompí el suficiente número de cuerdas para darme cuenta que había actuado como un idiota. Para el último año de la preparatoria, Concepción todavía soñaba con vivir el romance bíblico de Rut.

Tiempo después entré a la Facultad de Humanidades. La universidad inauguró el otoño de las hojitas parroquiales, en muchos sentidos, principalmente en el sentimental. Cursar literatura en una escuela donde la mayoría de las estudiantes de psicología te imagina acostado, pero sólo en sus divanes, te deja poco menos que indefenso. Demasiadas tentaciones al alcance: freudianas con novios contadores, investigadoras sociales que adoraban viajar a poblados insalubres y aspirantes a sexólogas que terminaron abriendo academias de baile. Yo preveía en cada posibilidad un desastre absoluto. Pensar en una inminente tragedia amorosa me provocaba tantas tensiones como un examen sobre El primero sueño, pero no tenía remedio. La atracción que despertaban en mí las psicólogas parecía la única perversión que no contemplaba el Informe Kinsey.

La Facultad de Humanidades suponía además la inquietante certeza de no saber qué hacer entre tantas mujeres (posiblemente el 80 por ciento del alumnado). Como si la condena fuera pasar cuatro años con las manos atadas y a merced del Paraíso, las psicólogas bajaban a la dirección en grupos tan compactos como sus conversaciones. Yo las veía desde mi salón, a mitad de las escaleras, con el cuaderno en la mano y un libro en la cabeza. Ellas interrumpían mis notas a golpes de realidad, con el murmullo perfecto para entrometerse entre Pedro Páramo y yo. En esa atmósfera de tránsito, en esa invitación continua a dejarlo todo y volverme un sicópata, escribir se convirtió en la única forma de supervivencia.

Para la mayoría de las chicas que estudiaban psicología, los literatos e historiadores que compartíamos con ellas la Facultad éramos una especie de parásitos. Les sorbíamos los presupuestos, ocupábamos ocho salones necesarísimos y nuestros cuerpos estaban más entrenados en las sillas giratorias que en los aparatos del gimnasio. A la inversa, ese desprecio funcionaba en nosotros como una especie de afrodisíaco que nos hacía perder fácilmente la cabeza. La persona que me hizo salir de ese mundo de fantasía –en que podía organizar bacanales completas con un pase de lista- estudiaba el tercer semestre y tenía un novio que estaba forjando su futuro en una universidad regiomontana. Se llamaba María Elena.

Una noche de octubre recibió mis flores. Su reacción inmediata fue también su primer diagnóstico clínico: “Estás loco”. Le ahorré las horas de prácticas académicas diciéndole que entendía su situación, que había actuado como un tonto y que a lo más que aspiraba era a cosechar una sana amistad. Sólo faltaron animales a punto del apareamiento y mis frases de esa noche se hubieran vendido en estampitas de Tú y yo. Ella terminó con ese estúpido discurso que usan las mujeres cuando su interlocutor tiene un abdomen inadmisible. Meses después, pensé que sería bueno recuperar la dignidad por lo menos en regalías. Empecé a cultivar un género sin sentimentalismo, el reclamo a una realidad donde sólo podía cosechar reveses. Así es como me volví ensayista.

Nota: la foto por supuesto no es mía, pero a la distancia mi cabeza así recuerda las cosas.

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20 comentarios en “Los desamores ridículos

  1. La foto está genial, puede leerse fácilmente en la mirada del fan: “Pronto Megan, pronto.”
    Dos segundos después, su flor es destrozada por el guarura.

    Huchín, y si le haces competencia al checo???

  2. ayer le decía a un amigo que estoy a un paso de ser de esas mujeres (las paquitasdelbarrio que creen que “todos son iguales” etc), pero me lo impide el saber que nosotras podemos ser igual de perras que ustedes idiotas… En cualquier caso, sí he decidido que no me vuelvo a enamorar de un escritor…

  3. Rodrigo:
    claro que sí, no te olvides de José Guadalupe Esparza, quien, además de su exquisita lírica es todo un imán de nenas.

    Eduardo
    En vez de ponerse aqui de chilletita debería empezar a comportarte como hombrecito.
    dónde cree que reside el éxito de tanto ingeniero bajado del cerro a tamborazos?
    tratarlas mal, ser el As de la Cumbia, armar escandalitos celosos y todo eso…
    para empezar, en vez de decir “hola” jálela a una mano de la cintura mientras le sueltas un machísimo “quí-hubo potranca?”
    no falla

  4. Rodrigo, Karate Pig: Pensaba un mejor ejemplo en Adolfo Ángel “el Temerario Mayor”, quien aparte de la lírica y el pegue, tiene un maravilloso look de poeta mexicano de los 70’s.

    Chico KC: La imagen es una joya, la encontró mi estimado P, quien puso un pie de foto que decía: “¡Por favor, no se la lleven. Si me conociera, de seguro ella sentiría lo mismo por mí!”

    María José: haces bien, los escritores son la escoria de Internet y de este planeta.

  5. Creo los desamores son las fuente de inspiración que determinan nuestra actividad artística. Aunque yo he tenido muchos y no hago nada artístico.

  6. Un buen ejemplo de cómo la sublimación te convirtió en el gran ensayista que eres… tienes algo que agradecerle a ‘María Elena’ jejeje besos.. y más éxitos

  7. Ouch…

    Al parecer yo también estoy condenada al desamor. Resulta que los señores son especialmente lejanos, ausentes, ajenos, inalcanzables….
    y en el peor de los casos, fieles.

  8. Mussgo: siempre hay y habrá un brote artístico originado por el desamor, aun cuando no te dediques a ello: un poema escondido, un tatuaje vergonzoso, una noche en el karaoke.

    Yary-elena: así es, lo mejor es que no tendré que pagarte regalías…. perdón, pagarle regalías a “María Elena” por haberme llevado sin saberlo por el camino del ensayo.

    Eu: la fidelidad conduce, vaya pena, con frecuencia al desamor (no solo de quien la practica sino también de aquel que quiere que el otro no la practique).

  9. Kass: publicarlo tuvo una intención tipo Karaoke: hacer que los otros igual se sientan mal.

    Laurita: tú tienes una serie de historias amorosas (y trágicas) dignas de contar.

    Yary (again): por el contexto del post, eso de “…y más éxitos”, ¿era una ironía, verdad?

  10. Creo que todos traemos guardadas en el morral historias como esas. Pero como declamó el bardo: No se goza bien de lo gozado, sino después de haberlo padecido.

    Sigo esperando mi material, carnal.

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