Hasta luego y gracias por el cubrebocas

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Mis últimos días en Campeche acontecieron en restaurantes desolados, supermercados llenos y calles donde en cada esquina un policía repartía instructivos para lavarse las manos. Los amigos se preocuparon demasiado en que llegara sin fiebre a Puebla, pero no hubo muchas recomendaciones que me dijeran cómo sobrevivir una vez que ya estuviera ahí. Toda lejanía, supusieron con razón, necesita de un consejo que a alguien se le olvidó darme y cuyas implicaciones tendría que descubrir por cuenta propia (así les sucedió a todos ellos y generalmente ese consejo era “Nunca mezcles ácido muriático y cloro”).

Ninguna despedida es tan complicada como la que se hace en medio de una alerta epidemiológica. Entre el 29 de abril y el 1 de mayo, pasaron tres días en que dudé entre irme de Campeche de una vez o quedarme un tiempo razonable. El día 30 descubrí que ya había esperado un plazo demasiado razonable desde que cumplí los 24.

Mis últimos recorridos por la ciudad se poblaron de rostros incompletos. En un asueto inédito de cinco días, demasiada gente se sintió tranquila con un magitel en la boca, aun así terminaran quitándoselo para estornudar. Es casi emblemático que la ciudad cuyo tedio me dio los pretextos más apropiados para escribir, me despidiera ahora en medio de una crisis que confundió con el sopor.

El viernes en la mañana, un conocido quiso saludarme, pero yo pensé que se trataba de un asaltante. Impresionado por el paliacate sobre su boca, casi lo evito hasta que mencionó mi nombre. ¿Qué significa que la gente sin rostro sepa cómo me llamo? Me deseó suerte en la maestría –al parecer sabía demasiadas cosas de mí– pero nunca me dijo soy fulano de tal. Platicamos en el sobreentendido de que podríamos reconocernos por el brillo de los ojos. La única pista para saber quién era fue la presencia de su esposa (que, al igual que su marido, tenía cubierta media cara), a la que supuestamente yo también conocía.

“Por fin se nos hizo casarnos”, dijo.

Ni idea de quién era ella. Solo sé que tenía bonitas cejas.

El sábado 3 de mayo a las 4:30 salí de Campeche rumbo al centro del país. Media hora antes, en la sala de espera del ADO, hubo más de una persona que pensó que me embarcaba en algo peor que el viaje de Magallanes. Mi madre me repitió al menos tres veces las recomendaciones de la SSA. Un amigo me apartó de la familia tan sólo para decirme:

“No olvides que todo esto es parte de la Doctrina del Shock. ¿Sí viste el documental que te mandé por correo?”.

Yo por mi parte pensaba que en momentos de crisis cada quien escoge las letras que mejor se adapten a su idea de amenaza –AH1N1, EU, FMI, lo que fuera–, pero veía a mi amigo tan preocupado en que nada me preocupara que dije que sí, que el documental era una maravilla, aunque no hubiera pasado del minuto uno.

Abordé el camión. No pude evitar algunas lágrimas, lo admito. Pero no era gripe como supuso la señora de al lado que se fue con su bebé asientos más adelante. Era tristeza. Pero sólo por ese detalle –el privarme del llanto de otro– agradecí el bendito pañuelo sobre mi cara.

Por 14 horas recorrí mil 169 kilómetros de un país en contingencia. En Villahermosa adiviné un par de rostros femeninos agradables bajo el tapabocas. Bajó y subió gente en cantidades más o menos iguales. Durante todo el trayecto, tuve la fortuna de que nadie se sentara en el asiento de al lado. Pasaron tres películas: Escuela de Superhéroes, una que no identifiqué y un documental donde científicos de seis países debatía sobre quién ganaría en un combate entre un león y un tigre. Así son los viajes, un paraíso de distracciones. El tránsito tiene que ver con no pensar demasiado en lo que hemos dejado atrás ni en lo que vendrá a partir de ahora.

Llegué a Puebla a las 6 horas del domingo 3 de mayo. La primera imagen del que será mi hogar por dos años y medio, fue un maletero con cubrebocas. “¿Quiere un diablito, joven?”, fueron las palabras de bienvenida.

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10 comentarios en “Hasta luego y gracias por el cubrebocas

  1. Que chido que sigas escribiendo desde Puebla. Aquí estaremos pendientes de tus aventuras y tus escritos. Saludos¡¡¡¡

  2. Rodrigo: ojalá y eso suceda algún día. Pero estoy como en la obra de Beckett: espere y espere y espere.

    Mussgo, David, ChicoKC: gracias por sus deseos. Les informaré oportunamente.

  3. Muchas felicidades, Eduardo. Aquí te tengo en mi ipod en el lector de RSS así que andaremos “en contacto”. Saludos

    PS: Qué pasó con la banda? Remezclaron por fin el disco?

  4. Hey, don’t worry, prometo llegar algún día de esots, en cuanto mi cuatacha la Betty Walls dejé de amenzar con venir a evaluarme semana tras semana.
    Ademas ya mandé a mi representante.

  5. Ahí estás, máster (literalmente). Supongo en breve coincidiremos por ahí.

    “Señor: ¿Esas niñas son bien fresas, verdad?” y…

  6. “… y bien ponedoras” ¡ahuevo! Monsier Manzanilla, tú nomás avisa cuando llegues.

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