Contra las artesanías

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Souvenirs

Nada reditúa más a la venta de artesanías que la culpa. Asociada comúnmente a gente pobre y que no tiene otras formas de empleo, se ha convertido en la carga por antonomasia del viajero nacional. Sometidos a la prisa, en el último camino hacia la terminal de autobuses o el aeropuerto, el turista mexicano de nivel medio[1] piensa en su familia y una maleta sin souvenirs es como regresar con la cámara fotográfica vacía de imágenes. No hubo postales, no se viajó.

Esculcar ciertas casas mexicanas es trazar de algún modo la ruta de sus vacaciones. Conocer un país significa acumular: en el escritorio las plumas bordadas, en el ropero los gorros tejidos, en la sala toda una fauna de madera cazada a la orilla de las carreteras. Jarrones sobre la alfombra, cestos de palma para la ropa en el baño, huipiles en el clóset. La mejor imagen de la identidad nacional es una artesanía que no sabes dónde colocar.

Si la economía se fortalece en la medida en que atrae inversiones, la identidad parece vigorizarse con el arribo de turistas[2]. Es ahí donde el catálogo de artesanías hace su trabajo. Representa tangiblemente la variedad de un país: una artesanía es portátil, puede ser bonita y concentra parte de una identidad. Todo eso que la globalización exige a los productos para sobrevivir[3].

Es sabido que la patria tiene “un fulgor inasible”, y debido a eso necesita objetos prácticos para ser representada. La artesanía adquiere entonces un valor especial, pues lo mismo remite a la habilidad técnica que a la pobreza. México es eso: mucho trabajo manual, poco dinero, colguijes para la culpa. Un muestrario de hazañas en miniatura.

Como bien ha escrito Juan Villoro “En aras del respeto a la diversidad, ciertos discursos postcoloniales europeos incurren en un curioso fundamentalismo del folklor”. Lo cierto es que esos discursos son ya parte de la mentalidad nacional. En un país donde el color local es inapelable, la actual práctica de la identidad es observarnos entre estados, y mitad sabernos diferentes y mitad sentirnos parte de un solo país. Las diferencias nos unen y producen la misma satisfacción de grabar las distintas hablas regionales y complacernos de la manera en que, mexicanos todos, somos incapaces de entender los localismos.

La autenticidad como marca registrada

Las guitarras de Paracho hechas en China ponen en perspectiva el problema: lo único que tienen para afrontar la invasión oriental es su autenticidad. Sí, las guitarras de Paracho “suenan más bonitas”, pero a los compradores apenas les interesa que suenen. La invasión china nos reveló a un tipo de consumidor que va tras lo barato. Como casi todos.

Ante ello, los artesanos se sienten despojados, golpeados por una competencia que consideran desleal y en más de un caso, lloriquean contra la piratería, como las compañías discográficas. Considerada la identidad como marca registrada, los artesanos defienden el valor de su obra, como si en ella se jugara no la supervivencia de un oficio sino los efectos personales de un país, el ser nacional en pequeñas porciones.

“Un producto nuestro, hecho con maderas preciosas, como el cedro, tiene un valor de 800 pesos, mientras que los de procedencia china, que no sirven para nada, porque duran un mes, te los ofrecen en 250 pesos. Con esos precios no podemos”, ha declarado el fabricante de guitarras Francisco Mercado al periódico La Jornada. Habría que preguntarnos a cuántos compradores les interesa que sus artesanías duren más de un mes. Colmado el mundo de consumidores que privilegian el precio sobre la permanencia, la artesanía tiene poco que darles. Y hay que reconocer que llega el momento en que las glorias de este país ya no caben en la casa de nadie.

Para Octavio Paz (“El uso y la contemplación”), la predilección de la artesanía por la decoración “es una transgresión de la utilidad”. Y el mercado, que prefiere lo útil o lo efímero, les está dando ahora la espalda en tanto la artesanía es menos útil y menos efímera que los objetos industriales. ¿Por qué extrañarse e indignarse por eso? Agobiados de capitalismo, quizás nos hemos puesto a glorificar todo aquello que no nos parezca “un producto”.

Del mismo modo quienes veneran la artesanía lo hacen porque encierra una crítica a la modernidad desde un mundo anterior a la industria. Pero eso no deja de ser culpa. Es la posibilidad de ver las ruinas de nuestros antepasados sin pensarlos extintos, lo que anima esta exaltación. Paz aporta otro mito: el de la artesanía como forma romántica de producir objetos. Dice el poeta: la jornada del artesano “no está dividida por un horario rígido sino por un ritmo que tiene más que ver con el del cuerpo y la sensibilidad que con las necesidades abstractas de la producción. Mientras trabaja puede conversar y, a veces, cantar”[4]. Eso significa que se compran artesanías también en la medida en que nos hablan, como las novelas rosas, de un mundo idílico, donde las cosas suceden de un modo distinto al conocido.

La artesanía es algo más que un producto en serie. Encierra un esfuerzo individual. No es lo mismo pensar en un tipo manejando una máquina que hace cuchillos de acero que en un hombre bueno –golpeado por la historia, firme en sus convicciones- dejando sus huellas digitales en un jarrón. Porque la destreza del artesano reconforta. El punto más alto del mito del creador es el del genio (ese sujeto encerrado en su biblioteca, su estudio, o la cárcel, intoxicado de alcohol o de realidad) y el último, el asalariado (aquel perdedor, incapaz de hacer un esfuerzo extra si no está estipulado en el contrato colectivo de trabajo). El artista depende del genio, el artesano de la destreza y el asalariado apenas de la competitividad. De todos ellos, el artesano -gracias a Dios, al Estado y a los europeos- ofrece a nuestro imaginario colectivo ese saludable punto medio, de quien produce y crea. Es más útil que el artista, y con frecuencia tan pobre como él, aunque no tan útil como el obrero, que resulta –por ello mismo- el más enajenado de los tres. Para el alivio nacional, el artesano parece un buen ejemplo de la emancipación a la que se puede llegar gracias a un trabajo que no deja de ser creativo.

(Fragmento de “Contra lo Hecho en México”, incluido en el libro Contra México Lindo, editado por Tumbona. Para bajar mi ensayo completo pica AQUÍ, o visita la sección de LIBROS).


[1] Para el turista de nivel medio no existen divisiones entre un viaje de negocios y uno de placer. Usa sus vacaciones para comprar, usa las capacitaciones de la compañía para el descanso.

[2] Los visitantes nos acorralan con conocer lo típico, sólo hasta que te interrogan te das cuenta que no sabes nada de tu país. Las secretarías estatales nos han alertado de la necesidad de ser todos un poco guías de turistas o promotores de artesanías. En las calles, huyo de los visitantes: sus dudas para llegar a un restaurante tradicional me agobian como un examen sobre el Popol Vuh. Siento que me juego mi acta de nacimiento en cada respuesta.

[3] Digamos, por ejemplo, los teléfonos celulares.

[4] Resulta obvio que en el año en que Octavio Paz escribió este ensayo (1973), los empleos comunes no habían desarrollado “el conversar” y “el cantar” como habilidades laborales, tal y como sucede ahora a través del Messenger y el YouTube.

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4 comentarios en “Contra las artesanías

  1. Tengo una tía que tiene una costumbre media rara. Ella vive en el DF y ya no de recuerdo (porque lo hace todas las veces que viene) se lleva jericallas, leche Lala y drano. No he entendido si esos productos son de lujo o no los venden en el DF.
    Pero también están otros recuerditos bastante incómodos de llevarse, qué tal los equipales?

  2. Estimado Eduardo, en Chiapas tuve una novia muy bonita que tenía aspiraciones políticas, la que en un arranque de reflexión Zen se preguntó “¿Por qué ando contigo, si no eres guapo?” A lo que ella misma se respondió “No estás guapo, pero estás curiosito” Ese mismo día me compró una playera con la frase de “Visite Chiapas”. Ahora es defensora de algo que ella misma define como “minorías” y yo, por supuesto, tiré la playera.

    Un abrazo

  3. Pagarás con sangre tu partida de Campeche, en Puebla ya verás que te tratarán como una artesanía ambulante, de carne y hueso.
    ¿En verdad eres campechano?, te preguntarán incrédulos.
    Nunca he entendido porque preguntan eso, como si los campechanos fueran extraterrestres o seres imaginarios.

  4. No sé que tipo de artesanía y artesanos conozcas, respeto tu punto de vista, aunque, no lo comparta.
    Pienso que resulta muy irresponsable calificar algo cuando, como es evidente por tu ensayo, no se conoce a fondo la naturaleza de la artesanía, es como calificar el genero de novela basandose en las novelas de televisa, eso sería irresponsable, estupido y solo reafirmaría la ignorancia.
    Te invito a que investigues bien todo lo referente a la artesania, claro, si es que tu interes es ser critico artesanal, para lo cual creo que te falta mucho conocimiento.
    Lorena Salgado/ Diseñadora Textil

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