Lecciones a título doloso

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El reportero de policía es un tipo que bien podría pasar de escribir una historia criminal a protagonizarla. Lo persiguen ocho cobratarios, ha empeñado diez veces la cámara fotográfica y esa herida que atraviesa su espalda procede de una redada. Su inalterable oportunismo debe reunir por lo menos un par de virtudes: la suerte y los contactos. Por eso, el periodista de la nota roja siempre tiene algún amigo en la policía, una fuente en otro periódico y un familiar en el hampa. Cuando el destino es extremadamente generoso, el amigo, la fuente y el familiar son la misma persona.

Como relator de hechos a los que llegó tarde, el reportero policial recupera no sólo el tono de una riña o la clara resignación de un choque, sino amplifica los detalles necesarios para que el acontecimiento sea rentable. Desiste, a través de las tragedias cotidianas, retratar a una ciudad en caos: su relación de hechos automovilísticos no contribuye a una cartografía para urbanistas. Tampoco se reduce a un simple recolector de datos tras la más reciente volcadura de tráiler. Más que nada es un escritor. O debería serlo, porque no sólo explica el suceso, sino que transmite el placer de quien se dice mientras redacta: es morboso porque no se trata de mí.

Los periódicos importantes prevén las muertes naturales. Preparan con anticipación la biografía que justifique el esperado deceso de una celebridad. El reportero policial maneja, en cambio, el material de gente desconocida, cuyo único mérito es haber acelerado en el cruce indebido. Utilizando sólo evidencias cuantificables, las descripciones del cronista revelan lo absurdo del mundo y sus implicaciones literarias provienen de interesar al lector en los infortunios del sujeto común. Algo de ese espíritu que anima a la novela New York Graphic (de Adam Lloyd Baker) y su colección de decesos impensables: demostrar que el azar y la locura son también causas de muerte natural.

En Campeche, casi nadie acribilla a un transeúnte desde un coche en movimiento (bueno, quizás solo en Carmen). Su página policíaca encarna al morbo en sus momentos menos sórdidos: choques, acuchillados y gente que encuentra reptiles en sus patios. ¿Cómo afrontar un entorno con escasos ajustes de cuentas? En el periodismo local el interés noticioso parece haber emigrado hacia los municipios, donde todavía hay quien se robe un santo de iglesia o denuncie animales fantásticos que desentrañan ovejas, pero otras veces la realidad padece la aburrida uniformidad del delito. Ante dos asaltos en la vía pública, lo único capaz de marcar la diferencia es el recuento de los pormenores, el espacio donde el reportero explaya sus auténticas virtudes para el oficio.

Alguna vez Borges enunció las reglas del buen relato policíaco, el proceso que revelaba al criminal sin recurrir a soluciones engañosas. Sería plausible volver sobre las notas de policía (sobre su intuitiva materia literaria) y enumerar las características que las hacen siempre fascinantes:

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a) Los nombres a los que responden los involucrados. Al igual que en las novelas, los nombres de los protagonistas surgen a caballo entre la realidad y la invención. O más concretamente, entre un borracho que da sus generales y un reportero que sirve de intérprete a los balbuceos. Por otro lado, el relator sabe que a veces los nombres no dicen nada y se da a la tarea de escarbar en los alias en busca de un mote que exprese ese silencio. Por los dedos del reportero han transitado los sobrenombres más inverosímiles del periodismo contemporáneo: el “Sepulturero” Campos Santos, el “Chocolomo” Ojeda, el “Billy Jackson” Cantún; un catálogo de aquello que podríamos denominar “El registro incivil”. La nota policíaca captura día a día la capacidad de los hombres para renacer en sus apodos.

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b) Perfil psicológico del culpable. Nunca estudió teorías de la personalidad, pero el reportero conoce todos los detalles de su personaje; podría decir si al detenido le gusta lo dulce o lo salado o si llama “gorda” o “fiera” a su mujer. Los antecedentes conceden cuerpo y alma al criminal: lo ubican, le otorgan motivos (una familia numerosa, quizás penuria y dipsomanía). Si el periodismo fuera de celebridades, las especificaciones saldrían sobrando (sabemos tanto de ellas que un titular lo dice todo). En la crónica policial hay que hacer cada dato evidente e introducirlo a mitad de las acciones, como si se tratara del flashback de una película:

“Salvador ‘La Bruja’ Alcocer, empleado de piso en una tienda de telas, en unión libre y anteriormente divorciado, padre de tres menores, con domicilio en calle más miserable de la colonia Minas, arremetió contra su compañero de parranda después de haber ingerido 17 caguamas”.

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c) Carambola de acontecimientos. Es uno de los más eficaces recursos narrativos: el reportero trata de contar la mayor cantidad de sucesos posibles antes de llegar al primer punto y seguido. El efecto en el lector es el mismo que experimenta un conductor tratando de sortear una curva a 180 kilómetros por hora.

“Un policía resultó con graves lesiones en el codo y hombro derechos, después de haberse volcado mientras transitaba en su unidad de la Coordinación General de Seguridad Pública, Vialidad y Transporte del Estado (CGSPVYTE) en la carretera Campeche-Mérida, a la altura del entronque con Chiná, debido al exceso de velocidad que hizo perder el control al conductor y que provocó que el automóvil hiciera un giro violento que lo dejó ruedas arriba, propinándole a su acompañante lesiones menores en el pecho y el brazo izquierdo, según el reporte de los médicos que oportunamente atendieron el llamado que les hiciera un conductor ajeno a los hechos”.

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d) Deslinde de responsabilidades. Toda nota resume un peritaje físico, económico y social. Asimismo, logra transmitir una condena ética a través de delicadas sustituciones en las palabras. Donde originalmente podría decir “cuerpo”, el autor de la nota policial escribe “humanidad”, no sólo porque siempre ha creído que son sinónimos sino por motivos de índole ciudadana. “El drogadicto arremetió contra la humanidad del transeúnte” funciona a nivel inconsciente pues la palabra “humanidad” introduce la idea de que quien daña a uno nos daña a todos. Esa especie de lección cívica es imprescindible, ya que el reportero policiaco es ante todo un moralista:

“La desfachatez de un conductor no identificado, quien de manera irresponsable estacionó su vehículo a menos de 30 centímetros de una vía férrea, entorpeció el paso de ferrocarril por espacio de una hora”.

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e) Enriquecimiento ilícito de la información. La asepsia de los boletines de la Coordinación de Seguridad Pública poco tiene que ver con la auténtica noticia policíaca. De ahí que algunos reporteros basen sus relatos en dichos informes, pero se permitan una desfiguración digna de un pleito carcelario. En la siguiente nota periodística, las frases cursivas no provienen del parte policiaco sino de la imaginación del reportero, que nunca estuvo presente en la detención:

“Los agentes visualizaron a un sujeto que caminaba sospechosamente sobre la calle 25; decidieron interceptarlo para preguntarle qué es lo que fumaba que le había dejado la mirada perdida y vidriosa, pero al divisar la patrulla, el sujeto emprendió veloz huida que la misma Tonique Williams envidiaría. Los policías fácilmente le dieron alcance, sobre todo porque los pulmones del sujeto estaban cargados de humo de marihuana y esto le provocó que se cansara rápido, a pesar de que corrió más duro que una gacela”.

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f) Uso de licencias poéticas ya expiradas. A golpes de cruda realidad, un poco de lenguaje figurado en la nota policial es casi una careta de oxígeno a mitad de un incendio. “Pájaro de cuentas” (delincuente con historial), “Casa de amoríos rentados” (prostíbulo) o “Rapiña del asfalto” (robo de productos esparcidos por una volcadura) ejercen su calidad de imágenes de fácil entendimiento. La recomendación también incluye resucitar palabras fallecidas en circunstancias poco claras: “forajido”, “malhechor”, “amante de lo ajeno” o “fémina”, nombre con que debe llamarse a toda mujer involucrada en un hecho policial.

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g) Exceso de velocidad. El reportero policíaco es un hombre con prisa. Sus errores de tecleo son perfectamente perdonables. También se le disculpa el hecho de nombrar a una misma persona con ortografías distintas a lo largo de su nota. O que no termine las frases. Después de todo, el crimen siempre acontece con fallas gramaticales.

CORTESÍA DE TODAS LAS FOTOS: Gabriela Aguilar.

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6 comentarios en “Lecciones a título doloso

  1. Ya de por sí las fotos son mágicas, aderezadas con el escrito, qué mejor.
    Los autores de la nota roja son amantes del bloque de escritura. No usan ningún tipo de puntuación y es un “GOLPAZO” a la vista.
    Otro detalle de la nota roja son los títulos, impresionantes, cortos y en mayúsculas, cómo poder ignorarlos?

  2. Sólo mejor que leer la nota roja, es salir con un reportero de nota roja. Que interrumpan la cita para ir a cazar una carambola afuera del restaurante -por si no hay mucha chamba al otro día- es simplemente romántico.

  3. Me nombro de una vez “fémina” porque después de haber usado esas imágenes, seguramente acabaré en “el botellón”. Excelente! me recordaste mis mejores momentos en ‘ya sabes dónde’. La sección policiaca es la que más disfruté, siempre tiene los textos más interesantes, más inintelegibles de origen, polémicos, escabrosos y plagados de gente conocida. El lugar perfecto para demostrar que la realidad rebasa la ficción…

  4. saludos amigos de la nota roja, yo nada mas pienso una cosa, que el trabajo de nosotros los reporteros de la nota roja es el mejor de todos, la realidad de lo que se vive esa con nosotros y el ser testigos del suceso que afecta la emocion mas grande de las personas y en ocaciones poder ayudar. es satisfactorio. gracias y mis mejores deseos a todos los compañeros en general especialmente a los de la nota roja.

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