Bitácora del extravío

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Tengo la impresión de que el cuerpo y la imaginación siempre viajan por carriles alternos. El cuerpo colecciona las fatigas; la mente acumula las palabras. El cuerpo conoce a las personas, la mente retiene las historias. El cuerpo avala el tránsito y la imaginación lucha por permanecer un poco más en cada lugar. Lo que para el cuerpo es envejecimiento, para la mente es nostalgia. Y sí, hasta donde se sabe, es el cuerpo quien paga los peajes.

Un libro es por igual vivido e imaginado. Transcurre en los dos tiempos del lector: los minutos frente a la página y los minutos, días, semanas, que ese libro persiste una vez que ha sido guardado en el estante. Pero un libro no es sólo la ruta que va del título al colofón y termina en una bibliografía, es una experiencia intermedia y expansiva. Como bien apunta Luis Carlos Hurtado, el trayecto es en sí mismo inicio y llegada. Y un libro, como el suyo, que aspira a ser trayecto, se somete de igual modo a la errancia, a la entera disposición para la sorpresa.

Los viajes —como la vida, como las lecturas— están hechos de virajes, abandonos y regresos. Y son esas tres cosas —trayecto, vida y lectura— las que se respiran a lo largo de Bitácora de viaje. Un recorrido por el río Candelaria de Luis Carlos Hurtado.

Esta Bitácora, según cuenta el mismo autor, nació para abatir la creación en el encierro y como una forma de concebir los viajes dentro de su género auténtico: la ficción. Y si bien desde los alucinógenos año sesenta, “viaje” y “proceso creativo” han ido de la mano, este libro recupera un ánimo —incluso para muchos ya olvidado— de sumergirse “en el paisaje para obtener de él una experiencia vital”.

Tengo la teoría de que el hombre primitivo se volvió sedentario no cuando descubrió la agricultura sino cuando descubrió el arte. La escritura necesita de hombres aplastados en sus sillas giratorias tecleando historias o pintores encerrados en húmedos y claroscuros estudios extrayendo maestría de una lata de solvente. Luis Carlos pensó que era mejor ponerse en movimiento, emprender un recorrido, trazar el mapa del asombro con el peligro también de que nada sucediera. Para nuestra fortuna, el viaje fue exitoso porque nunca desatendió el recorrido subjetivo que le planteaba. Por ello, esta Bitácora no es un mero álbum vacacional, sino una suerte de diario íntimo.

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Conformado por fotografías, dibujos, historias, cavilaciones, citas literarias, el libro escrito por Luis Carlos expone tres artes para las cuales estoy impedido: el dibujo, la fotografía y la literatura manuscrita. Cuando posees un pulso capaz de desangrarte cada vez que te rasuras, las fotografías salen movidas, los dibujos temblorosos e incluso tu propia rúbrica causa desconfianza en la empleada bancaria. Desde esas tres limitantes personales, me adentré a la Bitácora de Luis Carlos Hurtado, como uno de esos libros que agradezco hayan sido escritos porque yo no podría hacerlo.

En el propio trayecto de mi cotidianidad pensé en ciertas fotografías consignadas en la Bitácora de Luis Carlos, en especial aquellas donde el paisaje está cubierto de pintura y sólo son visibles las señales de vialidad. Mientras cruzaba calles y esperaba microbuses, pensé si en efecto los seres humanos nos habíamos esforzado demasiado a lo largo de la vida por llegar a tiempo a nuestros destinos sin atender el espectáculo intermedio. La disertación se interrumpió bruscamente cuando una chica tocó el claxon para avisarme que la luz del semáforo ya había cambiado a verde.

¿Esa era una de las ideas del libro, hacer de cada página un trayecto por sí solo? Algo de eso se corroboró cuando descubrí que no existía numeración en sus páginas, que esta bitácora prescindía de las inquietas señales que nos indican hacia dónde hay que dirigir la lectura: de principio a fin y sólo pasar a la página 33 una vez que hemos concluido la 32.

Un libro que se apropia del azar incluso desde su forma no deja de tocar el azar en su tema. En lo que él llama “Mapa general del recorrido”, Luis Carlos Hurtado se pregunta “¿Qué me esperará allí afuera?”, quizás porque su legítimo mapa sea precisamente esa pregunta.

Prescindiendo de los trayectos rectilíneos, el libro se puebla como lo hacen las ciudades: de extranjeros que dejan de serlo cuando adquieren acta de naturalización en cada página. ¿Quiénes son Magris, Céline, Cortázar y Borges sino auténticos vecinos que a diario salen a contarnos una verdad?, ¿quiénes son en cambio don Pancho, don Pedro, doña Carmen, sino genuinos escritores, talentosos herederos de Carver, a los que es necesario antologar para no perder el misterio que anima sus historias?

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Bitácora de viaje posee tantas virtudes literarias como visuales, en principio porque hace del lenguaje escrito una metáfora visual. La escritura, nos recuerda Luis Carlos, es dibujo a fin de cuentas. Por ello, cuando habla de la negra noche, es esa misma noche la que no deja leer las oraciones completas que la describen. En otro caso, cuando construye un muro repitiendo decenas de veces la frase “En el fondo sabía que no se puede ir más allá porque no lo hay”, suprime un vocablo al final de la plana para significar que sí hay un espacio para mirar al otro lado, pero que sólo está disponible para quienes gustan de buscar grietas entre los ladrillos, fracturas en el lenguaje.

Esa interpretación del escritor como artista gráfico se nota con creces cuando en un mismo espacio conviven la fotografía, el dibujo y la escritura. En una foto casi al final de la bitácora puede apreciarse un cielo, cuya nota al pie dice: “Comienza a caer una imperceptible llovizna”. Y en efecto, la llovizna es tan imperceptible que es necesario que Luis Carlos la dibuje sobre la imagen para hacerla existir de algún modo.

Uno se pregunta en estos momentos si el arte como los viajes sobrevive por sus evidencias, por las postales con las que comprobamos nuestros recorridos interiores: una pieza, una pintura, un poema. No lo sé, pero tengo la sensación de que el arte no reproduce la experiencia de su creación, así como una bitácora no calca la experiencia del viaje. Es una experiencia en sí, una migración diferente en cada oportunidad.

En suma, Bitácora de viaje es una peculiar guía que promueve el extravío. Algo en ella nos dice que vivir es una forma de viajar perdiéndonos y que su mayor virtud es nunca ir en línea recta, tal y como lo asume el autor en uno de los fragmentos del libro:

“Viajar en línea recta. Eso en sí mismo, es raro, en general las vidas de todos nosotros tienen aires inesperados, parecen virar bruscamente de una cosa a otra, se mueven a empellones y trompicones, serpentean… Una persona va en una dirección, gira abruptamente a mitad de camino. Da un rodeo, se detiene, echa a andar de nuevo. Nunca sabe nada. E inevitablemente llegamos a un sitio completamente diferente de aquel al que queríamos llegar”.

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Luis Carlos Hurtado. Bitácora de viaje. Un recorrido por el río Candelaria. Editada por el Instituto de Cultura de Campeche.

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5 comentarios en “Bitácora del extravío

  1. me recordó a Pierre DAilly, quien recorrió el mundo conocido (Oikoumene) sin dar un paso fuera de su casa, sin embargo, su relato de ficción es el dia de hoy una de las fuentes más apreciadas por los historiadores para explicar su época (S.XII o XIII, no lo recuerdo)

    por otra parte, quien será “Cantinflas sobrino de Manuela Peralta”?
    sabes, estaría chido un ejercicio entre los pildoritos: tomar este personaje y elaborar un cuento
    saludos

  2. El “empleado de Piraña” es el que más me intriga. He estado planeando una historia alrededor suyo.

  3. Mi foto favorita: La del perro en el clavado.
    Me decía “qué mala paga son los Casillas, los Hernández y los Domínguez, que ya no les fíen”. Voto porque escriban”Las deudoras aventuras de Cantinflas -el sobrino de Manuela Peralta- y el empleado del Piraña”.

    Mordidas

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