Blogs: Cuando tengas algo que decir, dilo; cuando no, también

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¿Por qué hay escritores que cuestionan el blog como forma de literatura? ¿Qué les irrita, qué les han hecho esas miles de bitácoras sobre las impresiones de la vida? ¿Es la sobreoferta lo que les aturde, la proliferación de ese ensayo de ocasión, marcado por la fecha de factura como si se tratara de un plazo de caducidad? Si en los periódicos, las declaraciones abundan en tanto los políticos no sirven sino para rellenar los entrecomillados, el blog apunta (como en los periódicos vespertinos y de corte popular) a que nadie se reserve el derecho de opinión.

Nada como esta democratización de la escritura ha despertado descalificaciones tan virulentas de parte de quienes se dedican precisamente a escribir. Una moda, dicen unos; un ejercicio insulso, los califican otros. Pero el entusiasmo generalizado da que pensar. Los jóvenes escritores están encantados con el medio. No tienen que lidiar con la puntuación arbitraria de los correctores de estilo ni sufren las consecuencias de contravenir las políticas restrictivas de las revistas. El blog nos deja caer en la tentación de lo publicable sin remordimientos de conciencia. Notas, confesiones, fragmentos de tesis, plagios, recortes, citas, ocurrencias, aforismos, propaganda de nuestros libros, hallazgos en la red. Por si esto fuera poco, el blog recobra el carácter poco organizado del pensamiento, al tiempo que conforma una peculiar compilación donde los textos se leen cronológicamente a la inversa. Algo no tan sorprendente en la era de Internet, donde las obras completas comienzan por el último tomo: el diario íntimo.

Tengo la impresión de que el blog recupera la esencia misma del ensayo: hablar de autores y sucesos. Comentar el mundo -a fin de cuentas: compartirlo- lleva con frecuencia a placeres tan malsanos que no les interesan a nuestros conocidos del Messenger. “Es un taller abierto de escritura”, ha dicho Leticia Carrera; “un aprendizaje de literatura sin vida literaria”, diría yo. Lejano a las presentaciones de libros, a la necesidad de relaciones públicas, a los recitales de poesía, a los encuentros de becarios, a la caza de editores, al contrabando de manuscritos en busca de lectores especializados, el blog nos obliga a enfrentarnos a la página vacía del ordenador, todos los días. ¿Qué otro medio nos exige dar opiniones sin ser líderes de opinión, en qué otro lugar uno puede suponer que no es leído y no constatarlo con la imagen siempre deprimente de una máquina guillotinando nuestros libros?

El blog ha venido a revolucionar la idea que teníamos de un aspirante a escritor. Más allá de la apariencia de un Bukowski sin acné o del joven cosmopolita con lentes de pasta, quien quiere escribir tiene que enfrentarse en algún momento a las palabras. Por fortuna, lo que antes era pelear contra el lenguaje html, ahora es luchar contra el lenguaje a secas. La simplificación de las herramientas para subir datos a la red ha descubierto a toda una legión de gente que tiene cosas que decir. ¿Demasiados?, quizás, pero de todos modos ya eran demasiados los libros y sus autores, las canciones y sus intérpretes. Vivimos la abundancia de las cosas y la Internet quizás sólo ha evidenciado que eso siempre es mejor que la escasez.

Por último, gracias a todas sus peculiaridades, el blog hace patente por lo menos tres puntos esenciales del acto de escribir:

1. Es tiempo robado a la vida laboral. Como bien han demostrado las afligidas vidas de nuestros autores favoritos, no existe tiempo para leer o para escribir sino horas malversadas de las obligaciones de la vida. El blog ha potenciado la oportunidad de usar la computadora del trabajo para subir nuestros contenidos a la red, del mismo modo revanchista con que cargamos nuestros celulares en sus tomas de corriente. Nuestros empleos son tan absorbentes, tan mal pagados y los superiores hacen comentarios tan ignorantes, que ningún remordimiento provoca desviar unos cuantos miles de segundos a la semana. Y lo mejor: nadie sospecharía de ese documento de Word que tenemos siempre abierto.

2. Ejercita el individualismo. Autores respetables han desestimado la escritura del blog por ser descuidada, preferentemente ególatra y violentar las normas de calidad impuestas por las casas editoriales y el Estado. Pero ese era el chiste: fusionar el egocentrismo y el teocentrismo. Ser geniales sin depender del reconocimiento de quienes tienen el dinero, el doctorado y en la mayoría de los casos, el poder. Escribir sin desvelarnos por la reseña que no aparece y en el mejor de los casos, sólo aspirar a que otro autor nos ponga en su lista de links (confiar en ese sistema velado de recomendaciones que nadie tiene la obligación de seguir). ¿Cuántos nos leen?, ¿hay quien siga con interés periódica nuestras bitácoras? Despreocupémonos de los lectores; la mayoría no escribe comentarios en los espacios correspondientes. Los lectores no dejan huellas, obedecen a un acto de fe. Es imprescindible aprender esto antes de meterse al negocio de la literatura.

3. Nos hace seguir a los grandes maestros sin saberlo. El blog y Picasso: “La inspiración existe; pero tiene que encontrarte trabajando”. El blog y Witold Gombrowicz: “¿Quién decidió que se debe escribir sólo cuando se tiene algo que decir? El arte consiste precisamente en no escribir lo que se tiene que decir sino algo completamente imprevisto”. Primer mandamiento del decálogo de Monterroso: “Cuando tengas algo que decir, dilo; cuando no, también. Escribe siempre”.

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6 comentarios en “Blogs: Cuando tengas algo que decir, dilo; cuando no, también

  1. Esto parece ya rosario.
    ChicoKC ya es conocido de la casa. Chimal: agradezco tu visita.

  2. Eduardo
    gracias por compartir tus reflexiones, me han sido bastante útiles en tanto también le he dado vueltas al asunto desde la cancha de la historia.
    el desden de los historiadores hacia los blogs también es notorio, no sé, por el momento lo atribuyo al terror que provoca este exceso de fuentes de primera mano, y además en tiempo real.
    Cómo interpretar tal cantidad de información?
    cómo, ni siquiera entenderla, sino manejarla?
    Fukuyama se equivocó, el fin de la historia no se debe a su estable pasividad, sino al exceso frenético de información.
    me resulta muy interesante imaginar la labor de los historiadores en los proximos dos siglos, revsando servidores sin parar

    saludos

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