La silla de Glenn Gould

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Por KEVIN BAZZANA

El símbolo más imperecedero de la excentricidad de Glenn Gould fue su silla. Quería una silla inusualmente baja, una silla que tuviera «la elasticidad» que él necesitaba, tanto de atrás hacia delante como en diagonal, a fin de que se acomodara a sus movimientos mientras tocaba. Requería un asiento que hiciera pendiente hacia delante («Tengo que sentarme en el borde») y un respaldo inclinado más de noventa grados, que satisficiera el «ángulo ocioso» que le gustaba para sentarse. Ningún banco para tocar el piano satisfacía sus necesidades, de manera que en 1953 su padre Russell Herbert Gould adaptó una silla de madera plegable, ligera, de respaldo alto. «Tuve que serrar cada pata unos doce centímetros —le contó a Otto Friedrich—, hice una escuadra de latón alrededor de cada pata y la atornillé, y entonces soldé la mitad de un tensor a la escuadra de latón de modo que cada pata pudiese ajustarse individualmente.» La silla situaba a Gould a unos 35 centímetros del suelo, lo cual todavía no bastaba, pero dado que las rodillas estaban ya a mayor altura que las posaderas, no resultaba práctico bajar más el asiento. Así pues, fabricó una serie de bloques de madera que le permitían alzar el piano unos tres centímetros, con lo que él quedaba, en efecto, a poco más de treinta centímetros del suelo.

La silla que construyó su padre era perfecta, y Gould la utilizaría en todos los conciertos y grabaciones, en cada ensayo y sesión práctica que realizara durante el resto de su vida. Se la llevaba a todas partes o la despachaba, si era necesario, en un embalaje especial, a menudo con costes considerables, y en alguna ocasión se extravió o sufrió daños en el trayecto. A finales de los años cincuenta la silla estaba ya tan gastada que a veces su público temió que cediera bajo su peso. Engrasarla se convirtió en uno de sus rituales previos a la actuación, aunque seguía chirriando durante los conciertos, y algunos de sus chirridos han quedado registrados permanentemente en sus grabaciones. Al final hubo que sujetar con cinta adhesiva y alambre el armazón, y el asiento se deterioró con el uso: el relleno se fue saliendo de manera gradual del tapizado de piel sintética, que también acabó por deshacerse. Uno casi puede fechar las fotografías y las películas de Gould a partir del estado de la silla. A mediados de los años setenta se sentaba sobre el armazón pelado, con un soporte de madera que recorría de atrás hacia delante la zona donde descansaban las posaderas, y aun así nunca se le oyó quejarse al respecto. Con el paso de los años hizo enormes esfuerzos por encontrar (e intentó que le construyeran) una silla de madera o de metal nueva y más resistente, pero nunca halló una sustituta adecuada. La silla de su padre devino un talismán para Gould, un amuleto que le transmitía seguridad y del que dependía.

En Vida y arte de Glenn Gould (Turner, 2016).

Dos críticos de cuidado

Dos tipos de cuidado

MÚSICA, maestro. 

Infante1

HERIBERTO

La mafia teme sincera
que a su canon ilusorio
Carrión lleve delantera
y les cambie el repertorio.

Por eso tú lo condenas
y es que muy mal lo has leído.
Párrafos llenas y llenas:
verbos, motes y adjetivos.

La derecha vergonzante
del Paz Institucional
y tú eres su tajante
apologeta cultural.

.

Negrete1

CHRISTOPHER

Antes de entrar en materia
te recuerdo que he leído
tus libros, y en una feria
una vez nos conocimos.

Ese que emite ladridos
se las da de hermeneuta,
él nomás es presumido,
ni es poeta… es terapeuta.

El Ulises es muy malo,
si se apellida Carrión.
Y es más malo Papasquiaro,
santos de tu devoción.

.

Infante1

HERIBERTO

Tu crítica es muy priista
y hasta usas su lenguaje,
nombras a muchos artistas
pero no citas pasajes.

Hay que olvidar lo paceano,
reaccionario y contrainsurgente.
Y que el canon mexicano
se colapse… si hay suerte.

Yo te invito, no lo niego,
a ser crítico radical,
renunciar a ser quien eres
y abrazar la alteridad.

.

Negrete1

CHRISTOPHER

Me aburre la posvanguardia
como tú… lo has presumido.
Pero no dejas de leerme,
te imagino sometido.

Quieres ver en el espejo
a tu peor Enemigo,
pero te ves a ti mismo
desastrado y diluido.

.

.

.

HERIBERTO

Tú lo dices.

.

CHRISTOPHER

Lo sostengo.

.

HERIBERTO

No te vayas a cansar.

.

CHRISTOPHER

No le saques.

.

HERIBERTO

Sí le saco.

.

CHRISTOPHER

Pues se acabó este cantar…
.
Una versión en prosa de estas coplas puede leerse AQUÍ y también ACÁ.

Cómo (por poco no) llegar a Matanzas

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A MJ le había parecido buena idea ir a la playa la mañana siguiente al concierto de los Rolling Stones. A juzgar por los nueve autobuses que se estacionaron uno tras otro cerca de nuestro hotel en La Habana el resto de los huéspedes había tenido una idea similar y había acudido a una empresa turística, exactamente lo que nosotros no habíamos hecho. Aunque, como se verá más adelante, pagamos caro nuestro incipiente espíritu aventurero, en esos momentos nadie estaba siendo particularmente feliz. Durante cuarenta minutos vi a decenas de extranjeros pasar del letargo propio de los animales que se fingen muertos a la euforia casi sexual cada que una señorita con uniforme de la empresa Transtur entraba gritando «¡Varadero!». Para la desesperación general no eran pocos los que tenían que regresar al estado de reposo original una vez que comprobaban que su turno todavía no había llegado.

MJ y yo estábamos en el lobby del hotel esperando a un hombre alto y huesudo llamado Lázaro que habíamos conocido la tarde anterior y del cual no sabíamos prácticamente nada salvo que había prometido llevarnos a Matanzas por treinta CUCS (treinta dólares, más o menos). El acuerdo lo habíamos concertado a las afueras de una terminal de autobuses a reventar, custodiados por tipos que trataban de convencerte de viajar a Viñales, especialmente si no tenías idea de dónde carajos estaba Viñales y qué podrías esperar de la vida una vez que llegaras allá. Así las cosas, la oferta de Lázaro parecía la propuesta más razonable para alguien desesperado por salir de La Habana. Por desgracia se trataba también de un fraude: para la mañana siguiente, Lázaro llevaba casi una hora de retraso y no había indicios de que fuera a aparecer. La angustia que produce en los turistas la demora es algo que los taxistas cubanos saben decodificar a la distancia. Después de ocho intentos en los que me paraba en la puerta del hotel y buscaba a Lázaro en el horizonte, un tipo de lentes oscuros se acercó hasta donde me encontraba y se ofreció a llevarnos a Matanzas por ochenta CUCS.

—Estamos cortos. Podemos darte sesenta.

—Hermano, nadie va a Matanzas por menos de setenta. Son 145 kilómetros a Varadero, menos cuarenta para Matanzas. No alcanzaría ni para la gasolina.

Hay menos distancia entre La Habana y Matanzas que entre La Habana y Varadero, y no obstante el taxista había presentado la información de tal modo que, sin mentir, parecía estar dispuesto a recorrer media isla para llevarnos a nuestro destino.

—Bueno, dejémoslo en setenta.

El viaje a Matanzas dura por lo regular una hora con quince. El mismo viaje con un conductor incapaz de orientarse por las calles de Matanzas podría significar veinte minutos de retraso. Ni uno más, según la confiable experiencia de varios amigos míos. No fue eso lo que sucedió.

—No conozco bien Matanzas —dijo nuestro chofer, mientras estacionaba el automóvil—, ¿tienen por ahí apuntada la dirección a donde hay que ir?

MJ le dio la libreta donde había consignado con tinta verde los datos de la casa particular donde nos hospedaríamos. El taxista bajó y habló con un par de adolescentes que estaban en una esquina. Volvió en cuestión de segundos.

—Compañera, tenemos un problema con tu letra. ¿Me puedes decir qué dice aquí?

—Dice «Línea 2da.» —contestó MJ.

—Pregunto de nuevo.

Dentro del carro se hizo ese silencio tenso del que abusan los narradores cuando no tienen nada que contar. El taxista se acercó entonces acompañado de un octogenario. Por la manera en que entrecerraba los ojos podía jurar que no era capaz de decirnos qué había más allá de la siguiente cuadra.

—Miren, el compañero vive en Matanzas y no ubica la dirección. Queremos saber qué dice acá.

—Línea 2da. Esquina con Callejón de los Desamparados —volvió a decir MJ.

—Línea 2da. Línea 2da. Eso es del otro lado, tienes que cruzar el puente —dijo el anciano no muy convencido.

—Del otro lado del puente me mandaron para acá.

—Por eso, sigue por aquí y cuando termine la calle das la vuelta y cruzas el puente.

—¿Cómo que «cuando termine la calle»? ¿Cuándo voy a saber que terminó la calle?

—Pues aquí las calles terminan, compañero. Esto no es La Habana.

—Hermano, soy guajiro; explícame en guajiro: avanza, doblas a la derecha, una cuadra, dos cuadras. Así sí entiendo.

—Avanza por esta calzada, llegas al semáforo. Esperas a que se ponga en verde…

—Her-ma-no…

—Línea 2da. ¿Eso es lo que dice acá?

El anciano se acercó la libreta al rostro. El chofer se la arrebató para leer de nuevo.

—A mí me parece que dice «Línea santa».

MJ, que había escrito la dirección, insistía en que ahí decía «Línea 2da.».

—Tengo el teléfono de la persona que nos va a recibir, podemos hablarle —añadió tímidamente, pero el chofer y el anciano estaban demasiado concentrados en su propio análisis del manuscrito.

—¿Sabe o no sabe, compañero?

—A ver lo leo de nuevo, «Línea…» ¿Con qué tipo de lápiz escribieron esto?

Yo mientras tanto distraía a MJ para que no sacara un objeto punzocortante de la bolsa, que es lo que cualquier persona sensata habría hecho a estas alturas.

—¿No tienen el teléfono de la señora?

—Sí —respondió MJ tomando aire por décima vez—. Debajo de la dirección aparece.

El chofer marcó desde su celular.

—Hola, compañera. Tengo acá a un par de amigos mexicanos que van a hospedarse con usted. No encontramos su dirección. Le voy a pasar a un compañero, de acá de Matanzas, para que le explique bien cómo llegar.

Cuando el octogenario tomó el celular, toda mi capacidad cerebral se estaba dirigiendo a tratar de entender por qué seguíamos confiando en ese hombre.

—Dígame, compañera… Ah, el parque Maceo sí lo conozco.

Colgó.

—Me dice que vayan al parque Maceo y que ahí busquen al «hombre de la boina roja».

—Dios mío, lo que nos hacía falta: un hombre con una boina roja —comentó en voz baja MJ.

—¿Y cómo llego al parque Maceo? —preguntó el chofer.

—Es lo que te voy a explicar: avanzas por esta calzada hasta el semáforo…

—Hermano, mejor ven con nosotros.

La última vez que había escuchado esa frase, había sido en una conversación familiar y la cosa terminaba con alguien convirtiéndose al Evangelio. Sentí un leve escalofrío. Recorrimos unas cinco cuadras.

—Este es el parque Maceo y no está el hombre de la boina roja —advirtió el viejo—. Llamen otra vez a esa mujer y díganle: «Ya estamos en el parque Maceo y no vemos al hombre de la boina roja».

Sin embargo, un hombre de gorra roja ya estaba muy cerca del auto manejando una bicicleta. Hizo señal de que lo siguiéramos.

—¡El hombre de boina roja! ¿De dónde salió? —exclamó con desesperación el anciano como si de repente hubiera recibido la visita de un segador demasiado esquelético para ser humano.

Ninguno de los tres lo hicimos caso. Para nosotros lo importante era que el recién aparecido no se nos fuera a perder de vista. Y teníamos razones suficientes para enfocar toda nuestra atención en un solo individuo. «Línea 2da.», según pudimos comprobar minutos más tarde, era una calle de tierra que no había forma de identificar a menos que hubieras nacido en ella.

El taxista bajó las maletas con el mismo alivio de quien se deshace de un cadáver incómodo. Antes de subir de nuevo al auto, me dijo en tono cordial:

—¿No tienes un peso para el compañero?

Era prácticamente lo único que me quedaba en el bolsillo.

 

Mapa dibujado por un turista

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Estuve en Cuba entre el 23 y el 29 de marzo: demasiado tarde para coincidir con Barack Obama pero a tiempo para ver a los Rolling Stones. En el número de junio de Letras Libres aparecerá una crónica cuyo eje es el concierto. Sin embargo, no quise dejar fuera algunas notas que tomé durante el viaje:

Esculturas para levantar el ánimo

En la Plaza de la Revolución, frente a la icónica imagen del Che, el visitante puede ver el relieve escultórico de Camilo Cienfuegos en la fachada del Ministerio de Comunicaciones. Tres palabras acompañan a la imagen: «Vas bien Fidel». Da qué pensar que la frase más significativa de un héroe forjado en el seno de la lucha armada, sea el equivalente al «Cámara, maestro» con que algunos de mis amigos concluyen sus conversaciones por WhatsApp. Patricia Nieto, editora de Letras Libres, me dice que el asunto sería tan vergonzoso como que, para honrar su memoria, la posteridad recogiera la frase que con más frecuencia ella escribe: «Hola, ¿recibiste mi mail?»

La leyenda cuenta que «Vas bien Fidel» ni siquiera surgió de una iniciativa del propio Cienfuegos, en el entendido de que haya llegado un sábado en la mañana a decirle al resto de la tropa: «Amigos, amigos, se me ha ocurrido algo». Se supone que el mismo Fidel preguntó «¿Voy bien, Camilo?», lo cual reduce la capacidad verbal de Cienfuegos a responder una oración de tres palabras con otra de una extensión similar.

MJ se pregunta si el absoluto desprecio de las comas vocativas también es un logro de la Revolución. Podría ser. Lo único que nos queda claro es que siempre que un amigo tenga continuos momentos de desasosiego, podemos sugerirle construir una escultura gigante que le diga que lo está haciendo mejor de lo que piensa.

No busco puros ni PPG, solo una maldita conexión a internet

En Cuba, la comunicación puede llegar a ser un dolor de cabeza. En principio de cuentas, para tener servicio de internet, uno necesita comprar unas tarjetas de la empresa estatal Etecsa. El procedimiento se parece mucho al modo en que mi generación aprendió el concepto de «telefonía móvil»: rascando una ficha con una moneda. El segundo problema es hallar un sitio con wifi (tan escasos en Cuba que las profecías recomiendan fundar un pueblo y, posteriormente un imperio, ahí donde lo encuentres). MJ y yo llegamos al hotel Habana Libre, donde, según nos habían comentado, el milagro de la red podía acontecer ese día. Sin embargo, el servidor había caído en desgracia y no se tenían pronósticos optimistas para esa mañana. Una persona amable nos dijo que quizás en el restaurante de enfrente pudiera haber señal. La había, en efecto, pero nadie tenía tarjetas. Al ver nuestra desesperación, una señora que estaba en el restaurante solo señaló, sin decir palabra alguna, a un grupo de jóvenes que se encontraban en los alrededores de un arriate, del otro lado de la calle. Nos acercamos. Al menos unas treinta personas, entre extranjeros y cubanos, se encontraban mirando sus celulares con los audífonos puestos, que es más o menos un paisaje típico de Occidente y por eso no nos habíamos percatado de lo excepcional que era en este contexto. Uno de los chicos, de no más de dieciocho años, nos hizo el ademán de un cuadrado pequeño que podía significar, según la imaginación de cada quien, una tarjeta, un paquete de coca o una placa para cultivar bacterias. Le dijimos que sí, casi sin pensar. De la funda de su smartphone sacó una tarjeta que en realidad era un papel mal impreso con una clave. Entendí de repente que aquella transacción podía compararse más con la compra de un acta de nacimiento que con la de un disco pirata. Volvimos al restaurante. Por un momento MJ y yo temimos haber sido estafados, pero la contraseña funcionó. La señal de la red era débil como nuestro optimismo y se extinguió apenas MJ y yo pudimos corroborar con una amiga que nuestra gata Sunny estaba en buen estado.

—¡Son héeeeeroes! —gritó MJ desde el interior del restaurante a los chicos que vendían tarjetas.

Los vendedores que odiaban tu falta de vicios

—Niño, ¿a ti no te interesa una caja de diez puros por diez pesos? —me dice una señora en las escalinatas del cine Yara—. Mira que no vas a encontrarlos a mejor precio.

—No, señora, gracias. No fumo.

—Mira que cada uno viene con su sello.

—Es que no fumo.

—Pero para tus familiares.

—Tampoco fuman.

—Para regalar a tus amigos.

—No quisiera que fumen.

—¿Para qué vienes tú a Cuba si no te llevas unos puros?

—Es que no me gusta el olor de los puros.

—Bueno, niño, ¿y un cucurucho de maní no te interesa?

Veinte mil reglas para el viaje submarino

MJ me había prometido que la experiencia de esnorquelear, en medio del silencio y rodeado de peces, «cambiaría mi vida» y le creí. Viajamos veinte minutos de Matanzas a Playa Coral, a fin de conocer los arrecifes, pero, bajando del taxi, uno de los instructores nos dijo que estaban a punto de irse a su casa.

—Es una pena, no sabía que cerraban a las cuatro.

—Miren, amigos, podemos rentarles el equipo y ustedes se lo dejan al cuidador cuando terminen.

Nos pareció una magnífica idea.

—¿Los dos saben nadar?

MJ y yo respondimos al mismo tiempo:

—Específicamente, ¿qué estamos entendiendo por «nadar»?

—Él no sabe.

—En esta playa tenemos tres reglas —precisó—: uno, usar chaleco salvavidas; dos, cuidar el equipo que les rentamos; tres, ser acompañados los primeros diez minutos por el instructor. ¿Saben por qué? Por que si entran solos pueden toparse con esto.

Entonces apuntó a una de las fotografías de corales que se encontraban en un pendón.

—Esto, amigos, es el PELIGROSO CORAL CEREBRO. Desde el momento en que ustedes lo tocan empiezan a sentir como si les arrancaran la piel. ¿Entendido?

Yo no necesitaba mayores estrategias disuasorias, pero el instructor pensó que sería más convincente si señalaba un hecho en concreto.

—Miren a esa niña. Esa niña que está allá no hizo caso a las reglas y véanla ahora llorando.

Al mismo tiempo que el hombre nos advertía de los peligros de desobedecer las normas de la playa, un joven estadounidense pasó corriendo hacia el mar.

—¡Oiga, las reglas! —gritó el instructor, antes de volver a nuestra conversación—. Esa gente cree que puede venir aquí a hacer lo que quiera. Pero esta no es playa privada, sépase usted. Aquí el que manda es el Estado.

La izquierda necesaria

—Para que algo funcione en Cuba hay que hacerlo «por la izquierda» —me dice un taxista mientras conduce hacia el Bosque de La Habana.

—¿Y eso cómo es?

—A espaldas del gobierno.

Publicado originalmente en Letras Libres.

Rulfo, Arreola, Carballo y Chumacero entran a un bar

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Seis versiones poco difundidas sobre la redacción de Pedro Páramo (la número cinco hará que te desmorones como un montón de piedras):

1. Juan Rulfo había escrito una novela sobre un pianista ciego que se enamoraba de una prostituta. Alí Chumacero se deshizo del pianista y puso en su lugar a un cacique. Antonio Alatorre borró adjetivos y agregó sustantivos para que el escenario original de la historia, un burdel porfiriano, tuviera más aspecto de pueblo de almas en pena. Carballo quitó de la trama al matador de toros y lo sustituyó por un hijo que busca a su padre. Arreola oprimió la opción «Aceptar todos los cambios».

2. Rulfo es el autor absoluto de Pedro Páramo. Los personajes, la organización narrativa, cada una de las frases son fruto de su genio. Escribió la novela, la tallereó consigo mismo, corrigió estilo, escribió su propio dictamen para el FCE. Diseñó la portada y la tipografía de las páginas interiores. Decidió sobre el tipo de papel y la forma de distribuir los ejemplares. Finalmente, financió con sus ahorros la edición príncipe y compró el primer ejemplar.

3. Pedro Páramo es en realidad producto de la tradición oral. Su estructura fragmentaria y el sorprendente virtuosismo de sus diálogos así lo confirman. «Juan Rulfo» es apenas el nombre con que hemos decidido llamar a un grupo de rapsodas que, por generaciones, han ido de pueblo en pueblo cantando las hazañas de un cacique. Tampoco tenemos total seguridad de que Chumacero, Carballo, Arreola y al menos trece de los quince ganadores del Premio Juan Rulfo hayan existido alguna vez.

4. Arreola le escribía sus obras a Rulfo que le escribía sus poemas a Chumacero que le escribía sus reseñas a Carballo que le escribía sus estudios áureos a Alatorre que impartía las clases de Batis. Arreola fue olvidado, Rulfo reeditado, Chumacero homenajeado, Carballo denostado, Alatorre reivindicado y Batis jubilado.

5. A causa de la peste bubónica que azotó la ciudad de México en 1955, Juan Rulfo, Emmanuel Carballo, Alí Chumacero, Juan José Arreola y Mary Shelley se refugiaron en la casa que Lord Byron poseía a las afueras de Zapopan. Con el fin de entretenerse acordaron que cada uno contaría una historia de terror. Un futuro clásico del género de fantasmas nació en el cumplimiento de dicha tarea: Protagonistas de la literatura mexicana.

6. Existen, al menos, cinco borradores de Pedro Páramo. Rulfo entregó uno al Fondo de Cultura Económica, otro al Centro Mexicano de Escritores, uno más a Arreola, otro a Chumacero y el último a un burócrata de la CIA, que para entonces ya le daba dinero. En apariencia los borradores tienen leves diferencias entre sí, pero un análisis más riguroso revela que en realidad se trata de cinco novelas distintas: una es de carácter simbólico; otra, sobrenatural; otra, policial; otra, psicológica; otra, comunista. Se desconoce aún cuál es la que llegó a las librerías.

Publicado originalmente en Letras Libres.

Juzgando libros por sus portadas

1. Si reúnes algunas portadas de Rubem Fonseca, logras una secuencia:

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2. Al parecer, Rosario Castellanos solo tenía dos tipos de personajes:
a) Mujeres de chal que cargan cosas
b) Mujeres que esperan frente a una ventana.

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3. Se abren las apuestas acerca de quién seguirá ahora:

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NoviaWit2

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4. ¿No les ha pasado que quieren comprar el primer libro y, por error, terminan comprando el segundo?

IncompetenciaMilitar

5. Una petición en change.org para que ya dejen a Arcimboldo en paz:

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Volver a la trama

Thrilling Tales2

Por MICHAEL CHABON

Imaginemos que, en algún momento alrededor de 1950, se hubiera decidido, colectivamente, informalmente, poco a poco, aunque de modo definitivo, proscribir del canon del futuro cualquier clase de novela salvo el nurse romance: la novela romántica protagonizada por enfermeras. No solamente del canon de la crítica sino también de las librerías y las bibliotecas. A nadie le pagarían, ni lo publicarían, ni lo tomarían en cuenta los dioses de la literatura si osara escribir cualquier tipo de ficción que no fuera un romance con enfermeras. Gracias al orgullo y la gran fe que siento por la brillantez, el rigor y la diversidad de los escritores estadounidenses del último medio siglo, creo que de esta decisión extraña, en ese país hipotético, habrían salido al menos una docena o más de auténticas obras maestras. La enfermera del Blitz, de Thomas Pynchon, por ejemplo, o Ruth Puttermesser, enfermera, de Cynthia Ozick. Pero imagino, sin embargo, que este subgénero particular ya estaría un tanto desgastado para este momento; cualquier subgénero, incluso uno menos limitado en sus elementos y posibilidades que el del romance con enfermeras. Durante el último año, en ese mundo extraño y disminuido, hay alguien, en algún lado, que ya debe haber cerrado su ejemplar de El doctor Kavalier y la enfermera Clay de Michael Chabon con un suspiro de hartazgo y exclamando: «¡Seguro, seguro que una novela puede hacer más que esto!»

En vez de «la novela» y «el romance con enfermeras», intente este pequeño experimento con «el jazz» y «el bossa nova», o con «el cine» y «las comedias sobre un “pez fuera del agua”». Ahora vaya e inténtelo con «el cuento» y «las historias de ambiente contemporáneo y cotidiano, sin trama, con revelación en un “momento de la verdad”».

De pronto usted se encuentra de vuelta en su propio universo.

Está bien, lo confieso. Yo soy ese lector aburrido, en ese mundo limitado, y estoy cerrando mi libro con un suspiro; solo que el libro es el mío, y está lleno de mis propios cuentos, sin ningún argumento y cubiertos de rocío epifánico. Una crisis (palabra muy querida por los tediosos hacedores de discursos) en mi actitud hacia mi trabajo cuentístico fue en gran medida la causa que me hizo retroceder en la corriente del tiempo alternativo, de vuelta al mundo como era antes de que se tomara esa decisión fatal y perversa.

Hasta 1950, si yo hablaba de «narrativa breve» podía referirme a cualquiera de los siguientes tipos de historias: cuentos de fantasmas; cuentos de detectives; también historias de suspenso, terror, fantasía o de lo macabro; el cuento de marinos, de aventuras, de espías, de guerra o histórico; el cuento de romance. En otras palabras: cuentos con trama. Un vistazo a cualquier polvosa antología en rústica de cuentos clásicos prueba la verdad de esta afirmación, pero lo más sorprendente son los nombres de los autores de estos textos tremendos: James, Balzac, Maugham, Conrad, Twain, Wharton, Coppard, Faulkner, Graves, Cheever, Poe. Todos eran pesos pesados, y en algunos, considerados entre los gigantes del modernismo, fuente de la historia con ese «momento de verdad» que, como el Homo sapiens, apareció relativamente tarde en escena aunque se las ha arreglado con rapidez para eliminar a todos sus rivales.

La narrativa breve, en toda su rica variedad, se publicaba no solo en las revistas baratas que nos dieron a Hammett, Chandler y Lovecraft, entre otros pocos escritores más o menos consagrados hoy dentro del canon, sino también en las grandes y elegantes revistas de aquel tiempo: The Saturday Evening Post, Collier’s, Liberty e incluso The New Yorker, orgulloso bastión del cuento con «momento de verdad» que solo en fechas recientes, y no sin controversia, hizo espacio en sus augustos anales para autores como Stephen King, el último maestro del cuento con trama. Con mucha frecuencia esos cuentos tenían bastante historia y color para ser base de un largometraje de Hollywood. Adaptados para el cine y la radio algunos como «La pata de mono», «Lluvia», «El juego más peligroso» o «Incidente en el Puente del Búho» han sido imitados y parodiados, y han visto sus átomos dispersos en la corriente general de la imaginación nacional y el dominio público.

Hace unos seis meses, hablaba de todo esto con el señor Eggers, el editor de McSweeney’s, y le decía cosas como: «De hecho, Dave, las historias de horror son pura psicología» o «Todos los cuentos, en otras palabras, son cuentos de fantasmas, relatos de visitaciones y reconocimientos de las huellas del pasado». Envalentonado por el hecho de que aún no lo había dejado inconsciente del todo, seguí diciendo que mi mayor sueño en la vida (aparte de oír «Dust in the wind», de Kansas, interpretada por un mariachi) era publicar algún día una revista propia, una que reviviera las variedades perdidas del cuento, tradición que yo entendía como la de grandes escritores escribiendo grandes historias. Publicaría trabajos de autores «no de género» —que como yo se encontraran a disgusto con las restricciones de la proscripción— y de maestros reconocidos de novelas de subgéneros, de los que cincuenta o sesenta años atrás hubieran publicado cuentos con regularidad, pero ahora no tuvieran un mercado amplio o más espacios abiertos para textos breves. Y pondría también una novela por entregas, para que la tradición llegara a los días de The Strand y Argosy. Y…

«Si te dejo ser el editor invitado de un número de McSweeney’s», dijo el señor Eggers, «¿podríamos, por favor, dejar de hablar de esto?»

Este Espectacular de cuentos (McSweeney’s Mammoth Treasury of Thrilling Tales) es el resultado de aquel noble gesto. Dejo que el lector decida si el experimento tuvo éxito. Sí diré, sin embargo, que mientras estuvieron trabajando en sus historias, muchos de los escritores aquí reunidos me contaron, vía alegres mensajes de correo electrónico, que ya habían olvidado lo divertido que puede ser escribir un cuento. Creo que también hemos olvidado lo divertido que puede ser leer un cuento, y espero, en el peor de los casos, que esta colección nos aproxime, aunque sea un poco, a recordar esa verdad perdida, pero fundamental.

Presentación a Espectacular de cuentos (Castillo, 2015).

Traducción de Alberto Chimal y Raquel Castro.