Los «chistes de tío» que no escuchamos después del sismo no significan falta de humor

«No tiene nada de risible y sí mucho de indignante», dice el juez que censura las carcajadas del público en aquella famosa escena de Ahí está el detalle con Cantinflas. Hay quien advierte que todos nos hemos vuelto ese mismo juez en redes sociales. Existe la sensación —y de ella deja constancia José Israel Carranza en su artículo «Días sin risa»— de que los mexicanos nos hemos reído mucho menos en el sismo del pasado 19 de septiembre en comparación con el del 85. Hay, es verdad, un estado de enojo permanente que ha crecido a la sombra de las redes sociales, pero parte del diagnóstico hay que atribuírselo también a esa interpretación un tanto romántica de cómo lucía la realidad hace tres décadas. Según se ha establecido en nuestra memoria colectiva, no solo la sociedad civil nació del terremoto del 85, sino que el humor era tal que las personas hacían bromas minutos después de haber sido rescatadas de los escombros a los doce días.

Con el tiempo, la circunstancia que rodea a un chiste se desdibuja: quién lo dijo, en qué lugar, de qué se platicaba antes y qué se platicó después. A veces su estructura en apariencia autónoma nos hace perder de vista en qué contextos puede o no aparecer. Con el chiste de la dona de 1985 («¿En qué se parece el Distrito Federal a una dona? En que no tiene centro») no sabemos casi nada acerca de sus circunstancias concretas: ¿las personas abordaban a los desconocidos en la calle para contárselo? ¿Surgía en conversaciones acerca del sismo, cuando uno tenía antojo de donas, mientras se recorría el Centro Histórico? ¿Se contaba como «algo que se decía» o como una cosa que se te había ocurrido en ese momento? Toda esa ausencia de pormenores ha contribuido a pensar en el humor de 1985 como una niebla que corría incontenible sanando a las personas de su aflicción. Es probable que aquellos chistes aparecieran en círculos pequeños y su divulgación, de boca en boca, haya garantizado la supervivencia de los más efectivos, aquellos en los que la crueldad era proporcional a la catarsis. Los malos, en cambio, simplemente morían en los primeros filtros, de modo que los riesgos de quedar marcado por decir algo excesivo eran mucho menores. Las redes sociales operan de modo distinto: el foro es mucho más amplio, incluye a gente que no conoces y las salidas de tono no solo quedan registradas para la eternidad, sino que se ha inventado todo un género periodístico para dar cobertura a las reacciones iracundas que provocan.

Para ser justos, no me parece que el parámetro entre lo que se decía en persona en las tragedias de hace treinta años y lo que se dice ahora en redes sea siquiera equiparable y que esa comparación sirva para determinar el grado de humor que hemos perdido como sociedad. En primer lugar, tener como estándar el Chiste-Incómodo-Que-Haría-Un-Tío-En-Una-Reunión-Familiar es poner de entrada la carga de un lado de la balanza. También estamos descartando muestras de humor porque no se están dando en los canales acostumbrados: ante la desconfianza de que los víveres en los centros de acopio terminaran vendidos o secuestrados por los gobiernos, muchos rotularon con plumón sus donativos. En latas de atún o cajas con material médico podían leerse frases como «Que deschingue a su madre el América por unos días», «Esto no lo puedes meter en un bolillo» o «Fueron a los Guayabitos y solo trajeron estas gasas». No se trata de chistes en el sentido estricto, pero la operación humorística para escribir aquellos mensajes, en donde además se hacía mención al permanente conflicto entre el centro y los estados del país, era posiblemente más arriesgada que una broma dicha al aire: estaban dirigidos a personas reales que se quedaron en la calle, no al público en abstracto de una red social.

Está también la posibilidad de ver el pasado con otros ojos. Para Graciela Romero un video de una cámara de seguridad puede servir para identificar tipos humanos: «Ayer vi dos horas de videos del sismo del 19 de septiembre —confiesa en su muro de Facebook— y, en uno de ellos, se ve cómo alguien en la corredera se detiene a recoger una mampara caída para que los demás no se tropiecen, detrás otra persona se roba lo que alcanza a agarrar a la pasada y al final a un muchacho pazguatón se le acaba el temblor a medio camino y ya nada más se detiene en el pasillo todo confused Travolta. Se me hizo un video bonito porque es la humanidad in a nutshell

En otros casos ni siquiera es necesario ver la experiencia en retrospectiva. Kevin Miranda es un estudiante de la Secundaria Técnica 113 de la Ciudad de México que grabó en su celular una crónica del temblor mientras este ocurría. El video —en donde numerosos «No mames» y «Está temblando bien culero» acompañan elocuentemente las imágenes de alumnos corriendo, profesores intentando dar tranquilidad y árboles en violento balanceo— ha sido un éxito en distintas plataformas con cientos de miles de reproducciones. Ese testimonio que puede verse sin culpa —porque se popularizó después del temblor, pero capturaba las impresiones del momento— proporciona un curioso ejemplo de legitimidad cómica sin parangón en el humor de antaño. Cuando Kevin dice que están a 19 de septiembre de 2017, su compañero de al lado exclama en medio de una epifanía: «¡El mismo puto año de hace cien putos años!» «No mames, cómo que cien, fue en 1985, cabrón.» Como se ve: no había terminado todavía de temblar y ya alguien estaba tomándose las cosas catárticamente a la ligera.

Publicado originalmente en Letras Libres.

Anuncios

Ya hay que dejar de preguntarnos si las acusaciones de abuso van a acabar con nuestro aprecio habitual por el arte

No es muy difícil saber dónde se dirigen los cuestionamientos internos cada que una nueva acusación de abuso, en contra de alguna figura relacionada con el arte y el entretenimiento, sale a la luz. Intentaré hacer una imitación:

Y bueno, es verdad: todos los artistas, sin importar su especialidad, han cometido un acto inapropiado en alguna ocasión. De hecho, la discusión sobre si Homero existió o no sigue en pie, pero la seguridad de que violó a alguien es sólida como una piedra. Todas las corrientes de la pintura tuvieron abusadores, todos los periodos de la música, del barroco al modernismo; en literatura, el romanticismo, el realismo y la vanguardia pudieron haber tenido tener todo tipo de diferencias teóricas, pero en la práctica —es decir: en los momentos en que había oportunidad de abusar de alguien— se parecían mucho. ¿Vamos a censurar todas esas obras porque sus autores no son moralmente intachables?

Y sin embargo, difícilmente se hacen esos balances respecto a delitos no sexuales. Casi nunca alguien dice: «Mató a seis personas, pero no podemos negar sus logros en la polifonía»; «Dejó en la ruina a un grupo de gente a través de un fraude inmobiliario, pero su última novela es de verdad conmovedora»; «Tenía una decena de esclavos en una hacienda, pero, carajo, ¿vamos a boicotear todas sus películas por ese motivo?»;«Ya se está volviendo una moda denunciar a actores que asaltan a transeúntes en la calle». Una buena parte de las faltas morales con las que comparamos el innegable valor del arte tienen que ver con tocamientos no consentidos, insinuaciones lúbricas, expresiones poco amables entre un hombre con mucho poder y una subordinada. Abusos. A veces los testimonios son anónimos; los recuerdos, borrosos; las evidencias, menos contundentes de lo que la opinión pública quisiera. Hay demasiada bruma en esos episodios si los comparamos con la nitidez de una obra de arte, incluso si se trata de una obra conceptual, de esas que casi nadie entiende, pero cuya existencia no pondríamos en tela de juicio. Te enteras del acoso de un instalador y ves una instalación en la que materialmente solo haya una sala vacía y, bueno, con todo, te parece más real la instalación. Y me inquieta que no estemos discutiendo más a fondo un detalle: gente sumamente original a la hora de hacer arte es sumamente poco original al momento de elegir la inmoralidad que va a llevar a cabo. ¿Por qué pasa eso? Sorprende que, entre la cantidad de actos deshonestos que pudieron haber cometido, del robo de autopartes a la adulteración de medicamentos en hospitales oncológicos, casi todos los grandes, medianos y pequeños artistas se hayan decantado por abusar de mujeres.

(Ya sé que ahí están Burroughs y Anne Perry, que asesinaron a alguien, o Álvaro Mutis, que malversó fondos una vez, pero, hasta donde tengo conocimiento, a nadie se le han encontrado 30 cadáveres en el jardín y pensamos en sus obras como algo que no tendría nada que ver con su vida personal).

Quizás la pregunta más urgente que uno, como espectador, melómano o lector, podría hacerse en estos momentos es por qué pasan estas cosas. Por qué es tan sencillo ser un cabrón en términos sexuales y hacer sonetos extraordinarios o sinfonías conmovedoras o dirigir comedias profundas y humanas. Y más que eso: por qué todas esas creaciones sublimes no son capaces de interferir en tu trayectoria de cabrón en términos sexuales. Por qué es posible escindir la vida en dos apartados, para que esa separación opere en beneficio de los sonetos, las sinfonías y las comedias profundas y humanas.

Creo que es un buen momento para salir del viejo atolladero de elegir entre la gente intachable y el arte, y hacernos mejores preguntas. Pensar un poco más, por ejemplo, en la alarmante frecuencia con que las faltas morales que dañan poco o nada a las obras de arte y entretenimiento involucran, por decir lo menos, el atropello sexual de alguien en desventaja.

Cambio, vendo y compro por igual: el capitalismo explicado por Cri-Cri

Cuando uno le echa un vistazo a la correspondencia de Francisco Gabilondo Soler entiende por qué el dinero es una preocupación constante en los cuentos de Cri-Cri. A finales de los treinta y principios de los cuarenta (según recoge Elvira García en De lunas garapiñadas), Gabilondo Soler le escribe a su esposa Rosario desde los diferentes lugares a donde había ido a probar suerte: «en este sitio me las he visto negras», «el asunto de la radio anda mal», «he sido valiente, constante e ingenioso, pero las circunstancias y solo un milagro me pueden sacar adelante», «no tengo más que unos pesos y no sé cómo pagar las pequeñas necesidades en los días que vienen y el día 11 de febrero me tendré que ir otra vez a la calle», «me comprometí a trabajar hasta diciembre y aunque pagan muy poco, porque esto es muy raquítico y son muy agarrados, espero juntar algo de dinero», «en la carpa voy a pedir aumento de sueldo porque son una de las privaciones que ya no aguanto». Ni siquiera es necesaria una búsqueda demasiado exhaustiva en los nueve discos que conforman Cuentos y canciones de Cri-Cri para encontrar esas historias de apuros económicos, empleos precarizados y falta de tiempo. Me he apoyado en el material del sitio cri-cri.net y he añadido algunos links.

.

Mercancías y el proceso de intercambio

«La gente adulta —las personas ya crecidas— son incomprensibles y sus juegos habituales carecen de sentido. Tal es la opinión de Cri-Cri. Los mayores casi siempre se divierten con un juego que llaman comercio. El comercio se juega así: dentro de la tienda hay un largo mostrador detrás del cual hay una señorita o un joven que se pasan el día mirando hacia la calle. Entran otras personas a cambiar dinero por objetos poco interesantes, que rara vez son dulces o juguetes. El que entró vuelve a salir con su paquete y el vendedor guarda el dinero en un cajón. ¿Para qué lo guarda? ¡Con lo bonito que es arrojar las monedas al riachuelo para verlas brillar en el fondo como peces redondos! Ese juego de cambiar dinero por cosas que no son ni golosinas ni muñecos, lo repiten sin cansarse jamás. Y lo que es peor: los jugadores nunca ríen.»
☛«Desacuerdo de Cri-Cri», Disco 1. Puede escucharse AQUÍ.

.

El culto a la puntualidad

«La pautada regularidad de los acaudalados [miembros de la familia] Torresmochas admiró a la sociedad entera. Se puso en boga la puntualidad, cosa desconocida desde los tiempos de María Castaña, y la ciudad adquirió un ritmo exacto, riguroso. Hasta los incendios y los choques tuvieron que suceder a horas fijas. Los bohemios, los abogados y todos aquellos afectos a hacerse esperar fueron considerados enemigos públicos. Cri-Cri mismo, que tampoco se mata por llegar temprano, se vio amenazado por la intransigencia horaria.»
«Más equivocaciones de Cri-Cri», Disco 3. Puede escucharse AQUÍ

.

La crisis del capitalismo y la crisis del espíritu (metódico) del capitalismo

«Pues, mientras duraron los millones de los Brincasgomas, su espíritu metódico siguió inspirando la comunidad; mas llegó el día aciago en que no hubo ni un céntimo para sostener el castillo, palacios, trasatlántico, banquetes, tranvía particular, ni película del Oeste americano. Cuando el señor Mangasbroncas se confesó incapaz de pagar tres mil facturas y no poder desembolsar siquiera la limosna acostumbrada al ciego del organillo, la sociedad se desmoralizó. ¿Cómo traicionar a los números en dinero y los vencimientos en números de calendario y de reloj? Todos aquellos que antes hicieron gala de puntualidad, de la noche a la mañana se tornaron aún más informales que los bohemios y que los abogados.»
«Final inesperado», Disco 3. Puede escucharse AQUÍ.

.

Intensificación del trabajo

«La importante editorial deseaba comprar canciones de Cri-Cri. Esa gigantesca empresa se dedica a imprimir todas las escalas en gran escala. El recién llegado preguntó a Cri-Cri si estaba dispuesto a componer cien canciones por semana durante cinco años de contrato, o sea veintiséis mil canciones en un lustro. Cri-Cri se quedó con la boca abierta. En lo que va del año apenas ha podido concluir una canción y echado a perder otra. El representante le aseguró que solo una producción intensiva conduce a la opulencia.»
«Cosa de millones», Disco 4. Puede escucharse AQUÍ.

.

La emisión de monedas en cantidades mayores a las necesidades de sus esferas de circulación

«—Mire, señor experto, no me hable usted de riquezas —respondió Cri-Cri—. Yo conocí a un individuo que firmó un contrato para recibir todos los días un millón de billetes. La primera semana el hombre estuvo feliz.

Al cabo de un mes comenzó a depositar los billetes en los bancos porque en su casa ya no cabían. Al año de haber firmado el contrato, los financieros le hicieron saber que ya no podían admitir más billetes debido a que los bancos estaban tan atiborrados de ellos que no se podía dar un paso en las oficinas. ¡Un millón le seguía llegando cada día! Mandó edificar grandes cobertizos para almacenar su papel moneda. Pronto se agotaron los materiales de construcción y no se contó con sitio para guardar la avalancha de valores. El hombre trató de esconderse para evitar recibir el millón diario. Se refugió en las bibliotecas públicas, donde es fama que no entra nadie, pero hasta ahí lo encontraban los encargados de entregarle el dinero. ¡Un millón todos los días! ¡Un millón! Ya desesperado apiló los billetes en la calle, con un letrero que decía: “Señores ladrones: tengan la bondad de robar todo lo que gusten”. Pero los ladrones sospecharon alguna añagaza y dejaron el dinero intacto. Tanto papel en la vía pública impidió la circulación de los vehículos y las autoridades obligaron al archimillonario a quemar los billetes. Pero para incinerarlos necesitó tales cantidades de petróleo, carbón y madera que acabó con los pozos, las minas y los bosques de todo el país. Y, como pesadilla, seguía recibiendo un millón de billetes cada mañana.»
«Cosa de millones», Disco 4. Puede escucharse AQUÍ.

.

La corrupción es el sistema

«Alrededor de una mesa sentáronse el presidente, sus ministros, varios aduladores titulados y Cri-Cri. Mientras consumían deliciosos platos, el presidente le birló al vecino de la derecha el reloj, la cartera y la pluma; al mismo tiempo, el despojado se dio maña en volarle al siguiente comensal objetos semejantes; el tercero hizo lo propio con un cuarto y así iban los hurtos recorriendo solapadamente el círculo de la mesa. Era de suponer que a los postres los objetos habrían dado la vuelta completa, retornando a su poseedor original, pero Cri-Cri estaba causando interferencia en la rueda. Como él no quitaba nada ni tenía ya que le quitaran, el ágape tomó un cariz desagradable. Don Uño Hurtado de la Ganzúa, con la cara encendida, espetó:

—Está usted interrumpiendo nuestra digestión. Le concedo una hora exacta para salir del país, so pena de ir a la cárcel por babieca.»
«Un viaje de Cri-Cri», Disco 6. Puede escucharse AQUÍ.

.

Trabajar para tener tiempo libre (algún día)

«Cierto tendero se dio prisa en ganar dinero vendiendo kilos de ochocientos gramos. Al cabo de medio siglo, tenía un capitalazo que se escribía casi con una docena de cifras. Entonces fue cuando realizó su sueño de darle la vuelta al mundo sin carreras; pero como estaba cansadísimo de tanto trabajar, realizó su sueño sin correr. Así como se escribe. Todo el viaje se lo pasó durmiendo, de modo que quedó en las mismas que el trotamundos apresurado.»
«¡Conozca usted el mundo!», Disco 7. Puede escucharse AQUÍ.


[Arte: José Sosa]

Yo qué sé, solo soy detective

Dorothy Porter - littlehoodlum_cover

Compré La máscara del mono, de la australiana Dorothy Porter (1954-2008), porque parecía materializar una de las peores ideas para una novela: una trama policiaca contada en unos ciento cincuenta poemas. Las palabras del traductor Enrique de Hériz en la contraportada eran sospechosamente entusiastas: el «género híbrido en el que no creo demasiado» se convertía líneas más adelante en «Milagro. Funciona». Por otro lado, el libro prometía dar un sentido comprensible a expresiones del tipo «La poesía hurga en el misterio», que de vez en cuando utilizan los poetas para responder en las entrevistas (en este caso, el misterio era la desaparición de una aspirante a escritora y la revelación conducía a un responsable, con nombre y apellido, en lugar de terminar en alguna experiencia metafísica). Finalmente el precio de saldo hizo su parte.

Jill Fitzpatrick —lesbiana, expolicía, exempleada de compañías de seguros— investiga el paradero y el posterior asesinato de Mickey Morris, una chica «muy tranquila» (en palabras de sus padres), interesada en los libros, de la que no se sabe nada desde hace un par de semanas. Las pesquisas conducen rápido a los talleres de creación literaria y, por ende, a una constelación de autores, tutores y compañeros de la escuela, por lo general ególatras y libidinosos, que habían tenido contacto con la incipiente poeta. El libro está lleno de humor, pero su intención es mucho menos satírica que, por ejemplo, El miedo a los animales, de Enrique Serna, si pensamos en la ambientación, o Poesía eras tú, de Francisco Hinojosa, si lo hacemos en la técnica. Y esos referentes ayudan a entender la audaz acrobacia que llevó a cabo Porter para contar su historia de crímenes, pasiones culposas y sospechosos que pescan una cita de Coleridge con la suficiente distancia para reírse de quienes escriben poesía y al mismo tiempo reconocer la pulsión demasiado humana que hay detrás de la tarea.

La estructura del libro no solo es congruente con el entorno literario que pretende retratar sino que aprovecha los recursos de la poesía para condensar los estados de ánimo, las conversaciones, los temores y las impresiones de Jill respecto a las personas que interroga. Los cambios de tono que en una novela convencional ameritarían algunos párrafos de trámite, a fin de que el narrador no pareciera poco hábil, en La máscara del mono funcionan a través de quiebres abruptos que se leen con la misma naturalidad con la que uno pasa de un texto a otro en las antologías poéticas. El libro avanza también porque puede darse el lujo de hacer escalas en los destinos obligados de cierta novela negra —la historia erótica entre detective e informante, la trama lésbica, la llamada anónima, el automóvil en el espejo retrovisor— sin dar la impresión de que la narradora se ha limitado a cumplir el itinerario del género. La poesía vuelve extraña cada escena, incluso si Jill habla de ella con desdén («Hojeo / el otro libro / un rollo pedante / solo soy capaz / de entender un poema / sobre las tetas de una adolescente / reflejadas / en la piscina de un motel. / Yo también / leo thrillers.»). Ciertos elementos que era sencillo ridiculizar —los recitales de poesía o los versos necesariamente mediocres de Mickey— no llegan a la caricatura debido al tono ambiguo, y sin embargo tan alejado de la solemnidad, de una Porter que explora, debajo de su trama criminal, los diversos niveles de lectura y escritura que tiene un poema.

¿Hasta dónde los poemas que dejó Mickey, rebosantes de impudicia, violencia y sumisión, pueden tomarse como evidencia de algo? Para Jill es claro que al menos representan una pista confiable acerca de las emociones de la autora y ciertos episodios que vale la pena indagar; para Diana, la profesora del taller literario convertida en amante de la detective, es un pecado de lectores inexpertos creer que los poemas expresan la realidad de quien los escribió. Y sin embargo, ¿no es el mismo pecado que cometen los poetas primerizos? ¿No son las metáforas de Mickey, a veces tan escasamente elaboradas, una prueba de que la escritura era para ella algo más que la práctica competente de recursos literarios? Hacia el final, esta discusión —en apariencia apenas interesante si no te dedicas a dar clases de literatura— adquiere una relevancia absoluta para la solución del misterio, porque el juego de identidades y fingimientos de la poesía no es del todo ajeno a los procedimientos del thriller.

Solo entonces el epígrafe de Basho con que abre el volumen«Año tras año / sobre la cara del mono / una máscara de mono»— adquiere pleno sentido.

Dorothy POrter Mascara

 

Dorothy Porter
La máscara del mono
La otra orilla, 2011, 288 pp.

 

 

 

[En la imagen, Dorothy Porter en la portada de su primer libro Little Hoodlum, de 1975]

Los cuestionarios Proust de Marx y Engels

Por ocioso, me puse a comparar los cuestionarios Proust —que en ese tiempo se llamaban «confesiones»— de Marx y Engels, que cada uno respondió por su lado a petición de las hijas de Marx.

 «Confesiones» Karl Marx Friedrich Engels
Virtud preferida La sencillez La jovialidad
En un hombre La fuerza Que se ocupe de
sus asuntos
En una mujer La debilidad Que sepa dónde
pone las cosas
Tu principal característica El tesón Saber de todo la mitad
Tu idea de felicidad Luchar Château Margaux 1848
Tu idea de infelicidad La sumisión Ir al dentista
El defecto que
más disculpas
La credulidad Los excesos de
cualquier clase
El defecto que
más odias
El servilismo La hipocresía
Los personajes que
menos te gustan
Martin Tupper Charles Haddon Spurgeon
Ocupación preferida Ser un ratón de
biblioteca
Rozar y que me rocen
Poeta preferido Shakespeare,
Esquilo, Goethe
Renard el zorro,
Shakespeare, Ariosto
Escritor preferido
en prosa
Diderot Goethe, Lessing,
el doctor Samuelson
Héroe preferido Espartaco, Kepler Ninguno
Heroína preferida Gretchen Demasiadas para
nombrar solo una
Flor preferida La flor de Dafne El jacinto
Color preferido Rojo Cualquiera sin anilina
Comida favorita Pescado Fría: ensalada
Caliente: estofado irlandés
Máxima favorita «Nada humano
me es ajeno»
No tener ninguna
Lema favorito De todo se debe dudar Tómatelo todo con calma

FUENTE DEL CUESTIONARIO DE MARX: Francis Wheen, Karl Marx, Debate, p. 387.

FUENTE DEL CUESTIONARIO DE ENGELS: Tristram Hunt, El gentleman comunista. La vida revolucionaria de Friedrich Engels, Anagrama, p. 230-231.

A veces tengo dudas sobre si debería darle dinero al trovador que se equivocó en un acorde

«Estamos tan habituados en pensar en la música en términos de armonía —dice Aaron Copland en Cómo escuchar la música— que es probable que olvidemos cuán reciente es esta innovación comparada con los demás elementos». Se refiere, por supuesto, al ritmo y la melodía, cuyas raíces parecen perderse en los orígenes mismos de la música, a diferencia de la armonía, que nació tal y como la entendemos en algún momento del siglo IX. En comparación con los milenios que los humanos llevamos soplando cañas y tamborileando superficies, los problemas de hacer sonar de manera simultánea algunas notas nos empezaron a preocupar apenas ayer.

Desde hace algún tiempo quiero explicarme por qué pertenezco al grupo de gente a la que le importan demasiado los acordes. De vez en cuando entro a foros de internet donde el tema principal son los acordes con nombre propio (como el de Prometeo, de Scriabin), los acordes famosos (como el final de A day in the life, de The Beatles), los acordes polémicos (como el de Noche transfigurada, de Schönberg) o los acordes sin los cuales el pop, de Soda Stereo a Luis Fonsi, sería impensable. Pero se trata de reuniones con tipos raros que dicen cosas como «para la mayoría de los autores clásicos, los acordes de novena no son verdaderas formaciones armónicas, sino más bien acordes de séptima disfrazados con una nota de retardo o de anticipación». La idea más extendida de lo que significa escuchar una canción dicta que no hay por qué dirigir nuestro interés, más allá de lo razonable, a los acordes ni mirar con excesivo amor a los guitarristas de acompañamiento. Nada sano puede salir de ahí.

Sin embargo, los acordes son uno de los elementos más generosos que tiene la música. Basta con ver la popularidad de sitios como LaCuerda.net —o su antecedente impreso, Guitarra Fácil, que lleva en su título una declaración de principios sobre la democratización de la música sobre la que vale la pena insistir— para darse cuenta de que aprender una secuencia armónica supone apropiarse de una pieza, incluso si no somos capaces de cantarla bien. Esto es: sin importar que fracasemos vergonzosamente en el terreno bastante notorio de la melodía.

Para Jacques Attali (Ruidos. Ensayo sobre la economía política de la música), la armonía se desarrolló como un sistema jerarquizado para conciliar discordias (conforme al pensamiento político y económico del siglo en que floreció). Copland, en cambio, ve en la armonía la armazón sólida de un rascacielos que permite distinguir los detalles exteriores. Ambas imágenes pueden ser acertadas según el tipo de batalla que te encuentres librando con un acorde. En particular me gusta pensar en la armonía como en una suerte de invitación a meterte en más problemas de los que tenías en un principio. La misma función que desempeña la atmósfera misteriosa en el primer capítulo de la novela policiaca. Una vez que pasas el umbral de los acordes mayores y menores, la armonía empieza a tentarte con sus posibilidades. Iba a decir que empieza a seducirte con su música, pero el detalle importante es que tú eres en parte culpable de la música que te seduce. En algunos momentos, cuando te nace introducir pequeños cambios en un hit del verano (una nota de más, un acorde de paso) comprendes que cierta lógica opera no del todo ajena, pero tampoco limitada, a la canción que intentas tocar. Y quizás, a cierto nivel, eso signifique componer. Llevar una canción ahí a donde parece dirigirse por cuenta propia.

A diferencia de la mayoría de los comensales, la línea melódica del trovador que llega a la fonda me inquieta menos que los acordes que ha elegido para acompañarse. Es un tipo de esnobismo con que intento compensar la raquítica fascinación que despiertan los acordes y, en general, los guitarristas de acompañamiento. En el fondo de mi alma, me gusta pensar en el guitarrista de acompañamiento como en alguien que no solo ocupa el cargo de menores responsabilidades en la banda, pero esa idea ni siquiera es consoladora. Su virtuosismo no tiene que ver con la rapidez ni la precisión de los dedos sino con hacer figuras anatómicamente estrafalarias que lo hacen ver como la víctima de una artritis. Desearía afirmar que su personaje encarna el discreto encanto de la armonía, pero es probable que apenas se trate del amigo que presta los amplificadores. Sin embargo, precisamente porque está ahí para ser visto y no, me importa tanto el sujeto que se dedica únicamente a tocar acordes. Con alguna frecuencia me hallo ante la disyuntiva de darle o no dinero al cantante que eligió mal su acompañamiento. Una parte de mí me recuerda mi obsesión por la forma en que un acorde se construye y lo que significa y otra me sugiere mejor dirigir mi animadversión hacia las películas de guitarristas con escenas donde evidentemente los sonidos no corresponden a la ejecución. Casi nunca tengo una respuesta para ese dilema.

Mecanismo de supervivencia

La memoria es aquello que nos tiene sin cuidado salvo cuando un recuerdo se presenta casi sin buscarlo (y uno se maravilla del «milagro de la mente») o cuando uno fracasa en acordarse de algo (y el milagro de la mente ya no lo parece tanto). Y en medio de todo eso: los registros, los calendarios, los diarios, los post-its, los reproches que terminan con un «¿recuerdas?». Las dedicatorias con las que abre El triunfo de la memoria, el primer libro de Abril Posas (Guadalajara, 1982), delimitan las dos orillas entre las que se mueven sus relatos: «Para los que, al leer, se acuerden», «Y para mi familia, que nunca me deja olvidar». En las páginas de este volumen, uno ratifica que la memoria es menos un depósito de sucesos y objetos —datos útiles, inútiles o definitorios de nuestra personalidad— y más una suerte de mecanismo de supervivencia.

En «Bitácora del olvido», los objetos asociados a un personaje ausente van desapareciendo en la realidad, a la vez que permanecen en la memoria. La narradora tiene que dejar constancia de cómo una película o un disco significativos para su vida simplemente se desvanecen del mundo real. El cuento puede verse como un retrato invertido del constante combate entre la realidad y el recuerdo, pero también como una ingeniosa representación de la nostalgia: el mundo cambia a una velocidad de vértigo y no es una buena idea intentar aferrarse a unas cuantas cosas que no podrán seguirle el paso a esas transformaciones. Aunque el pretexto en «Bitácora del olvido» es un rompimiento amoroso, el escenario donde la realidad decide olvidar por cuenta propia sobrepasa la mera desdicha sentimental.

Los relatos que mejor funcionan en este libro son aquellos donde la memoria y el olvido aparecen en forma de maniobra o malentendido; en un vínculo íntimo con las cosas, con las personas y con las acciones que nos permiten relacionar ambas. En «Vamos a necesitar más cajas», un hombre quiere deshacerse de las posesiones de su esposa fallecida un año atrás. Su hijo lo acompaña para hacer la selección de pertenencias y cada objeto le remite a una historia que poco tiene que ver con lo que recuerda el padre. El joven está convencido de que es solo un problema de memoria, pero hacia el final del cuento descubrirá que no importa qué tan exactos sean los recuerdos familiares, algún suceso que se nos escapa puede redefinir lo que pensábamos de alguien. Una tesis contraria es la de «El triunfo de la memoria», en el que un contable sin muchos atributos —Rogelio, también conocido como Roger, Roy, el Nuevo o el Alfa, qué importa— se aparece, sin que sus compañeros se lo esperen, en una celebración del trabajo. Su presencia será apenas la menor de las sorpresas de esa noche. En medio de la borrachera anuncia una decisión radical y, sin embargo, llevarla a cabo depende de qué tanto pueda acordarse.

Posas demuestra una notable capacidad para dibujar situaciones que se mueven entre lo absurdo y lo tierno, sin llegar nunca al disparate. Los personajes bordean la grisura sin ser aburridos y sus conversaciones revelan conflictos de todas magnitudes a pesar del empeño con que fingen que nada está sucediendo. No acierta tanto cuando busca en sus historias la vuelta de tuerca o el acontecimiento, atenida acaso a la idea de que las sorpresas vuelven memorable un cuento. Los propios personajes desmienten ese espejismo: desconfían de los hechos y aman, al mismo tiempo, aquellos detalles a punto de esfumarse.

Hemos asociado la calidad literaria a cierta resistencia al olvido: la historia que vuelve una y otra vez, el personaje entrañable, la trascendencia, la efeméride. Pero nunca está de más traer a cuento aquella confesión de Montaigne: «Lo que retengo es algo que ya no reconozco como de otro. No es más que el material del que se ha beneficiado mi criterio y los pensamientos e ideas de los que se ha imbuido; el autor, el lugar, las palabras y otras circunstancias los olvido de inmediato.» Esa interacción con lo que recordamos y olvidamos es la parte central de este volumen y cada cuento ensaya una variante de esa labor de la que nunca podremos decir del todo que ha sido un éxito o un fracaso. Posas describe lo traicionera, poco confiable, indomable, que puede ser la memoria. Y que no todo olvido tiene que verse como una pérdida. Y que el mero acto de recordar como pueden atestiguarlo las personas a quienes nos presentan una y otra vez en las reuniones sostiene con alfileres eso que llamamos el contrato social.

.

Abril Posas
El triunfo de la memoria
Paraíso Perdido, 2017, 124 pp.

 

Publicado originalmente en Letras Libres.