Desde una perspectiva biológica, nada es antinatural

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Por YUVAL NOAH HARARI

¿Cómo podemos distinguir lo que está determinado biológicamente de lo que la gente intenta simplemente justificar mediante mitos biológicos? Una buena regla empírica es: «La biología lo permite, la cultura lo prohíbe». La biología tolera un espectro muy amplio de posibilidades. Sin embargo, la cultura obliga a la gente a realizar algunas posibilidades al tiempo que prohíbe otras. La biología permite a las mujeres tener hijos, mientras que algunas culturas obligan a las mujeres a realizar esta posibilidad. La biología permite a los hombres que gocen del sexo entre sí, mientras que algunas culturas les prohíben realizar esta posibilidad.

La cultura tiende a aducir que solo prohíbe lo que es antinatural. Pero, desde una perspectiva biológica, nada es antinatural. Todo lo que es posible es, por definición, también natural. Un comportamiento verdaderamente antinatural, que vaya contra las leyes de la naturaleza, simplemente no puede existir, de modo que no necesitaría prohibición. Ninguna cultura se ha preocupado nunca de prohibir que los hombres fotosinteticen, que las mujeres corran más deprisa que la velocidad de la luz o que los electrones, que tienen carga negativa, se atraigan mutuamente.

En realidad, nuestros conceptos «natural» y «antinatural» no se han tomado de la biología, sino de la teología cristiana. El significado teológico de «natural» es «de acuerdo con las intenciones del Dios que creó la naturaleza». Los teólogos cristianos argumentaban que Dios creó el cuerpo humano con el propósito de que cada miembro y órgano sirvieran a un fin particular. Si utilizamos nuestros miembros y órganos para el fin que Dios pretendía, entonces es una actividad natural. Si los usamos de manera diferente a lo que Dios pretendía, es antinatural. Sin embargo, la evolución no tiene propósito. Los órganos no han evolucionado con una finalidad, y la manera como son usados está en constante cambio. No hay un solo órgano en el cuerpo humano que realice únicamente la tarea que realizaba su prototipo cuando apareció por primera vez hace cientos de millones de años. Los órganos evolucionan para ejecutar una función concreta, pero una vez que existen, pueden adaptarse asimismo para otros usos. La boca, por ejemplo, apareció porque los primitivos organismos pluricelulares necesitaban una manera de incorporar nutrientes a su cuerpo. Todavía usamos la boca para este propósito, pero también la empleamos para besar, hablar y, si somos Rambo, para extraer la anilla de las granadas de mano. ¿Acaso alguno de estos usos es antinatural simplemente porque nuestros antepasados vermiformes de hace 600 millones de años no hacían estas cosas con su boca?

De manera parecida, las alas no surgieron de repente en todo su esplendor aerodinámico. Se desarrollaron a partir de órganos que cumplían otra finalidad. Según una teoría, las alas de los insectos se desarrollaron hace millones de años a partir de protrusiones corporales de bichos que no podían volar. Los bichos con estas protuberancias poseían una mayor área superficial que los que no las tenían, y esto les permitía captar más radiación solar y así mantenerse más calientes. En un proceso evolutivo lento, estos calefactores solares aumentaron de tamaño. La misma estructura que era buena para la máxima absorción de radiación solar (mucha superficie, poco peso) también, por coincidencia, proporcionaba a los insectos un poco de sustentación cuando brincaban y saltaban. Los que tenían las mayores protrusiones podían brincar y saltar más lejos. Algunos insectos empezaron a usar aquellas cosas para planear, y desde allí solo hizo falta un pequeño paso hasta las alas para propulsar realmente al bicho a través del aire. La próxima vez que un mosquito zumbe en la oreja del lector, acúsele de comportamiento antinatural. Si fuera bien educado y se conformara con lo que Dios le ha dado, solo emplearía sus alas como paneles solares.

El mismo tipo de multitarea es aplicable a nuestros órganos y comportamiento sexuales. El sexo evolucionó primero para la procreación, y los rituales de cortejo como una manera de calibrar la adecuación de una pareja potencial. Sin embargo, en la actualidad muchos animales usan ambas cosas para una multitud de fines sociales que poco tienen que ver con crear pequeñas copias de sí mismos. Los chimpancés, por ejemplo, utilizan el sexo para afianzar alianzas políticas, establecer intimidad y desarmar tensiones. ¿Acaso esto es antinatural?

En De animales a dioses (Debate, 2014).

Democracia en la granja

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El pasado viernes Andrés Manuel López Obrador lanzó un spot en el que anunciaba una inevitable «rebelión en la granja» para poner fin al gobierno de los puercos-cochinos-cerdos-marranos y empezar una nueva época de prosperidad, trabajo y seguridad para todos.

La transparente alegoría desconcertó a más de uno porque el punto central de Rebelión en la granja, el libro de George Orwell que le sirve de referencia, es precisamente la rápida degradación de aquellas luchas que buscan derribar un régimen opresivo y terminan por instalar otro, en esencia, indistinguible del anterior. Dado el punzante retrato que realiza Orwell de un líder carismático, uno no sabe si inquietarse más porque AMLO haya lanzado el spot sin haber leído el libro o porque, en efecto, lo hubiera leído.

En alguna parte, López Obrador habla de que un podrido sistema de partidos donde se puede «postular a una vaca o a un burro, y gana la vaca y gana el burro», cosa que curiosamente no sucede en el libro de Orwell, sino en otro aparecido seis años antes, en donde los animales de una granja se organizan para elegir un presidente. Publicada en 1939 y dirigida al público infantil, Freddy el político, de Walter R. Brooks, se erige como una sorprendente sátira sobre la democracia, cuya agudeza sirve todavía para observar nuestros actuales procedimientos electorales.

A diferencia del libro de Orwell, donde los animales recurren a la violencia real y simbólica para romper sus vínculos con quienes los esclavizan, los animales de Brooks se entregan —se podría decir que con inocencia— a las instituciones humanas. Su debut democrático pasa necesariamente por la fundación de un banco y por el visto bueno del granjero: «Es una idea estupenda —les dice el señor Bean—; así aprenderán el valor que tiene el dinero». El hecho que la presidencia del banco le sirva de plataforma a uno de los candidatos —Grover, el pájaro carpintero— constituye un mensaje no demasiado encubierto sobre el poder del prestigio, más que del dinero, para hacerse de un cargo público.

Los dilemas prácticos que entraña toda democracia son el centro de una historia en la que nadie idealiza ni a los candidatos ni el sistema electoral. La asamblea para determinar qué animales pueden o no votar termina por ser una imagen insuperable de la cuestión de a quiénes considerar tus iguales. ¿Los insectos tienen también derecho al sufragio?, pregunta el caballo, me parece que sí. Es curioso que defiendas a los insectos, le recrimina la vaca, cuando tú le pediste al granjero un matamoscas. Pero las moscas no son insectos, revira el otro, son una plaga. Por otro lado, interviene alguien más, hay millones de insectos, tardaríamos cinco años en contar todos los votos. ¿Y qué tal si se unen y hacen ganar a un candidato que no es como nosotros?, señala uno más, ¡tendríamos a un ciempiés de presidente! Conclusión: se decide dejar fuera a los insectos (a excepción de la señora Webb, una adorable araña que no tiene la culpa de haber nacido insecto). Esta última preocupación no se encuentra muy lejana de la que manifestó el doctor Stockman en Un enemigo en el pueblo, aquella pieza de Henrik Ibsen de 1882 —«¿Quién forma la mayoría en cualquier país? ¡Creo que tendremos que estar todos de acuerdo en que los tontos están en abrumadora y terrible mayoría en todo el mundo! Pero en nombre de Dios ¡no puede ser justo que los tontos gobiernen a los sabios!»— o de la del Edmund Burke de Reflexiones sobre la Revolución francesa: «La ocupación de un peluquero, o del obrero de una velería, no puede ser asunto de honor para ninguna persona […] para no hablar de muchos otros empleos más serviles […] El Estado sufre opresión si a personas como esas […] se les permite gobernar».

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Entre las cualidades de Freddy el político, la más valiosa, a mi parecer, es que nunca elude los conflictos propios de la diversidad, la migración y el enfrentamiento continuo entre mayoría y minorías. Cuando Freddy está convencido de que su candidata, la vacuna señora Wiggins, ganará la contienda, alguien le hace ver que los migrantes podrían poner en peligro ese triunfo. «Mientras tú te dedicas a ir por ahí dando discursos para ganar unos votos que tienes ganados de antemano, los pájaros carpinteros han traído aquí a congéneres suyos de todo el país. No me extrañaría que contaran ya con los suficientes para decidir el resultado de las elecciones». ¿Cómo revertir esa tendencia? Saliendo a buscar a cientos de pequeños roedores que se instalen en los alrededores de la granja y que prometan votar por la señora Wiggins. La solución, es fácil imaginarlo, no será sino el germen de nuevas contrariedades.

En un mundo de seres imperfectos, el desencanto parece el único camino seguro al que lleva la democracia y sin embargo, esa carencia de personajes virtuosos es lo que en este libro despierta simpatía por el cerdo Freddy que recupera la dirección del banco con base en engaños o el gato Jynx incapaz de disciplinarse o el gallo Charles cuya disposición para seguir el llamado del servicio público tiene apenas el obstáculo de que nadie quiere respaldar ese llamado. En Freddy el político se recurre al fraude para hacer de frente a las trampas ajenas, las multitudes son fácilmente manipulables, los perdedores no quieren aceptar los resultados electorales, los simpatizantes cambian de opinión a la menor oportunidad, se promete todo el tiempo lo imposible. La democracia, según puede apreciarse en estas páginas, es el arte de encontrar maneras cada vez más complicadas de resolver un problema eligiendo a unos individuos que no tienen una idea muy convincente de cómo hallar una solución. En 1939, como ahora, ese incisivo relato deja en claro que nada es fácil cuando se trata de vivir con sujetos, en el fondo, más parecidos a uno de lo que uno está dispuesto a aceptar.

Cuando la Iglesia estaba en contra del matrimonio… entre hombres y mujeres

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En un bonito libro, publicado en 1859 en Barcelona «con aprobación del Ordinario» y de título Del matrimonio civil. Opúsculo formado con la doctrina del ilustre teólogo el padre Perrone, en su obra Del matrimonio cristiano, alguien que firma como DN realiza una vehemente disertación en contra el matrimonio civil. Es decir, en contra del matrimonio entre hombres y mujeres avalado por un Estado que quería quitarle a la Iglesia el monopolio de los casamientos. El libro completo puede leerse AQUÍ y da una idea de la enorme capacidad de la Iglesia para reciclar sus argumentos: «piensen en los niños», «llámenle como quieran pero no matrimonio», «la mayor parte de la sociedad está en contra», «qué sigue, ¿la poligamia?». En aquellos tiempos no era la «ideología de género» el enemigo a vencer sino un engendro que reunía protestantismo, comunismo y socialismo. No está de más subrayar que la gran mayoría de las personas que, a últimas fechas, han salido a marchar en contra del matrimonio igualitario goza de las bendiciones del matrimonio civil, tan vituperado hace siglo y medio por la Iglesia. Me di a la tarea de comparar lo que se decía en ese entonces sobre el matrimonio civil y lo que se dice ahora sobre el matrimonio igualitario, y encontré más de una coincidencia.

 

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Hoy: «Solo es verdadero matrimonio el de hombre y mujer

Ayer: «Podrá, si se quiere, la autoridad pública llamar a estos contratos [entre hombres y mujeres] conyugios civiles, enlaces civiles, matrimonios civiles; pero nunca podrá hacer que sean verdaderos matrimonios.» (p. 64)

«Debe también observarse que los políticos que proponen a la aprobación o sanción esta ley del matrimonio civil [entre hombres y mujeres], abusan grandemente de las palabras para engañar al pueblo y burlarse de él, pues no habiendo en el pacto celebrado en presencia del magistrado civil nada de matrimonio, sino un pacto de vivir amancebados, injustamente se le da el hombre de matrimonio.» (p. 58)

 

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Hoy: «Si se legaliza el matrimonio gay, que se haga lo mismo con el incesto y la poligamia

Ayer: «Una vez establecido el principio de que la ley puede sancionar el matrimonio civil [entre hombres y mujeres] separado de toda obligación religiosa, ¿qué impide el que la misma ley sancione los divorcios, y dando un paso más permita la poligamia, si la necesidad lo pide […]?» (p. 84)

 

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Hoy: «Matrimonio gay afecta a la sociedad

Ayer: «El matrimonio civil [entre hombres y mujeres] por su naturaleza tiende a la disolución de la familia y de la sociedad.» (p. 124)

 

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Hoy: «Peña Nieto es dictador al imponer la ideología de género

Ayer: «Esta ley que cohonesta los matrimonios civiles [entre hombres y mujeres] en nombre de la libertad, se convierte en ley que favorece la tiranía y por tanto es tiránica.» (p. 223)

 

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Hoy: «Estamos sufriendo, cada vez más, las consecuencias de la perversa ideología de género. Se refleja en el talante de nuestros gobernantes y en las reformas legislativas que pretenden aprobar en contra del matrimonio, la familia, la educación, el aborto, etc.»

Ayer: «Los seudopolíticos que son autores del matrimonio civil entre [hombres y mujeres] católicos, derivan esta teoría de la doctrina de los protestantes (y aun se precian de católicos).» (p. 137)

 

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Hoy: «El presidente con estas nociones está a favor de una minoría, porque los homosexuales son minoría, eso no se puede negar, y está en contra del sentir de la mayoría

Ayer: «[La ley de los matrimonios civiles entre hombres y mujeres] es antipolítica, si se atiende a lo que se llama opinión pública, aun prescindiendo de la religión. Todos saben lo peligroso que es ir contra la opinión universal, firme y sólidamente establecida.» (p. 196)

 

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Hoy: «De un matrimonio gay los afectados psicológicamente son los hijos

Ayer: «Si los casados [en un matrimonio civil] no aprecian la Religión, si van mal, si viven peor, ¿cómo podrán educar debidamente a sus hijos? […] Por tanto de semejantes uniones no puede resultar sino una generación de impíos.» (p. 220)

Escritores que dan conferencias

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Por KURT VONNEGUT

Antes siempre estaba pronunciando conferencias. Necesitaba el aplauso. Necesitaba el dinero fácil. Hasta que un día, mientras hacía mi rutina normal de desperdigador de mierda en el proscenio de la Librería del Congreso, se me produjo un cortocircuito en la cabeza. No tenía nada más que decir. Fue el final de mi carrera oratoria. Hablé unas pocas veces más después de eso, pero ya no era el locuaz Filósofo de las Llanuras que una vez me había resultado tan fácil ser.

La causa de la desconexión de mi mente en Washington fue una pregunta del público. El hombre de mediana edad que la hizo me pareció ser un reciente refugiado del este de Europa. «Usted es un líder de los jóvenes norteamericanos —dijo—, ¿qué derecho tiene a enseñarles a ser cínicos y pesimistas?»

Yo no era ningún líder de la juventud norteamericana. Yo era un escritor que tendría que haberse ido a su casa a escribir en vez de estar buscando el dinero fácil y el aplauso.

Puedo nombrar varios buenos escritores norteamericanos que se han convertido en magníficos oradores públicos y que ahora les es difícil concentrarse cuando se ponen a escribir. Extrañan el aplauso.

Sin embargo, pienso que la oratoria pública representa casi el único medio por el cual un poeta o novelista o dramaturgo puede llegar a alcanzar una eficacia política en su plenitud creativa. Si intenta poner su política en una obra de la imaginación, destrozará la obra y la dejará prácticamente irreconocible.

Entre las muchas cosas extrañas relacionadas con la economía norteamericana, está la siguiente: un escritor puede obtener más dinero por una conferencia chapucera en una universidad en quiebra que por un cuento que sea una obra de arte. Además puede vender una y otra vez la misma conferencia y nadie se queja.

La gente se queja en tan contadas ocasiones de las malas conferencias, siquiera de aquellas que cuestan mil dólares y más, hasta el punto que me he preguntado si alguien las escucha realmente. Y recibí una opinión interesante de cómo la gente las escucha, justo antes de mi conferencia ante la Academia Americana de Artes y Letras y del Instituto Nacional de Artes y Letras.

Me sentía enfermo de miedo antes de pronunciar la conferencia. Estaba sentado entre un viejo y famoso arquitecto y el presidente de la Academia. Éramos tres seres humanos delgados y con los rostros en blanco, a la vista de toda la audiencia. Hablábamos como hacen los convictos en el cine cuando planean una fuga ante los mismos ojos de los carceleros.

Le conté al arquitecto el miedo que sentía. Esperaba que él me reconfortara. Pero replicó sin misericordia y con un volumen de voz como para que le oyera el presidente, que el presidente había leído mi conferencia y que le parecía detestable.

Le pregunté al presidente si era verdad.

—Sí —dijo— pero no se preocupe.

Le recordé que aún tenía que pronunciar esa conferencia detestable.

—Nadie va a escuchar lo que usted diga —me aseguró—. La gente en muy pocas ocasiones tiene interés en el contenido real de una conferencia. Simplemente quieren saber por el tono de la voz, los gestos y las expresiones si usted es o no es un hombre honesto.

—Muchas gracias —dije.

—Daré comienzo a la reunión —dijo. Y lo hizo. Y yo hablé.

En Guampeteros, fomas y granfalunes (Grijalbo, 1977).

De Plinio a los Cazafantasmas, una cronología

Stay-Puft-Marshmallow-Man-Attacks-New-York-City-GhostbustersPor ROGER CLARKE

100-109: Plinio escribe su relato sobre la casa encantada de Atenas.

731: san Beda el Venerable publica Historia Ecclesiastica Gentis Anglorum, con su historia del fantasma de una abadesa que visitaba a la monja Tortgith.

1612: el Diablo de Macon ronda la casa de un pastor calvinista.

1642: batalla de Edgehill, seguida de su espectral recreación prenavideña.

1661: el primer cazador de fantasmas de Inglaterra, Joseph Glanvill, investiga el fenómeno del Tamborilero de Tedworth.

1665: Joseph Glanvill viaja a Rangley, donde conoce a lady Conway y entra a formar parte de su extenso círculo, en el cual se debate sobre la teología y la creencia en los fantasmas.

1705: Daniel Defoe escribe La aparición de la señora Veal, el primer relato inglés formal sobre fantasmas, que transcurre en Canterbury, basado en una historia en apariencia verdadera.

1716: un poltergeist se alimenta de las discordias familiares y pone patas arriba la rectoría de Epworth, el hogar de la infancia de John Wesley.

1734: nace Franz Mesmer.

1762: el poltergeist de un hogar de clase trabajadora en Cock Lane, en Londres, atrae a grandes multitudes y a diversas celebridades; es el primer circo mediático.

1765: Mary Ricketts se traslada a Hinton Ampner, en Hampshire, con su familia y no tarda mucho en lamentarlo.

1788: Elizabeth Bonhote advierte a los padres de clase media de que no permitan que sus hijos escuchen las historias de fantasmas de su personal de servicio.

1791: el librero berlinés Friedrich Nicolai ve fantasmas y se pregunta si podría haber una explicación médica para esas visiones.

1803: se produce una verdadera histeria en la zona oeste de Londres con el fantasma de Hammersmith.

1813: el médico de Manchester John Ferriar publica An essay towards a theory of apparitions.

1816: lord Byron y el matrimonio Shelley inventan historias de terror en su villa de Ginebra, inspirados por un libro de cuentos alemanes.

1829: Walter Scott publica el relato breve La habitación tapizada, el primer relato de fantasmas británico moderno.

1843: Dickens publica Cuento de Navidad.

1848: Catherine Crowe publica The night side of nature, que introduce el folclore germano y el término «poltergeist» en la cultura anglosajona. Se convierte en un superventas. En Estados Unidos, las hermanas Fox inventan las sesiones de espiritismo.

1852: llega a Londres la última moda norteamericana: la señora Hayden, mujer del editor de un periódico en Boston, celebra sesiones de espiritismo.

1856: sir David Brewster publica The stereoscope, que pone de manifiesto por primera vez la posibilidad de trucar fotografías de fantasmas.

1861: William Mumler afirma haber fotografiado un fantasma de manera accidental en Boston.

1863: primera aparición sobre los escenarios de Londres y Nueva York de la ilusión óptica conocida como fantasma de Pepper.

1868: el más famoso de todos los médiums, D. D. Home, comparece ante un tribunal londinense acusado de fraude.

1871: publicación del primer relato de los fenómenos de Hinton Ampner.

1872: en Francia, Charles Richet presencia el uso del hipnotismo y transforma su carrera de medicina en una ocupación que englobe también su interés por lo paranormal. La revista Notes and Queries menciona por primera vez la casa encantada del número 50 de Berkeley Square.

1873-1874: sir William Crookes estudia a la médium adolescente Florence Cook entre los rumores de que ambos tienen una aventura.

1874: una multitud de unas cinco mil personas se reúne cada noche en Westminster con la esperanza de ver un fantasma en el cementerio de Christ Church, en Broadway.

1878: se congrega un gentío cuando alguien dice haber visto el fantasma de la asesina Maria Manning en una ventana en el sur de Londres.

1882: se funda en Londres la Society for Psychical Research.

1885: se funda la American Society for Psychical Research.

1894: George du Maurier publica Trilby.

1895: el arzobispo de Canterbury le cuenta a Henry James en el transcurso de una cena la historia en la que se inspirará Otra vuelta de tuerca.

1896: los rayos X, el cine y la radio llegan a Londres con un intervalo de meses. La ciencia parece haberse adentrado en una nueva dimensión de lo ultraterreno.

1897: Georges Méliès filma una de las primeras películas primitivas de fantasmas, Desaparición de una dama en el teatro Robert Houdin.

1904: M. R. James publica su primera colección de relatos, Historias de fantasmas de un anticuario.

1911: Eleanor Jourdain y Charlotte Moberly publican Una aventura en el tiempo.

1914: Ethel Hargrove presencia la aparición de un salto en el tiempo en Knighton Gorges, en la noche de fin de año. Arthur Mechen publica en un periódico londinense el relato corto de ficción The bowmen y pone en marcha la leyenda de los Ángeles de Mons.

1916: sir Oliver Lodge, pionero de la electricidad y la radio, publica Raymond, or Life and death, sobre sus intentos por contactar con su hijo en el más allá.

1929: Harry Price visita por primera vez la rectoría de Borley, a la que más adelante apodaría «la casa más encantada de Inglaterra».

1930: J. B. Rhine monta un departamento de parapsicología en la Universidad de Duke. Upton Sinclair publica Mental radio.

1936: la BBC realiza la primera retransmisión en directo desde una casa encantada, presentada por Harry Price. En Nortfolk, Indre Shira y un colega toman una fotografía de la famosa Dama de Marrón de Raynham Hall. En Estados Unidos, la viuda de Houdini realiza su última sesión pública de espiritismo dedicada a su difunto marido.

1937: la Universidad de Bonn, regida por los nazis, presenta la parapsicología como una nueva «ciencia nórdica». Harry Price toma la rectoría de Borley en alquiler durante seis meses.

1944: se disparan las ventas de tablas de ouija en Estados Unidos.

1959: el cantante sueco de ópera y pintor Friedrich Jüngerson graba unas voces misteriosas cuando trataba de grabar el canto de un pájaro.

1961: se desvela la existencia de un laboratorio de parapsicología en la Universidad de Leningrado. Se inicia una supuesta guerra fría paranormal que duraría una década.

1969: reconocimiento formal de la parapsicología como ciencia por parte de la AAAS (American Association for the Advancement of Science).

1971: el doctor Konstantin Raudive (1909-1974) publica Breakthrough, con sus extensas descripciones del fenómeno de las psicofonías.

1973: estreno de El exorcista, de William Friedkin.

1977: el poltergeist de Enfield en acción.

1984: estreno de Los cazafantasmas, de Ivan Reitman.

En La historia de los fantasmas (Siruela, 2016)

Escribir un ensayo se parece a formar una banda de rock

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Alguna vez, en la preparatoria, le escuché a un maestro de literatura explicar en qué consistía la tragedia: es como la salsa, pero sin trompetas. Al final todo va a salir mal, decía, Simón el gran varón va a morir de una extraña enfermedad o un rey acabará en el destierro después de descubrir que se ha casado con su madre y asesinado a su padre. En fin, que si tuviera que explicar a un grupo de adolescentes lo que es un ensayo, diría que el ensayo es el rock de los géneros literarios, entendiendo el rock más como una experiencia que como un conjunto algo estridente de elementos musicales. El rock no solo es yoísta sino que ha hecho de su yoísmo una marca de identidad: despreocupada a lo grunge y llamativa a lo glam, contestataria a lo punk e intensa a lo power ballad. El ímpetu con el que lo practican los más viejos no intimida a los recién llegados. Al contrario: los incita a tomar una guitarra y, a pesar de no tener mucha idea de nada, intentar hacer música.

Más que de improvisar (improvisan los líderes de opinión y los jazzistas), en el rock y el ensayo de lo que se trata de ir resolviendo, sobre la marcha, algunos problemas de construcción. Se trata de seguir intuiciones si por intuición entendemos aprovechar lo que hemos aprendido casi sin darnos cuenta en decenas y decenas de discos, canciones y sesiones de Rock Band. Se trata de imaginar música con los recursos limitados con los que contamos. El rockero amateur sabe que si tiene dos guitarras, un bajo y una batería, el resultado no se va a parecer a la Júpiter de Mozart, y sin embargo, algo le hace creer que es posible, con esos mismos ingredientes, sonar como Helloween, Carcass o Led Zeppelin.

Escribir un ensayo es como ensayar con tu grupo de rock. Tienes que lidiar con la altanería de los otros, conciliar nociones distintas de lo que es un buen riff. Tienes que ser egocéntrico, pero no del modo en que es egocéntrico alguien como Chayanne, porque, en principio de cuentas, ni siquiera sabes bailar. Es decir: debes estar convencido de que acaparar toda la atención no es una buena idea. Por eso estás dentro de una banda. Tienes, en todo caso, que aprender a pasar inadvertido y pedir los reflectores cuando sea el momento. Construir sabiamente el camino que conduce al solo de guitarra.

En esta descripción rockera de lo que significa escribir un ensayo subyace la idea de «ensamble». Eso es diferente a componer, una palabra que remite a un hombre con peluca junto a un clavecín, tocando las partes de alguna melodía y apuntándolas en una hoja de papel pautado. Pero ensamblar es una actividad colectiva y es problemática, porque nunca deja de llevar de una dificultad práctica a otra. Echar mano de qué sonido para lograr qué efecto. Lo mismo cuando se escriben ensayos: ¿es este el momento de usar una cita, una comparación, una sucesión de preguntas? No cualquier recurso es afortunado, como lo sabe todo aquel que ha querido obtener metal progresivo de una guitarra Espinosa y el que ha buscado extraer una reflexión filosófica de un chiste. Pero aun cuando no tengamos maldita idea de teoría musical, toda la música que nos ha dicho algo a lo largo de nuestra vida nos ha dado la pauta de cómo debe sonar una buena canción. Ese convencimiento se vuelve indispensable a la hora de construir una pieza, incluso si solo tiene tres acordes o tres libros con algunas ideas en común. 

¿Es excesiva esta insistencia de hablar de literatura con ejemplos musicales? Es, al menos, muy ilustrativa. En ninguna otra manifestación popular estamos tan poderosamente pendientes de la forma como con la música: una obra musical es, en el sentido más frío, una sucesión de decisiones formales; no solo qué nota sigue a qué nota, sino —como rápido aprende el rockero que arma su banda— por qué esta guitarra limpia suena bien al inicio de nuestra canción y qué tan bueno sería que se distorsionara al momento de entrar el coro. Ser parte de una banda de rock es una lección invaluable de cómo tomar decisiones formales.

Una manera muy útil de iniciarse tanto en la escritura de ensayos como en las peripecias de una banda de rock es pensar a quién no nos queremos parecer. Hacer una lista de cosas que odiamos en las obras ajenas: los chistes sin sentido, los acordes de quinta, el tono de aquel que todo el tiempo se está tomando en serio a sí mismo, los cencerros, la erudición aburrida, el bajo galopante, el abuso del lenguaje poético, las estrofas rapeadas, las metáforas pobres, las enumeraciones. No tenemos que estar conscientes todo el tiempo de esos vicios, pero se trata de una buena guía al momento de borrar. Exactamente lo mismo que sucede cuando, a mitad de tu magna creación postpunk revival, el guitarrista propone algo que te recuerda a «¿Dónde jugarán los niños?» y piensas que quizás sea tiempo de cambiar de guitarrista.

Esa maniobra de ir identificando los detalles que nos gustan de los que no nos gustan tal vez sea una manera demasiado cómoda de afrontar los retos de la forma, pero hace evidente ese proceso de prueba y error que, para mí, define al ensayo. Una de las mayores satisfacciones de la composición amateur colectiva es la experiencia de que tu canción parece escrita por alguien más, porque en mayor o menor medida eso es: una serie de negociaciones de fragmentos que quizás tenían que ver entre sí. ¿Cómo lograr que esa labor de construcción tenga que ver contigo? Ese es acaso el principal aprendizaje de escribir ensayos.

La risa en días hábiles

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—¿A quién se le ocurrió la idea de una exposición sobre el humor en México?

José Antonio Valdés Peña, subdirector de Información y Proyectos Especiales de la Cineteca Nacional, carraspea antes de responder:

—A César Costa.

¿De qué se trataba esto? ¿Era una punchline? Todo indicaba que no y, sin embargo, la mera mención al exprotagonista de Papá soltero y exconductor de La carabina de Ambrosio parecía ser algo más que una curiosidad periodística. Una vez que has compartido créditos con Chabelo, Beto el Boticario, la Pájara Peggy y Pocholo, cualquier actividad que realices resulta congruente con tu trayectoria. Que alguien como César Costa haya promovido esta muestra habla tanto del humor en México como la minuciosa memorabilia que conforma ¿Actuamos como caballeros o como lo que somos?, que estará abierta al público hasta el 18 de octubre de este año.

Enfocada en el cine, la muestra —al cuidado de Rafael Barajas el Fisgón y Antonio Valdés Peña— es menos una celebración de cierta época de oro y más un ensayo sobre la manera afortunada en que una industria logró aglutinar géneros dramáticos, personajes arquetípicos y tensiones sociales de distintos momentos para retratar la idiosincrasia de un país. En ese sentido funciona también como una apretada historia del humor en México, dado que el ascenso y la caída de la comedia en la pantalla grande solo puede entenderse en relación con los cartones de Posada, las caricaturas del Chango García Cabral, la zarzuela, la revista Frivolidades o El Periquillo Sarniento.

La muestra abre con las primeras manifestaciones del humor de la Nueva España, no ajenas a los propósitos de la evangelización, y cierra con la comedia urbana del siglo XXI, demasiado interesada en las angustias de la clase media y alta. En esos cinco siglos se desarrollaron las más diversas expresiones humorísticas que, con el arribo del cinematógrafo, encontraron abrigo en las películas: la pastorela y las historias iconoclastas de Buñuel, el teatro de revista y la carpa de donde surgieron algunos de los más grandes comediantes del país, los personajes del pelado y el hijo de papi, la comedia ranchera y el género policiaco con tintes de humor negro, las arengas antigobiernistas de Palillo y los inofensivos guiones de Chespirito. No se trata, sin embargo, de un estridente conjunto de figuras cómicas, salpicado con citas de Monsiváis o testimonios de la época, sino más bien de una historia que no puede contarse sin apelar a la diversidad, al «caos controlado» con el que Paul Johnson definió el ejercicio del humor.

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Dos secciones me parecen sobresalientes: en primer lugar, la dedicada a aquellos cómicos de acompañamiento —Medel, Chicote, Mantequilla, Pulido— y algunos otros que terminaron siendo opacados por las grandes estrellas, y cuya presencia sirve de contraste a las secciones de Cantinflas, Tin Tan y Joaquín Pardavé, la santísima trinidad que ocupa el centro mismo de la muestra. Ese recorrido permite apreciar un portentoso batallón de actores secundarios, comediantes injustamente olvidados y personajes perdidos entre los cientos de reposiciones televisivas. También es de agradecerse el espacio destinado a las mujeres, que durante décadas fueron relegadas a papeles sensuales o melodramáticos. La sola mención de Vitola podría servir para desmentir esa extraña idea de que no había actrices cómicas de valía, pero el esmerado recuento de otros muchos nombres ofrece un panorama digno de tomarse en cuenta: Amelia Wilhelmy y Delia Magaña, Prudencia Grifell y Sara García, Niní Marshall y Leonorilda Ochoa, Dolores Camarillo y Consuelo Guerrero de Luna. Para los que no tengan idea de quiénes son estas actrices el apartado La liga de las muchachas depara inmensos placeres.

La otra apuesta, menos espectacular, fue disponer un espacio para las sexicomedias de los años setenta y ochenta. Valdés Peña admite que el cine de ficheras terminó siendo un capítulo incómodo para los curadores: si bien ha sido a menudo condenado como síntoma de una industria moribunda que no supo afrontar el éxito de la televisión, se trató también del último género realmente popular de nuestro cine. El gesto de indecisión y el discreto lugar que ocupan en la muestra corroboran que hace falta mucho para reencontrarnos, sin desdén, con las películas del Güero Castro, Alfonso Zayas o el Caballo Rojas.

En su clásico discurso a favor de la anarquía María Eugenia Llamas dice la frase que mejor describe lo que sucede cuando intentas contener el humor: «Para qué me dejan sola si ya me conocen.» Si bien queda la sensación de que esta curaduría no es capaz de reproducir en toda su intensidad la explosiva experiencia original de cada pieza, también es cierto que el conjunto permite observar los vínculos entre películas, expresiones y personajes humorísticos que han hecho historia dentro y fuera del cine mexicano. Y lo más plausible: sirve para descubrir que todavía existen pequeñas joyas a la espera de una audiencia.

Publicado originalmente en Letras Libres.
CesarCosta1