El asombro vende

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One froggy evening, aquel viejo corto animado donde una rana lleva a la ruina a su codicioso dueño porque se niega a cantar y bailar frente a un auditorio, ejemplifica nuestros tratos con los prodigios: queremos sacarles el mayor provecho posible. La moraleja que uno obtiene después de atestiguar la degradación psicológica y económica del propietario de la rana es que los milagros no deberían despertar tan pronto el espíritu mercantilista, pero está en nuestra condición intentar, al menos, aspirar a algunos rendimientos.

Antes de aprender aquello de que «un gran poder conlleva una gran responsabilidad», Peter Parker –conocido en algunos círculos como el Asombroso– estaba convencido de que sus facultades recién adquiridas deberían aportarle algún beneficio económico, lo cual nos da a entender que, sin importar que tu mejor talento se reduzca a caminar sobre las paredes o sentir un hormigueo en la nuca ante el peligro, todo es materia de lucro. El comercio del asombro también sorprende por su oferta: siameses, magos, perros matemáticos, funambulistas, médiums, maestros del escapismo. En tiempos más recientes ni siquiera es necesario ver esos portentos en vivo: no pocas personas asisten a conferencias acerca de fantasmas solo para que les muestren fotografías borrosas o contratan canales poco confiables dedicados a los extraterrestres.

Y nadie hace nada.

Lo cierto es que nuestro deseo de capitalizar los prodigios es menos extraño que nuestra necesidad de pagar por ellos. Ahí radica la auténtica naturaleza de nuestra relación con lo extraordinario. Así lo demuestran estos cinco títulos:

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La verdadera historia del Hombre Elefante, de Michael Howell y Peter Ford (Turner, 2008)

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La vida de Joseph Merrick parecería una trama digna de Dickens: hay pobreza, maltrato, personajes cómicos y al final, algo cercano a la redención. Debido a sus terribles malformaciones, Merrick era exhibido como fenómeno de feria, hasta que en 1884 fue «descubierto» por el doctor Frederick Treves, quien lo sacó de la vida itinerante para llevarlo a un pabellón médico. Este libro describe su paso de maravilla circense a amigo de nobles. También puede leerse, y no es poca cosa, como un agudo retrato de la sociedad victoriana.

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Dear Mr. Ripley. A compendium of curioddities from the «Believe It or Not!» archives, de Mark Sloan, Roger Manley y Michelle Van Parys (Bulfinch, 1993)
librosloanRobert Ripley (1890-1949) era un cazador profesional de curiosidades –oddities, las llamaba él–, que consignaba en su célebre tira de periódico Aunque usted no lo crea. Este volumen resume 30 años de gente que le enviaba cartas con la esperanza de ser parte de ese catálogo. Contorsionistas, mujeres que soportaban la llama de un soplete en la lengua, cocineros capaces de matar, desplumar, cocinar y comer un pollo en 50 segundos. Personas, de aspecto común y corriente, que se veían a sí mismas como seres excepcionales.

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La sirena de Fiji y otros ensayos sobre historia natural y no natural, de Jan Bondeson (Siglo XXI, 2000)
librobondesonEn 1822, los funcionarios de la aduana londinense confiscaron una sirena disecada porque no estaban seguros de cuál era el estatus legal de una criatura mitológica, por no decir que no sabían si debería pagar derechos de importación. Así comienza una saga que incluye a navegantes caídos en desgracia y un museo en llamas. Bondeson recoge este y otros casos (de cerdos ilustrados, caballos danzantes o sapos longevos) que prueban que hasta los animales fantásticos son susceptibles de ser explotados si el espectáculo así lo requiere.

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Cómo hacer bien el mal, de Harry Houdini (Capitán Swing, 2013).
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El mayor mago de la historia no se consideraba un embaucador: es más decoroso advertir a tu público que será engañado, que en jactarse de tener poderes, sostenía. La admiración que despierta un truco está en el sutil mecanismo que lo vuelve un misterio, no un milagro. Houdini sabía que la magia era un arte menor, y una forma de dignificarla era desenmascarar, por un lado, a los estafadores y, por otro, aleccionar a los primerizos. Sus artículos muestran esas dos facetas de alguien convencido de que la realidad es extraordinaria en sí misma.

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Estética del prodigio, de María Emilia Chávez Lara (Cal y Arena, 2016).
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El asombro adopta formas tan variadas –y, a menudo, tan comerciales– que eso nos hace olvidar lo que tienen de experiencia estética. Una misma belleza recorre los libros de teratología, la construcción de los autómatas, las incipientes grabaciones en fonógrafo o los usos de la fotografía para buscar familiares fallecidos. Como proponen estos ensayos, el oportunismo del cirquero tiene finalmente que ver con la meticulosa curiosidad del científico: enfrentarnos a lo aparentemente inexplicable crea maneras nuevas de mirar el mundo.

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Publicado originalmente en Magis.

Canciones que te pueden gustar

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Por CARL WILSON

Existen muchas formas de disfrutar la música. Te puede gustar una canción por la profundidad, la elegancia formal y el valor perdurable que crees intuir en ella, los parámetros tradicionales de la apreciación purista del arte. Pero también te puede gustar por lo que tiene de novedoso, porque supone una aproximación original a algo viejo, aunque es posible que en ese caso solo te guste durante un tiempo breve (y que más tarde le guardes cariño porque evoca la época en que te gustaba, un recuerdo de la parte agradable de tener un pasado). El crítico Joshua Clover ha afirmado que amar la novedad es algo totalmente apropiado, pues las condiciones materiales de la cultura de masas permiten una renovación constante de ese sentimiento: si una canción pop se te gasta, siempre dispondrás de otras. Valorar la perdurabilidad por encima de la novedad es una rémora de la época de la escasez estética, anterior a la era de la reproducción mecánica o digital. Hoy, en cambio, nos puede gustar una canción por ser una de tantas, por formar parte de una multitud en lugar de ser una compañera íntima. Una vida con unos gustos plenos incluirá ambos tipos de relaciones, del mismo modo que una vida erótica plena tendrá tanto encaprichamientos y aventuras como relaciones duraderas porque unas y otras nos proporcionan cosas distintas. (¿No es cierto que nos compadecemos de las personas que se casan con sus novios o novias del instituto, aunque al mismo tiempo admiremos su coherencia?) Afortunadamente, las canciones no tienen celos las unas de las otras, ni sentimientos que podamos herir. No necesitan nuestra devoción íntegra y permanente.

También te puede gustar una canción porque se ha quedado anticuada, por la historia social que sus anacronismos revelan. Te puede gustar una canción porque su sentimentalismo te obliga a ejercitar las emociones. Te puede gustar porque su sonido te resulta extraño y porque ofrece una visión de la diversidad humana. Te puede gustar porque es ejemplar, porque es la canción llenapistas o la pieza sensiblera «definitiva». Te puede gustar porque representa un lugar, una comunidad o incluso una ideología, tal como a mí, con el corazón partido, me gusta «La Internacional». Te puede gustar por su popularidad, porque te vincula con la multitud: ser popular seguramente no la hace ser buena, pero en cambio sí la convierte en un bien, un servicio, y puedes escucharla para intentar descubrir el efecto que produce sobre otras personas. Como escribió la crítica Ann Powers en su ensayo «Bread and butter songs», incluso puede gustarte una canción, por ejemplo, «Living on a prayer» o «My heart will go on», por su «profunda falta de originalidad», porque estimula los sentimientos de una forma muy de andar por casa y fácilmente absorbible, y no mediante una onda de choque. Estas bread and butter songs, las canciones de toda la vida, son buenas para cantarlas a grito pelado en grupo.

Pero para que te gusten canciones por todos estos motivos, antes tienes que haberte librado de la pregunta sobre si una canción resistirá «el paso el tiempo», que implica que desaparecer, morir, equivale a fracasar (y que el gusto tiene que ver con realizar predicciones). No te gustarán si andas buscando el disco que te llevarías a una isla desierta, un escenario que parece hecho a propósito para despojar la imaginación estética de cualquier tipo de alegría y buen humor. Pero si permitimos que nos gusten canciones por estos motivos tan diversos, nuestro gusto se parecerá menos a las pandillas del instituto o a una conspiración global para preservar los privilegios y más a un mundo fantástico donde podemos tener numerosos idilios, o, cuando menos, aventuras con desconocidos.

En Música de mierda (Blackie Books, 2016).

Desde una perspectiva biológica, nada es antinatural

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Por YUVAL NOAH HARARI

¿Cómo podemos distinguir lo que está determinado biológicamente de lo que la gente intenta simplemente justificar mediante mitos biológicos? Una buena regla empírica es: «La biología lo permite, la cultura lo prohíbe». La biología tolera un espectro muy amplio de posibilidades. Sin embargo, la cultura obliga a la gente a realizar algunas posibilidades al tiempo que prohíbe otras. La biología permite a las mujeres tener hijos, mientras que algunas culturas obligan a las mujeres a realizar esta posibilidad. La biología permite a los hombres que gocen del sexo entre sí, mientras que algunas culturas les prohíben realizar esta posibilidad.

La cultura tiende a aducir que solo prohíbe lo que es antinatural. Pero, desde una perspectiva biológica, nada es antinatural. Todo lo que es posible es, por definición, también natural. Un comportamiento verdaderamente antinatural, que vaya contra las leyes de la naturaleza, simplemente no puede existir, de modo que no necesitaría prohibición. Ninguna cultura se ha preocupado nunca de prohibir que los hombres fotosinteticen, que las mujeres corran más deprisa que la velocidad de la luz o que los electrones, que tienen carga negativa, se atraigan mutuamente.

En realidad, nuestros conceptos «natural» y «antinatural» no se han tomado de la biología, sino de la teología cristiana. El significado teológico de «natural» es «de acuerdo con las intenciones del Dios que creó la naturaleza». Los teólogos cristianos argumentaban que Dios creó el cuerpo humano con el propósito de que cada miembro y órgano sirvieran a un fin particular. Si utilizamos nuestros miembros y órganos para el fin que Dios pretendía, entonces es una actividad natural. Si los usamos de manera diferente a lo que Dios pretendía, es antinatural. Sin embargo, la evolución no tiene propósito. Los órganos no han evolucionado con una finalidad, y la manera como son usados está en constante cambio. No hay un solo órgano en el cuerpo humano que realice únicamente la tarea que realizaba su prototipo cuando apareció por primera vez hace cientos de millones de años. Los órganos evolucionan para ejecutar una función concreta, pero una vez que existen, pueden adaptarse asimismo para otros usos. La boca, por ejemplo, apareció porque los primitivos organismos pluricelulares necesitaban una manera de incorporar nutrientes a su cuerpo. Todavía usamos la boca para este propósito, pero también la empleamos para besar, hablar y, si somos Rambo, para extraer la anilla de las granadas de mano. ¿Acaso alguno de estos usos es antinatural simplemente porque nuestros antepasados vermiformes de hace 600 millones de años no hacían estas cosas con su boca?

De manera parecida, las alas no surgieron de repente en todo su esplendor aerodinámico. Se desarrollaron a partir de órganos que cumplían otra finalidad. Según una teoría, las alas de los insectos se desarrollaron hace millones de años a partir de protrusiones corporales de bichos que no podían volar. Los bichos con estas protuberancias poseían una mayor área superficial que los que no las tenían, y esto les permitía captar más radiación solar y así mantenerse más calientes. En un proceso evolutivo lento, estos calefactores solares aumentaron de tamaño. La misma estructura que era buena para la máxima absorción de radiación solar (mucha superficie, poco peso) también, por coincidencia, proporcionaba a los insectos un poco de sustentación cuando brincaban y saltaban. Los que tenían las mayores protrusiones podían brincar y saltar más lejos. Algunos insectos empezaron a usar aquellas cosas para planear, y desde allí solo hizo falta un pequeño paso hasta las alas para propulsar realmente al bicho a través del aire. La próxima vez que un mosquito zumbe en la oreja del lector, acúsele de comportamiento antinatural. Si fuera bien educado y se conformara con lo que Dios le ha dado, solo emplearía sus alas como paneles solares.

El mismo tipo de multitarea es aplicable a nuestros órganos y comportamiento sexuales. El sexo evolucionó primero para la procreación, y los rituales de cortejo como una manera de calibrar la adecuación de una pareja potencial. Sin embargo, en la actualidad muchos animales usan ambas cosas para una multitud de fines sociales que poco tienen que ver con crear pequeñas copias de sí mismos. Los chimpancés, por ejemplo, utilizan el sexo para afianzar alianzas políticas, establecer intimidad y desarmar tensiones. ¿Acaso esto es antinatural?

En De animales a dioses (Debate, 2014).

Democracia en la granja

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El pasado viernes Andrés Manuel López Obrador lanzó un spot en el que anunciaba una inevitable «rebelión en la granja» para poner fin al gobierno de los puercos-cochinos-cerdos-marranos y empezar una nueva época de prosperidad, trabajo y seguridad para todos.

La transparente alegoría desconcertó a más de uno porque el punto central de Rebelión en la granja, el libro de George Orwell que le sirve de referencia, es precisamente la rápida degradación de aquellas luchas que buscan derribar un régimen opresivo y terminan por instalar otro, en esencia, indistinguible del anterior. Dado el punzante retrato que realiza Orwell de un líder carismático, uno no sabe si inquietarse más porque AMLO haya lanzado el spot sin haber leído el libro o porque, en efecto, lo hubiera leído.

En alguna parte, López Obrador habla de un podrido sistema de partidos en donde se puede «postular a una vaca o a un burro, y gana la vaca y gana el burro», cosa que curiosamente no sucede en el libro de Orwell, sino en otro aparecido seis años antes, en donde los animales de una granja se organizan para elegir un presidente. Publicada en 1939 y dirigida al público infantil, Freddy el político, de Walter R. Brooks, se erige como una sorprendente sátira sobre la democracia, cuya agudeza sirve todavía para observar nuestros actuales procedimientos electorales.

A diferencia del libro de Orwell, donde los animales recurren a la violencia real y simbólica para romper sus vínculos con quienes los esclavizan, los animales de Brooks se entregan —se podría decir que con inocencia— a las instituciones humanas. Su debut democrático pasa necesariamente por la fundación de un banco y por el visto bueno del granjero: «Es una idea estupenda —les dice el señor Bean—; así aprenderán el valor que tiene el dinero». El hecho de que la presidencia del banco le sirva de plataforma a uno de los candidatos —Grover, el pájaro carpintero— constituye un mensaje no demasiado encubierto sobre el poder del prestigio, más que del dinero, para hacerse de un cargo público.

Los dilemas prácticos que entraña toda democracia son el centro de una historia en la que nadie idealiza ni a los candidatos ni el sistema electoral. La asamblea para determinar qué animales pueden o no votar termina por ser una imagen insuperable de la cuestión de a quiénes considerar tus iguales. ¿Los insectos tienen también derecho al sufragio?, pregunta el caballo, me parece que sí. Es curioso que defiendas a los insectos, le recrimina la vaca, cuando tú le pediste al granjero un matamoscas. Pero las moscas no son insectos, revira el otro, son una plaga. Por otro lado, interviene alguien más, hay millones de insectos, tardaríamos cinco años en contar todos los votos. ¿Y qué tal si se unen y hacen ganar a un candidato que no es como nosotros?, señala uno más, ¡tendríamos a un ciempiés de presidente! Conclusión: se decide dejar fuera a los insectos (a excepción de la señora Webb, una adorable araña que no tiene la culpa de haber nacido insecto). Esta última preocupación no se encuentra muy lejana de la que manifestó el doctor Stockman en Un enemigo en el pueblo, aquella pieza de Henrik Ibsen de 1882 —«¿Quién forma la mayoría en cualquier país? ¡Creo que tendremos que estar todos de acuerdo en que los tontos están en abrumadora y terrible mayoría en todo el mundo! Pero en nombre de Dios ¡no puede ser justo que los tontos gobiernen a los sabios!»— o de la del Edmund Burke de Reflexiones sobre la Revolución francesa: «La ocupación de un peluquero, o del obrero de una velería, no puede ser asunto de honor para ninguna persona […] para no hablar de muchos otros empleos más serviles […] El Estado sufre opresión si a personas como esas […] se les permite gobernar».

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Entre las cualidades de Freddy el político, la más valiosa, a mi parecer, es que nunca elude los conflictos propios de la diversidad, la migración y el enfrentamiento continuo entre mayoría y minorías. Cuando Freddy está convencido de que su candidata, la vacuna señora Wiggins, ganará la contienda, alguien le hace ver que los migrantes podrían poner en peligro ese triunfo. «Mientras tú te dedicas a ir por ahí dando discursos para ganar unos votos que tienes ganados de antemano, los pájaros carpinteros han traído aquí a congéneres suyos de todo el país. No me extrañaría que contaran ya con los suficientes para decidir el resultado de las elecciones». ¿Cómo revertir esa tendencia? Saliendo a buscar a cientos de pequeños roedores que se instalen en los alrededores de la granja y que prometan votar por la señora Wiggins. La solución, es fácil imaginarlo, no será sino el germen de nuevas contrariedades.

En un mundo de seres imperfectos, el desencanto parece el único camino seguro al que lleva la democracia y sin embargo, esa carencia de personajes virtuosos es lo que en este libro despierta simpatía por el cerdo Freddy que recupera la dirección del banco con base en engaños o el gato Jynx incapaz de disciplinarse o el gallo Charles cuya disposición para seguir el llamado del servicio público tiene apenas el obstáculo de que nadie quiere respaldar ese llamado. En Freddy el político se recurre al fraude para hacer de frente a las trampas ajenas, las multitudes son fácilmente manipulables, los perdedores no quieren aceptar los resultados electorales, los simpatizantes cambian de opinión a la menor oportunidad, se promete todo el tiempo lo imposible. La democracia, según puede apreciarse en estas páginas, es el arte de encontrar maneras cada vez más complicadas de resolver un problema eligiendo a unos individuos que no tienen una idea muy convincente de cómo hallar una solución. En 1939, como ahora, ese incisivo relato deja en claro que nada es fácil cuando se trata de vivir con sujetos, en el fondo, más parecidos a uno de lo que uno está dispuesto a aceptar.

Cuando la Iglesia estaba en contra del matrimonio… entre hombres y mujeres

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En un bonito libro, publicado en 1859 en Barcelona «con aprobación del Ordinario» y de título Del matrimonio civil. Opúsculo formado con la doctrina del ilustre teólogo el padre Perrone, en su obra Del matrimonio cristiano, alguien que firma como DN realiza una vehemente disertación en contra el matrimonio civil. Es decir, en contra del matrimonio entre hombres y mujeres avalado por un Estado que quería quitarle a la Iglesia el monopolio de los casamientos. El libro completo puede leerse AQUÍ y da una idea de la enorme capacidad de la Iglesia para reciclar sus argumentos: «piensen en los niños», «llámenle como quieran pero no matrimonio», «la mayor parte de la sociedad está en contra», «qué sigue, ¿la poligamia?». En aquellos tiempos no era la «ideología de género» el enemigo a vencer sino un engendro que reunía protestantismo, comunismo y socialismo. No está de más subrayar que la gran mayoría de las personas que, a últimas fechas, han salido a marchar en contra del matrimonio igualitario goza de las bendiciones del matrimonio civil, tan vituperado hace siglo y medio por la Iglesia. Me di a la tarea de comparar lo que se decía en ese entonces sobre el matrimonio civil y lo que se dice ahora sobre el matrimonio igualitario, y encontré más de una coincidencia.

 

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Hoy: «Solo es verdadero matrimonio el de hombre y mujer

Ayer: «Podrá, si se quiere, la autoridad pública llamar a estos contratos [entre hombres y mujeres] conyugios civiles, enlaces civiles, matrimonios civiles; pero nunca podrá hacer que sean verdaderos matrimonios.» (p. 64)

«Debe también observarse que los políticos que proponen a la aprobación o sanción esta ley del matrimonio civil [entre hombres y mujeres], abusan grandemente de las palabras para engañar al pueblo y burlarse de él, pues no habiendo en el pacto celebrado en presencia del magistrado civil nada de matrimonio, sino un pacto de vivir amancebados, injustamente se le da el hombre de matrimonio.» (p. 58)

 

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Hoy: «Si se legaliza el matrimonio gay, que se haga lo mismo con el incesto y la poligamia

Ayer: «Una vez establecido el principio de que la ley puede sancionar el matrimonio civil [entre hombres y mujeres] separado de toda obligación religiosa, ¿qué impide el que la misma ley sancione los divorcios, y dando un paso más permita la poligamia, si la necesidad lo pide […]?» (p. 84)

 

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Hoy: «Matrimonio gay afecta a la sociedad

Ayer: «El matrimonio civil [entre hombres y mujeres] por su naturaleza tiende a la disolución de la familia y de la sociedad.» (p. 124)

 

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Hoy: «Peña Nieto es dictador al imponer la ideología de género

Ayer: «Esta ley que cohonesta los matrimonios civiles [entre hombres y mujeres] en nombre de la libertad, se convierte en ley que favorece la tiranía y por tanto es tiránica.» (p. 223)

 

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Hoy: «Estamos sufriendo, cada vez más, las consecuencias de la perversa ideología de género. Se refleja en el talante de nuestros gobernantes y en las reformas legislativas que pretenden aprobar en contra del matrimonio, la familia, la educación, el aborto, etc.»

Ayer: «Los seudopolíticos que son autores del matrimonio civil entre [hombres y mujeres] católicos, derivan esta teoría de la doctrina de los protestantes (y aun se precian de católicos).» (p. 137)

 

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Hoy: «El presidente con estas nociones está a favor de una minoría, porque los homosexuales son minoría, eso no se puede negar, y está en contra del sentir de la mayoría

Ayer: «[La ley de los matrimonios civiles entre hombres y mujeres] es antipolítica, si se atiende a lo que se llama opinión pública, aun prescindiendo de la religión. Todos saben lo peligroso que es ir contra la opinión universal, firme y sólidamente establecida.» (p. 196)

 

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Hoy: «De un matrimonio gay los afectados psicológicamente son los hijos

Ayer: «Si los casados [en un matrimonio civil] no aprecian la Religión, si van mal, si viven peor, ¿cómo podrán educar debidamente a sus hijos? […] Por tanto de semejantes uniones no puede resultar sino una generación de impíos.» (p. 220)

Escritores que dan conferencias

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Por KURT VONNEGUT

Antes siempre estaba pronunciando conferencias. Necesitaba el aplauso. Necesitaba el dinero fácil. Hasta que un día, mientras hacía mi rutina normal de desperdigador de mierda en el proscenio de la Librería del Congreso, se me produjo un cortocircuito en la cabeza. No tenía nada más que decir. Fue el final de mi carrera oratoria. Hablé unas pocas veces más después de eso, pero ya no era el locuaz Filósofo de las Llanuras que una vez me había resultado tan fácil ser.

La causa de la desconexión de mi mente en Washington fue una pregunta del público. El hombre de mediana edad que la hizo me pareció ser un reciente refugiado del este de Europa. «Usted es un líder de los jóvenes norteamericanos —dijo—, ¿qué derecho tiene a enseñarles a ser cínicos y pesimistas?»

Yo no era ningún líder de la juventud norteamericana. Yo era un escritor que tendría que haberse ido a su casa a escribir en vez de estar buscando el dinero fácil y el aplauso.

Puedo nombrar varios buenos escritores norteamericanos que se han convertido en magníficos oradores públicos y que ahora les es difícil concentrarse cuando se ponen a escribir. Extrañan el aplauso.

Sin embargo, pienso que la oratoria pública representa casi el único medio por el cual un poeta o novelista o dramaturgo puede llegar a alcanzar una eficacia política en su plenitud creativa. Si intenta poner su política en una obra de la imaginación, destrozará la obra y la dejará prácticamente irreconocible.

Entre las muchas cosas extrañas relacionadas con la economía norteamericana, está la siguiente: un escritor puede obtener más dinero por una conferencia chapucera en una universidad en quiebra que por un cuento que sea una obra de arte. Además puede vender una y otra vez la misma conferencia y nadie se queja.

La gente se queja en tan contadas ocasiones de las malas conferencias, siquiera de aquellas que cuestan mil dólares y más, hasta el punto que me he preguntado si alguien las escucha realmente. Y recibí una opinión interesante de cómo la gente las escucha, justo antes de mi conferencia ante la Academia Americana de Artes y Letras y del Instituto Nacional de Artes y Letras.

Me sentía enfermo de miedo antes de pronunciar la conferencia. Estaba sentado entre un viejo y famoso arquitecto y el presidente de la Academia. Éramos tres seres humanos delgados y con los rostros en blanco, a la vista de toda la audiencia. Hablábamos como hacen los convictos en el cine cuando planean una fuga ante los mismos ojos de los carceleros.

Le conté al arquitecto el miedo que sentía. Esperaba que él me reconfortara. Pero replicó sin misericordia y con un volumen de voz como para que le oyera el presidente, que el presidente había leído mi conferencia y que le parecía detestable.

Le pregunté al presidente si era verdad.

—Sí —dijo— pero no se preocupe.

Le recordé que aún tenía que pronunciar esa conferencia detestable.

—Nadie va a escuchar lo que usted diga —me aseguró—. La gente en muy pocas ocasiones tiene interés en el contenido real de una conferencia. Simplemente quieren saber por el tono de la voz, los gestos y las expresiones si usted es o no es un hombre honesto.

—Muchas gracias —dije.

—Daré comienzo a la reunión —dijo. Y lo hizo. Y yo hablé.

En Guampeteros, fomas y granfalunes (Grijalbo, 1977).

De Plinio a los Cazafantasmas, una cronología

Stay-Puft-Marshmallow-Man-Attacks-New-York-City-GhostbustersPor ROGER CLARKE

100-109: Plinio escribe su relato sobre la casa encantada de Atenas.

731: san Beda el Venerable publica Historia Ecclesiastica Gentis Anglorum, con su historia del fantasma de una abadesa que visitaba a la monja Tortgith.

1612: el Diablo de Macon ronda la casa de un pastor calvinista.

1642: batalla de Edgehill, seguida de su espectral recreación prenavideña.

1661: el primer cazador de fantasmas de Inglaterra, Joseph Glanvill, investiga el fenómeno del Tamborilero de Tedworth.

1665: Joseph Glanvill viaja a Rangley, donde conoce a lady Conway y entra a formar parte de su extenso círculo, en el cual se debate sobre la teología y la creencia en los fantasmas.

1705: Daniel Defoe escribe La aparición de la señora Veal, el primer relato inglés formal sobre fantasmas, que transcurre en Canterbury, basado en una historia en apariencia verdadera.

1716: un poltergeist se alimenta de las discordias familiares y pone patas arriba la rectoría de Epworth, el hogar de la infancia de John Wesley.

1734: nace Franz Mesmer.

1762: el poltergeist de un hogar de clase trabajadora en Cock Lane, en Londres, atrae a grandes multitudes y a diversas celebridades; es el primer circo mediático.

1765: Mary Ricketts se traslada a Hinton Ampner, en Hampshire, con su familia y no tarda mucho en lamentarlo.

1788: Elizabeth Bonhote advierte a los padres de clase media de que no permitan que sus hijos escuchen las historias de fantasmas de su personal de servicio.

1791: el librero berlinés Friedrich Nicolai ve fantasmas y se pregunta si podría haber una explicación médica para esas visiones.

1803: se produce una verdadera histeria en la zona oeste de Londres con el fantasma de Hammersmith.

1813: el médico de Manchester John Ferriar publica An essay towards a theory of apparitions.

1816: lord Byron y el matrimonio Shelley inventan historias de terror en su villa de Ginebra, inspirados por un libro de cuentos alemanes.

1829: Walter Scott publica el relato breve La habitación tapizada, el primer relato de fantasmas británico moderno.

1843: Dickens publica Cuento de Navidad.

1848: Catherine Crowe publica The night side of nature, que introduce el folclore germano y el término «poltergeist» en la cultura anglosajona. Se convierte en un superventas. En Estados Unidos, las hermanas Fox inventan las sesiones de espiritismo.

1852: llega a Londres la última moda norteamericana: la señora Hayden, mujer del editor de un periódico en Boston, celebra sesiones de espiritismo.

1856: sir David Brewster publica The stereoscope, que pone de manifiesto por primera vez la posibilidad de trucar fotografías de fantasmas.

1861: William Mumler afirma haber fotografiado un fantasma de manera accidental en Boston.

1863: primera aparición sobre los escenarios de Londres y Nueva York de la ilusión óptica conocida como fantasma de Pepper.

1868: el más famoso de todos los médiums, D. D. Home, comparece ante un tribunal londinense acusado de fraude.

1871: publicación del primer relato de los fenómenos de Hinton Ampner.

1872: en Francia, Charles Richet presencia el uso del hipnotismo y transforma su carrera de medicina en una ocupación que englobe también su interés por lo paranormal. La revista Notes and Queries menciona por primera vez la casa encantada del número 50 de Berkeley Square.

1873-1874: sir William Crookes estudia a la médium adolescente Florence Cook entre los rumores de que ambos tienen una aventura.

1874: una multitud de unas cinco mil personas se reúne cada noche en Westminster con la esperanza de ver un fantasma en el cementerio de Christ Church, en Broadway.

1878: se congrega un gentío cuando alguien dice haber visto el fantasma de la asesina Maria Manning en una ventana en el sur de Londres.

1882: se funda en Londres la Society for Psychical Research.

1885: se funda la American Society for Psychical Research.

1894: George du Maurier publica Trilby.

1895: el arzobispo de Canterbury le cuenta a Henry James en el transcurso de una cena la historia en la que se inspirará Otra vuelta de tuerca.

1896: los rayos X, el cine y la radio llegan a Londres con un intervalo de meses. La ciencia parece haberse adentrado en una nueva dimensión de lo ultraterreno.

1897: Georges Méliès filma una de las primeras películas primitivas de fantasmas, Desaparición de una dama en el teatro Robert Houdin.

1904: M. R. James publica su primera colección de relatos, Historias de fantasmas de un anticuario.

1911: Eleanor Jourdain y Charlotte Moberly publican Una aventura en el tiempo.

1914: Ethel Hargrove presencia la aparición de un salto en el tiempo en Knighton Gorges, en la noche de fin de año. Arthur Mechen publica en un periódico londinense el relato corto de ficción The bowmen y pone en marcha la leyenda de los Ángeles de Mons.

1916: sir Oliver Lodge, pionero de la electricidad y la radio, publica Raymond, or Life and death, sobre sus intentos por contactar con su hijo en el más allá.

1929: Harry Price visita por primera vez la rectoría de Borley, a la que más adelante apodaría «la casa más encantada de Inglaterra».

1930: J. B. Rhine monta un departamento de parapsicología en la Universidad de Duke. Upton Sinclair publica Mental radio.

1936: la BBC realiza la primera retransmisión en directo desde una casa encantada, presentada por Harry Price. En Nortfolk, Indre Shira y un colega toman una fotografía de la famosa Dama de Marrón de Raynham Hall. En Estados Unidos, la viuda de Houdini realiza su última sesión pública de espiritismo dedicada a su difunto marido.

1937: la Universidad de Bonn, regida por los nazis, presenta la parapsicología como una nueva «ciencia nórdica». Harry Price toma la rectoría de Borley en alquiler durante seis meses.

1944: se disparan las ventas de tablas de ouija en Estados Unidos.

1959: el cantante sueco de ópera y pintor Friedrich Jüngerson graba unas voces misteriosas cuando trataba de grabar el canto de un pájaro.

1961: se desvela la existencia de un laboratorio de parapsicología en la Universidad de Leningrado. Se inicia una supuesta guerra fría paranormal que duraría una década.

1969: reconocimiento formal de la parapsicología como ciencia por parte de la AAAS (American Association for the Advancement of Science).

1971: el doctor Konstantin Raudive (1909-1974) publica Breakthrough, con sus extensas descripciones del fenómeno de las psicofonías.

1973: estreno de El exorcista, de William Friedkin.

1977: el poltergeist de Enfield en acción.

1984: estreno de Los cazafantasmas, de Ivan Reitman.

En La historia de los fantasmas (Siruela, 2016)