Cómo (por poco no) llegar a Matanzas

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A MJ le había parecido buena idea ir a la playa la mañana siguiente al concierto de los Rolling Stones. A juzgar por los nueve autobuses que se estacionaron uno tras otro cerca de nuestro hotel en La Habana el resto de los huéspedes había tenido una idea similar y había acudido a una empresa turística, exactamente lo que nosotros no habíamos hecho. Aunque, como se verá más adelante, pagamos caro nuestro incipiente espíritu aventurero, en esos momentos nadie estaba siendo particularmente feliz. Durante cuarenta minutos vi a decenas de extranjeros pasar del letargo propio de los animales que se fingen muertos a la euforia casi sexual cada que una señorita con uniforme de la empresa Transtur entraba gritando «¡Varadero!». Para la desesperación general no eran pocos los que tenían que regresar al estado de reposo original una vez que comprobaban que su turno todavía no había llegado.

MJ y yo estábamos en el lobby del hotel esperando a un hombre alto y huesudo llamado Lázaro que habíamos conocido la tarde anterior y del cual no sabíamos prácticamente nada salvo que había prometido llevarnos a Matanzas por treinta CUCS (treinta dólares, más o menos). El acuerdo lo habíamos concertado a las afueras de una terminal de autobuses a reventar, custodiados por tipos que trataban de convencerte de viajar a Viñales, especialmente si no tenías idea de dónde carajos estaba Viñales y qué podrías esperar de la vida una vez que llegaras allá. Así las cosas, la oferta de Lázaro parecía la propuesta más razonable para alguien desesperado por salir de La Habana. Por desgracia se trataba también de un fraude: para la mañana siguiente, Lázaro llevaba casi una hora de retraso y no había indicios de que fuera a aparecer. La angustia que produce en los turistas la demora es algo que los taxistas cubanos saben decodificar a la distancia. Después de ocho intentos en los que me paraba en la puerta del hotel y buscaba a Lázaro en el horizonte, un tipo de lentes oscuros se acercó hasta donde me encontraba y se ofreció a llevarnos a Matanzas por ochenta CUCS.

—Estamos cortos. Podemos darte sesenta.

—Hermano, nadie va a Matanzas por menos de setenta. Son 145 kilómetros a Varadero, menos cuarenta para Matanzas. No alcanzaría ni para la gasolina.

Hay menos distancia entre La Habana y Matanzas que entre La Habana y Varadero, y no obstante el taxista había presentado la información de tal modo que, sin mentir, parecía estar dispuesto a recorrer media isla para llevarnos a nuestro destino.

—Bueno, dejémoslo en setenta.

El viaje a Matanzas dura por lo regular una hora con quince. El mismo viaje con un conductor incapaz de orientarse por las calles de Matanzas podría significar veinte minutos de retraso. Ni uno más, según la confiable experiencia de varios amigos míos. No fue eso lo que sucedió.

—No conozco bien Matanzas —dijo nuestro chofer, mientras estacionaba el automóvil—, ¿tienen por ahí apuntada la dirección a donde hay que ir?

MJ le dio la libreta donde había consignado con tinta verde los datos de la casa particular donde nos hospedaríamos. El taxista bajó y habló con un par de adolescentes que estaban en una esquina. Volvió en cuestión de segundos.

—Compañera, tenemos un problema con tu letra. ¿Me puedes decir qué dice aquí?

—Dice «Línea 2da.» —contestó MJ.

—Pregunto de nuevo.

Dentro del carro se hizo ese silencio tenso del que abusan los narradores cuando no tienen nada que contar. El taxista se acercó entonces acompañado de un octogenario. Por la manera en que entrecerraba los ojos podía jurar que no era capaz de decirnos qué había más allá de la siguiente cuadra.

—Miren, el compañero vive en Matanzas y no ubica la dirección. Queremos saber qué dice acá.

—Línea 2da. Esquina con Callejón de los Desamparados —volvió a decir MJ.

—Línea 2da. Línea 2da. Eso es del otro lado, tienes que cruzar el puente —dijo el anciano no muy convencido.

—Del otro lado del puente me mandaron para acá.

—Por eso, sigue por aquí y cuando termine la calle das la vuelta y cruzas el puente.

—¿Cómo que «cuando termine la calle»? ¿Cuándo voy a saber que terminó la calle?

—Pues aquí las calles terminan, compañero. Esto no es La Habana.

—Hermano, soy guajiro; explícame en guajiro: avanza, doblas a la derecha, una cuadra, dos cuadras. Así sí entiendo.

—Avanza por esta calzada, llegas al semáforo. Esperas a que se ponga en verde…

—Her-ma-no…

—Línea 2da. ¿Eso es lo que dice acá?

El anciano se acercó la libreta al rostro. El chofer se la arrebató para leer de nuevo.

—A mí me parece que dice «Línea santa».

MJ, que había escrito la dirección, insistía en que ahí decía «Línea 2da.».

—Tengo el teléfono de la persona que nos va a recibir, podemos hablarle —añadió tímidamente, pero el chofer y el anciano estaban demasiado concentrados en su propio análisis del manuscrito.

—¿Sabe o no sabe, compañero?

—A ver lo leo de nuevo, «Línea…» ¿Con qué tipo de lápiz escribieron esto?

Yo mientras tanto distraía a MJ para que no sacara un objeto punzocortante de la bolsa, que es lo que cualquier persona sensata habría hecho a estas alturas.

—¿No tienen el teléfono de la señora?

—Sí —respondió MJ tomando aire por décima vez—. Debajo de la dirección aparece.

El chofer marcó desde su celular.

—Hola, compañera. Tengo acá a un par de amigos mexicanos que van a hospedarse con usted. No encontramos su dirección. Le voy a pasar a un compañero, de acá de Matanzas, para que le explique bien cómo llegar.

Cuando el octogenario tomó el celular, toda mi capacidad cerebral se estaba dirigiendo a tratar de entender por qué seguíamos confiando en ese hombre.

—Dígame, compañera… Ah, el parque Maceo sí lo conozco.

Colgó.

—Me dice que vayan al parque Maceo y que ahí busquen al «hombre de la boina roja».

—Dios mío, lo que nos hacía falta: un hombre con una boina roja —comentó en voz baja MJ.

—¿Y cómo llego al parque Maceo? —preguntó el chofer.

—Es lo que te voy a explicar: avanzas por esta calzada hasta el semáforo…

—Hermano, mejor ven con nosotros.

La última vez que había escuchado esa frase, había sido en una conversación familiar y la cosa terminaba con alguien convirtiéndose al Evangelio. Sentí un leve escalofrío. Recorrimos unas cinco cuadras.

—Este es el parque Maceo y no está el hombre de la boina roja —advirtió el viejo—. Llamen otra vez a esa mujer y díganle: «Ya estamos en el parque Maceo y no vemos al hombre de la boina roja».

Sin embargo, un hombre de gorra roja ya estaba muy cerca del auto manejando una bicicleta. Hizo señal de que lo siguiéramos.

—¡El hombre de boina roja! ¿De dónde salió? —exclamó con desesperación el anciano como si de repente hubiera recibido la visita de un segador demasiado esquelético para ser humano.

Ninguno de los tres lo hicimos caso. Para nosotros lo importante era que el recién aparecido no se nos fuera a perder de vista. Y teníamos razones suficientes para enfocar toda nuestra atención en un solo individuo. «Línea 2da.», según pudimos comprobar minutos más tarde, era una calle de tierra que no había forma de identificar a menos que hubieras nacido en ella.

El taxista bajó las maletas con el mismo alivio de quien se deshace de un cadáver incómodo. Antes de subir de nuevo al auto, me dijo en tono cordial:

—¿No tienes un peso para el compañero?

Era prácticamente lo único que me quedaba en el bolsillo.

 

Mapa dibujado por un turista

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Estuve en Cuba entre el 23 y el 29 de marzo: demasiado tarde para coincidir con Barack Obama pero a tiempo para ver a los Rolling Stones. En el número de junio de Letras Libres aparecerá una crónica cuyo eje es el concierto. Sin embargo, no quise dejar fuera algunas notas que tomé durante el viaje:

Esculturas para levantar el ánimo

En la Plaza de la Revolución, frente a la icónica imagen del Che, el visitante puede ver el relieve escultórico de Camilo Cienfuegos en la fachada del Ministerio de Comunicaciones. Tres palabras acompañan a la imagen: «Vas bien Fidel». Da qué pensar que la frase más significativa de un héroe forjado en el seno de la lucha armada, sea el equivalente al «Cámara, maestro» con que algunos de mis amigos concluyen sus conversaciones por WhatsApp. Patricia Nieto, editora de Letras Libres, me dice que el asunto sería tan vergonzoso como que, para honrar su memoria, la posteridad recogiera la frase que con más frecuencia ella escribe: «Hola, ¿recibiste mi mail?»

La leyenda cuenta que «Vas bien Fidel» ni siquiera surgió de una iniciativa del propio Cienfuegos, en el entendido de que haya llegado un sábado en la mañana a decirle al resto de la tropa: «Amigos, amigos, se me ha ocurrido algo». Se supone que el mismo Fidel preguntó «¿Voy bien, Camilo?», lo cual reduce la capacidad verbal de Cienfuegos a responder una oración de tres palabras con otra de una extensión similar.

MJ se pregunta si el absoluto desprecio de las comas vocativas también es un logro de la Revolución. Podría ser. Lo único que nos queda claro es que siempre que un amigo tenga continuos momentos de desasosiego, podemos sugerirle construir una escultura gigante que le diga que lo está haciendo mejor de lo que piensa.

No busco puros ni PPG, solo una maldita conexión a internet

En Cuba, la comunicación puede llegar a ser un dolor de cabeza. En principio de cuentas, para tener servicio de internet, uno necesita comprar unas tarjetas de la empresa estatal Etecsa. El procedimiento se parece mucho al modo en que mi generación aprendió el concepto de «telefonía móvil»: rascando una ficha con una moneda. El segundo problema es hallar un sitio con wifi (tan escasos en Cuba que las profecías recomiendan fundar un pueblo y, posteriormente un imperio, ahí donde lo encuentres). MJ y yo llegamos al hotel Habana Libre, donde, según nos habían comentado, el milagro de la red podía acontecer ese día. Sin embargo, el servidor había caído en desgracia y no se tenían pronósticos optimistas para esa mañana. Una persona amable nos dijo que quizás en el restaurante de enfrente pudiera haber señal. La había, en efecto, pero nadie tenía tarjetas. Al ver nuestra desesperación, una señora que estaba en el restaurante solo señaló, sin decir palabra alguna, a un grupo de jóvenes que se encontraban en los alrededores de un arriate, del otro lado de la calle. Nos acercamos. Al menos unas treinta personas, entre extranjeros y cubanos, se encontraban mirando sus celulares con los audífonos puestos, que es más o menos un paisaje típico de Occidente y por eso no nos habíamos percatado de lo excepcional que era en este contexto. Uno de los chicos, de no más de dieciocho años, nos hizo el ademán de un cuadrado pequeño que podía significar, según la imaginación de cada quien, una tarjeta, un paquete de coca o una placa para cultivar bacterias. Le dijimos que sí, casi sin pensar. De la funda de su smartphone sacó una tarjeta que en realidad era un papel mal impreso con una clave. Entendí de repente que aquella transacción podía compararse más con la compra de un acta de nacimiento que con la de un disco pirata. Volvimos al restaurante. Por un momento MJ y yo temimos haber sido estafados, pero la contraseña funcionó. La señal de la red era débil como nuestro optimismo y se extinguió apenas MJ y yo pudimos corroborar con una amiga que nuestra gata Sunny estaba en buen estado.

—¡Son héeeeeroes! —gritó MJ desde el interior del restaurante a los chicos que vendían tarjetas.

Los vendedores que odiaban tu falta de vicios

—Niño, ¿a ti no te interesa una caja de diez puros por diez pesos? —me dice una señora en las escalinatas del cine Yara—. Mira que no vas a encontrarlos a mejor precio.

—No, señora, gracias. No fumo.

—Mira que cada uno viene con su sello.

—Es que no fumo.

—Pero para tus familiares.

—Tampoco fuman.

—Para regalar a tus amigos.

—No quisiera que fumen.

—¿Para qué vienes tú a Cuba si no te llevas unos puros?

—Es que no me gusta el olor de los puros.

—Bueno, niño, ¿y un cucurucho de maní no te interesa?

Veinte mil reglas para el viaje submarino

MJ me había prometido que la experiencia de esnorquelear, en medio del silencio y rodeado de peces, «cambiaría mi vida» y le creí. Viajamos veinte minutos de Matanzas a Playa Coral, a fin de conocer los arrecifes, pero, bajando del taxi, uno de los instructores nos dijo que estaban a punto de irse a su casa.

—Es una pena, no sabía que cerraban a las cuatro.

—Miren, amigos, podemos rentarles el equipo y ustedes se lo dejan al cuidador cuando terminen.

Nos pareció una magnífica idea.

—¿Los dos saben nadar?

MJ y yo respondimos al mismo tiempo:

—Específicamente, ¿qué estamos entendiendo por «nadar»?

—Él no sabe.

—En esta playa tenemos tres reglas —precisó—: uno, usar chaleco salvavidas; dos, cuidar el equipo que les rentamos; tres, ser acompañados los primeros diez minutos por el instructor. ¿Saben por qué? Por que si entran solos pueden toparse con esto.

Entonces apuntó a una de las fotografías de corales que se encontraban en un pendón.

—Esto, amigos, es el PELIGROSO CORAL CEREBRO. Desde el momento en que ustedes lo tocan empiezan a sentir como si les arrancaran la piel. ¿Entendido?

Yo no necesitaba mayores estrategias disuasorias, pero el instructor pensó que sería más convincente si señalaba un hecho en concreto.

—Miren a esa niña. Esa niña que está allá no hizo caso a las reglas y véanla ahora llorando.

Al mismo tiempo que el hombre nos advertía de los peligros de desobedecer las normas de la playa, un joven estadounidense pasó corriendo hacia el mar.

—¡Oiga, las reglas! —gritó el instructor, antes de volver a nuestra conversación—. Esa gente cree que puede venir aquí a hacer lo que quiera. Pero esta no es playa privada, sépase usted. Aquí el que manda es el Estado.

La izquierda necesaria

—Para que algo funcione en Cuba hay que hacerlo «por la izquierda» —me dice un taxista mientras conduce hacia el Bosque de La Habana.

—¿Y eso cómo es?

—A espaldas del gobierno.

Publicado originalmente en Letras Libres.

Rulfo, Arreola, Carballo y Chumacero entran a un bar

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Seis versiones poco difundidas sobre la redacción de Pedro Páramo (la número cinco hará que te desmorones como un montón de piedras):

1. Juan Rulfo había escrito una novela sobre un pianista ciego que se enamoraba de una prostituta. Alí Chumacero se deshizo del pianista y puso en su lugar a un cacique. Antonio Alatorre borró adjetivos y agregó sustantivos para que el escenario original de la historia, un burdel porfiriano, tuviera más aspecto de pueblo de almas en pena. Carballo quitó de la trama al matador de toros y lo sustituyó por un hijo que busca a su padre. Arreola oprimió la opción «Aceptar todos los cambios».

2. Rulfo es el autor absoluto de Pedro Páramo. Los personajes, la organización narrativa, cada una de las frases son fruto de su genio. Escribió la novela, la tallereó consigo mismo, corrigió estilo, escribió su propio dictamen para el FCE. Diseñó la portada y la tipografía de las páginas interiores. Decidió sobre el tipo de papel y la forma de distribuir los ejemplares. Finalmente, financió con sus ahorros la edición príncipe y compró el primer ejemplar.

3. Pedro Páramo es en realidad producto de la tradición oral. Su estructura fragmentaria y el sorprendente virtuosismo de sus diálogos así lo confirman. «Juan Rulfo» es apenas el nombre con que hemos decidido llamar a un grupo de rapsodas que, por generaciones, han ido de pueblo en pueblo cantando las hazañas de un cacique. Tampoco tenemos total seguridad de que Chumacero, Carballo, Arreola y al menos trece de los quince ganadores del Premio Juan Rulfo hayan existido alguna vez.

4. Arreola le escribía sus obras a Rulfo que le escribía sus poemas a Chumacero que le escribía sus reseñas a Carballo que le escribía sus estudios áureos a Alatorre que impartía las clases de Batis. Arreola fue olvidado, Rulfo reeditado, Chumacero homenajeado, Carballo denostado, Alatorre reivindicado y Batis jubilado.

5. A causa de la peste bubónica que azotó la ciudad de México en 1955, Juan Rulfo, Emmanuel Carballo, Alí Chumacero, Juan José Arreola y Mary Shelley se refugiaron en la casa que Lord Byron poseía a las afueras de Zapopan. Con el fin de entretenerse acordaron que cada uno contaría una historia de terror. Un futuro clásico del género de fantasmas nació en el cumplimiento de dicha tarea: Protagonistas de la literatura mexicana.

6. Existen, al menos, cinco borradores de Pedro Páramo. Rulfo entregó uno al Fondo de Cultura Económica, otro al Centro Mexicano de Escritores, uno más a Arreola, otro a Chumacero y el último a un burócrata de la CIA, que para entonces ya le daba dinero. En apariencia los borradores tienen leves diferencias entre sí, pero un análisis más riguroso revela que en realidad se trata de cinco novelas distintas: una es de carácter simbólico; otra, sobrenatural; otra, policial; otra, psicológica; otra, comunista. Se desconoce aún cuál es la que llegó a las librerías.

Publicado originalmente en Letras Libres.

Juzgando libros por sus portadas

1. Si reúnes algunas portadas de Rubem Fonseca, logras una secuencia:

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2. Al parecer, Rosario Castellanos solo tenía dos tipos de personajes:
a) Mujeres de chal que cargan cosas
b) Mujeres que esperan frente a una ventana.

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3. Se abren las apuestas acerca de quién seguirá ahora:

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4. ¿No les ha pasado que quieren comprar el primer libro y, por error, terminan comprando el segundo?

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5. Una petición en change.org para que ya dejen a Arcimboldo en paz:

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Volver a la trama

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Por MICHAEL CHABON

Imaginemos que, en algún momento alrededor de 1950, se hubiera decidido, colectivamente, informalmente, poco a poco, aunque de modo definitivo, proscribir del canon del futuro cualquier clase de novela salvo el nurse romance: la novela romántica protagonizada por enfermeras. No solamente del canon de la crítica sino también de las librerías y las bibliotecas. A nadie le pagarían, ni lo publicarían, ni lo tomarían en cuenta los dioses de la literatura si osara escribir cualquier tipo de ficción que no fuera un romance con enfermeras. Gracias al orgullo y la gran fe que siento por la brillantez, el rigor y la diversidad de los escritores estadounidenses del último medio siglo, creo que de esta decisión extraña, en ese país hipotético, habrían salido al menos una docena o más de auténticas obras maestras. La enfermera del Blitz, de Thomas Pynchon, por ejemplo, o Ruth Puttermesser, enfermera, de Cynthia Ozick. Pero imagino, sin embargo, que este subgénero particular ya estaría un tanto desgastado para este momento; cualquier subgénero, incluso uno menos limitado en sus elementos y posibilidades que el del romance con enfermeras. Durante el último año, en ese mundo extraño y disminuido, hay alguien, en algún lado, que ya debe haber cerrado su ejemplar de El doctor Kavalier y la enfermera Clay de Michael Chabon con un suspiro de hartazgo y exclamando: «¡Seguro, seguro que una novela puede hacer más que esto!»

En vez de «la novela» y «el romance con enfermeras», intente este pequeño experimento con «el jazz» y «el bossa nova», o con «el cine» y «las comedias sobre un “pez fuera del agua”». Ahora vaya e inténtelo con «el cuento» y «las historias de ambiente contemporáneo y cotidiano, sin trama, con revelación en un “momento de la verdad”».

De pronto usted se encuentra de vuelta en su propio universo.

Está bien, lo confieso. Yo soy ese lector aburrido, en ese mundo limitado, y estoy cerrando mi libro con un suspiro; solo que el libro es el mío, y está lleno de mis propios cuentos, sin ningún argumento y cubiertos de rocío epifánico. Una crisis (palabra muy querida por los tediosos hacedores de discursos) en mi actitud hacia mi trabajo cuentístico fue en gran medida la causa que me hizo retroceder en la corriente del tiempo alternativo, de vuelta al mundo como era antes de que se tomara esa decisión fatal y perversa.

Hasta 1950, si yo hablaba de «narrativa breve» podía referirme a cualquiera de los siguientes tipos de historias: cuentos de fantasmas; cuentos de detectives; también historias de suspenso, terror, fantasía o de lo macabro; el cuento de marinos, de aventuras, de espías, de guerra o histórico; el cuento de romance. En otras palabras: cuentos con trama. Un vistazo a cualquier polvosa antología en rústica de cuentos clásicos prueba la verdad de esta afirmación, pero lo más sorprendente son los nombres de los autores de estos textos tremendos: James, Balzac, Maugham, Conrad, Twain, Wharton, Coppard, Faulkner, Graves, Cheever, Poe. Todos eran pesos pesados, y en algunos, considerados entre los gigantes del modernismo, fuente de la historia con ese «momento de verdad» que, como el Homo sapiens, apareció relativamente tarde en escena aunque se las ha arreglado con rapidez para eliminar a todos sus rivales.

La narrativa breve, en toda su rica variedad, se publicaba no solo en las revistas baratas que nos dieron a Hammett, Chandler y Lovecraft, entre otros pocos escritores más o menos consagrados hoy dentro del canon, sino también en las grandes y elegantes revistas de aquel tiempo: The Saturday Evening Post, Collier’s, Liberty e incluso The New Yorker, orgulloso bastión del cuento con «momento de verdad» que solo en fechas recientes, y no sin controversia, hizo espacio en sus augustos anales para autores como Stephen King, el último maestro del cuento con trama. Con mucha frecuencia esos cuentos tenían bastante historia y color para ser base de un largometraje de Hollywood. Adaptados para el cine y la radio algunos como «La pata de mono», «Lluvia», «El juego más peligroso» o «Incidente en el Puente del Búho» han sido imitados y parodiados, y han visto sus átomos dispersos en la corriente general de la imaginación nacional y el dominio público.

Hace unos seis meses, hablaba de todo esto con el señor Eggers, el editor de McSweeney’s, y le decía cosas como: «De hecho, Dave, las historias de horror son pura psicología» o «Todos los cuentos, en otras palabras, son cuentos de fantasmas, relatos de visitaciones y reconocimientos de las huellas del pasado». Envalentonado por el hecho de que aún no lo había dejado inconsciente del todo, seguí diciendo que mi mayor sueño en la vida (aparte de oír «Dust in the wind», de Kansas, interpretada por un mariachi) era publicar algún día una revista propia, una que reviviera las variedades perdidas del cuento, tradición que yo entendía como la de grandes escritores escribiendo grandes historias. Publicaría trabajos de autores «no de género» —que como yo se encontraran a disgusto con las restricciones de la proscripción— y de maestros reconocidos de novelas de subgéneros, de los que cincuenta o sesenta años atrás hubieran publicado cuentos con regularidad, pero ahora no tuvieran un mercado amplio o más espacios abiertos para textos breves. Y pondría también una novela por entregas, para que la tradición llegara a los días de The Strand y Argosy. Y…

«Si te dejo ser el editor invitado de un número de McSweeney’s», dijo el señor Eggers, «¿podríamos, por favor, dejar de hablar de esto?»

Este Espectacular de cuentos (McSweeney’s Mammoth Treasury of Thrilling Tales) es el resultado de aquel noble gesto. Dejo que el lector decida si el experimento tuvo éxito. Sí diré, sin embargo, que mientras estuvieron trabajando en sus historias, muchos de los escritores aquí reunidos me contaron, vía alegres mensajes de correo electrónico, que ya habían olvidado lo divertido que puede ser escribir un cuento. Creo que también hemos olvidado lo divertido que puede ser leer un cuento, y espero, en el peor de los casos, que esta colección nos aproxime, aunque sea un poco, a recordar esa verdad perdida, pero fundamental.

Presentación a Espectacular de cuentos (Castillo, 2015).

Traducción de Alberto Chimal y Raquel Castro.

Si la vida te da la oportunidad de escribir algo llamado “la mamá de Marx” no la desperdicies

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Los últimos meses he abrumado a mis contactos de Facebook con información acerca de Karl Marx: testimonios sobre lo peludo que se veía, su opinión sobre los gatos, el coqueteo con que pretendía convencer a Feuerbach de escribir en su revista o aquella intensa carta donde Jenny, su mujer, le dice que, con frecuencia, se lo imagina sangrante y mutilado, y que esa imagen le provoca una enorme dicha. Sucede que hace un par de días, mi mamá compartió en Facebook este comentario mío de tendencia marxista:

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y el asunto me hizo pensar que no había hablado de la mamá de Marx, una señora a la que el propio Karl se encargó de menospreciar y dibujar como si se tratara de una vieja avara, insensible a las necesidades de su hijo. 

Henriette Marx (1788-1863) ha tenido muy mala prensa entre la mayor parte de los biógrafos del filósofo: se ha dicho de ella que era «modesta, incluso primitiva», que «estaba obsesionada con la salud de los miembros de su familia», que no tenía educación y que se había resistido a entregar a Karl un adelanto de su herencia solo por mezquindad. Esa descripción no es del todo exacta como suele suceder con los retratos que hacen de sus madres algunos adolescentes enojados con la disciplina. Lo sorprendente en el caso de Karl es el claro resentimiento que sacaba a flote cada que podía. En una carta de enero de 1863, lamenta la muerte de Mary Burns, la esposa de Engels, en estos términos: «¿Acaso el lugar de Mary no debería haberlo ocupado mi madre, que en cualquier caso es propensa a las enfermedades y cuya vida ya se ha alargado lo suficiente?» Y bueno, se suponía que le estaba dando el pésame a su amigo.

En su admirable biografía de Marx, Jonathan Sperber ha querido formar una imagen mucho más equilibrada de la madre, atendiendo al contexto histórico. En primer lugar, habría que tomar en cuenta que Henriette provenía de una estirpe acaudalada y que fue su generosa dote la que permitió al padre de Marx ejercer su profesión y fundar una familia de nueve hijos. No es que se aferrara a sus posesiones, como que las posesiones deberían garantizar el bienestar de sus otros vástagos (prueba de que no se equivocaba en sus cálculos es que pudo proveer, ya viuda, la dote de sus tres hijas y aun así conservar una renta anual muy respetable). Tampoco es incomprensible su obsesión por la salud de su prole: cuatro hijos suyos murieron de tuberculosis. Por otra parte, a pesar de que Marx la despreciaba «por inculta», la realidad es que aprendió alemán hasta los veintiséis años (porque su lengua original era el holandés) y, en esas condiciones, su nivel de alfabetización era superior a la media.

Marx le dijo alguna vez a Arnold Ruge, un compañero de los Jóvenes Hegelianos: «mientras viva mi madre, no tengo derecho a acceder a mi fortuna», una afirmación no solo injusta sino legalmente sin fundamento. Daba la impresión de que Marx no quería una madre sino un Engels. La herencia del padre, por ejemplo, fue repartida con estricto apego al Código Napoleónico, pero las deudas acumuladas por Marx superaban su parte de la herencia, por lo que técnicamente no recibió nada. Por otro lado, la madre le brindó recursos, en la forma de préstamos, a fin de que el joven Karl terminara sus estudios y consiguiera un trabajo. Y he ahí algo que quizás explique la larga cadena de rencores. Según Sperber, Marx dio por sentado que su padre viviría más años de los que en realidad vivió y, después de su muerte, supuso «que en algún momento tendría un empleo estable y bien remunerado. En parte debido al contexto económico general, pero principalmente por el radicalismo intelectual y político de Marx, este [último] supuesto nunca se materializó».

Quizás el único estereotipo que encajara por completo en el retrato de Henriette Marx como madre judía haya sido el de «calculadora». Murió un 30 de noviembre de 1863, a la misma fecha y hora del aniversario 49 de su boda. «Tal y como ella lo había previsto», en palabras de Karl.

Cuando Marx tenía diecisiete años y era un estudiante de la Universidad de Berlín, Henriette le dio los siguientes consejos:

«Déjame decir, querido Carl, que jamás deberás considerar la limpieza y el orden como algo secundario, pues la salud y la alegría dependen de ellos. Sé estricto en que frieguen el suelo de tu cuarto con frecuencia y establece una hora determinada para que lo hagan; y por lo que a ti respecta, querido Carl, lávate una vez a la semana con esponja y jabón. ¿Cómo te arreglas con el café, lo haces tú mismo?»

Si no estoy exagerando, se trata de unas recomendaciones absolutamente necesarias para todo aquel que quiera derrocar el orden social existente.

Erotismo, porno en sepia

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En 2015, el cantante Morrissey, personaje imprescindible para la educación sentimental de miles de personas alrededor del planeta, recibió el Bad Sex in Fiction Award, el galardón que cada año distingue a las peores escenas de sexo aparecidas en lengua inglesa. Una rápida revisión a List of the lost, la novela con la que se hizo acreedor a semejante reconocimiento, es suficiente para convencer a cualquiera de que, a diferencia de otros galardones, en esta ocasión se hizo justicia: «Los senos de Eliza —se lee en alguna parte del libro— giraron por la aullante boca de Ezra y el doloroso frenesí de su saludo protuberante extenuaba su emoción, mientras golpeaba cada músculo del cuerpo de Eliza, excepto por la zona central.»

Nadie está muy seguro de si esto pretendía ser erótico pero la constante sospecha de que hay algo sexual detrás de palabras como extenuante, doloroso y protuberante nos hace pensar que esa era la intención. Sin embargo, los tropiezos de Morrissey no parecen ser un hecho aislado sino acaso la temible constante en el terreno literario. Desde hace más de una década, la lista de nominados al Bad Sex in Fiction Award no deja de sorprender: Aleksandar Hemon, Joshua Cohen, Erica Jong, George Pelecanos, Haruki Murakami, Michael Cunningham. No son en absoluto malos narradores y, en algunos casos, se trata de autores que han demostrado su capacidad para hablar de conflictos morales o persecuciones en coche, pero que han fracasado al momento de poner algo de ambiente y vivacidad a los encuentros sexuales.

No se trata, como pudiera pensarse, de un asunto exclusivo de autores no eróticos. En Emmanuelle, de Emmanuelle Arsan, un clásico del género cuya saga fílmica transitó sin aspavientos de la jungla al espacio sideral, encontramos descripciones como la siguiente: «El hombre la había cogido por las caderas, por detrás. Introdujo una pierna entre las de Emmanuelle y penetró en ella con una acometida rectilínea, irresistible, que facilitaron tanto la absoluta rigidez de su pene como la humedad del sexo de Emmanuelle.» ¿Qué es lo que en realidad sucede con una escena de este tipo? No es, quizás, que la narradora no haya sabido nombrar a cada parte del cuerpo como que cada una de esas partes aparezca acompañada más o menos de los mismos adjetivos y ejecutando acciones muy parecidas. Si uno busca en los vastos archivos de literatura erótica, los penes solo pueden ser descritos como «rígidos» del mismo modo que los compromisos solo pueden ser «firmes» en los discursos gubernamentales. Las espaldas se arquean todo el tiempo, los pechos se bambolean cada diez páginas. Incluso la inercia se mantiene al nivel de las historias: alguien termina viendo cómo dos desconocidos se aparean, hay un momento incómodo en un tren, echada en la hierba una chica habla de sus sentimientos:

«—¡Me estás matando! —gritó la mujer.» (El semental negro, de Narcissa Brown).

«—¡Me haces daño! —exclamó ella.» (Deliciosamente libertinas, de Georges Bernard).

Para ser la cosa que, según Sigmund Freud, está moviendo al mundo, el coito parece algo bastante aburrido y artificial si solo tomamos en cuenta la cantidad de malas escenas sexuales que pueblan los libros. Chesterton decía que era urgente escribir un ensayo acerca de las «buenas historias echadas a perder por los grandes escritores» y es una verdad universalmente aceptada en que en ese ilustre repertorio el sexo tendría que ocupar un lugar sobresaliente, lo cual entraña una inquietante paradoja. Consideremos, en primer lugar, que hay situaciones que exigen un enorme esfuerzo imaginativo para el escritor: el comerciante que amanece convertido en un insecto o la invasión napoleónica en Rusia son buenos ejemplos porque no se trata de hechos que sucedan todo el tiempo. Sin embargo, ¿por qué es tan difícil que alguien describa, al menos de manera efectiva, un encuentro sexual? Uno esperaría que el sexo, a diferencia de digamos atrapar una ballena blanca, resulte familiar para un buen número de escritores, pero los magros resultados en las descripciones eróticas me hacen pensar que esa aparente obsesión por considerar a la cópula como un asunto excepcional es parte del problema.

Como en aquella lamentable escena en la película Watchmen, tenemos la superstición de que toda cogida se redime si pones «Hallelujah» de Leonard Cohen en los altavoces. Pero hay algo más feo todavía: una extendida creencia de que la literatura consiste en echar mano de esa clase de trucos para lograr cierta poesía o, al menos, cierto filtro sepia en la imagen para que nada parezca en realidad tan chabacano. Mario Vargas Llosa ha llamado «erotismo» a esas estratagemas, cuya mayor virtud es «sublimar el placer físico rodeándolo de rituales y refinamientos que llegan a convertirlo en obra de arte» y por tanto «no es abusivo decir que el erotismo representa un momento elevado de la civilización y es uno de sus ingredientes determinantes». Todo eso suena muy bien en un artículo de opinión hasta el momento en que recuerdas que Vargas Llosa imaginó una escena de Elogio de la madrastra de este modo: «Con los ojos entrecerrados, las manos detrás de la cabeza, adelantando los pechos, [Lucrecia] cabalgó sobre ese potro de amor que se mecía con ella». No existe obra maestra –ni siquiera La guerra del fin del mundo– que te exima de haber usado la expresión «potro de amor» alguna vez en la vida.

La bonita película pornográfica Two Hearts, dirigida por Gloria Leonard y estelarizada por Racquel Darrian, presenta a un sujeto que tiene tatuado el sentido de la vida en su pene. La trama gira en torno al modo de volver legible tan trascendental mensaje, a fin de satisfacer las inquietudes existenciales de media humanidad. Un grupo de chicas decide poner a tono al protagonista con el propósito de obtener dicha revelación por caminos poco ortodoxos (o muy ortodoxos, según se vea). Este no es lugar para contar si las damas en cuestión logran o no su cometido, pero baste decir que la tentativa consume dos horas de video. Aunque parezca una premisa ridícula, Two Hearts ilustra a la perfección el principal problema de la literatura erótica: está obsesionada con buscar una epifanía cada que alguien coge.

Cuando en la novela de Matthieu Delcourt, Castigos voluptuosos, la joven Angelita, siguiendo la pista de unos ruidos extraños en el cuarto de al lado, descubre a su hermano Jacques y a la desvergonzada Josette en pleno acto, necesita demostrar una capacidad de conmoción semejante a la que experimentó San Agustín cuando vio por primera vez a San Ambrosio leer en silencio. Es decir, a partir de una idea bastante difundida de lo que debe ser la literatura erótica, el narrador se esfuerza en cada línea por dejar en claro que ese momento estaba definiendo la vida de la protagonista. El cuerpo se humedecía, los pensamientos se agolpaban, el tiempo corría más lento. En fin que todo se transfiguraba y era sagrado.

A mi parecer, uno de los principales problemas de todas esas escenas es que nadie tiene muy claro cuál debería de ser el efecto en el lector. ¿Excitarlo? ¿Obligarlo a reconstruir cada uno de los movimientos corporales en su imaginación? ¿Llevarlo de la mano hacia las motivaciones psicológicas de los personajes? ¿Hacerlo sentir complacido por identificar tal o cual referencia mitológica? Es posible que el sexo de la vida real concentre simultáneamente más de una reacción, incluido el fastidio, pero algo ha fallado en una buena parte de la literatura erótica que no ha sabido trasmitir esa complejidad. A cada rato da la impresión de ser demasiado grave, de dirigir todos sus recursos a simplificar el mundo.

«El deseo sexual del hombre —se asegura en las Memorias de un librero pornógrafo de Armand Coppens— es, con mucho, superior al acto en sí. La mayoría de los hombres están decepcionados en relación a sus expectativas, y pienso que esta frustración explica la constante popularidad de la literatura erótica.» Y sin embargo, las expectativas humanas respecto a todos los demás aspectos de la vida no son menos difíciles de llevar a cabo y eso no explica en absoluto la necesidad de literatura, sea esta de corte erótico, marítimo, metaficcional o cualquier otro. De hecho, la insatisfacción con la realidad en nada aclara por qué nos interesan las vidas de seres más miserables que nosotros, de pescadores que llevan 84 días sin coger un pez a animales que instauran un régimen totalitario en una granja.

«El mundo nace cuando dos se besan», dice el poeta. Y así sucede en la medida en que aceptemos que ese mundo que nace es notablemente más complejo de lo que los escritores eróticos han querido retratar. El sexo importa, eso es verdad, a pesar de que no hemos sabido describir el modo en que llega a ser tan importante. El problema que tengo con la literatura erótica es que constriñe al mundo en unas cuantas convenciones, adjetivos como «húmedo» o verbos como «empalmarse», y en historias en donde a menudo un hombre de mediana edad le enseña a una adolescente placeres que buscan ser insospechados pero son más bien fantasías tópicas que se extienden por una veintena de páginas. Rodeado de ese halo de que quiere ser arte, transgresión y ejemplo de sutileza, el erotismo termina por ser tremendamente serio, por no decir, frecuentemente predecible. Con el porno, en cambio, el resultado es más efectivo: al menos, en su mediocridad, solo pretende ser sucio.

Publicado originalmente en Lee+.