La narrativa según E. L. Doctorow

Doctorow

La narrativa, ya sea escrita en forma de novela o de texto dramático, constituye una estructura reveladora de hechos. Comunica lo visible con lo invisible, el presente con el pasado. Presenta la vida como algo con trascendencia moral. Distribuye el sufrimiento para que sea soportable. Ante el escéptico que no consideraría la narrativa un medio de conocimiento digno de crédito, el escritor podría aducir que en un tiempo lejano no existía más que narrativa, y que entre lo real y lo inventado no había más diferencia que entre lo hablado y lo cantado. La religión, la ciencia, la simple comunicación inmediata y la poesía se fundían en la intensa percepción de una metáfora. La narrativa fue la primera depositaria del conocimiento humano. Fue tan importante para la supervivencia como una lanza o una azada. El narrador practica la manera antigua de acceder al conocimiento, el discurso total anterior a todos los vocabularios específicos de la inteligencia moderna.

En Creadores.

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Para leer el Diario de Reyes

extra, libro

Resulta difícil hablar de Alfonso Reyes sin recurrir a algunas hipérboles. Son especialmente significativas aquellas que se refieren a la imposibilidad física de su lectura: «inabarcable», se ha dicho, por ejemplo. Y la manera en que se publican volúmenes para ensanchar su bibliografía perece ser una manera de validar el adjetivo. De 2010 a la fecha han aparecido cinco de los siete tomos correspondientes a su Diario. Sus editores lo han definido como el «testimonio monumental de la vida íntima, literaria, diplomática, política y académica del gran humanista regiomontano». Y eso será verdad en la medida en que entendamos «monumental» teniendo en mente solo dos de los siguientes méritos:

1. el esfuerzo que representa la coordinación de ocho instituciones (la UNAM, El Colegio Nacional, El Colegio de México, la UANL, Conaculta, la Academia Mexicana de la Lengua, la UAM y el FCE) y las labores de edición de un número igual de especialistas: Alfonso Rangel Guerra, Adolfo Castañón, Jorge Ruedas de la Serna, Alberto Enríquez Perea, Javier Garciadiego Dantan, Víctor Díaz Arciniega, Fernando Curiel Defossé y Belem Clark de Lara;

2. el valor que, en términos historiográficos, de investigación literaria y de puntaje académico, representa tener al alcance de la mano los quince cuadernos donde Reyes había llevado un registro minucioso de su vida entre 1911 y 1959;

3. un libro avasallador, importante, imponente, en el sentido humano y literario.

A todas luces el Diario es una esmerada edición crítica –unas 2,240 páginas hasta el momento– que sigue con puntualidad los manuscritos de Reyes y que consigna en su abultado aparato de notas toda clase de explicaciones (algunas más pertinentes que otras). En el número de agosto de Letras Libres detallo por qué esta edición puede servir no solo para discutir el papel del editor de un diario sino la manera en que hemos estado publicando (y leyendo) a Reyes.

Una vez resignados a que el lector profano no encontrará entrada tras entrada la riquísima prosa de Reyes, pero tampoco miradas constantes a su vida íntima ni un descenso a su mundo interior, que no habrá en estas páginas un retrato penetrante, o al menos indiscreto, de la vida literaria de la época ni las reflexiones sobre el arte o los Altos Asuntos que podrían trazar una suerte de autobiografía intelectual, ¿para qué leer este Diario?

Aventuro tres posibilidades:

1. Para hallar, después de una exhaustiva búsqueda y tomándonos algunas libertades interpretativas, aquello que siempre buscamos en los diarios literarios. Por ejemplo, el retrato de un autor durante su proceso de escritura. En el caso de Reyes podríamos asegurar que los pasos seguidos para escribir Capítulos de literatura española según las entradas de finales de marzo y principios de abril de 1938, fueron los siguientes:

Lunes: «Concluí anoche de organizar la serie Capítulos de literatura española, con la que estoy trabajando desde ayer, después del cine, y hoy desde las 5 a. m.» Martes: «Trabajando desde las 5 a. m. en mis capítulos de historia de la literatura española.» Miércoles: «Antes de las 4 a. m. me levanto a trabajar en mis Capítulos. […] Trabajo nocturno: Literatura españolaLunes siguiente: «Trabajé en libro de Capítulos de literatura española hasta cuatro y media madrugada.» Martes: «Trabajo en Capítulos de literatura española.» Miércoles: «Capítulos de literatura españolaMartes siguiente: «Sigo con los Capítulos de literatura española, muy adelantado. […] De noche, acabé de copiar Capítulos de literatura española: primera serie.»

Que es, si sabemos leer con ironía, una prefiguración de aquel original informe que la matemática Julia Robinson presentó acerca de su trabajo semanal en el laboratorio de estadística de la Universidad de Berkeley (a donde había ido a parar debido a las políticas sexistas de la institución):

Lunes, intento demostrar un teorema. Martes, intento demostrar un teorema. Miércoles, intento demostrar un teorema. Jueves, intento demostrar un teorema. Viernes: teorema falso.

2. Para intervenir, intoxicados de experimentación, muchas de sus entradas y encontrar en el ejercicio una versión revitalizada de Reyes. Así, algunos momentos propios de un señor conservador pueden terminar convertidos en poesía contemporánea:

1 de agosto de 1933
La terrible crisis de la salud
(persiste en el sexo).
Los cuidados médicos.
Las malas noches.
Estados de furor.
Arreglos de oficina para dejar
A De la Lama
De encargado de negocios
Ad interim.
La compañía de los Aguirre.
La eterna memoria que no se acaba de copiar.

3. Para convencernos, página tras página, de que se trata de una obra valiosísima que, sin embargo, difícilmente recomendaríamos a un amigo.

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La palabra con R

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Ilustración: Luis Mario Sarmiento / Diez4.

Primero la advertencia: «Esto puede sonar políticamente incorrecto», «En absoluto se me puede considerar un homófobo», «Me gustaría empezar precisando que no soy un misógino». Lo que sigue a presentaciones de este tipo, sin embargo, termina por parecerse mucho a un comentario misógino, racista u homofóbico de alguien que no quiere hacerse responsable. Ya lo observaba el cómico Louis CK: «Lo que más me ofende es oír “la palabra con N”. No la palabra nigger, por cierto. Siempre que una mujer con lindo pelo de CNN dice la “palabra con N” es sólo una persona blanca que se sale con la suya diciendo nigger sin decirlo […] Tú dices “la palabra con N” y yo pienso “Oh, quiere decir nigger“, ¡y me haces decirla a mí en mi cabeza! ¿Por qué no dices tú la jodida palabra y tomas la responsabilidad?»

La anterior es una descripción más o menos certera de lo que sucede con Nicholas Wade —divulgador científico y antiguo editor de la prestigiosa revista Nature—, quien el año pasado publicó Una herencia incómoda, y cuya entrevista en El País se titula precisamente «No soy racista». El libro promete, desde la contratapa y las notas que se le han dedicado, una discusión amplia y apasionada, llena de epítetos groseros, entre quienes consideran que acude a tesis racistas y los que piensan que en realidad sostiene una posición polémica, pero valiente si tomamos en cuenta el clima de corrección política que impera en la actualidad. Su afirmación central es que las diferencias entre razas son más profundas que los simples rasgos físicos y que esas diferencias han marcado el comportamiento social y la historia más allá de lo que los científicos ortodoxos estarían dispuestos a aceptar. ¿Explican los genes los problemas que tienen ciertas comunidades para consolidar una democracia? ¿Está en los genes que tantos ganadores del Nobel sean judíos? Hay un consenso entre científicos sociales de que las diferencias entre poblaciones han sido principalmente determinadas por la cultura más que por la herencia genética, pero Wade asegura que esa postura obedece más a razones políticas que científicas. Estamos tan temerosos de resucitar la idea de raza, nos dice, que fingimos que no existe.

La polémica línea sobre la que hace equilibrio el libro de Wade no ha pasado inadvertida: 139 científicos firmaron una carta pública, algunos para deslindar sus investigaciones de las conclusiones del periodista y otros para advertir lo «peligroso» que resulta un trabajo de esas características. Wade a su vez denuncia una conspiración política para desacreditar su obra y ha aprovechado esa hostilidad institucional para empeñarse en que existe un temor predominante a tratar el tema. Para Wade la ciencia debe arrojar luz sobre verdades que pueden ser irritantes, pero que sería grave ocultar en aras de no parecer racistas. «La ciencia trata de lo que es, no de lo que debiera ser», afirma y aconseja no hacer una lectura política de su libro sino atenerse a las evidencias. Sin embargo es difícil evitar una lectura política de un libro que se llama «Una herencia incómoda» (en inglés: A Troublesome Inheritance) y que en más de una ocasión acusa a la comunidad científica de no adentrarse al tema de las diferencias raciales para no perder fondos públicos. Ya desde el primer párrafo vemos a un Wade retador: el conocimiento del genoma humano, informa, ha planteado muchas preguntas interesantes «pero embarazosas». Lo que sigue no es menos controvertido: si en otros tiempos el sesgo racista guio erróneamente la investigación científica, asegura en su presentación, es ahora esa necesidad por evitar el racismo lo que está obstaculizando el estudio del pasado evolutivo reciente.

(Los defensores de Wade lo ven un poco como el hombre que está haciendo las preguntas pertinentes en medio de un estado generalizado de cobardía. El alboroto, el desprestigio, las acusaciones son la consecuencia lógica de tomarse en serio ese carácter iluminador y subversivo de la ciencia. Es lo que sucedió con Galileo, ejemplifican, con Darwin. Sin embargo, la insistencia con que estos defensores alardean, el autor incluido, de ese carácter escandaloso de las ideas «revolucionarias» hace pensar más de una vez que confunden lo revolucionario con lo incendiario. Después de todo, El origen de las especies, una de las obras en verdad más revolucionarias de la historia, se llamaba así y no Aquí se va a armar un lío.)

Acudir a los genes para buscar explicaciones a fenómenos culturales no es una perspectiva nueva. Históricamente lo más común ha sido asociar las características fisiológicas a ciertas cualidades espirituales o psicológicas, a cierto destino histórico o económico. Algunos estudiosos han querido entender esas diferencias, no siempre con mala intención, pero demasiado cercanos al convencimiento de que su propia raza o género puede considerarse, de modo objetivo, el estándar para observar al resto del mundo. De la forma de los cráneos a las pruebas del coeficiente intelectual, esa necesidad de acudir a la biología para explicar las desigualdades sociales parece ser muy persistente en ciertos cerebros científicos, que si aventuramos hipótesis del mismo tipo, han pertenecido por lo común a hombres blancos.

Stephen Jay Gould ha dedicado un libroLa falsa medida del hombre— a describir y refutar las investigaciones racistas de este tipo, centrándose en aquellas que buscan demostrar que la inteligencia es medible y hereditaria. El recorrido es tan fascinante como vergonzoso: Paul Broca y la craneometría, Cyril Burt y el innatismo, Arthur Jensen y las investigaciones sobre la inteligencia de negros y blancos en busca de diferencias, la dupla Murray-Herrstein y su afirmación de que «los problemas de la baja capacidad cognitiva no se resolverán con la intervención de ayudas sociales». Un listado que puede enriquecerse con ejemplos que Gould retomó en trabajos posteriores: Ronald Fisher y sus indagaciones sobre la baja fecundidad de las élites modernas y Edward O. Wilson y la sociobiología. La discusión está lejos de haber sido superada, como demuestra la aparición de Una herencia incómoda, y las acusaciones y pruebas que aportan tanto quienes creen en la poderosa influencia de los genes como quienes la objetan, llevan a pensar que la cuestión seguirá sin zanjarse por un buen tiempo. Al fin y al cabo nunca faltarán señores que busquen demostrar que la supuesta igualdad entre seres humanos —una idea política esta sí revolucionaria y muy reciente respecto a cómo nos hemos conducido por siglos— es sólo una bella e ingenua utopía.

Gould ha identificado que todos esos intentos por explicar los comportamientos sociales desde la biología obedecen no sólo a cierto componente racista sino a una fe en el que las ciencias llamadas «duras» pueden aportar pruebas más consistentes que las ciencias consideradas «blandas». Colocar en una escalera jerárquica las ciencias del mismo modo que en otro momento se colocaron las inteligencias de negros y blancos parece ser una constante de quienes han promovido estos estudios. «Una jerarquía de las ciencias», detalla Gould, «que va de las ciencias fuertes a la débiles, de las cuantitativas a las cualitativas, de firmes a blandas, de la física al amplio dominio de las ciencias sociales pasando por la biología». ¿La genética finalmente va a dar la explicación incontrovertible de por qué las mujeres han estado en pocos puestos de poder, en pocas asociaciones científicas? Y después de eso, ¿qué sería capaz de competir con esas razones?, ¿una explicación basada en el átomo, en el baile de los electrones?

Wade ha pedido una y otra vez una lectura «desapasionada» de su libro, una revisión libre de «ideologías», pero lo ha hecho con una retórica muy similar a la de la «palabra con N» que critica Louis CK, una estrategia que traslada cualquier viso de racismo a la mente de quien lee. Wade es un poco la señora blanca de la CNN que quiere salirse con la suya, tras hacerse parte de esa camada de «nuevas víctimas de la corrección política» que han salido a la luz en años recientes, hombres blancos y viejos que un día reciben una avalancha de acusaciones por «atreverse a decir lo que piensan», en particular si eso que piensan demerita a mujeres y gente no blanca. Sucedió con el Nobel James Dewey Watson, cuando dijo que era «inherentemente poco optimista sobre los prospectos de África» porque «todas nuestras políticas sociales se basan en el hecho de que su inteligencia es igual a la nuestra, cuando las pruebas dicen que eso no es verdad». Previsiblemente, varias sociedades científicas lo vieron como un apestado y fue despedido de los consejos de algunas compañías. Lo que estas acciones ocasionaron también fue que Watson terminara pareciendo la víctima de un sistema ajusticiador, que lo condenaba por sus opiniones y no por sus méritos, cuando estaba más cerca de ser simplemente un cretino, eso sí: muy inteligente para estudiar la molécula de ADN. (Por otra parte, si Watson es incapaz de ver por qué sus aseveraciones son propias de un idiota es que tiene un concepto de inteligencia demasiado benévolo con su propia persona).

Es cierto que los sesgos ideológicos demeritan la investigación, incluso si se usan para contrarrestar cruzadas racistas —como lo demuestran los errores que Gould cometió, todo indica que de manera deliberada, para criticar las mediciones de Samuel George Morton—, pero asumir que los únicos que tienen sesgos «por buena intención» son los que se niegan a utilizar la «raza» como una categoría biológica revela más un propósito político que un espíritu científico. Es un espejismo dar por sentado que una hipótesis científica es una epifanía que de repente alguien tiene cuando le cae una manzana en la cabeza y no algo fuertemente determinado por el tipo de preguntas que uno se hace. No se trata, por supuesto, de que haya hipótesis prohibidas, lo que importa es que cada quien se haga responsable de sus propias preguntas. Y vaya que Wade y la larga tradición de estudiosos que buscan en la biología una base para las diferencias sociales saben hacia dónde están dirigidas sus preguntas. Da qué pensar que no lo admita.

Nota: Ningún ego supremacista, neorreaccionario o ilustrado oscuro resultó lastimado en la elaboración de este artículo.

Publicado originalmente en Diez4.

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La otra liberación sexual

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Dos días antes de que yo me mudara al Distrito Federal, mi padre entró al cuarto para pedirme que dejara lo que estuviera haciendo en ese momento y prestara mucha atención. A la luz de mi viaje, tenía bastante claro que había llegado la hora de tener esa conversación. Papá estaba convencido de que en el DF mi vida podía desbarrancarse y, de hecho, era muy probable que se desbarrancara. Quería, con la comprimida historia de sus propios excesos, advertirme que la libertad con frecuencia se convierte en libertinaje. Me habría encantado decirle que sus consejos eran, por decir lo menos, tardíos. En cambio llamó mi atención que imaginara la liberalidad propia de la capital del país como un torbellino de degradación que me absorbería en cualquier momento. Supongo que pensaba que detrás de cada parada de camión habría un hombre en gabardina que no dudaría en invitarte a una orgía u ofrecerte éxtasis, para convencerte después de ir a una orgía. Le gustaba la palabra «orgía»: la trajo a colación cuatro o cinco veces.

La escena me viene a la mente mientras hablo con Flor de Anda, una joven lesbiana que decidió mudarse de Campeche al DF el mismo año en que yo lo hice. Hoy, cuatro años después, celebra su cumpleaños pero también un año más de su mudanza. Sus amigas han traído pastel, papas y cervezas. Los vecinos podrían confirmar la teoría de mi padre: cinco mujeres y un hombre celebran a altas horas de la noche, pero, una vez que has advertido que eres el único heterosexual en la sala, es posible reconocer que esa escena de una cotidianidad casi inocente habla más de la liberalidad que cualquier orgía.

A diferencia de lo que sucedió conmigo, Flor no recibió consejos familiares cuando avisó que se iría de su casa. Se suponía que sus razones eran meramente profesionales: encontrar un empleo mejor pagado, salir de la dañina inercia que suponen los trabajos gubernamentales. Para algunos de sus compañeros, la decisión había sido incomprensible: ¡estaba a punto de obtener una plaza estatal! Lo que ellos veían como un logro a Flor le parecía un síntoma de estancamiento. «Siempre he dicho que fue como un aviso de que el cemento de los pies estaba a punto de secarse y que tenía que salir corriendo». Paradójicamente su viaje tuvo un trasfondo más sexual del que habría admitido en un principio. «En ese momento quería convencerme de que el tema profesional era lo importante, para no reconocer lo que a todas luces era cobardía.» Flor no quería enfrentar el clima represivo de Campeche, un ambiente social que si bien no toleraba las agresiones hacia homosexuales parecía recalcar que ese era el único derecho que iba a concederles.

Para comprender de qué estaba huyendo habría que decir que Campeche es una ciudad muy conservadora con respecto a las orientaciones sexuales, al grado de que todavía hasta hace unos años llamaba oficialmente a su reina del carnaval gay, «reina de eventos especiales», un título carente de sentido. Pero algo más: se trata de un bastión conservador de menos de 250 mil habitantes, lo que significa que, si vas al parque principal y reúnes a un grupo de veinte personas al azar, doce van a estar en contra del matrimonio gay y al menos trece serán o parientes o excompañeros de la escuela o alguien encantado de iniciar un rumor en el edificio donde trabajas. Así las cosas, el clima no es solo tradicionalista: es profundamente invasivo.

Se trata de un mal que comparte toda la península y que define eso que entendemos por «provincianismo». Enrique Torre Molina, consultor especializado en temas LGBT, me cuenta el tipo de conversaciones que acostumbra tener cuando alguien en el Distrito Federal descubre su lugar de origen:

—¿Eres de Mérida? Tengo un amigo en Mérida. Tal vez lo conoces.

—Tampoco nos conocemos todos.

—Se llama X.

—Mmm. Sí lo conozco.

(Aunque a veces sucede que el interlocutor se interesa menos por su ciudad natal y más por su orientación sexual.

—Oye, tengo un nuevo amigo. Es gay. Tal vez lo conoces.

—O sea, no todos los gays se conocen.

—Se llama X.

—Bueno, sí. Sí lo conozco.)

¿Habría —me pregunté cuando escuché la anécdota— una relación entre esa dinámica en la que yucatecos o campechanos parecemos conocernos y la férrea resistencia de nuestras sociedades a aceptar los derechos de la comunidad LGBT? En primer lugar no es extraño que en lugares tan pequeños y tradicionalistas, los chismes tengan que ver en su mayoría con las prácticas íntimas, las orientaciones sexuales y las dobles vidas. Una enorme carga homofóbica debe estar bajo la superficie cuando todavía se acude al rumor de la homosexualidad para cimbrar una carrera política. Y un clima, al mismo tiempo condescendiente y antigay, debe dominar cuando nuestros estados no repudian explícitamente las uniones entre homosexuales pero les ponen más trabas que si uno solicitara el permiso para destruir una reserva ecológica en aras de edificar un hotel.

«Hay muchos políticos en Yucatán de alto rango que son homosexuales, pero que no toman partido por el matrimonio gay porque no quieren asumir el costo político», afirma el abogado Carlos Escoffié, integrante de la asociación civil Indignación, que promovió una acción por omisión legislativa contra el congreso yucateco por negarse a legislar en materia de matrimonio igualitario. Escoffié considera que, a las fuerzas de la religión y el moralismo, el rechazo peninsular debe explicarse también desde el regionalismo. Se trata de sociedades que entienden la apertura sexual como una claudicación a sus propias tradiciones y que se sienten todo el tiempo amenazadas por los fuereños, incluso si se trata de vecinos (cierto periódico yucateco daba la noticia de alguien que había asistido a la redacción para «limpiar su nombre y aclarar que no es campechano»).

En esas circunstancias, luchar por el matrimonio homosexual es una labor a contracorriente. Los conservadores lloran sangre cuando escuchan de uniones entre personas del mismo sexo y no pocos de quienes se consideran a sí mismos de izquierda piensan que no es un tema prioritario. En estados lacerados por la corrupción, la desigualdad social, el desempleo o los suicidios a la alza, ¿por qué tenemos que sacrificar tiempo de indignación, movilizaciones sociales y apoyo político por gente que solo pide casarse? Yo diría que precisamente por eso: porque en teoría se trata de una petición muy fácil de cumplir y lo que levanta suspicacias es la cantidad de embrollos institucionales a los que se echa mano para evitarlo. Es lo que llamo la «navaja suiza de Occam»: la explicación simple suele ser la correcta, pero a veces es más interesante indagar por qué insistimos en hacer complicadas las cosas.

Faride Cabrera Can y María José Estrada Muñoz contrajeron matrimonio el 30 de agosto de 2014, después de una larga lucha legal que incluyó un amparo federal. Tras una primera solicitud en marzo ante el registro civil de Campeche, la institución se negó a reconocer su unión «por no encontrarse previsto en el Código Civil del Estado el acto jurídico planteado». El mismo documento les instaba a recurrir a la Ley Regulatoria de Sociedades Civiles de Convivencia. Faride me explicó por qué rechazaron esa posibilidad y decidieron llevar su caso ante la Suprema Corte de Justicia de la Nación:

«Cuando la Ley de Sociedades de Convivencia fue aprobada por unanimidad en el Congreso del Estado fue una gran noticia para la comunidad LGBT. Sin embargo solo hasta que fue publicada nos dimos cuenta de que en lugar de un avance había sido prácticamente un retroceso, ya que para validar una unión era necesario hacer el trámite ante el Registro Público de la Propiedad y no ante el Registro Civil. Eso es totalmente discriminatorio: no somos un inmueble o un negocio. Por eso era muy importante casarnos, sentar el precedente y por ningún motivo considerar la Ley de Sociedades de Convivencia.»

Cuando uno observa la cantidad de trámites que tienen que librar los gays para contraer matrimonio, entiende aquella aguda línea de Chuck Klosterman: «En mi opinión, tendríamos que legalizar el matrimonio homosexual. Los varones homosexuales son los únicos hombres del país que todavía quieren casarse.»

Hay una realidad incuestionable: la palabra «matrimonio» no va a servir como un mantra para acabar con siglos de discriminación y prejuicios respecto a los homosexuales. Incluso para gente de la misma comunidad LGBT esta lucha es contradictoria: ¿quién en su sano juicio querría abandonar una elástica vida sexual para adaptarse a la —mis dedos ya estaban ansiosos por teclear esta palabra— heteronormatividad? Para los heterosexuales treintones como yo, que rezamos porque los parientes dejen, por una maldita vez, de preguntarnos cuándo nos vamos a casar, en ocasiones es difícil entender por qué una comunidad progresista, abierta sexualmente y en ocasiones orgullosa de cumplir cierto papel de outsider quiere ser parte de una institución retrógrada, como es el matrimonio. Las razones no son claras hasta que dejas de pensar en el matrimonio como en una suerte de capricho que tiene cierta gente. No se trata solo de los beneficios prácticos (la seguridad social, entre ellos), sino del trasfondo que hace posible que el matrimonio homosexual sea reconocido legalmente en sociedades que ven la unión de ambas palabras como un oxímoron. En términos ideales: una transformación paulatina del clima social, una renuncia al doble discurso y una mayor capacidad de negociación política, aunque en términos prácticos quizás solo se necesite la habilidad de una comunidad para ser políticamente más influyente. Y el logro no es para nada menor.

Cinco años han pasado desde que el matrimonio igualitario es una realidad en el Distrito Federal, casi el mismo tiempo que Flor tiene de vivir ahí. Y aunque según cifras del Consejo para Prevenir y Eliminar la Discriminación capitalino los gays siguen siendo un grupo fuertemente discriminado, sus años en Campeche le hacen advertir una notable diferencia.

«En mis últimos dos empleos he sido muy abierta con respecto a mi sexualidad y en ambos lugares me han tratado con tanta “normalidad” que me he sentido justo eso: normal. No sé si eso se deba a que no cumplo el estereotipo de cómo debe lucir una lesbiana, pero que no tenga que esconderme es una preocupación menos en mi vida. Creo que cualquier contexto represivo disminuye las posibilidades de realización personal y profesional y me cuesta trabajo pensar que puedas sentirte pleno en un lugar donde tienes que omitir ciertas partes de ti para ser aceptado.»

Un segundo más tarde, Flor despotrica contra los estrictos códigos de vestimenta que le prohíben llevar tenis al trabajo.

Publicado originalmente en Confabulario.

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Los huesos de Ricardo III: Dramatis personae

Ricardo iii

Ricardo III. Tras el renovado interés que despertó en los últimos años, los periódicos suelen referirse al monarca con frases como «el último de la casa de York», «el último de la dinastía Plantagenet», «el último muerto en el campo de batalla», «uno de los últimos cuya localización de su tumba no había llegado hasta nuestros días». El último. Su cuerpo había sido depositado en la abadía de Greyfriars después de la derrota de Bosworth, pero su paradero terminó siendo un misterio cuando la iglesia fue demolida en 1538.

Ricardianos. Individuos interesados en reivindicar la figura de Ricardo III, cuyo nombre ha sido manchado por la opinión pública, pero en mayor medida por el genio de Shakespeare. En 1924 un eminente cirujano británico llamado Saxon Barton, junto a un grupo de aficionados a la historia, fundó la Comunidad del Jabalí Blanco, más tarde renombrada como Sociedad de Ricardo III. Sus actividades, entre las que destacan comidas de Navidad en Fotheringhay, grupos de lectura y conmemoraciones anuales de la batalla de Bosworth, tuvieron un deslumbrante giro hace unos pocos años cuando se anunció que encabezarían la búsqueda de la osamenta real. Ya se sabe que cualquier labor revisionista queda incompleta si no hay unos huesos que trasladar de un sitio que se considera deshonroso a uno respetable.

Philippa Langley. Actual secretaria de la Sociedad de Ricardo III y pieza fundamental para que la exhumación de Ricardo fuera una realidad. Diversos artículos publicados desde mediados de los setenta en The Ricardian, la revista de la sociedad, sugerían que los restos se encontraban bajo el estacionamiento del ayuntamiento de Leicester (una ciudad a dos horas al norte de Londres). En agosto de 2009, la señora Langley visitó la zona en cuestión y el presentimiento de estar sobre la tumba de Ricardo III se apoderó inmediatamente de ella. Un año más tarde, volvió al lugar de los hechos y encontró una enorme R pintada en el suelo, una letra que correspondía a «Reservado», pero que ella interpretó como un símbolo. Esa pequeña epifanía fue determinante para abrazar la misión, lo cual significó una gesta para recaudar fondos y convencer a un grupo de arqueólogos de la universidad de Leicester para que se uniera al proyecto Looking for Richard. Langley fue la estrella del documental de Channel 4, Richard III: The king in the car park, donde aparece llorando en repetidas ocasiones. Cuando en septiembre de 2012 el equipo arqueológico dio con unos restos en el lugar señalado, mientras los demás veían algunos «huesos viejos» ella tuvo la sensación de estar «viendo a un hombre».

Richard Buckley. Director del departamento de arqueología de la Universidad de Leicester. Fue el encargado de dar a conocer, en febrero de 2013, que los restos hallados bajo el estacionamiento eran en efecto los del rey. Once heridas, curvaturas en la espina dorsal (pero no lo suficientemente pronunciadas para hablar de un jorobado) y lo arrojado por las pruebas de radiocarbono hacían suponer de manera muy consistente la identidad del esqueleto, pero fue el análisis de ADN lo que en último término vino a confirmar «en un 99.999%» el gran descubrimiento.

Michael Ibsen. Carpintero canadiense que ha sido reconocido por los genealogistas como descendiente de Ana de York, la hermana del rey Ricardo. En 2004, el historiador John Ashdown-Hill, que había rastreado la estirpe real por dieciséis generaciones, contactó a la madre de Ibsen, Joy, para notificarle que la línea materna de Ana desembocaba en ella. Desafortunadamente, Joy murió antes del descubrimiento de los huesos, por lo que el ADN de Ibsen fue fundamental para certificar el hallazgo. A diferencia del ADN nuclear, que reúne información tanto del padre como de la madre, el ADN mitocondrial solo transmite información de la madre. Al no tomar en cuenta las falsas paternidades, su grado de fiabilidad es muy alto.

Turi King. Es una especialista en genética de la Universidad de Leicester que lideró el trabajo de investigación de los restos de Ricardo. El equipo de genetistas a su cargo descubrió que si bien el ADN heredado por el lado materno coincidía con el de los descendientes vivos de Ricardo, eso no sucedía con el lado paterno. En un medio obsesionado por la pureza de los orígenes, las implicaciones de este descubrimiento eran poco menos que escandalosas. Los investigadores no pueden saber con seguridad cuándo se dio una infidelidad femenina en la familia real, pero tienen suficientes bases para pensar que sucedió en algún momento entre Juan de Gante (1362-1399), hermano del bisabuelo de Ricardo III, y Henry Somerset, duque de Beaufort (1744-1803). Dado que el amplio margen de maniobra abarcaba también la línea de los Tudor, el anuncio ponía en tela de juicio el linaje de la actual reina Isabel II. Una venganza maestra, en tanto fueron los Tudor los principales responsables de difundir la «leyenda negra» de Ricardo.

Kevin Schurer. Parte del equipo de genetistas que básicamente entró a escena a decir: «No estamos afirmando de ninguna manera que Su Majestad no debería estar en el trono.»

Peter Soulsby. Alcalde de Leicester. Anunció que, tras confirmarse la identidad de Ricardo III, sus huesos serían llevados a la catedral local, St. Martin. Pero apenas sus planes se hicieron públicos, otra ciudad se apresuró a reclamar la osamenta: York, cuyos concejales consideraron que se trataba del «lugar de entierro más apropiado para Ricardo III, uno de los hijos más famosos y más queridos de la ciudad». El arqueólogo John Oxley, fuerte partidario de la causa de York, afirmó que «ciertamente Ricardo no quería ser enterrado en Leicester», pero Soulsby no estaba dispuesto a perder la buena propaganda que su localidad estaba recibiendo gracias a la exhumación y pronunció una frase digna de un drama isabelino: «¡Esos huesos se quedarán en Leicester / o en todo caso se los llevarán sobre mi cadáver!» Luego, en una línea más propia de un jurisconsulto, recordó que la licencia concedida por el Ministerio de Justicia al equipo de expertos estipulaba el entierro en Leicester. Los tribunales le dieron la razón.

Looking for Richard. Ricardianos que, tras hacer posible la exhumación, iniciaron en 2015 una campaña para conseguir que el gobernante recibiera una sepultura católica de acuerdo a la fe que profesó. Criticaron la decisión de que sus restos terminaran en una iglesia anglicana y no en una acorde a su religión. «Existen numerosas pruebas de que Ricardo III tenía una fe personal muy seria —recordó John Ashdown-Hill—. Si Ricardo no hubiera muerto, tal vez la iglesia anglicana nunca habría existido.»

Ricardo III (esqueleto). Fue enterrado este jueves 26 de marzo de este año en la catedral de Leicester.

 

Publicado originalmente en Letras Libres.

 

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Los seres queridos

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En 2004 Héctor Aguilar Camín observa una foto de sus padres recién casados. Los personajes sonrientes de aquella imagen tomada sesenta años antes poco tienen que ver con los octogenarios que son en ese momento. Incluso ese clima de felicidad parece contradictorio con lo que la vida le tiene deparada a la pareja: Emma Camín y Héctor Aguilar se separarán, vivirán distanciados poco menos de medio siglo y en 2004 será el azar o, mejor dicho, la enfermedad la encargada de reunirlos en un hospital. Cuando el escritor le informa a su madre que quien fuera su marido está en el cuarto de abajo ella alcanza a responder: «Pobre hombre.» Cuando es el padre quien se entera de que la mujer a la que abandonó en 1959 se encuentra en el mismo edificio, comenta: «¿Emma Camín? Era una muchacha hermosa de Chetumal.» ¿Cómo hemos llegado aquí?, se pregunta el escritor. Adiós a los padres busca llegar a una respuesta.

No son pocos los libros que intentan indagar las oscuridades personales a través de la familia. De Canción de tumba a El cerebro de mi hermano, por mencionar dos ejemplos recientes, las revelaciones domésticas han representado un riesgo para el escritor que debe decidir la distancia para retratar a sus seres queridos, qué tantos jirones de piel es indispensable dejar en el intento y finalmente cuál es el control de daños que está dispuesto a emprender cuando el libro se encuentre ya en circulación. Para contar la historia de sus padres, Aguilar Camín ha decidido narrar desde diferentes distancias. El procedimiento, por supuesto, beneficia a la verosimilitud y en no poca medida a la apariencia de honestidad que necesita un relato de estas características, pero, al mismo tiempo, vuelve desiguales sus logros narrativos. Al abarcar ochenta años de sucesos, la claridad con que puede acercarse a cada uno es disímil, porque evidentemente los hechos lejanos solo pueden reconstruirse, imaginarse, conjeturarse y los vividos ofrecen, en cambio, un prodigioso catálogo de contradicciones emocionales. En los incidentes remotos Aguilar Camín echa mano de su pericia de investigador, pero también de una excesiva cautela; en los cercanos, afronta la vulnerabilidad del narrador, de alguien que sabe que la verdad novelesca no implica necesariamente la fidelidad a los hechos. De ahí que todos esos pasajes donde el escritor se asume como personaje son sin duda superiores, porque revelan un conflicto del autor con la realidad sin el cual no puede haber auténtica literatura.

Los inicios de la relación entre Emma y Héctor se remontan al año en que la familia Camín llega a Chetumal: 1938. A ratos, esa evocación lejanísima de los abuelos que atraviesan el Atlántico o el momento en que la pareja cruza sus primeras palabras dan la impresión de ser acciones que suceden con toda velocidad para llegar pronto a lo que realmente importa. Eso no significa que el escritor recurra a una desangelada enumeración de incidentes; sus constantes ires y venires al tiempo presente otorgan dinamismo a una historia que poco a poco se dirige a una catástrofe triple: la ruina económica, un ciclón que azota Chetumal y que obliga a la familia a huir hacia la ciudad de México, y la mañana en que su padre deja la casa sin despedirse.

La desgracia económica de Héctor Aguilar depende en gran medida de su personalidad. Hombre gris con iniciativa, Héctor buscará hacer su propia fortuna en la industria maderera, aun cuando eso signifique competir con la próspera empresa familiar. Una fina red de traiciones y juegos de poder hará que la suerte le sonría, pero será su oscura inclinación a entregarse a los otros, en particular a don Lupe el patriarca, la que lo llevará a la bancarrota. Ese «miedo a pelear» será el signo de su fracaso. «Nació para dejarse robar», resume Emma a la distancia.

Me queda claro que esa historia en que se mezclan la derrota, la deslealtad, el deseo de poder, beneficia no solo al retrato de su padre sino las imágenes de los hombres que aparecen en este libro. Son, a su modo, héroes trágicos a los que es posible describir acudiendo a los procedimientos propios de la novela política. Aguilar Camín conoce de sobra el oficio de iluminar literariamente los sótanos del poder, pero un reto mayor se le presenta cuando quiere aproximarse al heroísmo construido con esfuerzos ordinarios. A sus personajes masculinos, entre los que no faltan gobernadores y arzobispos corruptos, el autor ha opuesto una nómina de mujeres prácticas, únicas, inquietantes. La madre, por supuesto, que afrontará los problemas económicos y la responsabilidad de educar a cinco niños; la tía Luisa que cuidará de sus sobrinos en una ciudad que no conoce; o Nelly Mulley, la mujer que termina viviendo con su padre y que se sostiene dando servicios de adivinación por correo. Son esos retratos de mujeres y sus pequeñas gestas los que necesitan un registro distinto que a veces este libro alcanza, pero en ocasiones no.

La diferencia entre acudir a los recursos de la novela para contar una historia y afrontar el desafío del género puede ilustrarse cotejando el drama que el escritor ha sabido de oídas —la ruina del padre— con la reaparición de este décadas más tarde, en 1995. El encuentro causa el mismo desconcierto que la cita con un fantasma: cuarenta años de ausencia que se terminan con una llamada telefónica. El narrador se ve obligado a abandonar el terreno seguro de su oficio como novelista, para arriesgarse a contar los altibajos emocionales que le produce ver a su padre convertido en los despojos de sí mismo. ¿De qué modo responderle al hombre que los abandonó y que ahora pide ayuda? El lector entonces comprende que la novela está condenada a escindirse: allá la recreación de esas historias donde los padres y los hijos se disputan una concesión maderera, acá el registro directo, que muestra a hombres enfrentados a su propia decrepitud, a su anodina cotidianidad. Son estas reuniones del narrador con su padre —ese paciente «ponerse al día»— las que aportan la tensión que hacía falta en el libro.

El contraste entre los destinos de la madre y el padre es conmovedor. Héctor muere acompañado por la mujer contratada para cuidarlo; a Emma, en cambio, la rodean sus hijos y nietos. No obstante que ella ha tenido una mejor vida, el misterio del padre sigue ejerciendo un potente magnetismo en el autor y los lectores. Su historia de ascenso y caída, su ausencia y su reaparición, encajan mejor con nuestra idea de lo que debe contarse en una novela. Lo que este libro nos recuerda es que todavía hace falta una narrativa que reivindique a los que no caen, a los que siempre estuvieron ahí. 

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Héctor Aguilar Camín

Adiós a los padres

Literatura Random House, 2014, 342 pp

Publicado originalmente en Letras Libres.

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Un vicio ampliamente recompensado

Vicio

Ilustración: Rodrigo de Filippis/La Peste

Los libros en oferta. Ese es mi vicio. Visitar librerías de usado, asaltar cajas de saldos, asistir religiosamente a ferias de remates, esperar la inexorable devaluación de ciertos títulos. Comparado con otras formas de la pasión autodestructiva parece una manía inocente, incluso ñoña. Pero no es verdad: posee el mismo poder corruptor de otros vicios. Con el tiempo, y a cierta distancia, no hay cómo distinguir a un adicto al juego de un tipo obsesionado con comprar libros baratos. Que otros se jacten de los libros que han leído, yo me jacto de los precios que he encontrado.

Todo comenzó en Puebla, a donde había llegado para estudiar un posgrado en Literatura. Como es del conocimiento popular si te encuentras a mil kilómetros de la casa de tus padres, la palabra administración va a ser indispensable para tu supervivencia, lo mismo que tener una lista clara de prioridades: qué cosas necesitas y cuáles tienen que ser a) nuevas, b) de primera calidad, c) costosas, d) todas las anteriores. Uno traza para cada caso una escala que va del 1 al 10 y demasiado pronto aprende que entre tantos gastos por atender —la renta, la comida, el transporte—, los libros están obligados a ser obscenamente baratos.

Puebla es generosa en librerías de segunda mano, pero también en librerías que ofertan libros devaluados, ejemplares que, por algún motivo, no tuvieron éxito en España o Latinoamérica y terminan amontonados en un rincón en espera de los cazadores de ofertas. Comprando este tipo de libros es que me volví adicto: eran casi nuevos, olían bien y, a diferencia de lo que sucedía en las librerías de viejo, cuando tomabas uno veías en realidad un libro y no una colonia de hongos. Hay algo en verdad gratificante en hacerte de especímenes a una cuarta o quinta parte de su valor. No todo mundo está capacitado para apreciar lo dulce que sabe la distancia entre el precio de compra y el precio que pudiste haber pagado por el mismo título en otro momento, pero ese es el tipo de cosas que a ciertas personas nos provocan una explosión de endorfinas. Así me hice de Las correcciones, de Jonathan Franzen o La belleza y el dolor de la batalla, de Peter Englund. Así llegaron a mis manos La feria del asilo, de John Updike y la Obra esencial, de Stephen Jay Gould. Nadie me cree que no he pagado por ninguno de los libros de Cheever más de cien pesos.

De lejos podría parecer una victoria ante la abusiva industria editorial, proclive a los precios inflados y a vender sus novedades como si se tratara de la última obra maestra surgida de Occidente, pero comprar a bajo costo tiene poco que ver con joderse al sistema. No obedece a eso que llamamos justicia poética ni a la idea de que la cultura debe circular con cada vez menos restricciones comerciales. El placer de encontrar un ejemplar a bajo costo es incomparable a la insípida sensación de bajar o compartir un libro completo en PDF. Es incluso más costoso en términos de tiempo perdido y menos solidario con los otros lectores, pero deja ese tipo de satisfacción que es difícil explicar a quienes todo lo han obtenido gratis. El mensaje, con todas sus letras, es: señores, tomen mi dinero, es una décima parte de lo que ustedes pedían en un principio, pero considero inmoral irme a casa sin pagarles. Aquí hay oportunismo y no ideología.

Del mismo modo que hay adictos a la heroína que son incapaces de establecer vínculos entre su adicción y el crimen organizado, uno quisiera pensar que no forma parte del aparato editorial, solo porque escribió alguna vez contra los bestsellers o asiste a las ferias del libro independiente, pero lo cierto es que uno está adentro y se revuelca en esos hermosos parajes que la misma industria ha deparado para su confort. Los libros de saldos —producto del dumping, esa práctica desleal de ofertar un libro a precio irrisorio y en calidad de pérdida— nos mantienen adheridos a la cadena comercial, a la librería de confianza, a los sellos editoriales que de repente nos parecen generosos.

Si uno puede conseguir un libro de Minotauro en cuarenta pesos, un ejemplar de Trotta a cincuenta, poco a poco va renunciando a sus nociones de lo que es un precio justo. Si la única virtud es la paciencia o la pericia para buscar en los estantes adecuados, uno pierde puntos de referencia respecto a cuánto vale de verdad un libro. Eso atenta no solo contra el libro en cuestión —el autor detrás de ese libro, el editor detrás de ese autor— sino contra todos los libros disponibles. Cada nuevo ejemplar empieza a parecer innecesariamente caro y vamos sintiéndonos poco a poco a merced de ese gusto por lo inmediato que tan bien conocen los bebedores. El placer termina por desconectarnos de la realidad.

Hay ventajas, por supuesto. Ventajas reales. Comprando a bajo costo uno puede arriesgarse, descubrir escritores más allá de los sospechosos comunes. Amortiguar las decepciones, leer sin orden, fragmentariamente, guiados apenas por la intuición. Desarrollar el mismo olfato con que años atrás nos adentramos a la primera biblioteca pública de nuestras vidas en busca del título que lo cambiaría todo. El espíritu que anima esta versión de los hechos quiere volver a ese momento infantil cuando todo era instinto y disposición para la sorpresa. Ir tras los saldos nos devuelve a todos esos títulos que quedaron varados en el camino. Nos recuerda que, ampliando un poco nuestras miras, un libro de 1990 todavía es una novedad.

Las librerías de usado albergan una satisfacción adicional: la de curiosear en la sala B de la literatura. La próxima vez que visites una mira con detenimiento a tu alrededor. Se supone que estás parado en el paraíso de la literatura de segundo nivel (alguien se había librado de esos ejemplares y había aceptado muy poco dinero a cambio), ¿no es extraño encontrarse de repente con Terry Pratchett, Margaret Atwood o Lorrie Moore? Había que tener una idea bastante torcida de la literatura para querer deshacerse de Zazie en el metro, pero hubo momentos en que agradecí que esa idea existiera en la mente de alguien. Esa imagen poderosa, construida con cada nuevo hallazgo, puede servir incluso para entender lo que ha sucedido con la crítica: el botadero de ciertos lectores puede llegar a ser, en algún momento, la mina de oro de otros.

Cuando tienes muchos meses en este negocio, la compra de saldos alcanza a convertirse en una manera válida de organizar lecturas. Del mismo modo que a muchos les parece natural inscribirse a una licenciatura en Letras y prometerse que leerán solo —o principalmente— literatura mexicana por cuatro años, yo en algún momento me he prometido leer únicamente libros que cuesten menos de cien pesos. Lo he hecho incluso cuando no había necesidad, por simple placer. He descubierto así pequeñas joyas y si tu vicio por los libros baratos te lleva a títulos como Una breve historia de casi todo es casi imposible salirse del círculo. Uno siempre albergará la esperanza de que la próxima obra-maestra-que-no-habría-hallado-de-otro-modo se encuentre ahí, a la vuelta de la esquina, a un precio irrisorio.

Sin embargo, como en todas las adicciones, los deleites de comprar a bajo costo llegan a ser tan intensos que uno no advierte sus excesos. Es un arma de doble filo porque si bien tus intereses empiezan a diversificarse —y dejan de depender del canon literario para echar mano de cualquier área que nos prometa pequeñas epifanías: los números imaginarios, la historia de las sufragistas, la vida sexual de los insectos— esa misma diversidad puede volverse en tu contra y tiranizar tus siguientes decisiones de lectura. No ya las obras de madurez de Shakespeare, como se esperaría de cualquier persona que pase la treintena, sino las vidas de los santos, los estudios de teratología o los testimonios sobre el punto G. Es nuestro equivalente a la antiquísima disyuntiva de convertirse en zorra o en erizo. Y no, no hay una sola respuesta satisfactoria.

La esencia de todo vicio es no saber cuándo detenernos, cuándo las condiciones que le dieron origen han pasado ya y es momento de volverse alguien decente. Así con mis libros. Mis hermosos y baratos libros.

Publicado originalmente en LA PESTE.

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