La otra liberación sexual

GAY-FLAG-SUN-facebook

Dos días antes de que yo me mudara al Distrito Federal, mi padre entró al cuarto para pedirme que dejara lo que estuviera haciendo en ese momento y prestara mucha atención. A la luz de mi viaje, tenía bastante claro que había llegado la hora de tener esa conversación. Papá estaba convencido de que en el DF mi vida podía desbarrancarse y, de hecho, era muy probable que se desbarrancara. Quería, con la comprimida historia de sus propios excesos, advertirme que la libertad con frecuencia se convierte en libertinaje. Me habría encantado decirle que sus consejos eran, por decir lo menos, tardíos. En cambio llamó mi atención que imaginara la liberalidad propia de la capital del país como un torbellino de degradación que me absorbería en cualquier momento. Supongo que pensaba que detrás de cada parada de camión habría un hombre en gabardina que no dudaría en invitarte a una orgía u ofrecerte éxtasis, para convencerte después de ir a una orgía. Le gustaba la palabra «orgía»: la trajo a colación cuatro o cinco veces.

La escena me viene a la mente mientras hablo con Flor de Anda, una joven lesbiana que decidió mudarse de Campeche al DF el mismo año en que yo lo hice. Hoy, cuatro años después, celebra su cumpleaños pero también un año más de su mudanza. Sus amigas han traído pastel, papas y cervezas. Los vecinos podrían confirmar la teoría de mi padre: cinco mujeres y un hombre celebran a altas horas de la noche, pero, una vez que has advertido que eres el único heterosexual en la sala, es posible reconocer que esa escena de una cotidianidad casi inocente habla más de la liberalidad que cualquier orgía.

A diferencia de lo que sucedió conmigo, Flor no recibió consejos familiares cuando avisó que se iría de su casa. Se suponía que sus razones eran meramente profesionales: encontrar un empleo mejor pagado, salir de la dañina inercia que suponen los trabajos gubernamentales. Para algunos de sus compañeros, la decisión había sido incomprensible: ¡estaba a punto de obtener una plaza estatal! Lo que ellos veían como un logro a Flor le parecía un síntoma de estancamiento. «Siempre he dicho que fue como un aviso de que el cemento de los pies estaba a punto de secarse y que tenía que salir corriendo». Paradójicamente su viaje tuvo un trasfondo más sexual del que habría admitido en un principio. «En ese momento quería convencerme de que el tema profesional era lo importante, para no reconocer lo que a todas luces era cobardía.» Flor no quería enfrentar el clima represivo de Campeche, un ambiente social que si bien no toleraba las agresiones hacia homosexuales parecía recalcar que ese era el único derecho que iba a concederles.

Para comprender de qué estaba huyendo habría que decir que Campeche es una ciudad muy conservadora con respecto a las orientaciones sexuales, al grado de que todavía hasta hace unos años llamaba oficialmente a su reina del carnaval gay, «reina de eventos especiales», un título carente de sentido. Pero algo más: se trata de un bastión conservador de menos de 250 mil habitantes, lo que significa que, si vas al parque principal y reúnes a un grupo de veinte personas al azar, doce van a estar en contra del matrimonio gay y al menos trece serán o parientes o excompañeros de la escuela o alguien encantado de iniciar un rumor en el edificio donde trabajas. Así las cosas, el clima no es solo tradicionalista: es profundamente invasivo.

Se trata de un mal que comparte toda la península y que define eso que entendemos por «provincianismo». Enrique Torre Molina, consultor especializado en temas LGBT, me cuenta el tipo de conversaciones que acostumbra tener cuando alguien en el Distrito Federal descubre su lugar de origen:

—¿Eres de Mérida? Tengo un amigo en Mérida. Tal vez lo conoces.

—Tampoco nos conocemos todos.

—Se llama X.

—Mmm. Sí lo conozco.

(Aunque a veces sucede que el interlocutor se interesa menos por su ciudad natal y más por su orientación sexual.

—Oye, tengo un nuevo amigo. Es gay. Tal vez lo conoces.

—O sea, no todos los gays se conocen.

—Se llama X.

—Bueno, sí. Sí lo conozco.)

¿Habría —me pregunté cuando escuché la anécdota— una relación entre esa dinámica en la que yucatecos o campechanos parecemos conocernos y la férrea resistencia de nuestras sociedades a aceptar los derechos de la comunidad LGBT? En primer lugar no es extraño que en lugares tan pequeños y tradicionalistas, los chismes tengan que ver en su mayoría con las prácticas íntimas, las orientaciones sexuales y las dobles vidas. Una enorme carga homofóbica debe estar bajo la superficie cuando todavía se acude al rumor de la homosexualidad para cimbrar una carrera política. Y un clima, al mismo tiempo condescendiente y antigay, debe dominar cuando nuestros estados no repudian explícitamente las uniones entre homosexuales pero les ponen más trabas que si uno solicitara el permiso para destruir una reserva ecológica en aras de edificar un hotel.

«Hay muchos políticos en Yucatán de alto rango que son homosexuales, pero que no toman partido por el matrimonio gay porque no quieren asumir el costo político», afirma el abogado Carlos Escoffié, integrante de la asociación civil Indignación, que promovió una acción por omisión legislativa contra el congreso yucateco por negarse a legislar en materia de matrimonio igualitario. Escoffié considera que, a las fuerzas de la religión y el moralismo, el rechazo peninsular debe explicarse también desde el regionalismo. Se trata de sociedades que entienden la apertura sexual como una claudicación a sus propias tradiciones y que se sienten todo el tiempo amenazadas por los fuereños, incluso si se trata de vecinos (cierto periódico yucateco daba la noticia de alguien que había asistido a la redacción para «limpiar su nombre y aclarar que no es campechano»).

En esas circunstancias, luchar por el matrimonio homosexual es una labor a contracorriente. Los conservadores lloran sangre cuando escuchan de uniones entre personas del mismo sexo y no pocos de quienes se consideran a sí mismos de izquierda piensan que no es un tema prioritario. En estados lacerados por la corrupción, la desigualdad social, el desempleo o los suicidios a la alza, ¿por qué tenemos que sacrificar tiempo de indignación, movilizaciones sociales y apoyo político por gente que solo pide casarse? Yo diría que precisamente por eso: porque en teoría se trata de una petición muy fácil de cumplir y lo que levanta suspicacias es la cantidad de embrollos institucionales a los que se echa mano para evitarlo. Es lo que llamo la “navaja suiza de Occam»: la explicación simple suele ser la correcta, pero a veces es más interesante indagar por qué insistimos en hacer complicadas las cosas.

Faride Cabrera Can y María José Estrada Muñoz contrajeron matrimonio el 30 de agosto de 2014, después de una larga lucha legal que incluyó un amparo federal. Tras una primera solicitud en marzo ante el registro civil de Campeche, la institución se negó a reconocer su unión «por no encontrarse previsto en el Código Civil del Estado el acto jurídico planteado”. El mismo documento les instaba a recurrir a la Ley Regulatoria de Sociedades Civiles de Convivencia. Faride me explicó por qué rechazaron esa posibilidad y decidieron llevar su caso ante la Suprema Corte de Justicia de la Nación:

«Cuando la Ley de Sociedades de Convivencia fue aprobada por unanimidad en el Congreso del Estado fue una gran noticia para la comunidad LGBT. Sin embargo solo hasta que fue publicada nos dimos cuenta de que en lugar de un avance había sido prácticamente un retroceso, ya que para validar una unión era necesario hacer el trámite ante el Registro Público de la Propiedad y no ante el Registro Civil. Eso es totalmente discriminatorio: no somos un inmueble o un negocio. Por eso era muy importante casarnos, sentar el precedente y por ningún motivo considerar la Ley de Sociedades de Convivencia.»

Cuando uno observa la cantidad de trámites que tienen que librar los gays para contraer matrimonio, entiende aquella aguda línea de Chuck Klosterman: «En mi opinión, tendríamos que legalizar el matrimonio homosexual. Los varones homosexuales son los únicos hombres del país que todavía quieren casarse.»

Hay una realidad incuestionable: la palabra «matrimonio» no va a servir como un mantra para acabar con siglos de discriminación y prejuicios respecto a los homosexuales. Incluso para gente de la misma comunidad LGBT esta lucha es contradictoria: ¿quién en su sano juicio querría abandonar una elástica vida sexual para adaptarse a la —mis dedos ya estaban ansiosos por teclear esta palabra— heteronormatividad? Para los heterosexuales treintones como yo, que rezamos porque los parientes dejen, por una maldita vez, de preguntarnos cuándo nos vamos a casar, en ocasiones es difícil entender por qué una comunidad progresista, abierta sexualmente y en ocasiones orgullosa de cumplir cierto papel de outsider quiere ser parte de una institución retrógrada, como es el matrimonio. Las razones no son claras hasta que dejas de pensar en el matrimonio como en una suerte de capricho que tiene cierta gente. No se trata solo de los beneficios prácticos (la seguridad social, entre ellos), sino del trasfondo que hace posible que el matrimonio homosexual sea reconocido legalmente en sociedades que ven la unión de ambas palabras como un oxímoron. En términos ideales: una transformación paulatina del clima social, una renuncia al doble discurso y una mayor capacidad de negociación política, aunque en términos prácticos quizás solo se necesite la habilidad de una comunidad para ser políticamente más influyente. Y el logro no es para nada menor.

Cinco años han pasado desde que el matrimonio igualitario es una realidad en el Distrito Federal, casi el mismo tiempo que Flor tiene de vivir ahí. Y aunque según cifras del Consejo para Prevenir y Eliminar la Discriminación capitalino los gays siguen siendo un grupo fuertemente discriminado, sus años en Campeche le hacen advertir una notable diferencia.

«En mis últimos dos empleos he sido muy abierta con respecto a mi sexualidad y en ambos lugares me han tratado con tanta “normalidad” que me he sentido justo eso: normal. No sé si eso se deba a que no cumplo el estereotipo de cómo debe lucir una lesbiana, pero que no tenga que esconderme es una preocupación menos en mi vida. Creo que cualquier contexto represivo disminuye las posibilidades de realización personal y profesional y me cuesta trabajo pensar que puedas sentirte pleno en un lugar donde tienes que omitir ciertas partes de ti para ser aceptado.»

Un segundo más tarde, Flor despotrica contra los estrictos códigos de vestimenta que le prohíben llevar tenis al trabajo.

Publicado originalmente en Confabulario.

Deja un comentario

Archivado bajo Campeche: instrucciones de uso, Cuaderno de usos múltiples

Los huesos de Ricardo III: Dramatis personae

Ricardo iii

Ricardo III. Tras el renovado interés que despertó en los últimos años, los periódicos suelen referirse al monarca con frases como «el último de la casa de York», «el último de la dinastía Plantagenet», «el último muerto en el campo de batalla», «uno de los últimos cuya localización de su tumba no había llegado hasta nuestros días». El último. Su cuerpo había sido depositado en la abadía de Greyfriars después de la derrota de Bosworth, pero su paradero terminó siendo un misterio cuando la iglesia fue demolida en 1538.

Ricardianos. Individuos interesados en reivindicar la figura de Ricardo III, cuyo nombre ha sido manchado por la opinión pública, pero en mayor medida por el genio de Shakespeare. En 1924 un eminente cirujano británico llamado Saxon Barton, junto a un grupo de aficionados a la historia, fundó la Comunidad del Jabalí Blanco, más tarde renombrada como Sociedad de Ricardo III. Sus actividades, entre las que destacan comidas de Navidad en Fotheringhay, grupos de lectura y conmemoraciones anuales de la batalla de Bosworth, tuvieron un deslumbrante giro hace unos pocos años cuando se anunció que encabezarían la búsqueda de la osamenta real. Ya se sabe que cualquier labor revisionista queda incompleta si no hay unos huesos que trasladar de un sitio que se considera deshonroso a uno respetable.

Philippa Langley. Actual secretaria de la Sociedad de Ricardo III y pieza fundamental para que la exhumación de Ricardo fuera una realidad. Diversos artículos publicados desde mediados de los setenta en The Ricardian, la revista de la sociedad, sugerían que los restos se encontraban bajo el estacionamiento del ayuntamiento de Leicester (una ciudad a dos horas al norte de Londres). En agosto de 2009, la señora Langley visitó la zona en cuestión y el presentimiento de estar sobre la tumba de Ricardo III se apoderó inmediatamente de ella. Un año más tarde, volvió al lugar de los hechos y encontró una enorme R pintada en el suelo, una letra que correspondía a «Reservado», pero que ella interpretó como un símbolo. Esa pequeña epifanía fue determinante para abrazar la misión, lo cual significó una gesta para recaudar fondos y convencer a un grupo de arqueólogos de la universidad de Leicester para que se uniera al proyecto Looking for Richard. Langley fue la estrella del documental de Channel 4, Richard III: The king in the car park, donde aparece llorando en repetidas ocasiones. Cuando en septiembre de 2012 el equipo arqueológico dio con unos restos en el lugar señalado, mientras los demás veían algunos «huesos viejos» ella tuvo la sensación de estar «viendo a un hombre».

Richard Buckley. Director del departamento de arqueología de la Universidad de Leicester. Fue el encargado de dar a conocer, en febrero de 2013, que los restos hallados bajo el estacionamiento eran en efecto los del rey. Once heridas, curvaturas en la espina dorsal (pero no lo suficientemente pronunciadas para hablar de un jorobado) y lo arrojado por las pruebas de radiocarbono hacían suponer de manera muy consistente la identidad del esqueleto, pero fue el análisis de ADN lo que en último término vino a confirmar «en un 99.999%» el gran descubrimiento.

Michael Ibsen. Carpintero canadiense que ha sido reconocido por los genealogistas como descendiente de Ana de York, la hermana del rey Ricardo. En 2004, el historiador John Ashdown-Hill, que había rastreado la estirpe real por dieciséis generaciones, contactó a la madre de Ibsen, Joy, para notificarle que la línea materna de Ana desembocaba en ella. Desafortunadamente, Joy murió antes del descubrimiento de los huesos, por lo que el ADN de Ibsen fue fundamental para certificar el hallazgo. A diferencia del ADN nuclear, que reúne información tanto del padre como de la madre, el ADN mitocondrial solo transmite información de la madre. Al no tomar en cuenta las falsas paternidades, su grado de fiabilidad es muy alto.

Turi King. Es una especialista en genética de la Universidad de Leicester que lideró el trabajo de investigación de los restos de Ricardo. El equipo de genetistas a su cargo descubrió que si bien el ADN heredado por el lado materno coincidía con el de los descendientes vivos de Ricardo, eso no sucedía con el lado paterno. En un medio obsesionado por la pureza de los orígenes, las implicaciones de este descubrimiento eran poco menos que escandalosas. Los investigadores no pueden saber con seguridad cuándo se dio una infidelidad femenina en la familia real, pero tienen suficientes bases para pensar que sucedió en algún momento entre Juan de Gante (1362-1399), hermano del bisabuelo de Ricardo III, y Henry Somerset, duque de Beaufort (1744-1803). Dado que el amplio margen de maniobra abarcaba también la línea de los Tudor, el anuncio ponía en tela de juicio el linaje de la actual reina Isabel II. Una venganza maestra, en tanto fueron los Tudor los principales responsables de difundir la «leyenda negra» de Ricardo.

Kevin Schurer. Parte del equipo de genetistas que básicamente entró a escena a decir: «No estamos afirmando de ninguna manera que Su Majestad no debería estar en el trono.»

Peter Soulsby. Alcalde de Leicester. Anunció que, tras confirmarse la identidad de Ricardo III, sus huesos serían llevados a la catedral local, St. Martin. Pero apenas sus planes se hicieron públicos, otra ciudad se apresuró a reclamar la osamenta: York, cuyos concejales consideraron que se trataba del «lugar de entierro más apropiado para Ricardo III, uno de los hijos más famosos y más queridos de la ciudad». El arqueólogo John Oxley, fuerte partidario de la causa de York, afirmó que «ciertamente Ricardo no quería ser enterrado en Leicester», pero Soulsby no estaba dispuesto a perder la buena propaganda que su localidad estaba recibiendo gracias a la exhumación y pronunció una frase digna de un drama isabelino: «¡Esos huesos se quedarán en Leicester / o en todo caso se los llevarán sobre mi cadáver!» Luego, en una línea más propia de un jurisconsulto, recordó que la licencia concedida por el Ministerio de Justicia al equipo de expertos estipulaba el entierro en Leicester. Los tribunales le dieron la razón.

Looking for Richard. Ricardianos que, tras hacer posible la exhumación, iniciaron en 2015 una campaña para conseguir que el gobernante recibiera una sepultura católica de acuerdo a la fe que profesó. Criticaron la decisión de que sus restos terminaran en una iglesia anglicana y no en una acorde a su religión. «Existen numerosas pruebas de que Ricardo III tenía una fe personal muy seria —recordó John Ashdown-Hill—. Si Ricardo no hubiera muerto, tal vez la iglesia anglicana nunca habría existido.»

Ricardo III (esqueleto). Fue enterrado este jueves 26 de marzo de este año en la catedral de Leicester.

 

Publicado originalmente en Letras Libres.

 

Deja un comentario

Archivado bajo Cuaderno de usos múltiples, Un mundo raro

Los seres queridos

camin

En 2004 Héctor Aguilar Camín observa una foto de sus padres recién casados. Los personajes sonrientes de aquella imagen tomada sesenta años antes poco tienen que ver con los octogenarios que son en ese momento. Incluso ese clima de felicidad parece contradictorio con lo que la vida le tiene deparada a la pareja: Emma Camín y Héctor Aguilar se separarán, vivirán distanciados poco menos de medio siglo y en 2004 será el azar o, mejor dicho, la enfermedad la encargada de reunirlos en un hospital. Cuando el escritor le informa a su madre que quien fuera su marido está en el cuarto de abajo ella alcanza a responder: «Pobre hombre.» Cuando es el padre quien se entera de que la mujer a la que abandonó en 1959 se encuentra en el mismo edificio, comenta: «¿Emma Camín? Era una muchacha hermosa de Chetumal.» ¿Cómo hemos llegado aquí?, se pregunta el escritor. Adiós a los padres busca llegar a una respuesta.

No son pocos los libros que intentan indagar las oscuridades personales a través de la familia. De Canción de tumba a El cerebro de mi hermano, por mencionar dos ejemplos recientes, las revelaciones domésticas han representado un riesgo para el escritor que debe decidir la distancia para retratar a sus seres queridos, qué tantos jirones de piel es indispensable dejar en el intento y finalmente cuál es el control de daños que está dispuesto a emprender cuando el libro se encuentre ya en circulación. Para contar la historia de sus padres, Aguilar Camín ha decidido narrar desde diferentes distancias. El procedimiento, por supuesto, beneficia a la verosimilitud y en no poca medida a la apariencia de honestidad que necesita un relato de estas características, pero, al mismo tiempo, vuelve desiguales sus logros narrativos. Al abarcar ochenta años de sucesos, la claridad con que puede acercarse a cada uno es disímil, porque evidentemente los hechos lejanos solo pueden reconstruirse, imaginarse, conjeturarse y los vividos ofrecen, en cambio, un prodigioso catálogo de contradicciones emocionales. En los incidentes remotos Aguilar Camín echa mano de su pericia de investigador, pero también de una excesiva cautela; en los cercanos, afronta la vulnerabilidad del narrador, de alguien que sabe que la verdad novelesca no implica necesariamente la fidelidad a los hechos. De ahí que todos esos pasajes donde el escritor se asume como personaje son sin duda superiores, porque revelan un conflicto del autor con la realidad sin el cual no puede haber auténtica literatura.

Los inicios de la relación entre Emma y Héctor se remontan al año en que la familia Camín llega a Chetumal: 1938. A ratos, esa evocación lejanísima de los abuelos que atraviesan el Atlántico o el momento en que la pareja cruza sus primeras palabras dan la impresión de ser acciones que suceden con toda velocidad para llegar pronto a lo que realmente importa. Eso no significa que el escritor recurra a una desangelada enumeración de incidentes; sus constantes ires y venires al tiempo presente otorgan dinamismo a una historia que poco a poco se dirige a una catástrofe triple: la ruina económica, un ciclón que azota Chetumal y que obliga a la familia a huir hacia la ciudad de México, y la mañana en que su padre deja la casa sin despedirse.

La desgracia económica de Héctor Aguilar depende en gran medida de su personalidad. Hombre gris con iniciativa, Héctor buscará hacer su propia fortuna en la industria maderera, aun cuando eso signifique competir con la próspera empresa familiar. Una fina red de traiciones y juegos de poder hará que la suerte le sonría, pero será su oscura inclinación a entregarse a los otros, en particular a don Lupe el patriarca, la que lo llevará a la bancarrota. Ese «miedo a pelear» será el signo de su fracaso. «Nació para dejarse robar», resume Emma a la distancia.

Me queda claro que esa historia en que se mezclan la derrota, la deslealtad, el deseo de poder, beneficia no solo al retrato de su padre sino las imágenes de los hombres que aparecen en este libro. Son, a su modo, héroes trágicos a los que es posible describir acudiendo a los procedimientos propios de la novela política. Aguilar Camín conoce de sobra el oficio de iluminar literariamente los sótanos del poder, pero un reto mayor se le presenta cuando quiere aproximarse al heroísmo construido con esfuerzos ordinarios. A sus personajes masculinos, entre los que no faltan gobernadores y arzobispos corruptos, el autor ha opuesto una nómina de mujeres prácticas, únicas, inquietantes. La madre, por supuesto, que afrontará los problemas económicos y la responsabilidad de educar a cinco niños; la tía Luisa que cuidará de sus sobrinos en una ciudad que no conoce; o Nelly Mulley, la mujer que termina viviendo con su padre y que se sostiene dando servicios de adivinación por correo. Son esos retratos de mujeres y sus pequeñas gestas los que necesitan un registro distinto que a veces este libro alcanza, pero en ocasiones no.

La diferencia entre acudir a los recursos de la novela para contar una historia y afrontar el desafío del género puede ilustrarse cotejando el drama que el escritor ha sabido de oídas —la ruina del padre— con la reaparición de este décadas más tarde, en 1995. El encuentro causa el mismo desconcierto que la cita con un fantasma: cuarenta años de ausencia que se terminan con una llamada telefónica. El narrador se ve obligado a abandonar el terreno seguro de su oficio como novelista, para arriesgarse a contar los altibajos emocionales que le produce ver a su padre convertido en los despojos de sí mismo. ¿De qué modo responderle al hombre que los abandonó y que ahora pide ayuda? El lector entonces comprende que la novela está condenada a escindirse: allá la recreación de esas historias donde los padres y los hijos se disputan una concesión maderera, acá el registro directo, que muestra a hombres enfrentados a su propia decrepitud, a su anodina cotidianidad. Son estas reuniones del narrador con su padre —ese paciente «ponerse al día»— las que aportan la tensión que hacía falta en el libro.

El contraste entre los destinos de la madre y el padre es conmovedor. Héctor muere acompañado por la mujer contratada para cuidarlo; a Emma, en cambio, la rodean sus hijos y nietos. No obstante que ella ha tenido una mejor vida, el misterio del padre sigue ejerciendo un potente magnetismo en el autor y los lectores. Su historia de ascenso y caída, su ausencia y su reaparición, encajan mejor con nuestra idea de lo que debe contarse en una novela. Lo que este libro nos recuerda es que todavía hace falta una narrativa que reivindique a los que no caen, a los que siempre estuvieron ahí. 

.

314_9786073126892.jpg

.
.
Héctor Aguilar Camín

Adiós a los padres

Literatura Random House, 2014, 342 pp

Publicado originalmente en Letras Libres.

Deja un comentario

Archivado bajo Leer para vivir

Un vicio ampliamente recompensado

Vicio

Ilustración: Rodrigo de Filippis/La Peste

Los libros en oferta. Ese es mi vicio. Visitar librerías de usado, asaltar cajas de saldos, asistir religiosamente a ferias de remates, esperar la inexorable devaluación de ciertos títulos. Comparado con otras formas de la pasión autodestructiva parece una manía inocente, incluso ñoña. Pero no es verdad: posee el mismo poder corruptor de otros vicios. Con el tiempo, y a cierta distancia, no hay cómo distinguir a un adicto al juego de un tipo obsesionado con comprar libros baratos. Que otros se jacten de los libros que han leído, yo me jacto de los precios que he encontrado.

Todo comenzó en Puebla, a donde había llegado para estudiar un posgrado en Literatura. Como es del conocimiento popular si te encuentras a mil kilómetros de la casa de tus padres, la palabra administración va a ser indispensable para tu supervivencia, lo mismo que tener una lista clara de prioridades: qué cosas necesitas y cuáles tienen que ser a) nuevas, b) de primera calidad, c) costosas, d) todas las anteriores. Uno traza para cada caso una escala que va del 1 al 10 y demasiado pronto aprende que entre tantos gastos por atender —la renta, la comida, el transporte—, los libros están obligados a ser obscenamente baratos.

Puebla es generosa en librerías de segunda mano, pero también en librerías que ofertan libros devaluados, ejemplares que, por algún motivo, no tuvieron éxito en España o Latinoamérica y terminan amontonados en un rincón en espera de los cazadores de ofertas. Comprando este tipo de libros es que me volví adicto: eran casi nuevos, olían bien y, a diferencia de lo que sucedía en las librerías de viejo, cuando tomabas uno veías en realidad un libro y no una colonia de hongos. Hay algo en verdad gratificante en hacerte de especímenes a una cuarta o quinta parte de su valor. No todo mundo está capacitado para apreciar lo dulce que sabe la distancia entre el precio de compra y el precio que pudiste haber pagado por el mismo título en otro momento, pero ese es el tipo de cosas que a ciertas personas nos provocan una explosión de endorfinas. Así me hice de Las correcciones, de Jonathan Franzen o La belleza y el dolor de la batalla, de Peter Englund. Así llegaron a mis manos La feria del asilo, de John Updike y la Obra esencial, de Stephen Jay Gould. Nadie me cree que no he pagado por ninguno de los libros de Cheever más de cien pesos.

De lejos podría parecer una victoria ante la abusiva industria editorial, proclive a los precios inflados y a vender sus novedades como si se tratara de la última obra maestra surgida de Occidente, pero comprar a bajo costo tiene poco que ver con joderse al sistema. No obedece a eso que llamamos justicia poética ni a la idea de que la cultura debe circular con cada vez menos restricciones comerciales. El placer de encontrar un ejemplar a bajo costo es incomparable a la insípida sensación de bajar o compartir un libro completo en PDF. Es incluso más costoso en términos de tiempo perdido y menos solidario con los otros lectores, pero deja ese tipo de satisfacción que es difícil explicar a quienes todo lo han obtenido gratis. El mensaje, con todas sus letras, es: señores, tomen mi dinero, es una décima parte de lo que ustedes pedían en un principio, pero considero inmoral irme a casa sin pagarles. Aquí hay oportunismo y no ideología.

Del mismo modo que hay adictos a la heroína que son incapaces de establecer vínculos entre su adicción y el crimen organizado, uno quisiera pensar que no forma parte del aparato editorial, solo porque escribió alguna vez contra los bestsellers o asiste a las ferias del libro independiente, pero lo cierto es que uno está adentro y se revuelca en esos hermosos parajes que la misma industria ha deparado para su confort. Los libros de saldos —producto del dumping, esa práctica desleal de ofertar un libro a precio irrisorio y en calidad de pérdida— nos mantienen adheridos a la cadena comercial, a la librería de confianza, a los sellos editoriales que de repente nos parecen generosos.

Si uno puede conseguir un libro de Minotauro en cuarenta pesos, un ejemplar de Trotta a cincuenta, poco a poco va renunciando a sus nociones de lo que es un precio justo. Si la única virtud es la paciencia o la pericia para buscar en los estantes adecuados, uno pierde puntos de referencia respecto a cuánto vale de verdad un libro. Eso atenta no solo contra el libro en cuestión —el autor detrás de ese libro, el editor detrás de ese autor— sino contra todos los libros disponibles. Cada nuevo ejemplar empieza a parecer innecesariamente caro y vamos sintiéndonos poco a poco a merced de ese gusto por lo inmediato que tan bien conocen los bebedores. El placer termina por desconectarnos de la realidad.

Hay ventajas, por supuesto. Ventajas reales. Comprando a bajo costo uno puede arriesgarse, descubrir escritores más allá de los sospechosos comunes. Amortiguar las decepciones, leer sin orden, fragmentariamente, guiados apenas por la intuición. Desarrollar el mismo olfato con que años atrás nos adentramos a la primera biblioteca pública de nuestras vidas en busca del título que lo cambiaría todo. El espíritu que anima esta versión de los hechos quiere volver a ese momento infantil cuando todo era instinto y disposición para la sorpresa. Ir tras los saldos nos devuelve a todos esos títulos que quedaron varados en el camino. Nos recuerda que, ampliando un poco nuestras miras, un libro de 1990 todavía es una novedad.

Las librerías de usado albergan una satisfacción adicional: la de curiosear en la sala B de la literatura. La próxima vez que visites una mira con detenimiento a tu alrededor. Se supone que estás parado en el paraíso de la literatura de segundo nivel (alguien se había librado de esos ejemplares y había aceptado muy poco dinero a cambio), ¿no es extraño encontrarse de repente con Terry Pratchett, Margaret Atwood o Lorrie Moore? Había que tener una idea bastante torcida de la literatura para querer deshacerse de Zazie en el metro, pero hubo momentos en que agradecí que esa idea existiera en la mente de alguien. Esa imagen poderosa, construida con cada nuevo hallazgo, puede servir incluso para entender lo que ha sucedido con la crítica: el botadero de ciertos lectores puede llegar a ser, en algún momento, la mina de oro de otros.

Cuando tienes muchos meses en este negocio, la compra de saldos alcanza a convertirse en una manera válida de organizar lecturas. Del mismo modo que a muchos les parece natural inscribirse a una licenciatura en Letras y prometerse que leerán solo —o principalmente— literatura mexicana por cuatro años, yo en algún momento me he prometido leer únicamente libros que cuesten menos de cien pesos. Lo he hecho incluso cuando no había necesidad, por simple placer. He descubierto así pequeñas joyas y si tu vicio por los libros baratos te lleva a títulos como Una breve historia de casi todo es casi imposible salirse del círculo. Uno siempre albergará la esperanza de que la próxima obra-maestra-que-no-habría-hallado-de-otro-modo se encuentre ahí, a la vuelta de la esquina, a un precio irrisorio.

Sin embargo, como en todas las adicciones, los deleites de comprar a bajo costo llegan a ser tan intensos que uno no advierte sus excesos. Es un arma de doble filo porque si bien tus intereses empiezan a diversificarse —y dejan de depender del canon literario para echar mano de cualquier área que nos prometa pequeñas epifanías: los números imaginarios, la historia de las sufragistas, la vida sexual de los insectos— esa misma diversidad puede volverse en tu contra y tiranizar tus siguientes decisiones de lectura. No ya las obras de madurez de Shakespeare, como se esperaría de cualquier persona que pase la treintena, sino las vidas de los santos, los estudios de teratología o los testimonios sobre el punto G. Es nuestro equivalente a la antiquísima disyuntiva de convertirse en zorra o en erizo. Y no, no hay una sola respuesta satisfactoria.

La esencia de todo vicio es no saber cuándo detenernos, cuándo las condiciones que le dieron origen han pasado ya y es momento de volverse alguien decente. Así con mis libros. Mis hermosos y baratos libros.

Publicado originalmente en LA PESTE.

Deja un comentario

Archivado bajo Cuaderno de usos múltiples, Leer para vivir

Tres lecciones sobre el humor

Payaso22

Debo a Héctor Herrera, Jorge Ibargüengoitia y Ricky Gervais tres aprendizajes acerca del humor: lo que tiene de artificio, de exorcismo y de marco. Curiosamente, cada una de esas lecciones se relacionó con algún punto de mi vida y el lugar que ocupaban los libros en ella: lo que aprendí con Héctor Herrera en una época anterior a los libros, lo que supe con Ibargüengoitia en un momento en que lo único que me importaba eran libros, y lo que me enseñó Ricky Gervais una vez que había aprendido a rastrear ficciones extraordinarias más allá de la literatura.

.

Cholo y el truco retórico

cholo2

Los libros —las obras no escolares, la ficción y la poesía, en pocas palabras: la literatura porque sí— no llegaron a mi vida sino hasta que tuve once años. Antes de eso, toda mi educación provino del teatro regional. En ese entonces yo vivía en Campeche y un tío atesoraba las grabaciones de Héctor Herrera, Cholo, con la avaricia de quien guarda billetes bajo el colchón. Copiaba una y otra vez viejos casetes con las obras de teatro del comediante yucateco, quizás porque veía en ellos un patrimonio que desaparecería en cualquier momento. No se equivocó: hoy esas cintas se han endurecido o son ya irreproducibles. Como en Fahrenheit 451, sólo me quedó la memoria para preservar la literatura de mi infancia.

Pocas veces pude ver las obras de Cholo en directo, pero eso no impidió que me supiera palabra a palabra muchos de sus diálogos. En cierto sentido, sus casetes cumplían una de las funciones irremediables de los libros: crear el espejismo de lo vivido. Ese teatro para ciegos fue una suerte de soundtrack con el que recibí las primeras lecciones de política, sexo y humor. Los parlamentos de las obras de Cholo eran tan brillantes y naturales que un par de décadas después no puedo asegurar cuáles montajes vi y cuáles sólo imaginé. A la distancia pareciera que siempre estuve ahí, a unos metros del tablado.

Consumí sus parodias como quien escucha los discos de su banda favorita. Estreno tras estreno, de Cuna de perros a Mirando a tu mujer, inconscientemente fui educado en esa forma efectiva de la literatura que es la representación teatral. Escuchar a Cholo era escuchar las risas casi histéricas del público. De ese modo entendí que los chistes podían no estar con facilidad a mi alcance y, en esa niñez tan escasa de poesía, me esforzaba por interpretar frases cuyo auténtico significado exigían más esfuerzo que el ordinario.

Fui un seguidor fiel de de sus obras, y en cambio siempre detesté sus películas. Le tocó una mala época en la que lo común era participar en cintas vergonzosas, como las de la India María, pero el auténtico motivo de su fracaso es que su hábitat natural era el teatro del sureste, el humor con denominación de origen. Cholo para todos los públicos era un Cholo al que era difícil encontrarle la gracia. El resto del país, del continente, del mundo, no comprenderá nunca qué diablos tiene que hacer un actor y libretista como él en un medio obsesionado por la globalidad, por tener éxito en veinte idiomas. Cada que un periódico se refiera a Cholo como «cómico regional» será más bien para disculpar a sus lectores de que no le encontraran gracia alguna.

Un músico se encuentra con Santa Claus en la fila del Monte de Piedad. Hablan de la crisis y de los juguetes, de música triste y música alegre, muñecas de plástico y muñecas de verdad. El sketch que reunía todos estos elementos no trataba de absolutamente nada, pero en él latía la desordenada vitalidad de las conversaciones. Con apenas siete u ocho años encima, yo ya sospechaba que algo milagroso había en esos diálogos, cuya mayor virtud —como en el mejor jazz— era hacerte creer que todo estaba aconteciendo espontáneamente. Pasé semanas —meses, aventuraría que incluso un par de años— desentrañando la estructura de una obra donde los temas se conectaban unos con otros a través de sutiles coyunturas. No había yo comprado mi primer libro y ya padecía la misma curiosidad obsesiva de un formalista ruso. El primer aprendizaje literario que tuve respecto al humor me decía que la risa puede responder a un artificio cuya mayor virtud era pasar inadvertido.

.

Ibargüengoitia y la catarsis

la-ley-de-herodes-de-jorge-ibarguengoitia-16513-MLM20122340720_072014-F

Una década más tarde descubrí la segunda cosa que tenía que saber respecto al humor. En ese entonces yo quería escribir poesía, y estudiaba literatura en una facultad que estaba todo el tiempo rebosante de psicólogas bastante lindas, es cierto, pero regularmente indiferentes.

A mitad de la biblioteca, adonde iba a pasar las mañanas para no quedarme en casa, apareció un libro de cuentos: La ley de Herodes, de Jorge Ibargüengoitia, la edición de Joaquín Mortiz con la foto enorme del autor en la contraportada. Antes de ese suceso, no sabía que existiera un escritor mexicano con ese nombre. Todas mis historias de la literatura daban cuenta de autores cuyos apellidos parecían normales, incluso para un directorio telefónico.

Fue a los diecinueve años —después de una adolescencia de historias más o menos intensas, más o menos desdichadas— cuando comprendí que la literatura también podría ser una venganza contra la vida. Y es que La ley de Herodes, ese extraordinario único libro de relatos de Ibargüengoitia, se me presentó de principio como un «fragmento de vida», más que como una obra de ficción. El protagonista se llamaba Jorge Ibargüengoitia, como el autor del libro, y relataba sus desavenencias con un contagioso ánimo de exorcismo. De las frustraciones sentimentales a las crisis económicas, las narraciones de La ley de Herodes parecían más bien un ajuste de cuentas con la realidad. En su lectura, al tiempo gozosa y dolorosa, llegué a comprender que, dada la enorme cantidad de cosas sobre las que no iba a tener control, la literatura me podría servir a veces para equilibrar los números rojos.

Con Ibargüengoitia aprendí que uno no sólo podía ser su propio blanco del humor, sino que era catártico hacerlo. Confundir autor y personaje, con la intención no del todo explícita de dejarnos mal parados, era liberador. Esa revancha contra uno mismo y el mundo suponía atender esas pequeñas concesiones que aceptábamos en beneficio de la convivencia: los vecinos, la familia, los buenos modales, la rutina, el amor. Y, con un poco de lucidez, uno terminaba aceptando que en literatura los asuntos menores retrataban a los seres humanos con la misma claridad que las Revoluciones, la Política, la Angustia Existencial y todas esas palabras con mayúscula que solemos asociar con los grandes libros.

Ibargüengoitia me hizo amar la ironía, el humor negro, el humor que casi no lo parece, y detestar en cambio el sarcasmo. Al autor de Las muertas no le parecía buena cosa crear un personaje con el único propósito de burlarse a costa suya. El sarcasmo evidencia cierta superioridad moral, el humor de quien está convencido no de tener la razón sino de que tú no la tienes. La ironía, en cambio, admite que el mundo es caótico y cruel, y nosotros parte del problema. Reconoce que estamos inmersos en una maquinaria, cuyo horror se aprecia mejor en los detalles personales, y que apenas es necesario cierto grado de realismo para comprobar lo ridículo del asunto. El poder, las relaciones sociales, la economía doméstica, necesitan de cierta simulación que la ironía y el humor están empeñados en exhibir.

La risa, dijo alguna vez Ibargüengoitia, «es una defensa que nos permite percibir ciertas cosas horribles que no podemos remediar, sin necesidad de deformarlas ni de morirnos de rabia impotente». Ahogados, como quizás nos sentimos ahora, por una sociedad que funciona de un modo deficiente, el humor y la ironía llevan a entender los pormenores de ese estado de sofocación y no solo se limitan a proporcionar la ilusión de la panacea.

En vista de que el mismo Ibargüengoitia desaprobaba la idea de un grupo de estudiantes manoseando sus escritos, en el último semestre de mi licenciatura le rendí el mejor homenaje que podía hacerle: abandoné mi tesis sobre Las muertas.

.

Gervais y el contexto

extrasef18348_z

Pasaron otros diez años para que otro maestro del humor me hiciera pensar en este concepto tan huidizo que, como pensaba Chesterton, parece ufanarse en su falta de definición. A Extras, la serie que retrataba la vida gris de un aspirante a celebridad, la descubrí en un botadero del Blockbuster. La primera temporada venía con una irresistible etiqueta de descuento.

Extras es un programa menor, qué duda cabe: modesto, breve, las risas nunca están garantizadas. Y, sin embargo, con él descubrí una extraña particularidad del humor: en ocasiones era básicamente contexto. Ricky Gervais, la mente detrás de Extras junto con Stephen Merchant, se había hecho famoso con The Office, esa extraña mezcla de serie y documental que explotaba los malos chistes colocándolos en circunstancias incómodas. De ese modo, un cuento particularmente malo podía volverse muy gracioso, gracias al milagro de la recontextualización.

Esto suena muy técnico, pero es más sencillo de lo que parece. Desde hace mucho tiempo hemos querido confinar el humor a espacios muy específicos: la carpa, la literatura genérica, la pared de ladrillos. Pero el humor es incontenible y tiende a aparecerse en todos lados y sabotear la seriedad con la que leíamos un artículo que parecía fundamentado, o dejar mal parada a esa figura pública que hizo una broma que nadie entendió como tal. ¿Por qué en Twitter abunda un humor tan dañino que ni da risa, por qué ciertos chistes revelan más tensiones sociales que ingenio, por qué esta generación ha querido reírse de todo como una forma de mantenerse a salvo de todo?

Con las series de Ricky Gervais aprendí las relaciones entre el humor y su contexto, y que un chiste surgía de inventar un nuevo contexto a una situación. Por ejemplo: el tipo que descubre que su mujer lo engaña con el vecino. La situación en sí no debía dar risa, pero un chiste proporciona suficientes elementos para que no pensemos en esa historia como en la anécdota que un amigo te confía en un viernes de copas sino como ficción. El chiste era una forma de «ponernos a salvo» de una situación embarazosa.

Sin embargo, Gervais restituyó el humor de los malos chistes poniéndolos en momentos incómodos, revelando que una mala broma en un incidente peculiar sí podía dar risa, no por la broma en sí, sino por las tensiones sociales que dejaba ver, por las cosas horrorosas que queríamos ocultar a través del humor y que, en un nuevo contexto, quedaban expuestas a flor de piel.

En su hiperrealismo, Ricky Gervais me reveló que el humor funciona porque hay un contexto que le da sentido, y que hacer humor poniendo en primer plano esa relación dejaba una sensación mixta de incomodidad y risa auténtica. Que el humor que tenía al humor mismo de centro exploraba sin ambages uno de los temperamentos centrales de nuestra época: la necesidad de ser graciosos a como diera lugar.

Ya sea en The Office —donde el jefe David Brent quiso aliviar, a través del humor, las hostilidades inherentes a las relaciones de trabajo—, o en Extras —donde puede observarse un poderoso contraste entre el humor chabacano y simple de la comedia que protagoniza Andy Millman y el humor tristísimo de su vida real—, Ricky Gervais ha exhibido a esa sociedad que ha puesto a la risa en un alto peldaño. Lo ha hecho, además, con humor, precisamente, lo que ha servido para desechar la idea de que es necesario ponerse solemnes cada que queremos criticar a una generación obsesionada por atenuar cualquier conflicto mediante la risa.

La posibilidad de reconocer ese «marco» sólo pudo quedar clara a través de una serie de televisión. Un género que atendí con cierto retraso, pero que volvió a mi vida gracias a la generosidad y la piratería de internet. Al contrario de la opinión que ha querido ver a la televisión como una enemiga natural de la literatura, programas como Extras The Office me han permitido leer otras retóricas del humor y encontrar en ellas los contextos que las hacen efectivas. Del humor negro al humor incómodo, del chiste fallido al stand up que deja un sabor amargo tras la risa, gracias a los «contextos del humor» he podido explicarme por qué Louis C. K. es más complejo que las decenas de humoristas espontáneos de Twitter, a pesar de lo mucho que ambos recurren a eso que llamamos lo «políticamente incorrecto». Me ha hecho preguntarme también a qué tipo de humor podemos apostarle todavía en una sociedad que ha visto en la risa su moneda de cambio.

Publicado originalmente en Luvina.

3 comentarios

Archivado bajo Cuaderno de usos múltiples, Este hogar es catódico

Los intelectuales y la ofensa

jm_coetzee1

Por J. M. COETZEE

Los intelectuales racionales y laicos no se ofenden con mucha facilidad. Al igual que Karl Popper suelen creer que

debo enseñarme a mí mismo a desconfiar de ese peligroso sentimiento o convencimiento intuitivo de que soy yo quien tiene razón. Debo desconfiar de ese sentimiento por poderoso que pueda ser. De hecho, mientras más poderoso sea, mayor será e peligro de que pueda engañarme a mí mismo; y, con ello, el peligro de que pueda convertirme en un fanático intolerante.

Las convicciones que no están respaldadas por la razón (razonan) no son poderosas, sino débiles; que alguien que mantiene una posición se ofenda cuando se ve cuestionado es signo de la debilidad y no de la fortaleza de dicha posición. Todos los puntos de vista merecen ser escuchados (audi alteram parti); el debate según las reglas de la razón decidirá cuál de ellos merece vencer.

Esos intelectuales también suelen tener explicaciones bien elaboradas («teorías») sobre las emociones —ejemplos de ello son mi propia explicación del hecho de ofenderse y el análisis que hace Popper del «fanatismo»—, y la aplican introspectivamente, tanto como les es posible, a sus propias emociones. Cuando sí se ofenden, tratan de hacerlo de acuerdo con un programa: establecen (o creen que establecen) sus propios umbrales de respuesta, y se permiten (o creen que se permiten) responder a los estímulos sólo cuando se superan dichos umbrales. La creencia en el juego limpio (es decir, la creencia en que bajo las reglas del juego limpio ganan más a menudo los que pierden), que constituye uno de los valores más profundamente arraigados, también alienta su compasión hacia los desvalidos, los subordinados, y los disuade de burlarse de los perdedores.

La combinación de una vigilancia estricta y racional sobre las emociones con la compasión hacia los desvalidos tiende a producir una respuesta doble a las exhibiciones de indignación por parte de otras personas. Por un lado, la clase de intelectual que describo considera prerracional o irracional la indignación, y sospecha que no es más que un disfraz con el cual se engaña a sí mismo quien tiene una posición de debate débil. Por otro lado, en la medida en que acepta la indignación como respuesta de quienes carecen de poder, es muy posible que el intelectual tome partido por los indignados, por lo menos desde el punto de vista ético. Es decir, que, sin participar empáticamente del sentimiento de indignación, y quizá incluso considerando en privado que la indignación es algo atrasado —una caída demasiado fácil en el sentimentalismo interesado—, pero partiendo de la creencia en el derecho del otro a ofenderse, y en particular de la convicción de que no se debe redoblar la subordinación de los desvalidos prescribiéndoles el modo en que han de oponerse a dicha subordinación, el intelectual está dispuesto a respetar e incluso defender que otras personas se ofendan, de modo muy parecido a como puede respetar la negativa de alguien a comer carne de cerdo, aunque personalmente considere que el tabú es fruto de la ignorancia y la superstición.

Esta tolerancia —que, dependiendo de cómo se mire, es profundamente civilizada o bien autocomplaciente, hipócrita y condescendiente— es consecuencia de la seguridad que los intelectuales sienten respecto al laicismo racional dentro de cuyos horizontes viven, de su confianza en que puede proporcionar explicación a la mayoría de las cosas y, por lo mismo —en los propios términos de dicho laicismo racional, que conceden una importancia fundamental a la capacidad de explicar las cosas—, en que no puede ser objeto de ningún método de explicación más global que él mismo. La razón, que enmarca la realidad sin estar sujeta a su vez a ningún marco, es una forma de poder sin ningún sentido de cómo puede ser la experiencia de la impotencia.

Autocomplacientes pero al mismo tiempo exigentes consigo mismos, hay intelectuales de la clase que describo que, apuntando al «Conócete a ti mismo» apolíneo, critican y estimulan la crítica de los fundamentos de su propio sistema de creencias. Tal es su confianza en sí mismos que incluso pueden acoger favorablemente los ataques que reciben, sonriendo cuando se los caricaturiza o insulta y respondiendo con el reconocimiento más entusiasta a los golpes más perspicaces e inteligentes. Aprueban particularmente las explicaciones de su obra que tratan de relativizarla, de interpretarla dentro de un marco cultural e histórico. Aprueban esas explicaciones y al mismo tiempo se aplican a enmarcarlas, a su vez, en el proyecto de la racionalidad, es decir, se aplican a recuperarlas. En muchos sentidos se parecen al gran maestro de ajedrez que, seguro de sus facultades, espera encontrar adversarios dignos de él.

Yo mismo soy un intelectual de esta clase (y al mismo tiempo, según espero, en cierta medida no lo soy), y mis respuestas a la indignación moral o a la indignación ante la dignidad ofendida se formulan desde los procedimientos de pensamiento y el sistema de valores que he esbozado (aunque, una vez más, espero que no completamente desde ellos). Es decir, mis respuestas son las de alguien cuya primera reacción a los indicios interiores de sentirse ofendido es la de someter esos sentimientos incipientes al escrutinio de la racionalidad escéptica; de alguien que, si bien no es incapaz de ofenderse (por ejemplo, cuando lo llaman «colono»), no siente un respeto particular por su propio sentimiento de ofensa, no lo toma en serio, en especial como base para la acción.

En las Memorias del subsuelo de Dostoievski, el hombre del subsuelo, otro intelectual racional, aunque quizá de temperamento más irascible que la mayoría, identifica la capacidad de indignarse y ofenderse sinceramente (junto con la capacidad de sentir un amor sin reservas y experimentar una felicidad sin complicaciones) como rasgos propios de la clase de personalidad equilibrada y natural que preferiría poseer. Al mismo tiempo, desprecia la felicidad sin complicaciones y, en general, la vida no sometida a examen, y no le cuesta detectar el gusano de la autocomplacencia en el corazón de la sinceridad; su mordaz análisis identifica el hecho de ofenderse con las fanfarronadas cobardes del militar bravucón y con el último recurso del oficinista de traje raído. Sin embrago, su propia capacidad de enmarcar histórica y sociológicamente el hecho de ofenderse lo priva de todo sentido de convicción cuando él mismo trata de ofenderse. A la inversa, lo incisivo de su diagnóstico de la racionalidad como una interminable partida de ajedrez con el yo lo delata como un racionalista hasta la médula. Son dos cabezas de una paradoja multicéfala bajo cuyo dominio se debate en vano.

Para alguien que no respeta su propio estado de ofensa, resulta difícil respetar en el sentido más profundo el de otras personas. Sólo lo respeta en el sentido de que respeta la adhesión de otras personas a credos que considera supersticiosos, es decir, respetando su derecho al credo que elijan al mismo tiempo que mantiene todas sus reservas sobre el credo en sí, sosteniendo esta doble actitud sobre la base del principio pragmático de Locke según el cual si no nos inmiscuimos en las vidas privadas de otros será menos probable que ellos se inmiscuyan en la nuestra. Se trata de una transacción entre la convicción privada y la expresión pública que se asume en interés del orden cívico y la buena vecindad, una posición que dista de ser ética y no nos exige más que tomar nota de los sentimientos de los conciudadanos y comportarnos escrupulosamente, en todos los aspectos, como si los respetáramos. No nos exige ir más allá, y respetar de verdad, interiormente, esos sentimientos, en especial, cuando surge, los de indignación.

En Contra la censura (Debate, 2007).

Deja un comentario

Archivado bajo Leer para vivir

Vergüenzas propias y ajenas

Anita2

Una participante de American Idol recibiendo burlas del jurado; un científico obligado a disculparse por llevar una camisa con «pin ups»; las fotos de Lynndie England al lado de un prisionero de Abu Ghraib; una página web donde la gente hace escarnio de los penes pequeños. Si algo conecta a estas situaciones no es sólo su carga de vergüenza —la fuerza que debería hacernos mirar a otro lado, pero que al mismo tiempo nos mantiene observando— sino eso que el poeta y ensayista estadounidense Wayne Koestenbaum (1958) ha denominado el triángulo de la humillación: la relación intrínseca entre un abusador, una víctima y un testigo. Según diserta en las páginas de Humillación, entender nuestro papel en los actos degradantes —pero más allá: rastrear las conexiones entre un hecho hiriente y la idea que tenemos de dignidad— puede aportar interesantes matices sobre cómo el que esa dignidad sea siempre frágil es inherente a nuestra condición de seres humanos.

Más que un ensayo al modo tradicional, Humillación es un catálogo de ultrajes, un agujero negro de datos pop y un ejercicio introspectivo. Al echar mano de sucesos de la farándula, fragmentos de literatura o escenas de su vida personal, el autor va construyendo ante el lector su propia ceremonia de la vergüenza. Koestenbaum quiere, por supuesto, comprender los mecanismos que hacen posibles los actos ruines pero en mayor medida quiere responderse por qué él mismo se ha prestado —ya sea como abusador, víctima o testigo— a la humillación. Esta confianza hacia su propia experiencia y en el registro puntual de sus reacciones es el punto más débil y al mismo tiempo el más atractivo del volumen. Si bien Koestenbaum realiza un notable trabajo de autoconocimiento no logra profundizar en las vertientes culturales de la humillación. Y aunque el triángulo de humillación parece definirse a veces a la corta distancia (lejos de los reflectores y los públicos numerosos), la verdad es que necesita de un contexto específico que le otorgue sentido. Las torturas que Sade detalla en sus 120 días de Sodoma y las operaciones a las que se someten las concursantes de un reality show como The Swan acuden a dos distintos modos de entender la degradación. Un libro que pasa con tanta facilidad de un ejemplo a otro, de un siglo a otro, de las fotografías de linchamientos a la renuncia pública de Richard Nixon, desaprovecha la oportunidad de entender lo que un acto degradante le debe a su contexto.

En uno de sus fragmentos, Koestenbaum explicita su método: no quiere desarrollar un tema sino acudir a la yuxtaposición, a un collage de reflexiones que él denomina fugas y cuyo propósito es «señalar la presencia de redes subterráneas, simpatías y resonancias compartidas entre experiencias esencialmente distintas». Para lograrlo le es preciso renunciar a «una postura de sabiduría, onmisciencia, autoridad» y suponer, en cambio, «que la humillación es una constante histórica». Según el autor, una misma humillación toca por igual al chico de mandíbula abultada de su infancia y a las fotografías del cadáver de Susan Sontag, que tanto escribió sobre el conflicto moral de mirar imágenes donde alguien sufre. La afirmación descubre un enlace, luminoso es cierto, pero también oculta el importante hecho de por qué no es posible verlas como si fueran ejemplos intercambiables.

Alec Baldwin dejando un incómodo mensaje de voz a su hija, Michael Jackson en la corte, Judy Garland recibiendo una bofetada en la noche de su vida en Nace una estrella, Derek Walcott acusado falsamente de hostigamiento sexual, la homófoba Anita Bryant con la cara llena de pastel. Da la impresión de que los casos de este libro salieron de una tarde de aburrimiento en YouTube y no tanto de una mente capaz de entablar vínculos ahí donde no eran evidentes. Sus fuentes, por más heterogéneas que busquen ser —de El rey Lear al sitio de anuncios clasificados Craigslist—, no dejan de parecer un compendio de referencias de cierta clase media ilustrada, que ha sabido hallar en el espectáculo una mina de lecciones sobre la condición humana. Eso no significa que Koestenbaum no sepa interpretar hechos diversos, conectarlos con experiencias comunes a sus lectores, el arte de Basquiat o la teoría de Julia Kristeva, sino que con frecuencia queda satisfecho demasiado pronto y termina sus párrafos cuando la reflexión amenaza a llevarlo a sitios más recónditos.

La sensación que queda es la de estar frente a un libro construido a la manera de un álbum de recortes, lo cual no es un defecto, pero exige una estrategia crítica mucho más temeraria que la ofrecida aquí. Lo mismo sucede con sus elementos autobiográficos, en ocasiones, pertinentes, pero más de las veces, intrusivos (conforme avanzamos, la maniobra empieza a ser la misma que produce la humillación: poner en el centro del reflector a alguien más allá de lo soportable). Abandonar el territorio seguro del ensayo lineal para adentrarse a uno hecho con fragmentos que apuntan a muchos frentes necesita, desde luego, mucha determinación, pero para que valga la pena se requiere algo más que arrojo para bordear el vacío. Al renunciar a la linealidad y la historicidad Koestenbaum ha dejado fuera una virtud común a esos ensayos largos y meditados que ha evitado escribir: la profundidad. Se reserva, como cabría de esperar de cualquier ensayista, el derecho a utilizar la estructura y los recursos que se le vengan en gana, pero tras la última página el lector siente que ha flotado por demasiados nombres y ejemplos, que se ha quedado con un exceso de pistas, y que —en vista de la advertencia inicial del autor— no tendría por qué salir decepcionado del libro.

Esa experiencia —bajo una mirada como la de Koestenbaum, que ve humillaciones hasta en las malas críticas— es también un poco humillante.

Humillacion1

 

Wayne Koestenbaum

Humillación

Océano, México, 2014, 196 pp.

Publicado originalmente en Confabulario.

Deja un comentario

Archivado bajo Este hogar es catódico, Leer para vivir