El joven Marx: peleas, discusión y una grande pasión

Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica. La frase de Salvador Allende —que resurge cada tanto para explicar el habitual estado de excitación subversiva de las nuevas generaciones y para reprochar que otros no lo sientan con la misma intensidad— parece alentar un par de ficciones biográficas dedicadas a la figura de Karl Marx: Le jeune Karl Marx, la película de Raoul Peck (autor también del guion, junto con Pascal Bonitzer) y Young Marx, la obra de teatro de Richard Bean y Clive Coleman, cuya puesta en escena sirvió para inaugurar el Bridge Theatre en Londres. Ambas piezas, estrenadas el año pasado, coinciden en su propósito de retratar a Marx y a Engels como dos agitadores entrañables, pensadores «emergentes» en busca de pleito, y menos como el par de señores que, por cosas de la historia, salen a menudo al lado de Lenin en algunas imágenes de propaganda.

La película de Peck dibuja a un Marx a mitad de sus veinte, cuyos controvertidos artículos en la Gaceta Renana lo obligan a emigrar de Colonia a París. Coleman y Bean se centran en los primeros años en Londres, una vez que Marx ha superado la treintena y se ha instalado junto con su familia en un diminuto departamento en Soho. Los dos periodos, valga la pena repetirlo, estuvieron marcados por las dificultades económicas, los dramas familiares y un febril ritmo de escritura. El tono de farsa con pinceladas de tragedia de la pieza de Bean y Coleman proporciona mejores recursos para representar a un Marx dueño de un agudo sentido del humor y penetrante intelecto y, sin embargo, con importantes puntos ciegos (después de que Marx le confesara a Engels que sentía que la vida lo había tratado con brutalidad, su amigo le recuerda las condiciones de la clase obrera en Manchester, para poner en perspectiva su idea de sufrimiento). Es difícil determinar el centro dramático que proponen Bean y Coleman: puede ser el embarazo de Lenchen, la ama de llaves, que provoca una crisis en el matrimonio de los Marx, o la muerte del «pequeño Fawkes», el hijo enfermo. Pero no importa: la comedia se sostiene con solvencia porque puede contar la historia de los conceptos que más tarde quedarán plasmados en El capital como una trama de persecuciones, espías, celos de pareja y reuniones clandestinas. En ese sentido, la película de Peck es más convencional: elige un punto de inflexión —el encuentro entre Marx y Engels— y concluye con la publicación del Manifiesto comunista, el producto más emblemático de aquella incipiente amistad. La secuencia final —en que algunas fotografías cuentan la historia occidental del siglo XX mientras se escucha «Like a rolling stone» de Bob Dylan— establece una continuidad entre los oprimidos a los que se dirigía el Manifiesto y los de ahora. Se trata, por supuesto, de un epílogo previsible.

Esta necesidad de humanizar a Marx y a Engels a través de dos diferentes lapsos de juventud puede hallar su complemento en El joven Karl Marx (Akal, 2012), de David Leopold, cuyo subtítulo —Filosofía alemana, política moderna y realización humana— parece prometer muchas menos horas de diversión que la pieza teatral y la película. El especialista en teoría política ofrece un acercamiento a las obras que Marx escribió entre los veinticinco y los veintisiete años, en busca no del hombre y su circunstancia sino del profundo pensador político que era ya en aquel momento y cuyas contribuciones se vieron opacadas por su influyente trabajo posterior. No se trata de un volumen biográfico, aunque se apoya en muchos papeles personales, sino eminentemente teórico y, dada la apuesta, termina teniendo un particular encanto. Las rivalidades intelectuales de Marx de aquellos años importan para entender sus ideas, pero también para caracterizar su método de trabajo. Estudiar a quién estaba leyendo y con quién se estaba peleando proporciona al autor estimulantes líneas de interpretación para esclarecer aquel periodo.

Leopold se embarca en una lectura minuciosa de algunos textos — «Sobre la cuestión judía» o la Crítica de la filosofía del derecho de Hegel, por ejemplo— que a su parecer han dado pie a una serie de lugares comunes que merecen más de una precisión. Marx es en cierta medida responsable de esos malentendidos: el estilo oscuro de su prosa ayudó poco, lo mismo su ánimo combativo (para el lector moderno no siempre resulta claro quién es el blanco de esta o aquella diatriba). El esfuerzo, sin duda, es importante. Da la impresión de que la imagen del filósofo descansa en algunos veredictos —la influencia hegeliana, el desprecio por los derechos humanos, la abolición de la política una vez que se alcance la emancipación— bastante debatibles. Leopold pone sobre la mesa un puñado de ideas a contracorriente para ilustrar lo que todavía falta por discutir a ese respecto.

Como sucede con el resto de los jóvenes, una de las partes más desafiantes y difíciles de enfrentarse al joven Marx tiene que ver con encontrar ánimos y herramientas para entenderlo. A la par de una revisión a conciencia de sus adversarios, Leopold identifica aquellos procedimientos retóricos que a menudo operan en detrimento de su claridad, el anacronismo con que ahora leemos algunos de sus conceptos sustanciales —objetivación, alienación— y el carácter desigual de sus escritos —los publicados, los que no se publicaron pese a que fueron redactados con ese propósito, las anotaciones personales de lectura—. Sus argumentos resultan persuasivos en diversos grados: es extraordinariamente consistente para explicar por qué un periodista dedicado a asuntos como el robo de madera en Mosela dio un giro en sus preocupaciones para hablar de la pantanosa filosofía hegeliana, pero se enfrenta a problemas mayores cuando quiere identificar el lugar que ocupan los derechos humanos en su pensamiento. En ocasiones, tiene que ensanchar el criterio, atender detalles más dispersos. Los distintos sentidos que Marx atribuye a una misma palabra, sin duda, dificultan la comprensión, pero Leopold demuestra que hay una sólida coherencia en el primer Marx y que es posible establecer cuándo un concepto —digamos: el Estado— está siendo usado desde un punto de vista amplio y cuándo desde uno restringido, de acuerdo con el contexto. En ese plano, su «retrato» escarba zonas de la personalidad, las circunstancias históricas y el intelecto de Marx a las que el cine o el teatro son incapaces de llegar.

Hay algo particularmente atractivo en que las versiones Young y Jeune del filósofo rastreen en su juventud el ánimo subversivo, doméstico, en fin, humano, que pueda conectar al autor del Manifiesto comunista con el público actual. El drama del escritor freelance, angustiado por las fechas de entrega y la falta de dinero, obligado a compartir su hogar con un montón de personas mientras persigue sus propios intereses intelectuales, es la condición milénial por excelencia. Su vigencia como personaje no es tan complicada de lograr.

Pero hay todavía un camino más estimulante. La lucha por los escritos tempranos de Marx no puede considerarse el tipo de pasatiempo que tienen algunos investigadores, cuando han agotado las obras de madurez. Aquellos textos no solo sufrieron un accidentado y tardío proceso de edición sino que se dieron a conocer en un momento poco propicio, cuando todavía se identificaba al marxismo con el régimen soviético. Su entrada en escena produjo dos reacciones en abierto antagonismo: un bando consideró justo el olvido en que habían caído y el otro halló en ellos una clave que obligaba a releer a Marx con otros ojos. «El lenguaje y las inquietudes de los primeros escritos no tenían cabida en la versión autorizada del marxismo», cuenta Leopold, quien en su libro busca apartarse de ambas posturas. Esa labor de tomarse en serio los escritos de un joven de veinticinco años, incluso si se trataba de Marx, termina por ser un inesperado homenaje a su espíritu rebelde, en particular si supone desestabilizar la ortodoxia alrededor de su obra y librar batallas contra expertos «más dados a imitar el estilo del joven Marx que a ayudar a los lectores modernos a comprender lo que quería decir en realidad».

Publicado originalmente en Letras Libres.

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Cosas de presocráticos

1. Según menciona Favorino en el libro VIII de sus Historias misceláneas, Eratóstenes dice que Pitágoras fue el primero que boxeó técnicamente, en la 48a. Olimpiada [588-584 a. C.] llevando larga cabellera y un manto púrpura; y que, al ser excluido de la competición de los jóvenes, con mofa, en seguida fue a la de los hombres, y triunfó. Esto lo muestra el epigrama que compuso Teeteto:

Si recuerdas a Pitágoras, oh extranjero, un tal Pitágoras,
un boxeador samio, celebrado, de larga cabellera:
yo soy Pitágoras: pero si preguntas por mis obras a alguno
de los de Elis, le dirás que no es de creer lo que dice.

☛Diógenes Laercio, Vida, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres, VIII.

2. ¿Acaso los que expresan simbólicamente lo que hay que hacer, sin pronunciar una sola palabra, no son elogiados y admirados deferentemente? Así Heráclito, cuando sus conciudadanos le pidieron que les dijera su pensamiento sobre la concordia, subió a la tribuna, tomó una copa de agua fría en la que echó harina de cebada, la revolvió con una pizca de menta y tras beberla, se marchó, con lo que les mostró que el satisfacerse con lo que se puede y no necesitar cosas caras mantiene a los Estados en paz y concordia.
☛Plutarco, De garrulitate.

3. Heráclito se hizo misántropo y fue a vivir en las montañas, donde comía hierbas y plantas. Y como a raíz de eso se enfermó de hidropesía, regresó a la ciudad. Allí preguntó a los médicos, enigmáticamente, si eran capaces de hacer de una lluvia torrencial una sequía. Y como no lo entendieron, se enterró en un establo, con la esperanza de que el calor del estiércol evaporase el agua de su cuerpo […] Neanto de Cízico dice que, al no poder quitarse de encima el estiércol, quedó transformado a tal punto que no fue reconocido por los perros, que lo devoraron.
☛Diógenes Laercio, Vida, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres, IX.

4. El matemático Apolodoro dice que Pitágoras sacrificó cien bueyes cuando descubrió que, en el triángulo rectángulo, al cuadrarse la hipotenusa, [dicho cuadrado es] igual [a la suma de los cuadrados construidos sobre los lados] que circundan [al ángulo recto]. Y hay un epigrama que dice:

Cuando Pitágoras descubrió la célebre figura,
ofreció en su honor un afamado sacrificio de bueyes.

☛Diógenes Laercio, Vida, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres, VIII.

5. Zenón de Elea fue llamado «bilingüe» no porque fuese dialéctico, como Zenón de Citio, ni porque afirmase y refutase las mismas cosas, sino porque era dialéctico en su vida misma, pues decía una cosa y pensaba otra.
☛Elías, Categorías.

6. Cuando Zenón quiso derrocar a Nearco fue encarcelado. Al ser interrogado, le hizo saber al tirano que, acerca de ciertos asuntos, tenía que decirle algo al oído, y entonces le mordió la oreja. No la soltó hasta que fue lanceado […] Finalmente, se mordió la lengua y se la escupió al tirano en la cara. Entonces sus conciudadanos, envalentonados, lapidaron al tirano.
☛Diógenes Laercio, Vida, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres, IX.

7. En el poema de Empédocles, que siguió las enseñanzas de Pitágoras, se encuentra este verso: «Miserables, del todo miserables, mantened las manos apartadas de las habas». Los que juzgaron más diligente y sabiamente los poemas de Empédocles afirman que en este lugar «habas» significan los testículos, a los que según el estilo pitagórico los llama oculta y simbólicamente, habas…
☛Gelio, Noches Áticas, IV.

8. Cuando se le anunció a Anaxágoras que su hijo había muerto, con mucha calma dijo: «Sabía que había engendrado a un mortal».
☛Galeno, De las doctrinas de Hipócrates y Platón, IV.

9. Anaxágoras fue el primero que publicó un libro con dibujos.
☛Diógenes Laercio, Vida, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres, II.

10. Se hizo célebre lo que dijo Anaxágoras, cuando estaba por morir en Lámpsaco, a los amigos que le preguntaron si quería que, acaecida su muerte, fuera transportado a Clazómenas, su patria: «No hay ninguna necesidad, pues en todas partes la distancia a los infiernos es la misma».
☛Cicerón, Disputas tusculanas, I.

11. Cuenta Atenodoro en el octavo libro de sus Digresiones que una vez que Hipócrates estaba con Demócrito, este ordenó que le llevaran leche: luego de examinarla, dijo que era leche de una cabra primípara y negra. Hipócrates quedó al punto admirado de su agudeza. Hipócrates iba a compañado por una joven, a la que Demócrito saludó, el primer día, diciéndole: «¡Hola, muchacha!»; pero el segundo día su saludo fue, en cambio: «¡Hola, mujer!». La joven, en efecto, había sido desflorada durante esa noche.
☛Diógenes Laercio, Vida, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres, IX.

12. En este sentido Asclepíades dice que, según se cuenta, Demócrito, después de cuatro días de ayuno, estaba ya próximo a la muerte y fue entonces cuando algunas mujeres lo exhortaron a mantenerse con vida unos días más; él, para no arruinarles la fiesta de las Tesmoforias que se estaba celebrando en esos días, les ordenó que lo trasladaran y lo instalaran cerca de los panes, cuyo aroma llenaba el lugar. De ese modo, aspirando el aroma que salía del horno, Demócrito recuperó las fuerzas y se mantuvo con vida durante el tiempo necesario.
Anonymus Londinensis, XXXVIII.

FUENTE: Los filósofos presocráticos. Obras I y II. Traducción y notas de Conrado Eggers, Victoria Juliá, Néstor Cordero, Ernesto La Croce y María Isabel Santa Cruz (Gredos, 2015).

Costumbres del mundo antiguo

1. Los libios maclieos, cuando muchos pretenden a una mujer, cenan en casa de su cuñado en presencia de la mujer; y cuando han hecho numerosas bromas, la mujer se casa con el autor de aquella que le ha hecho reír.

2. Los dardanios, un pueblo ilirio, se lavan solamente tres veces en su vida: cuando nacen, en su boda y cuando mueren.

3. Los lacedemonios exhortan a sus propias mujeres a que tengan hijos de los más apuestos tanto de los ciudadanos como de los extranjeros.

4. Los niños persas aprenden a decir la verdad entre ellos como si fuera un saber.

5. Los sardolibios no adquieren ningún utensilio aparte de la copa y el cuchillo.

6. Las mujeres de los saurómatas no se casan antes de que hayan dado muerte a un enemigo.

7. Entre los egipcios no puede presentar testimonio un analfabeto.

8. Los persas castigan con la muerte a quienes causan daño al fuego, orinan en el río o se lavan en él.

9. Los libirnios tienen las mujeres en común y crían a sus hijos en común hasta los cinco años; después, al sexto, tras reunir a todos los niños, establecen los parecidos con relación a los hombres y dan a cada padre el que se le parece; y desde que recibe al niño, cada uno lo toma a su cargo como hijo.

10. Los mósinos alimentan a su propio rey encerrado en una torre; y si a alguno de ellos le parece que ha tomado malas decisiones, lo matan de hambre.

11. Los tríbalos forman cuatro filas en los combates: la primera, la de los débiles; la que sigue, de los más fuertes; la tercera, de los caballeros y, la última, la de las mujeres, que sirven de obstáculo a quienes emprenden la huida, lanzándoles palabras de mal augurio

12. Entre los persas, el que descubre un placer nuevo, recibe regalos.

FUENTE: Nicolao de Damasco (1, 2, 3, 5, 7, 9, 10, 11) y Paradoxógrafo vaticano (4, 5, 6, 8, 12), en Paradoxógrafos griegos. Rarezas y maravillas, edición de Javier Gómez Espelosín (Gredos, 2008).

Hallazgos diversos (3)

1. Científicos e investigadores que aparecen en las películas del Santo:

Profesor Williams (La furia de los karatecas), doctor Jeremias Marcus (Santo contra las lobas), doctor Irving Frankestein, doctor Genaro Molina, doctor Mora (Santo y Blue Demon contra el doctor Frankestein), profesor Esteban Lira (La venganza de la Llorona), doctor Robert Mann (Santo contra el doctor Muerte), profesor Jordan (Santo contra la magia negra), profesor Luis Cristaldi (Santo y Blue Demon contra Drácula y el Hombre Lobo), doctor Thomas (Misión Suicida), doctor Bernstein (Santo contra los asesinos de otros mundos), doctora Freda Frankestein, doctor Yanco (Santo contra la hija de Frankestein), profesor Romero, profesor Jiménez (La venganza de la momia), profesor Castro (Santo contra los cazadores de cabezas), doctor Moon (Santo contra la Mafia del Vicio), profesor Gerard (Santo y Blue Demon en la Atlántida), doctor Igor (Santo frente a la muerte), doctor Kur, doctor César Sepúlveda, profesor Soler, profesor Van Roth (El tesoro de Drácula), profesor Ordorica (La invasión de los marcianos), doctor Toicher (Profanadores de tumbas), doctor Zanoni (El hacha diabólica), doctor Karol, profesor Galván (El museo de cera), profesor Corberra (El hotel de la muerte), profesor Orlof (Las mujeres vampiro), doctor Campos (Santo contra el cerebro del mal).

2. Mensajes de Karl Marx a sus editores acerca del libro sobre economía política que les había prometido:

☛1 de agosto de 1846: “Como hace tanto tiempo que no repaso el manuscrito del primer volumen de mi libro, casi terminado, no habré de publicarlo sin revisarlo de nuevo, tanto en su contenido como en el estilo.”
☛22 de febrero de 1858: “Llevo trabajando algunos meses en sus partes finales. Pero logro avanzar muy poco porque en cuanto me dispongo a dar carpetazo a temas a los que he dedicado años de estudio, empiezan a revelarse nuevos aspectos que exigen ser reelaborados”.
☛Finales de septiembre de 1858: “El manuscrito estará listo para su envío en dos semanas”.
☛22 de octubre de 1858: “pasarán semanas para que pueda enviarlo”.
☛12 de noviembre de 1858: “Habré terminado en cuatro semanas, al haber comenzado ahora la redacción”.

3. Versión del monólogo de Hamlet, reconstruido de memoria por un copista para una edición barata de Shakespeare, de común circulación antes de que apareciera el Primer Folio en 1623:

Ser o no ser, ay es el asunto,
Morir, dormir, ¿es eso todo? Ay todo.
No, dormir, soñar, ay María así es,
Pues en ese sueño mortal, cuando despertamos,
Y puestos frente a un sempiterno Juez,
Del que ningún viajero ha regresado…

4. Carta de Johanna Schopenhauer a su hijo Arthur en 1807:

Tú no eres un hombre malo, no careces de espíritu y educación, tienes todo lo que podría hacer de ti el decoro de la sociedad humana. Conozco además tus sentimientos y sé que hay pocos mejores que tú; pero, a pesar de eso, eres fastidioso e insufrible y considero penoso en extremo vivir contigo. Todas las buenas cualidades quedan empañadas y no sirven para nada en el mundo a causa de tu arrogancia; por la sencilla razón de que no puedes dominar la manía de querer saberlo todo mejor que nadie, de encontrar faltas en todas partes menos en ti mismo, de querer mejorarlo y controlarlo todo. Con ello exasperas a las personas que te rodean, pues nadie quiere dejarse ilustrar y mejorar de manera tan brutal, y menos aún por un individuo tan insignificante como eres todavía tú; nadie puede soportar el ser censurado por ti, que tantas flaquezas tienes, y menos aún de esa manera despectiva que utiliza un tono oracular para definir las cosas, sin plantearse siquiera una sola objeción. Si fueras menos de lo que eres, serías sencillamente irrisorio; pero de este modo, eres irritante en extremo. Los seres humanos, en general, no son malvados cuando no se les acosa. Podrías, como otros tantos miles de personas, haber vivido y estudiado en Gotha y podrías haber disfrutado de toda la libertad personal que las leyes conceden si te hubieras limitado a seguir con tranquilidad tu camino y hubieras dejado que los demás siguieran el suyo; pero no te conformas con eso y el resultado ha sido tu expulsión […] Una gaceta de literatura ambulante, que es lo que a ti te agradaría ser, es una cosa aburrida y odiosa porque no se la puede leer entre páginas y echarla sin más detrás de la estufa, como pasa con las que están impresas.

5. Castigos que recibió James Joyce, en aquel entonces de siete años, entre febrero y marzo de 1889, según registros del colegio Clongowes Wood:

☛Dos palmetazos en febrero por no llevar a clase cierto libro.
☛Seis en marzo por tener las botas sucias.
☛Cuatro también en marzo por decir “palabras indecentes”, falta esta última —apunta el biógrafo Richard Ellmann— que “seguiría cometiendo con frecuencia creciente durante el resto de su vida”.

 

FUENTES: 1. Imdb.com, 2. Francis Wheen, Karl Marx (Debate, 2015); 3. Bill Bryson, Shakespeare (RBA, 2009); 4. Rüdiger Safranski, Schopenhauer y los años salvajes de la filosofía (Tusquets, 2013); 5. Richard Ellmann, Cuatro dublineses (Tusquets, 2014).

Hábitos de la gente presocráticamente efectiva

[Refranero clásico griego]


De Cléobulo, el Líndico:
-Sé buen oidor y no gran hablador.
-No reprendas, estando borracho, a los domésticos: que si los reprendes, parecerá más bien que los insultas.
-No te rías con los burladores, que te harás odioso a los burlados.


De Solón, el Ateniense:
-No te hagas de prisa con amigos; mas no te deshagas tampoco de prisa de los que tengas.
-Pon a tus palabras el sello del silencio, y al silencio el de la oportunidad.
-Huye de aquellos placeres que paren tristeza.


De Quilón, el Lacedemonio:
-Acude sin prisas a los banquetes de los amigos, acude con prisas a sus desgracias.
-No gastes mucho en bodas.
-No corra tu lengua más que tu entendimiento.


De Tales, el Milesio:
-De tu padre no tomes lo vil.
-No te traicionen tus propias palabras ante los que en ellas confían.
-Hazte el garante, que la pagarás.


De Pítaco, el Lesbio:
-Devuelve los depósitos.
-Soporta con condescendencia las pequeñeces de tus prójimos.


De Bías, el Prieneo:
-No seas ni de natural bonachón ni de natural malicioso.
-Al varón indigno no hay que alabarlo ni por sus riquezas.
-Toma lo que te den a las buenas, no a las malas.


De Periandro, el Corintio:
-Hazte digno de tus padres.
-En la próspera fortuna sé comedido; en la adversa, sensato.
-Reprende como si hubieras de ser inmediatamente amigo.


Los presocráticos. Traducción y notas de Juan David García Bacca (FCE, 2007).

Cómo tu comentario sagaz en redes está empobreciendo el debate

En buena lid y con todo respeto

«Ayer un dude defendía tanto a AMLO en la plática que llegamos al punto en el que dijo ‘lo importante no es lo que dice, sino lo que hace’, entonces le dije que metió a Cuauh Blanco como gobernador y a Sergio Mayer como diputado. A eso, niños, en los noventa le decíamos FATALITY.»

La anterior publicación del 31 de enero de este año alcanzó los dieciocho mil favs y recibió casi cuatro mil retuits. No es ni de cerca el tuit más exitoso de Twitter ni siquiera de su autor, Chumel Torres, dado el millón y medio de personas que lo siguen, pero ejemplifica a la perfección la retórica del comentario en redes y, ya entrados en materia, de cierto espíritu de los tiempos: es gracioso, conciso, coyuntural, tiene un cariz que podríamos considerar político, identifica a un enemigo claro y obliga al público a decodificar, en segundos, decenas de elementos no explícitos. Acude, por si fuera poco, a la nostalgia de una generación con una amplia presencia en internet: aquellos que fueron niños y adolescentes en los noventa y que ahora, superada ya la treintena, han encontrado en el activismo, la opinión pública o el retuiteo una forma de expresión política. Consciente de que se trata de un grupo particular, me tomaré un momento para explicar lo que es un fatality. Mortal Kombat era un videojuego de pelea que alcanzó una enorme popularidad hace unos veinticinco años en buena medida debido a sus gráficos digitalizados y a su violencia gratuita. Cuando uno de los contendientes había sido derrotado y oscilaba indefenso a punto de caer por su propio peso, el ganador tenía la posibilidad de asesinarlo a través de un movimiento coreográfico y sangriento, producto de una secuencia de botones. Podía arrancarle la cabeza con todo y columna vertebral, extraerle el corazón con la mano o calcinarlo de un escupitajo. El movimiento era innecesario, despiadado y, en la vida real, simbolizaba la vergüenza del adolescente que jugaba al lado de ti. Solo por reunir tantas virtudes con un mínimo esfuerzo, el fatality estaba llamado a ser el punto culminante de todo el combate.

Ahora bien, la metáfora representa de manera bastante exacta la dinámica en redes sociales: hay que invertir todas las energías no en llegar a algún lado, tener una buena pelea, ni siquiera en alzarse con una victoria justa, sino en dejar en ridículo al oponente. En el terreno de las discusiones, no se trata de continuar un debate —es decir, hacerlo más preciso, más matizado, más abierto— sino de ser eficaz para darlo por terminado: con el mínimo espacio, la máxima visibilidad, en este preciso instante. Ese modelo de discusión ha dado lugar a comportamientos de sobra llamativos, como los que propiciaban las maquinitas en los noventa: con gente que golpeaba con desesperación una palanca y seis botones e intentaba disimular el nivel de intimidación que sentía debido a la veintena de intrusos que se habían reunido a su alrededor. En el escenario de las redes, no hay que ser un catedrático en persuasión pública para darse cuenta de que las discusiones no lucen como una sucesión dialéctica de argumentos; se parecen más a dos o más seres humanos intentando no perder la dignidad mientras se hunden en los malentendidos y en acusaciones que involucran elementos biográficos dignos de una ficha de identificación (raza, apellidos, posición social, género). Es ridículo por fuera y endemoniadamente desesperante si te encuentras dentro. De cómo contribuimos a esa versión del debate trata este ensayo.

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Amiga, date cuenta

«Hay una vieja sospecha frente a la elocuencia como un arte innecesario, embaucador y engañoso en el peor de los casos —asegura Daniel Innerarity en La política en tiempos de indignación (Galaxia Gutenberg, 2015)—. Platón formuló la versión más irreconciliable del antagonismo entre el poder y la verdad al considerar que la política democrática prefiere sistemáticamente la popularidad a la verdad […] Convencer a otros, el cometido fundamental del oficio político, es algo que guarda un cierto parecido con engañarles, y de ahí que pueda ser tomado por lo segundo.» Esa desconfianza por la persuasión define como pocas cosas el debate en redes. No es infrecuente observar que, en las discusiones que involucran reclamos de justicia social, ceder o ser convencidos puede ser interpretado como falta de compromiso o miopía ante las desigualdades. En las controversias de internet todo puede reducirse a tomar partido o adoptar posturas tan rígidas que cualquier leve desviación se considera un acto de incongruencia o un ejemplo de doble discurso.

Y es verdad que existe cierto aprecio por la discusión en redes porque se opone a las maneras tradicionales de la opinión pública, una esfera que hemos identificado con el elitismo de quienes opinan, la conveniencia de quienes publican y la pasividad de quienes leen. Las redes sociales, en contraste, ofrecen un nivel superior de debate porque mejoran las condiciones entre los interlocutores, eliminando la verticalidad y las restricciones. Si antes se pensaba que había un vergonzoso alejamiento entre la clase política, los comentaristas, los académicos, los intelectuales, los artistas y el resto de los ciudadanos, la aparente cercanía y horizontalidad de las redes nos ha hecho creer en un diálogo más incluyente y democrático –y en cierto sentido más crítico, porque no está sujeto a los intereses de los dueños de los medios masivos de comunicación.

Sin embargo, habría que ver más a detalle si las nuevas condiciones de diálogo son tan favorables a la crítica y la salud democrática como supusimos en un principio. Que las conversaciones integren a nuevos participantes o que sea posible interpelar a un político o un columnista no significa necesariamente que hayan abandonado su verticalidad. Es posible que no se trate de la verticalidad tal y como la hemos conocido, en donde el prestigio y las credenciales académicas de un comentarista parecían darle derecho a opinar sobre lo que fuera que estuviera sucediendo, incluso si no tenía un punto de vista informado. Ahora hay una curiosa mezcla de popularidad, credenciales académicas, superioridad moral, agudeza y beligerancia que sirve para crear diálogos inequitativos. Discutir con alguien que cuenta con un millón de seguidores no es lo mismo que con alguien que no supera el millar. La cantidad de agresiones anónimas que uno puede recibir invita ya sea a callarse, ya sea a desestimar todas las críticas calificándolas de troleo. Hacer sentir culpables a otros por lo que les gusta supone colocarte encima de ellos —no es tan difícil si los convences de que el exitoso video de una pacarana bañándose era en realidad maltrato animal o de que el supuesto maltrato animal era el modo común en que se acicalan las pacaranas—. Hacerlo con un chiste o enarbolar en cada ocasión tu derecho a estar enojado hace también la diferencia.

Esta manera cada vez más recurrente de discutir ha favorecido un tipo de participación al que no le faltan el ingenio, la premura y las ganas de molestar. Una atractiva mezcla cuya mejor expresión es un tipo de comentario al que hemos vaciado a conciencia del propósito de persuadir. Y no me refiero a ser corteses y terminar cada intervención con un cordial «saludos». La sugestión significa menos una palabra amable y más un argumento convincente, con el que reconoces que vale la pena destinar tiempo y esfuerzo para afinar un razonamiento con el fin de atender un argumento contrario. Sin embargo, como explica Innerarity, la desconfianza hacia la retórica supone también una confianza excesiva en la verdad. Porque, si bien tenemos problemas para explicar qué es la verdad, al menos estamos convencidos de cómo las personas deberían reaccionar ante ella: como Saulo de Tarso, después de escuchar la voz de Cristo, sin llevarse tanto tiempo. Si se recuerda bien, el hijo de Dios no se portó precisamente cordial con el hombre que perseguía a los suyos, tampoco particularmente discursivo. Se diría que fue directo y brusco y le dejó todo el trabajo de reflexión, autocrítica y deconstrucción al futuro san Pablo. Puestos a hacer justicia, aquel santo fue uno de los primeros amigos que «se dio cuenta».

Así, una buena cantidad de nuestro tiempo y sagacidad en redes se dirigen a redactar verdades que tengan forma de revelación y que, a la par, sean «incómodas”, entendida la incomodidad como el enfado que despertará en algunas personas en concreto. El problema es que no resulta tan difícil hacerse de una verdad molesta en una plataforma que, en sus debates más sonados, parece privilegiar el encono. Las estrategias van desde las indirectas protagonizadas por un «ellos» que puede ser un grupo tan amplio que resulte borroso —como los «fachos», los «intelectuales» o la «izquierda»— o muy específico —como las feministas pop en oposición al feminismo académico—, cuyos referentes se vuelven de pronto tan crípticos que los mismos participantes no saben bien dónde ubicarse. Pero no es raro que las dedicatorias sean explícitas. Exhibir la opinión de alguien sin comentar nada al margen tiene apariencia de verdad rotunda, lo mismo que comparar diversos tuits, algunos provenientes de un pasado muy remoto, para demostrar su «doble discurso». En el primer caso se descontextualiza una declaración y en el segundo se ofrece un contexto que pone en tela de juicio su autoridad moral, pero en ninguno de esos ejemplos hay intenciones de convencer a nadie. Son maneras de no tener una discusión.

Que la verdad debe ser simple, espontánea y molesta tiene su imagen más potente en aquel cuento popular sobre el traje nuevo del emperador. Conviene volver a la anécdota: un emperador, aficionado a la moda, recibe la visita de dos supuestos sastres. Ellos le venden la idea de que pueden confeccionar prendas que son invisibles a los estúpidos. El soberano les hace el encargo, convencido de las virtudes que tendrá para su reinado contar con una indumentaria de semejantes propiedades. Cada que envía a un funcionario a ver el avance de su traje, recibe entusiastas informes, porque ninguno quiere reconocer que no puede ver la tela. Durante el estreno público de su nuevo atuendo, un niño señala en medio de las simulaciones de la corte: «¡El emperador va desnudo!» El pueblo entero reconoce que es verdad, pero el emperador, demasiado altivo para admitir los hechos, continúa actuando como si tuviera ropa.

«¡El emperador va desnudo!» debe ser una de las frases más inspiradoras de la literatura universal, porque, enamorados de su irrebatible sencillez, vemos en ella una justificación para hablar con honestidad de un modo único: siendo simples, inesperados y molestos. Sin embargo, lo más interesante de aquella historia no es la espontánea intervención del niño que puede echarle en cara a la sociedad su hipocresía, sino la construcción misma de la mentira, la combinación de factores que propiciaron que medio mundo cayera en ella: en la versión del cuento de Hans Christian Andersen, la vanidad del soberano, el miedo que experimentaba la corte a mostrarse como una panda de ineptos y la fe en que existe un mecanismo para distinguir a los tontos de los inteligentes y en que hacer esa separación en realidad nos pone por encima de ambos bandos.

En nuestros días se diría que todos los involucrados experimentaban una serie de sesgos que les impedían aceptar los hechos. Pero quizás habría que cavar más profundo y entender en el relato la fascinación que despiertan aquellos dispositivos que, en apariencia, nos dan permiso de evaluar la estupidez o la hipocresía ajenas a la par que nos brindan una profunda satisfacción personal. Dispositivos retóricos, se entiende: una pregunta que ponga a prueba a un grupo («la gente que opinó sobre x, ¿ya dijo algo sobre y?»), el diagnóstico de una acción que no requiere prueba alguna (gente que «no entiende que no entiende» y «defiende lo indefendible»), la relación del oponente con un sistema social injusto (que él «ayuda a sostener con su opinión»), la distopía que ya sucedió por no haber puesto suficiente atención («Vivimos ya en Fahrenheit 451», se comenta si se saca un libro polémico del programa de estudios de un distrito escolar) o, ya en última instancia, la evidencia de que hemos fracasado como especie (cualquier cosa a la que se pueda colocar el eslogan «que ya llegue el meteorito»).

Si uno acumula la cantidad de contradicciones ajenas que se exhiben en Twitter y Facebook, sorprende que exista siquiera el pensamiento congruente, que algunas personas se gradúen de las universidades o que podamos redactar artículos medianamente legibles. Pero no se trata de un problema del mundo sino de quien observa y juzga, del tipo de parámetros que le sirven y de los propósitos a los que quiere llegar. A menudo se lee que la gente en internet enlaza artículos diciendo: «Vaya, por fin un poco de sentido común» o «Se echa de menos esta lucidez». Pero, ojo: no es que vivamos tiempos oscuros para la reflexión, o no más oscuros que hace una década, sino que estamos pensando en una idea de congruencia o lucidez planteada exactamente para que sea un bien escaso. El convencimiento de que la imbecilidad reina sobre la tierra nos concede hablar con el nivel mínimo de persuasión. Para qué si todo es cuestión de decirles: «Es la economía —o la corrección política o el patriarcado—, estúpidos.»

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Ya siéntese, señor

A fines de noviembre de 2017, una noticia incendió las redes sociales: la sucursal de Cinépolis en Campeche prohibía la entrada a niños menores de tres años. Rápidamente hubo posiciones que alababan la medida y otras que la criticaban con dureza: se discutió si era discriminatoria, si la comodidad de una mayoría justificaba la restricción, si había lugares más adecuados que otros para llevar a un niño de tres años, si revelaba un ineficiente sistema estatal de guarderías, finalmente, si la convivencia era posible. El usuario Ángel González, un especialista en diseño de sonido, explicó en un hilo de Twitter que la medida —establecida por un reglamento municipal y no por la empresa— buscaba proteger a los niños de la presión sonora de 85 decibelios que levantaba el sistema de bocinas de los cines. Pero su comentario llegó cuando la discusión había avanzado por rumbos insospechados y ya se hablaba de cómo tu postura respecto al caso podría servir para identificarte como izquierdista de verdad (en contra) o «derechista de clóset» (a favor).

Incluso la explicación de González tuvo que enmarcarse en la dinámica de descalificaciones de las redes sociales. A pesar de su información detallada y su disposición de poner en el centro el problema original, se había convertido en el dispositivo que nos daba permiso de considerar estúpido a alguien más. Y era, al mismo tiempo, una reafirmación de que uno no había caído en la trampa. El crítico y editor Alejandro Merlín lo expresó en un tuit: «Lo que muchos llaman opinar consiste en buena medida en juzgar bien culero a la gente.»

Tampoco podemos fingir que hoy mismo no existen plataformas para el debate complejo y que los pleitos que uno alcanza a ver en Facebook y en Twitter representan el porcentaje más importante de las discusiones en la esfera pública, pero la preocupante frecuencia con la que los medios retoman tuits o estados de Facebook para informar de una controversia o retratar el ánimo colectivo puede darnos alguna pista de hacia dónde estamos obligados a mirar. ¿La simpleza y la contundencia con la que juzgamos al mundo desde las redes proviene solo de sus características o intervienen también el modo en como aprendimos tradicionalmente a discutir, la falta de tiempo y recursos materiales para encontrar extensos argumentos y contraargumentos en páginas serias y de acceso gratuito? No lo sé, pero valdría la pena preguntarse al menos si, por sus ventajas tecnológicas, hemos desplazado hacia las redes nuestra idea de intercambio público y lo que ese desplazamiento significa.

En Sin palabras. ¿Qué ha pasado con el lenguaje de la política? (Debate, 2017), el presidente y consejero delegado del New York Times, Mark Thompson, describe las características que considera más inquietantes del discurso político contemporáneo: «Consigue su impacto rechazando toda complejidad, condicionalidad e incertidumbre. Exagera hasta el extremo para expresar su idea. Se basa en la presunción de una mala fe incorregible por parte de su blanco político. No acepta la responsabilidad de explicarle nada a nadie, y en lugar de eso trata los hechos como materia opinable. Rechaza la posibilidad siquiera de un debate racional entre las partes.»

Para Thompson, habría que recuperar la confianza en que el lenguaje público puede decir cosas de relevancia social. Y para lograrlo vale la pena incluso poner atención a las opiniones equivocadas, interpretar en ellas cierto estado de ánimo de personas que son tus iguales y que podrían incluso darte un argumento válido. El proemio del Poema de Parménides que analiza a la luz de la actual crisis del lenguaje político pone algunas cosas en claro (son escasas las ocasiones en que van a encontrar las palabras «claridad» y «Parménides» juntas, así que presten atención): «Debes esforzarte por saberlo todo, tanto el corazón inmutable de la realidad como las opiniones de los mortales que revelan su falta de entendimiento. Aun así, deberías interesarte por sus opiniones, pues solo entonces podrás entender las impresiones y actitudes que los seres humanos toman por la verdad.» Lo que Thompson ve en ese fragmento es que la verdad de las evidencias y la retórica de la opinión son inseparables y que es mejor estar conscientes de ello en lugar de soñar con el día en que las declaraciones de políticos, comentadores en medios y usuarios de redes sociales se sirvan en exclusiva de los datos duros y aspiren a la verdad sin una pizca de exageración. Lo siento, no va a suceder. Habría, sin embargo, que ver los espacios de discusión como imperfectos lugares que en parte podemos mejorar con discusiones menos maniqueas, con una abierta disposición a entender, pero en particular con la capacidad de reconocer a los oponentes como iguales. No serán encuentros amigables, desinfectados de sarcasmo o ajenos al uso de las emociones. La esfera pública, ya lo sospechábamos, está necesariamente contaminada por la pasión; es decir, por la terquedad, el descontento político, la soberbia y los malos chistes. De otro modo, nadie estaría interesado en participar.

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Abro hilo

Ando en cierre de edición desde hace un par de días. Todo va bien hasta que tomo el transporte público para volver a mi casa. En la última fila de asientos del trolebús, una pareja se está peleando con otro pasajero. La chica insulta al hombre y su novio suelta un par de puñetazos (no demasiado fuertes, hasta donde puedo apreciar). La pareja se cambia de asiento, los insultos continúan en voz cada vez más alta. «Por eso estamos como estamos», dice el novio. «No te hizo nada, tú en cambio sí le pegaste», le reclama una mujer (que no está tan cerca de los hechos). «Ni que la hubiera violado», dice alguien más. «No le hizo nada y anda gritando como si le hubieran hecho algo. Por eso las violan», dice de nuevo la señora. «¿Cómo puede haber gente que dice que “por eso las violan”?», responde el novio. El trolebús se detiene. Desde su lugar, el chofer intenta, sin mucho éxito, poner orden. «Yo soy discapacitada», le reclama una señora, «ya queremos llegar a nuestras casas». «¿Nadie va a decir nada?», interviene la primera mujer, «nos quedamos callados, por eso el gobierno nos roba». Un hombre de acento extranjero comienza a platicar con la pareja y les dice que las personas en este país ya no tienen criterio, porque «han sido educadas con telenovelas y películas». Tengo la impresión de que nadie quiere saber a ciencia cierta qué sucedió. Es decir: los hechos. Pero no es necesario: hay tan sólidas ideas sobre cómo somos como sociedad que cualquier incidente sirve apenas para corroborarlas. Los problemas sistémicos son tan claros en las cabezas de los presentes, que pueden darse el lujo de saltarse algunos pasos lógicos, para llevarlos a desembocar en los sucesos particulares.

Me veo juzgándolos a todos y es, por un momento, como ser parte de un debate entre tuiteros que se han quedado de repente sin datos.

Publicado originalmente en Letras Libres.

Músicos trabajando

En el estupendo libro Ensayo de orquesta, de Laura Baeza, hay una imagen que se mantiene de un relato a otro: la de que el músico es a fin de cuentas un proletario cuyas complicadas condiciones de trabajo lo tienen en permanente estado de terror, a la espera de que algún recorte presupuestal lo deje sin sueldo fijo y a la busca de «huesos», que es como, en el argot de los ejecutantes, se conoce a las presentaciones informales en bodas, bautizos, bares o donde quiera que haya una paga más o menos provechosa.* Las variadas peripecias de los músicos que componen este libro —funciones para cumplir con una beca estatal o tareas extras como organizador de partituras para completar el gasto— dan cuenta de la íntima relación que existe entre la pasión auténtica, la inestabilidad laboral y los no menos problemáticos vaivenes emocionales a los que orillan la competencia, la disciplina y los vínculos amorosos entre los miembros de una misma agrupación. En uno de los relatos más logrados del volumen, una arpista acepta la oferta de tocar en una residencia de lujo una vez a la semana. Su auditorio, descubrirá más tarde, se reduce a cinco mujeres con parálisis cerebral. La situación presenta un dilema profesional: le resulta imposible inferir qué busca el público, «no notaba alguna respuesta de su parte; no sabía si les gustaba lo que oían o era un sonido que no asimilaban». ¿Valdría la pena —se pregunta— realizar una ejecución sublime, perfecta, o podía darse el lujo del esfuerzo mínimo, con algunas notas falsas aquí y allá, a un tempo menor del que especificaba la partitura?

La relación que entre un músico y la gente que le da dinero puede llegar a ser tiránica y tensa, pero en una buena cantidad de situaciones es simplemente confusa. Incluso cuando se trata de algunas de las celebridades más grandes de la música resulta difícil discernir quién tiene la sartén por el mango. Se sabe, por ejemplo, que Glenn Gould solía incomodar a su público, soltando largas explicaciones sobre las piezas modernas que iba a interpretar. Por momentos sus presentaciones parecían menos un recital y más un seminario de teoría de la música. En un festival en Vancouver, una mujer que se encontraba en el público se puso de pie para decirle que todos los ahí presentes habían pagado mucho dinero para asistir al concierto y que hiciera el favor de callarse de una vez y ponerse a tocar.

Es significativo que el reclamo empezara con una mención al dinero. Y también que estuviera dirigido al músico que había declarado en alguna ocasión: «La manera más fácil de ser feliz en el mundo de la música es afrontar cada concierto como si se tratara de un trabajo cotidiano que en nada se diferencia de cualquier otro».

Que la interpretación musical pueda considerarse «un trabajo como cualquier otro» depende de la idea que uno tenga de «trabajo». Una carta de Federico II de Prusia a su director de espectáculos nos da una panorama de qué lugar ocupaban, en el siglo XVIII, los músicos que estaban al servicio de la corte: «Los cantantes y los músicos están sujetos enteramente a mi elección, junto con muchos otros objetos relacionados con el teatro, que encargo y pago yo». A la distancia, el tono posesivo del monarca puede parecer chocante, pero no menos posesivo es el contrato que el 9 de agosto de 1703 Johann Sebastian Bach firmó para ser organista en Schwarzburgo:

«Por la presente, nuestro Noble y Muy Gracioso Conde y Señor Anthon Günther, uno de los Cuatro Condes del Imperio, consiente a Johann Sebastian Bach para que sea aceptado y tomado como organista al servicio de la Nueva Iglesia, a consecuencia de lo cual deberéis ser, ante todo, leal, fiel y obediente, y particularmente mostraros industrioso y digno de confianza en la función, vocación y práctica del arte y de la ciencia que os han sido asignados. No ocuparos de otros asuntos ni funciones; hallaros los domingos, días festivos y otros días de oficios públicos divinos, en la dicha Nueva Iglesia, al órgano que os ha sido confiado; ocuparos de él y velar por su conservación; hacer un informe oportuno en caso de mal funcionamiento y velar para que se realicen las reparaciones necesarias; no permitir el acceso a ninguna persona sin avisar previamente al Superintendente; y en general, velar para evitar cualquier daño y asegurar que todo permanezca en buen orden y buen estado; y también, por otra parte, cultivar en vuestra vida cotidiana el temor a Dios, la sobriedad y el amor a la paz; evitar las malas compañías y toda distracción de vuestro oficio, y en general conduciros en todas las cosas con respecto a Dios, a las Altas Autoridades y a vuestros superiores como conviene a un empleado y organista que vela por su honor. Por todo ello, recibirá el salario anual de 50 florines, más 30 táleres para alojamiento».** Viendo el lado brillante de la vida, al menos no lo habían puesto a hacer labores ajenas a la música. James Brydges, primer duque de Chandos (1673-1744), sacaba rendimientos adicionales de su orquesta privada: por poner un ejemplo, uno de los violinistas tenía que afeitar a su hijo todos los días.

El contrato que firmó Joseph Haydn para obtener un puesto de ayudante de director musical a las órdenes del príncipe Nicholas Esterházy podía competir con el de Bach. La cláusula cuarta decía a la letra: «El susodicho vicemaestro de capilla tendrá la obligación permanente de componer las obras musicales que su Alteza Serenísima le ordene, y no darlas a conocer a nadie, ni permitir que se las copie, sino conservarlas para el uso exclusivo de Su Alteza; además no compondrá para ninguna otra persona sin el conocimiento y el gracioso permiso de Su Alteza». No era el único atropello que vivían los músicos de Esterházy. El lugar que el soberano había destinado para su descanso y para las presentaciones de su orquesta contaba con 126 habitaciones para invitados, pero ninguna para los criados y sus familias. Un informe administrativo de la época recomienda a los músicos no «dejar ver» a sus esposas e hijos en aquel real recinto.

La Sinfonía no. 45 en fa sostenido menor, cuyo último movimiento pide a los ejecutantes abandonar poco a poco el escenario, es un fino reclamo por parte de Haydn hacia el príncipe. La esperada liberación de Haydn de ese ambiente opresivo tuvo lugar hasta que el soberano se murió.

Es verdad que, con el tiempo, los compositores e intérpretes fueron adquiriendo reconocimiento, pero el libro de Laura Baeza deja constancia que esa mejoría no ha corrido parejo para todos y que mucha gente con poder sigue viendo a los músicos de la misma manera que la emperatriz María Teresa, según una carta dirigida a su hijo Fernando:

«Me preguntas si debes admitir a tu servicio a ese joven de Salzburgo. No acierto a imaginar por qué deberías hacerlo: no necesitas a un compositor ni a ninguna otra persona carente de valía. No obstante, si consideras que podrá proporcionarte placer, no voy a entrometerme. Únicamente te expreso mi opinión porque no quiero que te cargues de gente que no sirve para nada. Ahora bien, lo que no debes hacer es dar a esas personas ningún título honorario, para que no parezca que están a tus órdenes. La gente de su ralea deambula como vagabundos y siembra el descrédito del servicio».

Y eso que ese «joven» era el mismísimo Mozart.

FUENTES Y NOTAS:
El capítulo «Actor de vodevil», perteneciente a Vida y arte de Glenn Gould, de Kevin Bazzana, cuenta a detalle las giras del pianista. Las historias de Bach, Haydn y Mozart, además de un interesante análisis del estatus de los músicos en la historia, pueden leerse en los capítulos «Del músico valet al músico empresario» y «Genealogía del intérprete clásico», en Ruidos: ensayo sobre la economía política de la música, de Jacques Attali y en el capítulo «El músico como esclavo y sirviente» de El triunfo de la música, de Tim Blanning. Los abusos del duque de Chandos y otros excesos de la clase pudiente hacia sus sirvientes se comentan en el capítulo «El lavadero y la despensa» de En casa: una breve historia de la vida privada, de Bill Bryson. Ensayo de orquesta, de Laura Baeza, que dio pie a este texto, fue publicado por Tierra Adentro en 2017.

* Fuera del ámbito clásico, Daniel Herrera declara en este divertido artículo las bondades del «hueseo»: si bien hay que aprenderse muchas canciones de León Larregui o darles prestado los instrumentos a los borrachos perseverantes, la interpretación por necesidad tiene beneficios adicionales, entre ellos, desarrollar habilidades técnicas y de improvisación. El hueso, sentencia Herrera, es como la heroína, «una vez que lo pruebas, no hay manera de escapar».

** Por lo que puede deducirse de su biografía, Bach no tenía buena suerte con sus empleadores. En 1717, lo encarcelaron porque intentó abandonar su trabajo al servicio del duque de Weimar por una mejor oferta por parte del príncipe de Ahnhalt-Köthen. Un documento oficial consigna lo siguiente: «El 6 de noviembre, el antiguo concertino y organista Bach fue recluido en el calabozo del condado por insistir demasiado en el asunto de su destitución, y el 2 de diciembre se lo dejó en libertad, tras notificarle que su petición había sido denegada».